La agricultura industrial ha generado esta crisis, los labriegos están quebrados y el sembradío está enfermo. En medio de esta trama política y económica, personas como Ricardo invitan a creer en el camino largo pero posible hacia la agroecología.

 RICARDO GENARO (56)

Texto de Julián Arias

Fotografías de Rodrigo Grajales

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Los hijos de Don Genaro García se dedicaban a jornalear en fincas vecinas. Las fiestas del campesino eran la excusa para soltar el machete, buscar el mejor vestido y caminar hasta el pueblo donde los bailes y la chicha animaban los nueve días de feria. Uno de esos años el jolgorio está en su mejor punto. La algarabía se siente desde el paramillo de Santa Rosa hasta el municipio de Salento. Las fondas atestadas de hombres recios que doblan el codo al son de las victrolas. Mulas y caballos amarrados en los cobertizos esperan en reposo por sus jinetes. En una plazoleta improvisada a mitad de calle, aplausos y silbidos anuncian al ganador del concurso de la arepa más grande. Al otro lado, en frente de la Casa Roja, un tumulto arenga la última competición de la tarde. Un puñado de lugareños se encuentra en el centro del alboroto, cada uno con una troza de madera en frente. Genaro es joven todavía. Empuña el hacha. “Esta algarabía”, piensa un borracho, “ahora la van a escuchar del Tolima hasta Pereira”. Con un silbido arranca la prueba: Don Genaro empieza a cuartear el tronco. Las astillas se elevan. El sudor se desliza por la frente, resbala por al antebrazo y se escurre por el filo del hachón: danza al ritmo de los hachazos  contra el madero, uno, tras otro, tras otro, los golpes destrozan el listón.

–¡Me la tomo por esa, hombre Genaro! -Grita el borrachín- ¡Eso sÍ es un macho!

En medio del alboroto, un silbido anuncia el final de la competencia. Los aplausos se escuchan de nuevo.  Silencio.  Como en los años anteriores Genaro García es el mejor hachero de la región.

Así pasaban los días los pobladores de La Florida, entre fiestas, jornaleo, ríos, montañas y latifundios improductivos propiedad de gamonales antioqueños.

En el cruce de caminos, un día cualquiera por allá en los 70, se encuentran un grupo de jornaleros armados con rulas y azadones. Tienen los seños fruncidos y los rostros rebeldes.  Al frente Gilberto Bedoya, comerciante, gaitanista, presidente de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos en la zona. Hartos de tanta tierra abandonada deciden marchar. A golpe de peinilla abren una trocha. Las botas de caucho se aferran al abrupto camino. La adrenalina endereza la loma. 1040 hectáreas enmontadas esperan a los reclamantes. El estruendo del machete contra el alambre de púas anuncia que sí, que vienen por la tierra: los ocupantes tumban cercos, rozan el campo, arman cambuches y encienden fogatas. De ahí no los va a sacar nadie.

La familia Santacoloma, propietaria del inmenso terreno baldío que ha sido invadido, mueve sus fichas. Agentes del Estado se presentan en la zona para reprimir esta pequeña revolución. Unos cuantos campesinos como Gilberto son apresados. A pesar de los dos días guardados en la inspección de policía de Pereira, la ley 34 de 1936 avaló la ocupación. Fue así como se levantó La Nueva Colonia arriba, entre La Florida y el pequeño caserío de La Bella. Parte del terreno invadido pasó a las manos del líder político, lo restante fue parcelado y repartido a los labriegos. Gilberto empezó a manejar los votos y las elecciones populares del asentamiento y varias veces fue concejal de Pereira. Así el cacique liberal decide promover el cultivo de cebolla entre los nuevos propietarios, para ello encarga a jornaleros guatiqueños la tarea de levantar aves, amontonar estiércol y desparramar la hortaliza por las lomas de La Colonia.

La familia Hoyos, con propiedades en La Suiza (cinco kilómetros río arriba), fue pionera de la avicultura en Colombia. Son ellos quienes contribuyen al fortalecimiento del cultivo, pues hasta sus galpones llegaban agricultores empuñando la pala y recogían el excremento revuelto con viruta de madera, para cargarlo hasta sus terrenos y luego lanzarlo instintivamente como fertilizante.

