Los últimos meses para “El mono” de Las peñas, Rosa y Verónica han sido de incertidumbre. La posibilidad de perder su casa por el deslizamiento de rocas, las demoras en los subsidios y una casa temporal opuesta a la construida con sus propias manos, los vulnera en su salud.
Escribe / Jorman S. Lugo – Ilustra / Stella Maris – Fotografías / Sandra Bejarano
“El mono de las peñas” es una persona inquieta. Sus ojos siempre están buscando un punto en donde concentrarse, como si buscara una actividad a la que dedicarle parte de su tiempo, como si necesitara tener sus manos ocupadas. Por eso cuando habla, las palabras van tejiendo el perfil de un hombre que ha trabajado durante toda su vida y que, aun a sus 72 años, tiene la vitalidad y la energía de seguir reparando, construyendo y organizando los lugares que habita.

Sus padres eran los dueños de un terreno a dos kilómetros del corregimiento La Florida, en el sector Las Peñas, donde “El mono” —su nombre de pila es Gilberto Osorio—, adquirió la pasión por el trabajo y por la vida campesina. Su infancia la pasó rodeado de la vegetación tropical que abunda en las montañas cafeteras, observando el paso de animales silvestres y disfrutando del canto de las aves que visitan su pedazo de tierra.
En esos primeros años, cansado de los maltratos y de las prácticas pedagógicas de su época, abandonó prematuramente la escuela para dedicarse de lleno a aprender los secretos de la construcción. Eligió la vida práctica. Así fue como conoció al amor de su vida, doña Rosa.
Rosa Elvira Navarrete nació en Pereira pero después de quedarse huérfana vivió una temporada en Bogotá. Allí conoció a un hombre mayor con quien se casaría en su regreso a La perla del Otún. Para poderse casar, Rosa tuvo que sacar la cédula. Después de la boda, junto a su esposo, a quien le gustaba la vida del campo, decidieron radicarse en una finca del sector Las Peñas.
La casa donde se asentaron necesitaba reparaciones urgentes. Gilberto, muy joven todavía pero siempre dispuesto a tender la mano, ofreció sus servicios para que sus vecinos tuvieran un lugar habitable. Así, poco a poco, fue construyendo una relación de confianza con la nueva pareja. A tal punto que, cuando las enfermedades disminuyeron al esposo de Rosa, él fue su apoderado. Después de enviudar, “El mono” no dejó que la soledad consumiera a Rosa y lo que, en principio fue amistad y compañía, con el tiempo se edificó en amor.
Doña Rosa evita volver sobre los detalles de esos primeros años. En cambio, Gilberto parece encontrar en esos días el lugar que sus ojos claros estaban buscando. Los recuerdos empiezan a llegar con la misma fuerza con la que se escucha el río desde la casa construida por ambos. En el corredor, los rayos del sol se filtran por las hojas de los árboles frutales y los pájaros que no han almorzado, se acercan a comer los pedazos de plátano maduro que “el mono” les puso minutos antes.
Entre ambos construyeron las bases de un amor que se extendió a todos los rincones del terreno. Si doña Rosa quería una cocina grande como las de Bogotá, “el mono” buscaba la forma de complacerla; si ella deseaba un corredor más amplio, él añadía un par de metros a los costados; si ella soñaba con el baño al lado de la cocina, él lo hacía en ese lugar. Cada espacio de la casa adquirió un valor más significativo porque las expresiones de su amor están cifradas en las ideas y en la materialización de su hogar.
Después de su primer matrimonio Rosa no quiso volver a casarse y a Gilberto esa idea no lo trasnochó. Quizá, lo más importante en su historia se dijo, es que ambos eran fuertes, trabajadores y con muchos objetivos.
Al poco tiempo llegaron sus dos hijos. Verónica llegó primero y luego Luis Fernando. Ella, empecinada en aprender, terminó todos sus estudios y en cualquier curso que veía disponible se inscribía: cocina, auxiliar contable, zootecnia. Por su parte, él decidió lanzarse a la aventura de recorrer el campo y ganar dinero trabajando en diversos lugares. Esa diferencia entre los dos hijos los acostumbró a las ausencias de Luis y a la constante compañía de Verónica.

A doña Rosa le gusta observar y escuchar mientras nadie la nota para luego intervenir con toda la fuerza de su voz. Las primeras palabras que dice salen como en cascada, llenando el espacio y robándose la atención de quienes la acompañan. Impresiona la fortaleza del tono y la dulzura para seleccionar lo que quiere decir. Es como si al interior de esa cascada se pudiera encontrar la tranquilidad.
