HUERTAS URBANAS, COMIDA SANA EN EL PATIO

En tiempos de pandemia una huerta urbana en Dosquebradas enseña una posibilidad de sobrevivencia alimenticia amigable con el entorno.

 

Texto / Diego Firmiano – Fotografías / David Aronnax

A Leonidas Bohórquez Marín, más conocido por su apodo de Leo Guadua, o como él se describe, El Andariego, empezó a cambiarle la vida el 24 de marzo de 2020, día del inicio de la cuarentena obligatoria decretada por el gobierno nacional a causa de la pandemia provocada por el coronavirus, COVID-19, que mantiene en alerta máxima la salud pública en el mundo entero.

De un momento a otro tuvo que quedarse encerrado en su casa. Sus pies, enseñados a transitar por caminos de pueblos, ciudades y veredas, de repente quedaron como apuntalados frente al mesón donde crea y elabora artesanías en guadua. Los lapiceros, hechos de este mismo material, comenzaron a aparecer arrumados en otro mesón. Los listones, también de guadua, donde plasma las placas alusivas a la región cafetera, que luego se convertirán en llaveros, están apiñados en un rincón del taller.

Con el pasar de los días su espíritu no se amilanó frente al futuro nebuloso, aunque el presente se veía gris oscuro, casi negro. Recobró fuerzas, y tal como se puso de moda, ‘se reinventó’. «Había que crear o mirar otro punto de vista a ver cómo iba a funcionar», dice Leonidas. De artesano de la guadua, tallerista y capacitador en esta temática, a lo que sumaba su oficio como guía turístico en Dosquebradas, Risaralda, pasó a ser uno de los promotores más entusiastas de las huertas urbanas. Inició con la suya. El espacio donde vive es propicio para esta actividad, así que decidió retomar la siembra de hortalizas y plantas medicinales.

“Aquí siempre ha habido huerta, aunque estaba algo descuidada», cuenta Leo.

Sembrar en la ciudad

Leo Guadua hace algo más de ocho años reside en La Casona, un lugar bastante peculiar que sobresale en el vecindario del barrio Bosques de La Acuarela, al nororiente de Dosquebradas, Risaralda. «Aquí siempre ha habido huerta, aunque estaba algo descuidada», cuenta.

Así que, en estos tiempos de pandemia, él, solo, decidió tomar la pala y el azadón.  Desyerbó. Picó la tierra para aflojarla, abonarla y alistarla para la siembra. Delineó los surcos. Consiguió semillas. «Le di un vuelco por completo, hemos sembrado frijol, maíz, cúrcuma, tomate, pimentón, albahaca, pronto alivio, orégano, pimentón, apio, cebollín, cebolla, zanahoria, remolacha, plantas medicinales como romero, hoja de coca, canabicol, y también estamos coleccionando semillas, con unos amigos, y las compartimos. En cosa de un mes largo vamos a recoger la primera cosecha», dice satisfecho.

Y en tono de advertencia afirma: «Hay que sembrar comida, porque va a llegar una escasez.» Lo que no resulta ser una premonición de mal agüero. «La pandemia de COVID-19 es una crisis mundial que ya está afectando al sector de la alimentación y la agricultura», sostiene la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, que recomendó a los países de América Latina y el Caribe acciones conjuntas para impedir que la crisis sanitaria se convierta en crisis alimentaria.

Como una opción, aunque a pequeña escala para adelantarse a esa posibilidad de hambruna, la idea de Leo Guadua sigue en crecimiento. Ya se extendió a la zona rural. «En un par de lotes en la vereda La Cima tenemos unas 600 plántulas de hortalizas, que ya casi las vamos a resembrar, y plantas medicinales y aromáticas.» Así, con la tranquilidad de afrontar la pandemia a punta de semillas, plántulas, siembra, y una ansiada cosecha, Leo Guadua conserva la calma, aunque reconoce que «si le levantan a uno la camisa, tiene unas peladuras muy grandes…»

Y no es para menos. Antes de la pandemia sus artesanías en guadua tenían un mercado asegurado en las tiendas artesanales de los municipios turísticos del Eje Cafetero. Producía. Vendía. Contaba con los recursos económicos suficientes para asegurarse una vida digna. El cierre obligado del comercio, por supuesto lo afectó, como a los miles de artesanos del Eje Cafetero. En su caso, su vida dio un vuelco. Sin embargo, para Leo Guadua, es otra manera de ser él, puesto que su contacto, aprendizaje y enseñanza de la guadua y sus propiedades, no solo en asuntos artesanales, sino también medicinales, alimenticios, como bebida y abonos foliares, lo han mantenido en comunicación constante con la naturaleza. Y por eso es que volvió a sus andanzas. Ahora que disminuyeron las restricciones para salir, va a las veredas a dictar los talleres de artesanía en guadua, «con la seguridad exigida, el tapabocas, el lavado de manos…» y claro, aprovecha también para impulsar las huertas en las casas campesinas.

Desde la Secretaría de Desarrollo Agropecuario y Gestión Ambiental de Dosquebradas se han impulsado huertas urbanas comunitarias en los barrios Campestre A y B, experiencias que reúnen 21 familias y son aprovechadas por los padres y líderes comunales para fomentar los valores entre la niñez y la juventud, a través de la siembra y el cuidado de las plantas. «Son huertas demostrativas», cuenta Andrés Felipe Pérez Cardona, aunque, dice, en estos tiempos de pandemia «ha faltado impulsarlas más. Por ahora alistamos otro lote en el Campestre A, que la comunidad lo quiere destinar a una huerta comunitaria y era un basurero. Ya está limpio, pero tenemos problemas para la adjudicación.»