RICARDO GENARO (8)José María “Tocayo” Zapata, compañero de fondas de Gilberto, fue otro famoso negociante que hizo plata en La Florida. Fondero de profesión, pastranista por convicción,  carnicero y avicultor, un día cambio el aroma dulce del café cerezo por la peste de los gallineros y el olor acre de la cebolla junca. Pollos de cuerpos carnosos, pechugas anchas, patas doradas, posición erguida, invadieron las inmediaciones del Otún; el poder económico y político avalaba la ocupación. En pocos años la región se convirtió en el principal productor de cebolla larga del departamento de Risaralda, desplazando al municipio de Guática, un negocio que siempre funcionó ligado a los galpones para criar pollos de estas dos familias.

La cebolla se extiende por la cuenca del río y con ella los montajes avícolas y porcícolas, los agro-tóxicos, los hedores y los insectos producidos por el indiscriminado uso de gallinaza. Inicia un nuevo deterioro de la calidad del paisaje, del agua, del aire y del suelo. Las consecuencias no tardaron en llegar, pues altos índices de contaminación en la zona necesitaban medidas urgentes para mitigar el impacto ambiental. Fue así como el acuerdo 036 de 1987 buscó regular el uso de la cuenca para proteger el río, prohibiendo el incremento del área de cultivos, la construcción de viviendas, el sostenimiento de animales o industrias. Aún con estas medidas las avícolas siguieron creciendo, el monocultivo de hortalizas se adueñó de los campos. Los venenos continuaban contaminando el agua de los pereiranos.

En los años 90 el único Presidente nacido y criado en Pereira vuelca la historia de la economía del país. De risa escandalosa y talante neoliberal, César Gaviria impulsa la apertura económica, nueva política que serviría como patente de corso a las transnacionales para vigorizar el modelo agroindustrial en Colombia. En 1994 la Florida fue declarada corregimiento de Pereira. Ya el capitalismo y la “revolución verde”, como una creciente del río Otún, habían inundado casi todo.

 

2

RICARDO GENARO (28)Ricardo García nos recibe en su casa. Trae puesto un pantalón de colores y una camiseta amarilla con figuras de los dioses Mayas, tiene el pelo largo enmarañado, cuerpo recio y voz sosegada. Los rasgos fuertes de su cara atenúan con la nobleza de su mirada. Las venas y los músculos marcados en su cuerpo narran  jornadas bajo el sol. Invita a entrar.

-Nosotros en esa época estuvimos cosechando mora, el problema era que esa gente no pagaba.

Cuenta que una empresa de gaseosas, junto a algunas organizaciones estatales, les prometieron fortuna a cambio de sus frutos. Tres hectáreas de mora alcanzaron a sembrar, con muchos químicos vertidos sobre su granja, pero poca plata pudieron recoger. El incumplimiento de las promesas y de los pagos condujo a los García a retomar las buenas costumbres, a recuperar la tradición de los abuelos, la siembra limpia,  la tarea social del campo.

Mientras Ricardo y su parentela buscaban la senda del equilibrio y  el respeto por la naturaleza, La Florida con sus veredas cercanas se convertían en un vergel de cebolla rodeado de galpones con gallinaza. La riqueza obtenida de la hortaliza y de las aves queda en manos de unos pocos, caso contrario al de las moscas que son repartidas por todo el corregimiento.

El negocio de los intermediarios y las asociaciones es tan solo una arista de la problemática que se presenta en el agro colombiano, además de estos fenómenos para-estatales, el monopolio de los agro-químicos, de las semillas y los tratados de libre comercio que abren las puertas del país, son políticas que contribuyen directamente al empobrecimiento del campo. Los granos limpios y tradicionales están siendo perseguidos, decomisados y muchas veces incinerados, obligando a los granjeros a comprar simientes patentadas. El arroz, el maíz y otros alimentos ahora son IR8, ll62 o MON87.

-Todos estos pensamientos occidentales van en contravía del conocimiento de los pueblos originarios, desmejoran la tierra y perjudican la salud de las personas-.

Ricardo está sentado en un viejo sillón, amable y sapiente nos cuenta sobre sus críticas al modelo económico y acerca de sus prácticas de unión con la tierra: el temazcal y el camino de visión son rituales que rememoran la sabiduría de los ancestros para sanar el cuerpo y la mente. Tres perros revolotean por el lugar, una nube de moscas se posa sobre la mesa de madera, el sonido del río y el silbido de los pájaros se ajustan a sus palabras.

-Pocas veces me he enfermado. Hace algún tiempo visité el hospital por un dolor de espalda; el médico me revisó todo el cuerpo menos el sitio del dolor.

