Pero todo viajero sabe que no solo cambian los caminos, los paisajes; sabe de antemano que el cielo, la mar y las montañas van a intercambiarse reflejando su interior y por eso comprende que el destino no es llegar…

 

Por: Jorman S. Lugo

El litoral Pacífico es un enclave de selvas, manglares y playas que palpitan al ritmo de la marea. El oleaje trajo consigo embarcaciones repletas de historias que se fueron tejiendo con el paisaje. Su trenzado, con el tiempo, se hizo tan fuerte como la cordillera que los rodea. Esos relatos sonaron. Su música, tan lejana como profunda, fue un lamento que invitaba a moverse.

En los barcos también viajaron los maestros espirituales, los hechiceros, los que conocen los caminos para llegar a los santos. Con su sabiduría guiaron a su pueblo, les enseñaron los senderos de la memoria: tuvieron vigente sus rituales. Su gente, agradeciendo su labor, les correspondió llamándolos Babalawos o Papaboco.

Basándose en estos últimos, que profundizaron sus raíces en Haití, un grupo de músicos de Pereira tomó su nombre, asumiendo con ello la responsabilidad de ser el vínculo con los espíritus musicales; de hechizar con su cantar profundo y dolido; de transmitir mensajes para sensibilizar; de conectar con su público para que bailen sus penas y sientan que se van alejando con el fluir del río.

Así nació el grupo en 2008, fundado por el percusionista Santiago Anaya, quien fue influenciado por Silverio Sánchez, un hombre que, como sus antepasados, tuvo que migrar de su lugar de nacimiento hacia tierras desconocidas. En su caso, dejó las selvas chocoanas para vivir en el bosque pereirano. Asentado en la ciudad, decidió trazar el camino para volver a su raíz. La hoja de ruta que lo conectó con el paisaje de su infancia fue el pentagrama.

Fundó el grupo Linaje, en formato chirimía, con los músicos que Pereira le fue dando. Entre ellos estaba Santiago, quien conoció la música que la mar trajo y entendió por qué allá, en medio de los manglares, todas esas tonalidades que escuchaba se refugiaron, resistiéndose a desaparecer.

Después de la experiencia con Silverio, se unió a Felipe Paz y Andrés Toscano, con los que empezó a explorar en los ritmos de ambas costas. Juntos vieron en el universo afro una fuente inagotable de expresiones musicales donde saciar su sed. Así fue como, incluyéndole otros instrumentos a los tradicionales de la chirimía y la marimba, lograron conformar el ensamble.

Con el tiempo, la agrupación pasó de ser instrumental a incluir letra en sus canciones. En gran parte, porque llegó al grupo Edwin Hoyos, vocalista y compositor. Además, entraron otros músicos que ayudaron a consolidar el estilo que hoy los caracteriza, entre ellos Daniel Cardona, quien toca el tres cubano, el violín y el bombo.

En su primer álbum, al que bautizaron Baila mi rumba, experimentan con el folclor, dotándolo, en algunos momentos, de funk o jazz: una canción puede empezar en cumbia y terminar en timba. El trabajo se presenta como un viaje en el cual reúne, a modo de bitácora, al Pacífico como epicentro de resistencia afro.

Una formación numerosa con un caudal de sonidos. Fotografía / Ciudad Cultural

Música de mar y selva

La costa occidental colombiana es escabrosa. Las constantes lluvias, el espeso follaje y las pocas vías de acceso la convierten en un lugar indómito. Los únicos que lograron adaptarse al paisaje fueron los africanos esclavizados que vieron en el litoral Pacífico su paraíso. Hasta allí se escapaban, dejando los enclaves españoles, para construir sus propias historias en los costados de los ríos San Juan y Atrato. Como muestra de su espíritu indomable, bajo la influencia de Barule, un negro que llegó desde Jamaica y que, según dicen, provenía de una familia real africana, más de dos mil cimarrones lograron conformar el levantamiento de Tadó, estructurando su propio gobierno y coronándolo como su rey. La hazaña duraría poco más de tres meses, hasta que el ejército español retomó el poder y ejecutó a los sublevados.

Después del episodio de Barule, el Chocó no volvió a ser igual. Los amos tuvieron que cambiar poco a poco su actuar inhumano, suavizando muchas de sus muestras de castigo y dejándolos practicar rituales religiosos con mayor libertad. Los mestizos, además, despreciaban el clima y se fueron alejando de las zonas selváticas y ribereñas, asentándose, en su mayoría, en las zonas montañosas del interior del país.

Con la prohibición de la esclavitud el Pacífico quedó en su mayoría habitado por los descendientes africanos que, para sobrevivir, realizaban actividades extractivas, como la minería. Centrarse en esta actividad significó para la región depender de los precios de las ciudades vecinas. La principal ruta los llevaba por el río San Juan hasta Risaralda y de allí hasta el norte del Valle.  Los ríos fueron las únicas vías con las que contaban para comunicarse con el interior a falta de las carreteras que nunca fueron construidas.

En uno de sus viajes por Chocó, la agrupación construyó un relato titulado ‘Mi canoíta’, donde da cuenta de los avatares que sufren las comunidades ribereñas al depender de las corrientes para el comercio y el transporte. La marimba abre la canción. Su tono, siempre tan festivo, esta vez se acerca a la melancolía. Las tonadas se mezclan con el tambor, que retumba como un lamento que repite “no llegó, no llegó”. Los vientos, con un arreglo muy cercano a la música clásica europea, son el enlace para que la cadencia se vuelva alegre. En medio de la música, los rumores corren; todos parecen tener una versión de la falta de transporte. Y así, como el boga ausente, se preguntan por qué no llegó la canoa para partir. ¿Será por la creciente del río? ¿Será por la contaminación?

