En casos así, soy muy dado a entablar no solamente una relación, una mirada de reportero, sino de ser humano, que es lo que siempre les reclamo a los periodistas de este país.

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Por: María Laura Idárraga

Fotos: Jesús Abad Colorado

Era 1992 cuando Jesús Abad Colorado ingresó a El Colombiano como periodista y fotógrafo practicante. Con toda una revolución juvenil en su cabeza, una cámara, su mochila, en mayo lo mandaron a documentar una emboscada que las Farc habían ocasionado a un grupo de militares. El saldo: 14 soldados muertos en la vía Medellín-Urabá.  

En esa ocasión, Jesús Abad llegó al lugar de los hechos y enseguida encontró los cuerpos de los militares emboscados. Como su experiencia lo demuestra, se necesitaba mucho más que unas cuantas fotografías del suceso para darle el significado real que merecen sus trabajos; más allá de retratar la masacre, su lectura visual del espacio mismo le permiten dar cuenta de otro proceso que cada vez toma más fuerza en el país: la memoria, que instaura a su trabajo una exclusividad sin precedentes.

Antes de salir a cualquiera de sus cubrimientos y a modo de rito profesional, Jesús Abad estudia minuciosamente las últimas noticias en torno al acontecimiento que se dispone a investigar, con el fin de realizar un contexto, una lectura que luego le ayudará a plasmar esa mirada tan característica y arrolladora en sus fotografías documentales.

Como a 50 u 80 metros del lugar de la emboscada había una escuelita sin nombre a la vista en una vereda llamada Alto Bonito. Con el temor de un practicante inexperto, tembloroso, sintió la necesidad de saber cuál había sido la última clase en esa inhóspita aula, llevándose una gran sorpresa al darse cuenta que, copiada toda en el tablero, estaba la famosa historia del génesis bíblico Caín y Abel.

IMG_9476María Laura Idárraga: ¿Cuál es el objetivo de hacer memoria histórica en Colombia?

Jesús Abad Colorado: nosotros estamos hablando de un país sin memoria. Como documentalista, desde que empecé en el ejercicio del periodismo, crecí escuchando historias de la violencia porque las habían vivido mis papás y mis abuelos. Cuando entro a trabajar en medios de comunicación, de las primeras escenas con que me encuentro en el tema del conflicto es la muerte de 14 militares. La última clase que estaba copiada sobre el tablero de ese salón en la vereda Alto Bonito es el inicio de mi trabajo en el reporterismo gráfico, para decir cómo, en este país, un hermano mata a otro hermano.

Los ejércitos los integran los muchachos más pobres de Colombia: los de la guerrilla, el paramilitarismo e, incluso, los reclutas del Ejército colombiano. Entonces, a veces nosotros miramos al que hace el ruido con las armas pero no miramos a quienes financian, hostigan y alientan con el dinero o con la palabra, haciendo pactos para lograr apoderarse del Estado colombiano y del territorio de quienes lo fueron perdiendo. Entonces, tú me preguntas por la memoria histórica y yo te hablo de una fotografía de 1992 que voy desarrollando y su papel en la construcción de la memoria.

Desde esa época Jesús Abad guarda con respeto y especial afecto esas primeras imágenes, porque ha entendido que todas y cada una de ellas, documentadas año tras año, hacen parte de esa memoria de la que el país tiene que reflexionar: la memoria del conflicto.

Precisamente, frente a ese tipo de hechos tendría que educarse porque ahí el objetivo de la memoria histórica y el conocimiento de una sociedad sería que esos hechos no se repitieran, pero se siguen repitiendo porque no hay conocimiento, no tenemos esa memoria, porque no nos ha importado la muerte del otro, porque no reflexionamos y además porque los que han gobernado este país no les ha importado quiénes son las víctimas principales de la guerra. Eso es memoria histórica.

Ahora trato de plantearle a la gente, si uno tiene un poco de conocimiento y si ha de entender la guerra, el problema no son ni las Farc ni los paramilitares, ni el ELN, ni el Ejército colombiano, sino la forma en que se ha gobernado en este país, de una manera mezquina para favorecer cierto tipo de estratos sociales, de compañías o de empresas extranjeras y ahí es cuando uno viene a entender, cuando uno se da cuenta, quiénes lo han gobernado y cómo. Por fortuna, hoy estamos tratando de reflexionar y entender -desde el Grupo de Memoria Histórica, la Fiscalía o las Cortes- el conflicto en su dimensión real; entender un país que ha sido tan inculto políticamente, de que se entienda quiénes son los que han hecho la guerra.

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MLI: ¿Qué diferencia existe entre hacer memoria y hacer historia?