Esta fue la primera y última vez del labriego en un centro de salud. Escuchar a Ricardo es reconocer un campesino que recupera en los saberes ancestrales el conocimiento para cultivar lo esencial para su familia y su comunidad. Ha recogido el entendimiento de los Mamos de la Sierra Nevada, de los Taitas del sur del país, de los viejos para traerlo a su parcela. Caminar por su finca es encontrarse con el saber auténtico; más de cuatrocientas especies diferentes de semillas se encuentran en el solar de su casa en perfecto acuerdo con la Pacha Mama. Alimentos y medicinas, todo está allí, la docta naturaleza lo tiene todo. Él entiende lo que el modelo agroindustrial desprecia: las plantas se benefician unas con otras, por eso deben cultivarse juntas.

-Si usted va al bosque, va a ver cientos de especies diferentes en un pedazo de terreno, una al lado de la otra -relata-. La gente no entiende el daño que hace el monocultivo. Alguna vez en Santuario, contando nuestra experiencia con la agricultura tradicional, la preocupación de las personas era si eso de la agroecología daba plata.

El terruño de Ricardo se encuentra lindante con monocultivos que abusan de los agroquímicos, también es vecino de varios montajes avícolas.

-¿Y cómo hace para aislar su pequeña parcela de aquella contaminación?

El botón de oro sirve para prevenir la entrada de químicos por el aire-. Responde él cuando se le pregunta por la volatilidad de los venenos.

El monocultivo o la mosca son solo la fachada de un problema que va más allá. Los químicos utilizados en las plantaciones se filtran por la tierra y contaminan las fuentes de agua, se desplazan por el aire afectando el alimento de animales, las plantas y los frutos que luego son consumidos por las personas. Muchos de estos elementos son bioacumulables y no se degradan. Las afecciones respiratorias, las mal formaciones genéticas y los problemas cognitivos son solo algunos de los padecimientos que se hilan alrededor de la “revolución verde” y el uso de agrotóxicos. El panorama en La Florida es preocupante, según una investigación hecha en 2012 por el portal Tras la cola de la rata, el negocio de la cebolla mueve 10.000 millones de pesos al año, dinero que silencia la realidad ambiental. Es evidente que el poder económico prevalece sobre la salud de las personas, de la tierra y del río.

-Occidente no siembra como nosotros, ellos siembran para obtener dinero- dirá el hijo de don Genaro.

Como él, muchos agricultores han descubierto las falacias de una revolución que absorbió el verde de los campos para estamparlo sobre el dinero cosechado. Quienes siguieron aquellas prácticas acabaron contaminando los ríos, enfermando la tierra y perdiendo sus terruños embarullados en un cuento que prometía abundancia para todos. La agricultura industrial ha generado esta crisis, los labriegos están quebrados y el sembradío está enfermo. En medio de esta trama política y económica, personas como Ricardo invitan a creer en el camino largo pero posible hacia la agroecología. Su compromiso con la naturaleza, lejos de los biocidas o de los transgénicos, evoca el camino de los abuelos que solo necesitaron las manos callosas y el sudor en la frente para labrar en el plantío los frutos limpios en comunión con la naturaleza.

RICARDO GENARO (3)

Allí, en el suelo de sus viejos, donde el río San Juan se abre entre la hierba, está su hogar: una maloka de construcción armónica con el territorio. En una de las paredes de guadua una tela pintada con un mandala adorna la modesta morada, al lado la hamaca y unos muebles gastados sirven de descanso. Las herramientas de trabajo se mezclan en el piso de esterilla con figuras ancestrales talladas en madera. En el fondo, el fogón de leña arde; entretanto, su compañera Julia sirve los primeros tragos de la mañana. Aquí vive con ella y sus tres hijos, la nueva generación de los García, los encargados de seguir conservando la semilla. Salimos de la casa y acompañamos a Ricardo a caminar por su huerta. Mientras pasea por el espacio sembrado describe una a una la diversidad de plantas que brotan de ese terreno fértil. Cada frase emanada de su boca es una Libro portadaexpresión de reivindicación de la tierra, una convocatoria a recuperar la agricultura tradicional, la soberanía alimentaria. Al final, mientras sus manos ajadas empuñan un montón de fríjoles blancos, negros, rojos y pintados, sus palabras cosechan una conclusión inexcusable:

-“Hay que sembrar para recoger la energía del Universo- dice- ese cuento de la revolución verde es comida mala pa´ hoy, y hambre pa´ mañana”.

 

(Este fragmento pertenece a la segunda crónica del libro Monte Arriba. Relatos de montañeros y conflictos ambientales en el eje cafetero, una compilación con fotografías de Rodrigo Grajales,  textos de Julián Arias y Camilo Alzate, y diseños de Andrés Felipe Rivera, que será publicado en septiembre)