Mientras esperan, la música reúne a las comunidades. Los instrumentos los ayudan a narrar sus quehaceres cotidianos; van fundiendo su experiencia con el vibrar de la marimba, con el palpitar del tambor; los coros van marcando el tiempo de sus relatos. Y, como en las plantaciones cubanas, donde el guaguancó fue creado para celebrar la abolición de la esclavitud, en el Pacífico los bundes han sido el fuego al cual acuden para contarse, para recordar sus dialectos; en esos círculos que forman, girando alrededor de sus cantos, logran conservar su cosmogonía y sus rituales.

Todas las tradiciones las llevan fundidas en su piel, por eso no importa si están en medio de la selva o rodeados de cemento. Sobre todo, cuando a pesar de la riqueza del litoral, les toca con frecuencia salir a buscar otras formas de progreso en las ciudades vecinas.

 

Memoria para el nomeolvides

En la primera década de este siglo, Chocó alcanzó las cifras más altas de desplazamiento forzado en su historia. La crudeza de la guerra llegó hasta los pueblos del litoral y los convirtieron en un infierno para la población civil. Queriendo conservar la vida muchas personas se trasladaron a las ciudades cercanas.

Cali y Pereira fueron los destinos predilectos. La primera, por las similitudes en el clima y la segunda, por su cercanía. Fue en Pereira donde coincidió una cultura que se desplaza para buscar mejores oportunidades en otras tierras y otra que cambia de paisajes para sobrevivir.

Inspirado en la capacidad mudable de los pueblos afros y de la búsqueda pereirana, Edward Bedoya construye un relato al que llama ‘Sin consuelo’. Donde dibuja, en dos momentos, las etapas del viaje. La historia empieza con las promesas y la nostalgia del que parte; con los motivos que lo hacen salir a explorar nuevas tierras. “Si la cosa sigue igual, lo siguen diciendo, que me tengo que marchar, buscando otro suelo”.

Pero todo viajero sabe que no solo cambian los caminos, los paisajes; sabe de antemano que el cielo, la mar y las montañas van a intercambiarse reflejando su interior y por eso comprende que el destino no es llegar; que toda aventura no conduce a un lugar determinado sino que pretende trazar rutas internas donde todo lo que sea visto se vea con ojos nuevos. En la segunda parte de la canción el autor celebra la odisea de cruzar obstáculos, de llegar, de cumplir las promesas iniciales.

La sección musical avanza de la mano del relato y los primeros compases van, con un dejo de nostalgia y a ritmo de cumbia, fundiéndose con la letra. Pero hay un giro en los arreglos que lleva a que la cumbia se convierta en timba, mostrando el ambiente festivo que genera conocer nuevas tierras y, en medio de la canción, a tiempo de rap, el vocalista deja conocer el carácter de los viajeros.

La ubicación de Pereira la hace un corredor estratégico para el comercio del centro occidente colombiano. Su cercanía con las ciudades más importantes de la región andina la mantienen en constante tránsito, recibiendo y enviando mercancía a todo el país.

Pero la relevancia va más allá de lo comercial. Sus bondades la convierten en un destino propicio para diversas poblaciones que buscan en las calles risaraldenses un nuevo inicio. Ese flujo de personas que llegan a realizar sus vidas contrasta con las que salen de la ciudad buscando cumplir sus sueños. En ese ir y venir está construida la identidad pereirana.

Los datos del último censo oficial registran que el 5.7% de la población en Pereira se reconoce como afrodescendiente.

Sin embargo, la apertura cultural de la ciudad no se manifiesta a simple vista. Gran parte de la población afro e indígena está ubicada en lugares marginales o barriadas populares alejadas de la zona céntrica.

Este tipo de comportamientos se enmarcan dentro del racismo estructural. Un flagelo que lleva la sociedad colombiana desde el inicio de la República, donde se discrimina, de forma directa o indirecta, ya sea desde el uso del lenguaje o con acciones concretas, a las negritudes.

Silverio Sánchez tuvo que ser víctima de racismo para escribir ‘África’. En las líneas de la canción no cae en la lástima. Mucho menos se revictimiza. Empieza con una frase que nos demuestra su temperamento, que nos muestra un relato orgulloso nacido de las entrañas. “La raíz no se niega”.

La canción continúa y el mensaje cala hondo. Es un relato íntimo que se transmite directo a la sangre. “Qué importa la piel, qué importa el color. Importa la raíz, importa lo que soy”. Antes de terminar, se repite un coro que invita a reconocernos; que nos recuerda la mezcla de la que están hechas nuestras ciudades. “Indio soy, mestizo soy, afro soy”.

Los arreglos musicales están a la altura de lo expresado por Sánchez. Los bongos hacen una introducción corta. Poco a poco, la canción inicia entre tonos de funk y jazz, para instalarse en el folclor pacífico. Repiten la fórmula del rap en la mitad, mostrando así su capacidad de interpretar distintos ritmos.

El trabajo hecho por Papá Bocó es un recordatorio para no dejar de admirar la resistencia afro; para acercarse a sus formas de ser y habitar el mundo; para conocer su historia.

Es un acierto que incluyan en su producción canciones con posturas claras, porque al ser uno de las agrupaciones preferidas por la institucionalidad pereirana, posibilita que estas se cuestionen sobre temas como el racismo.

Además, al tener en su mayoría producciones originales, con arreglos que tienden puentes entre varias expresiones afro, contribuyen a diversificar la riqueza pacífica.

*Verso de Helcías Martán Góngora.