Por eso cuando “el mono” habla de la importancia de Verónica en sus vidas, del soporte, de la base que les ha dado en los momentos de crisis, Rosa interrumpe la barrida del corredor —en los últimos días de verano el viento matutino llena de hojas la casa, sumado al pantano seco asentado en la carretera que, después de las lluvias del mediodía, levantan el polvo y le exigen una limpieza constante— para recalcar la pasión de su hija por aprender y de lo bien amparados que los tiene. Además, después de reírse por un recuerdo que no comparte, dice que su hija se llevó el recogedor bueno para la casa nueva.
Los últimos meses para la familia de Gilberto, Rosa y Verónica han sido distintos a lo habitual. La emergencia por los constantes deslizamientos de piedras y lodo en el sector Las Peñas, debido a una grieta de tensión en la corona de la montaña ocasionada por un mal manejo de los usos del suelo, tiene en riesgo a la comunidad del corregimiento La Florida, a los usuarios de la vía —habitantes de La bella, algunas veredas de Santa Rosa y ciclistas— y a las cuatro familias radicadas al borde de la carretera.
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Después de varias reuniones con las instituciones durante abril de 2023 y después de varias noches sin dormir bien, las cuatro familias afectadas lograron llegar a un acuerdo temporal con la administración municipal donde les brindaban un subsidio de arrendamiento y un bono de alimentación, para salir de la zona afectada y buscar un lugar provisional en el cual radicarse mientras planeaban soluciones permanentes.
Finalizando ese mes, en varios medios de comunicación el director de la Diger expresó que sería anunciada la calamidad pública en Pereira para atender las emergencias causadas por el invierno. Una de las zonas a intervenir con el presupuesto aprobado sería Las Peñas. A pesar de la fecha del anuncio, a finales de mayo se conoció el decreto expedido por la alcaldía, donde se aprobó un presupuesto para obras en la zona de riesgo y para “la relocalización, compra o desalojo de las viviendas en el sector”.
Cada familia lleva el proceso a un ritmo distinto, pero todas se han enfrentado a retrasos en la llegada del subsidio de arrendamiento. La incertidumbre se apodera de ellos, como en el caso de Verónica y sus padres, cuando el arrendador, cada vez que los ve pasar cerca suyo, empieza a decir que todavía no llega el subsidio y que ya van casi dos meses. Algunas familias, incluso, han tenido que pagar el mes de arrendamiento de manera particular, debido a las presiones de los arrendatarios y a los retrasos de la alcaldía.
Verónica tiene el temperamento silencioso de su madre: le gusta observar, esperar el momento para intervenir y hablar claro. Sus palabras son tan cristalinas como el agua que recogían de la quebrada “Las Peñas” sus padres. Con frases cortas y frescas habla del drama de su familia al ser “desplazados —así le dice su papá que se siente— de su paraíso de árboles frutales, aves y agua clara, para una casa más parecida a un bunker donde los rayos del sol no se filtran por ninguna hendija, donde no pueden lavar la ropa porque el viento no entra y donde, con tan solo ver la casa temporal, les da tristeza. También tiene la mirada dulce y serena de su padre, de quien heredó la bondad, el amor por la vida campesina y el gusto por las baladas de Camilo Sesto.

A veces extraña la casa donde ha vivido toda la vida, pero entiende que el riesgo de dormir en el sector —mientras no les den una solución definitiva que les asegure su vida y el buen vivir—, es demasiado grande para exponer a sus padres. Comprende el apego de su madre por el territorio en el que vivió gran parte de su vida y por eso, mientras dura el verano, consiente en que ambos bajen en las mañanas a cuidar su finca.
“El mono” —que no suelta su bicicleta todoterreno roja—, recorre los dos kilómetros en un abrir y cerrar de ojos, mientras que Verónica baja al ritmo de Rosa hasta la casa y aborda el bus que la deja en el centro de Pereira para llegar a su lugar de trabajo. Sus padres aprovechan las mañanas para lavar, mantener lindos los corredores y tomarse el café disfrutando del canto de los pájaros que los visitan. Cuando ven el cielo lleno de nubes, los dos suben caminando hasta La Florida para encerrarse en el “bunker”.
