Córdoba fue una de las ciudades de la península en las que hubo mayor concentración de conocimiento del mundo árabe. A finales del siglo X los libros se replicaban con lentitud, pero bajo una constancia abrumadora, cientos de mujeres reescribiendo a diario.

 

Por: Gustavo Osorio

Casi un milenio antes de que los españoles llegaran al continente americano y su lengua se convirtiera a fuerza de espada en la de muchos de los americanos, hubo un pueblo que también habitó las tierras españolas. En 718 los moros ya tenían el control de casi toda la península y habían expandido su territorio hasta Francia.

A pesar de tener el dominio de las tierras, no lo fue así con el idioma. La expansión del mundo islámico en España significó un enriquecimiento en cada aspecto de la cultura, lo que se vio reflejado, además, en el idioma.

El español tiene 4.000 arabismos que fueron adoptados inevitablemente por los hablantes de la lengua en el transcurso de esta época, tanto objetos como conceptos fueron acogidos para perdurar hasta hoy día; bien es cierto que a veces los significados no se corresponden en su totalidad o son adversos a los de antaño; sin embargo, la importancia de este hecho no reside en los significados, sino en el uso que ha sobrevivido tras tantos años.

Antonio Alatorre en su libro Los 1001 años de la lengua española tiene un apartado dedicado a la influencia que ejerció el mundo islámico en el español. La España Árabe, como lo ha titulado, hace un recorrido histórico que comprende tanto la expansión del territorio como las particularidades de los invasores de la península, entre estas la lengua y sus comportamientos para con los territorios conquistados.

Los siglos que España vivió bajo la influencia del mundo islámico le llevaron a adoptar un nuevo sistema de números en el que la nada se convirtió en un concepto contable. Como era de esperarse, también las profesiones, gastronomía, expresiones culturales y el idioma se vieron influenciados; aun así, muchos de los arabismos que perduraron en el español, son a su vez palabras adoptadas por los moros de los países que iban conquistando: una de las diferencias vitales entre las invasiones islámicas y las cristianas.

Estos últimos nunca aceptaron las demás culturas y trataron de imponer la propia; los moros hacían lo contrario. Había casi que un pacto de armonía entre las partes que significó que tanto los invasores como los invadidos terminaran por adoptar esencias de la otra cultura sin verse obligados a dejar la propia; muchos cristianos acogieron en sus casas a Mahoma y tras varias décadas, en ciudades como Granada, de los 200.000 habitantes registrados, sólo quedaban 500 como árabes puros.

Oriente era la fuente de lo que se introducía en la península, de allí se supone que llegó el papel en el siglo VII tras una guerra, pero también llegaban la seda, los libros, mosaicos, etc. De ahí mismo, venían los árabes. El mundo estaba representado en sus horizontes: Oriente, Occidente, Norte y Sur. Occidente era el Mar, la vasta extensión de oscuridad desde la que llegaba la barbarie. Norte era otra noción de la concepción de la creación del mundo: los cristianos y politeístas. Sur eran ellos, los que venían de Oriente y se habían confinado a un lugar del mundo.

Córdoba fue una de las ciudades de la península en las que hubo mayor concentración de conocimiento del mundo árabe. A finales del siglo X los libros se replicaban con lentitud, pero bajo una constancia abrumadora, cientos de mujeres reescribiendo a diario.

Había así tratados de astrología, manuales de gramática, teología y adivinación; estaban también los libros griegos y por supuesto el Corán.

De igual forma se encontraba allí el Iqd al-farid escrito por Ibn Abd Rabbihi, una enciclopedia que versaba sobre guerra, animales, armas, regalos, generosidad, gobierno, convenciones sociales, ceremonias, educación, religión y muchos otros temas, un intento por contener el mundo en palabras.

Monumento a al-Akham II.

Esta extensión del mundo árabe prosperó tanto como le fue posible, pero tras la muerte de al-Mustansir billah, todo empezó a derrumbarse. al-Hakam II, como se conoció antes de obtener el califato, siempre estuvo más interesado en el saber que en las armas, aunque en lo último también llegó a ser tan diestro que pudo mantener la paz con los pueblos del Norte durante seis años, hasta el momento de su muerte.

Sin embargo, durante este tiempo de receso de las guerras dedicó sus esfuerzos en mantener y nutrir su biblioteca.

Aún así, el fin de esta era estaba próximo. Lo que empezó como un fuego en los patios de la biblioteca de al-Hakam II –tras la orden de quemar los libros sospechosos de herejía, por parte de quien fue su primer ministro en vida– terminó por ser una guerra civil que dejó el Califato en quiebra y a sus herederos en tal condición que los pocos libros que no quedaron en cenizas, se vendieron por 40 mil monedas de oro.

Lo cierto es que el español no encuentra sus límites en esta cultura y el libro de Alatorre es apenas una exposición de lo sucedido desde un punto de vista, una progresión de sucesos con ciertas fechas como referencia. A lo sumo se trata de un escrito que nos adentra en lo intrincado del idioma desde lo que consideramos sus orígenes hasta la lengua que hoy compartimos.

No solo se trata entonces de reconocer las estructuras gramaticales y sus respectivos cambios en el español, sino del mundo que da apertura a un idioma. A pesar de que en Los 1001 años de la lengua española haya divisiones, a mi parecer también necesarias, su escritor no se ciñe al tiempo como una línea mercantil, es decir, hace saltos de un lugar a otro, de una época a otra para dar claridad a sus explicaciones, es una suerte de ejercicio hermenéutico acompañado de una de las formas básicas de nuestro entendimiento: la causalidad.