A partir de iniciativas de colectivos ciudadanos como Cultivando lo nuestro, se promueven en Dosquebradas las huertas urbanas, que en este caso son solo a partir de siembra con semillas nativas, de productos agrícolas propios de la región. A todas estas propuestas las caracteriza el hecho de fomentar el consumo de comida sana, cultivada sin agrotóxicos.

Lo importante, dice, es saber orientar el sembrado hacia el sol, y empezar a sembrar lo que cada familia más consume: cebolla, cilantro y otros productos.

Cosechar el sol

«Las huertas urbanas han mostrado un incremento exponencial con la pandemia. El interés por producir sus propios alimentos es evidente en muchas familias, que además son conscientes del tipo de alimentos que consumen, de su origen y la huella hídrica y energética que conlleva la producción de cada uno de ellos», explica William Velásquez, asesor e investigador en prácticas y tecnologías aplicadas a la agricultura urbana y en sistemas productivos diversificados resilientes al cambio climático.

Con su experiencia de tres décadas en temas de seguridad alimentaria y huertas urbanas, acumulada en saberes que pone al servicio de las comunidades, este experto bioagricultor tiene la certeza de que «la agricultura es el arte de cosechar el sol», ese astro con el que contamos a diario en nuestro país, y que hace posible sembrar y cosechar incluso en nuestras casas. «Una huerta en la casa se puede hacer en el balcón, la terraza, el corredor, un zaguán, y hasta en la pared, con las huertas verticales». Lo importante, dice, es saber orientar el sembrado hacia el sol, y empezar a sembrar lo que cada familia más consume: cebolla, cilantro y otros productos.

De tanto ir por el país y el extranjero esparciendo las semillas de lo que sabe, «ahora me buscan muchas familias para proyectar una idea de huerta casera», experiencia que dice, comienza por «entender, conocer y comprender la planta con la que te vas a empezar a relacionar, en un entorno diferente al que ella está acostumbrada y guarda su memoria genética.» Así que el asunto no es de poca monta, sembrar en casa puede convertirse en una aventura de acercamiento y entendimiento del valor del campo y los campesinos, que en medio de la pandemia han sido considerados esenciales, pues son los que nos aseguran el tener a diario los alimentos servidos en nuestras mesas.

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Mientras William Velásquez sigue con sus proyectos de creación de huertas urbanas y periurbanas en distintas regiones del país, Leo Guadua impulsa, a fuerza de tesón y voluntad de servicio a la comunidad, «una pequeña huerta en el conjunto de al lado, y dos huertas en la vereda La Cima». Él cuenta con la asesoría de un agrónomo, para enseñarle a la gente lo agroecológico y lo ancestral. Porque la esencia de la agricultura urbana y periurbana que ambos promueven es que sea en armonía con la naturaleza, sin el uso de fungicidas, herbicidas ni pesticidas.

«La ‘semilla’ de los huertos se ha regado en todo el país y Latinoamérica. En Colombia se tienen huertos en todas las regiones. Concretamente en Antioquia, en los diez municipios del área metropolitana se están implementando 3.080 huertos urbanos», cuenta William Velásquez, proyecto que pronto se expandirá a las subregiones del Magdalena Medio, con 50 huertos urbanos y seguirá hacia el suroeste –donde impactará a 10 municipios-, y al nordeste, con cuatro municipios.

Uno de los procesos de agricultura urbana que cuenta con mayor respaldo institucional es el que promueve el Jardín Botánico de Bogotá, que brinda capacitación y asistencia técnica a las comunidades de las 19 localidades de la capital. En directorio disponible en la web, se georreferencian 205 huertos urbanos, con su oferta de productos y forma de contacto para comercializarlos. Estas huertas urbanas las promueve el Jardín Botánico de Bogotá como «una alternativa de sostenibilidad para crear una conciencia colectiva a cerca de la trascendencia e importancia que la agricultura urbana tiene para la seguridad y soberanía alimentaria, la conservación del medio ambiente, la mejora de las condiciones sociales y el desarrollo de la economía local», según dice en la página oficial del distrito.

Con la idea de promover los huertos agroecológicos ‘metida en la cabeza’, Leo Guadua, caminante empedernido, aprovecha los viajes a las veredas para tomar oxígeno limpio, «subo a los altos, a las serranías, a hacer ejercicios de respiración, porque sabe uno que las vías respiratorias, la nariz, los oídos, los ojos, así están limpios.» Y por ahora hace parte de los ‘no contagiados’, condición que refuerza con las bebidas antioxidantes que él mismo se prepara, con las plantas medicinales que cultiva en su huerta.

En medio del panorama de contagios crecientes, el reto para Leonidas Bohórquez ahora es de mayor envergadura, al resultar ganador en la convocatoria del Ministerio de Cultura #ComparteLoQueSomos, con su propuesta de talleres e investigación sobre las propiedades de la guadua, a cuyo estudio ha dedicado buena parte de su vida, y al que debe su remoquete de ‘Leo Guadua’.

*Este artículo fue realizado en el marco de un acuerdo de financiación con Google News Initiative Journalism Emergency Relief Fund