Las borrascas de finales de mayo hicieron que Rosa y Gilberto permanecieran menos tiempo en su casa. Las lluvias —en algunas ocasiones duraron varias horas— arrastraron rocas y lodo, taponando el túnel de acceso de la quebrada que pasa por debajo de la carretera, inundando la superficie de una “colada” pegajosa y ocre. En los momentos de lluvias intensas, la administración decretó el cierre de la vía hasta que la lluvia terminara. Ya en el tiempo seco, enviaban a la zona personal con maquinaria para recoger el material y los sedimentos.
Sin embargo, los trabajadores se enfocaron solamente en quitar las piedras y el lodo en la superficie de la carretera, dejando de lado el estado del túnel, por eso en cada tormenta volvía a taponarse la vía, impidiendo el paso normal de los vehículos y aumentando el riesgo de los transeúntes.
Conociendo esa zona como la palma de su mano, Gilberto supo que la obra del túnel estaba taponada con piedras, palos y lodo y que la única forma de ayudar a su comunidad era haciendo el mantenimiento que los funcionarios no realizaban. A mediados de junio, aprovechando los días de sol, ingresó a remover las piedras que impedían el flujo del agua. Poco a poco fue quitando piedras durante varios días hasta que el hilo de agua empezó a robustecerse. Desde esa fecha, ni siquiera las tormentas aisladas han logrado inundar la carretera, ni impedir el paso de los usuarios por la vía. Incluso, reconociendo el temor de muchos conductores al transitar por la zona, sumado a los residuos de roca que la administración no ha removido, puso un letrero de “Pare” en cada curva antes de empezar el sector, para que los vehículos tengan precaución al transitar.
Verónica se preocupa, al igual que Rosa, por la osadía de su padre, pero entiende que, a un hombre como él, con ese ímpetu por hacer, con ese sentido de pertenencia y con ese deseo por ayudar a los demás, lo mejor es ocuparlo. Ella sabe que sus padres la escuchan, pero entre la incertidumbre ante los silencios de la alcaldía, los retrasos de las ayudas, la incompetencia de los funcionarios y las premuras económicas, se forma un ambiente que los vulnera en su salud física y emocional. Quitarles de raíz su vivienda y reubicarlos en un lugar opuesto en todos los sentidos, solo podría enfermarlos. Además, no concibe la idea de dejarlos solos y por eso ha rechazado ofertas laborales que la alejarían de ambos. Quizás, en esa comprensión, sabe que lo mejor para ellos es salir todos los días a caminar, darle vueltas a su casa y organizar cuando puedan su terruño. Porque a falta de acciones concretas e inmediatas por parte de la administración, solo quedan los actos solidarios y desinteresados de la comunidad, quienes han conformado un grupo de trabajo, para ayudarlos a gestionar todos los papeles exigidos por los funcionarios.
Gilberto y Rosa no saben muy bien en dónde va a terminar todo el proceso que desató la crisis. La certeza que los acompaña es el cuidado por el territorio construido entre ambos. Aunque, debido a las ausencias, el perro que tenían en la casa lo encontraron muerto. “El mono” piensa en probables escenarios mientras descarta opciones; Rosa solo lamenta el hecho y Verónica dice que perdieron a su “Niño”. Con mayor razón, ambos esperan que las mañanas amanezcan con buen tiempo, para entre otras cosas, recoger los frutos, alimentar las aves y lavar la ropa que usa su hija. A fin de cuentas, en su casa está todo lo que necesitan.
Con el café aún en la taza, Gilberto trata de despabilar la pesadumbre después del almuerzo, señalando los árboles sembrados: lima, limón, naranja, mango y chachafruto. A su amada le encantan las frutas. Por eso, cuando Rosa escucha el nombre del último árbol, deja que su voz vibre expresando su antojo. “El mono” muestra con orgullo los cuartos construidos, los senderos llenos de baldosas, las bancas donde pasar la tarde y su taller. Antes de regresar, se detiene a recoger algunas frutas. Aprovecha la pausa para contar lo que siempre le gustó de Rosa: su temperamento, su fortaleza, lo echada para adelante…
Al fondo de las palabras del “mono”, el ruido del agua del río Otún sigue chocándose con las rocas hasta volverse paisaje en los oídos; las aves siguen silbando su canción de la tarde y el gato se despereza en el techo de lata en un pasmoso silencio. Lo único que perturba el amor hecho tranquilidad en el paraíso de ambos, es un nubarrón que se asoma en las montañas.