JAC: En el trabajo que normalmente hago, me siento realizando procesos de memoria. Desde el terreno fotográfico, que es el campo donde más me muevo, sucede mucho que las fotografías de los reporteros, en cualquier medio de comunicación, suelen ser tergiversadas. Por ejemplo, hechos documentados en el Chocó los presentan como si fueran de Buenaventura o un hecho donde actuaron los paramilitares, lo emiten como si hubieran sido las Farc o fue el Ejército colombiano y lo presentan como si hubiera sido la guerrilla, entonces creo que cuando se hace un trabajo de documentación y de memoria, por lo menos yo, trato de ser un poco más responsable con el uso y fines del trabajo documental, para que precisamente la historia trate de ser veraz frente a unos hechos que  documenté.

La memoria de los periodistas en Colombia a veces es muy susceptible de ser manipulada por personas que presentan la historia o el tema del conflicto de acuerdo a unos intereses que realmente no corresponden con el objetivo inicial. En ese sentido la responsabilidad de los comunicadores, de los periodistas, que es la responsabilidad de la reportería gráfica, debe ser mayor.

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MLI: ¿En qué medida aporta la fotografía en el ejercicio de memoria?

JAC: Yo creo que un periodista puede hacer las notas tranquilamente desde el escritorio, como usualmente lo hacen en Colombia. El trabajo de la fotografía se hace cuando se están documentando hechos para un medio de comunicación; así pues no es posible hacer las imágenes por teléfono, hay que llegar al lugar de los hechos. Si es un trabajo con comunidades, por ejemplo, se hace un diálogo permanente con los implicados en el hecho, se viaja y dialoga con las personas y  las familias.

En casos así, soy muy dado a entablar no solamente una relación, una mirada de reportero, sino de ser humano, que es lo que siempre les reclamo a los periodistas de este país.

Con la comunidad yo establezco relaciones para tener acceso a la historia del municipio. Generalmente cuando voy a los pueblos, busco fotógrafos para preguntarles por una serie de hechos, quizá ellos pudieron haberlos documentado, pero sobre todo porque es muy importante el álbum familiar. Cuando se trata de casos específicos, sirve para entender cuando hay pérdidas de vidas o desaparecidos, pues rescata mucha información y ese es el trabajo de los fotógrafos de pueblo.

Entonces accedo a esos archivos que pueden estar en una biblioteca, pero que regularmente después de establecer el diálogo con una familia, está el álbum de la casa para encontrar más información. Uno busca esas imágenes que le sustentan esa pequeña historia familiar, entendiendo que a veces no muchas familias los tienen, ya sea por falta de acceso a la fotografía (personas que ni siquiera tienen un registro civil en Colombia), o por las regiones apartadas donde viven, entendiendo, por otro lado, que hay familias en Colombia que tuvieron que abandonar todo, desplazados.

A los periodistas nos hace falta conocer la historia y cuando llegamos a trabajar a los medios, no nos preocupamos por leer, no solamente sobre la historia de este país, sino sobre la parte que se ha documentado en prensa.

La masacre de Segovia, por ejemplo, fue el 11 de noviembre de 1988. Yo fijo mi búsqueda en los registros de días anteriores a la masacre, mirando en periódicos locales y también en días posteriores, por lo que me encuentro con noticias que de alguna manera a veces se relacionan y muestran que algo se estaba fraguando; si no se detalla en ese tipo de cosas, se pierden los contextos. Esa es otra forma de cómo se puede documentar, así como los registros fotográficos en medicina legal.

He tratado de ser riguroso, de no quedar contento con la primera imagen o con lo primero que vemos. Se trata de buscar, de entender la importancia de la imagen, la palabra y el contexto para interpretar las coyunturas que se presentan en un región.

La fotografía puede aportar en el conocimiento de la verdad, esa verdad de un país que tiene distintas aristas; una de ellas, la que ayudamos a tejer los periodistas cuando documentamos los hechos de una manera tranquila, sensata, responsable.

Por eso me gusta que las imágenes correspondan con lo que quiero investigar; que no sean ambiguas sino que, como la palabra, sean certeras; yo no sirvo ni para acomodar a la gente, ni para minimizar un hecho, porque la fotografía en este caso debe dignificar, por eso la importancia de darle rostro y nombre a una víctima, poder tener un lugar donde sus imágenes estén publicadas, exhibidas y que pueda soportarse su memoria.

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MLI: ¿Cuál es el aporte que como fotógrafo ha dejado a la memoria histórica de Colombia?

JAC: Ser fiel y veraz para entender lo que pasó en el país; ayudar a juntar esos pedazos de espejo roto y armarlo para reconocer su diversidad. Yo aporto desde la imagen, desde el ejercicio de la palabra, porque eso soy yo.