“Te voy a matar malparido, vos no te ganas nada con sangre, ni siquiera sos capaz de pegar un balazo hijo de puta porque te da miedo,  me toca matarlos a mí, sapo, yo soy el que riega la sangre en este barrio”, así se refirió Cristian Fuentes* a uno de sus colegas en medio de una fuerte discusión entre expendedores de droga.  

 

Por: Carlos A. Marín

En medio de un domingo solitario, Miguel*, vestido con una camiseta roja de la selección Colombia, se ubica en la entrada de la tienda de don Darío, ahí es justo donde cualquiera qujibaro1e pase reconoce su trabajo, su labor dentro del sector de San Fernando, barrio que sirve de frontera entre Medellín e Itagüí, al sur del departamento de Antioquia en Colombia. Como él,  varios jóvenes más se reúnen en las esquinas del lugar para vender marihuana y perico, eso sí, con un estilo único y diferente: cuando llega el cliente le cobran, le señalan dónde está ubicado el producto, regularme está en las ventanas de las viviendas del lugar, entonces el cliente la recoge y se marcha, sin despertar sospecha. Hay todo tipo de clientes, desde el vendedor informal, hasta el dueño de la camioneta último modelo.

“No volví a jugar fútbol porque me dañé la rodilla”, explicó Miguel, levantándose la gorra y dejando ver una leve cortada en su rostro moreno, el mismo que demuestra cansancio y no haber dormido en horas. En ese momento se acercó un señor de vestimenta negra y bastante formal, no parecía del lugar. –¿Has visto a Camilo?, le preguntó–. El joven, entre dientes y sin ganas de responder al interrogante, afirmó en un tono difuso: está encanado –haciendo referencia a que fue capturado por la Policía mientras vendía sustancias alucinógenas–.

Decidí continuar con la indagación; sin embargo la venta iba viento en popa, y fui interrumpido por lo menos en cinco oportunidades por diferentes clientes. Hubo un momento en el que el chico de 24 años me miró con sospecha, y fue cuando le pregunté acerca del furibundo personaje, frunció el ceño y soltó lo impensado: no sé quién es. Entendí que la conversación se había terminado; aunque él se paró de la silla, se dirigió a otra tienda, compró unas papas y se regresó. Aproveché ese intervalo de tiempo para relajarme, y en el instante que se sentó le pedí que compartiera. Sin recelo alguno lo hizo, y me estiró su mano con el paquete  de papas, agarré una por respeto, y seguí analizando el lugar, mientras él entretenido con su celular soltaba una que otra carcajada.

Minutos después, cuando ya había terminado de consumir el paquete de papas, vimos una motocicleta a lo lejos, una Freewind 650, de color azul. En la parte de atrás una chica de piel morena, delgada, y con un pantalón llamativo que relucía entre la máquina y ella. Por su parte, el piloto, un joven de unos 18 años, llevaba puesta una camiseta blanca y un pantalón corto, que dejaba ver un tatuaje en su pierna izquierda que en su tono de piel blanco se veía bastante bien. Se acercó a nosotros y lo saludó. –¿A farria o qué? –. Él sonrió y no soltó palabra alguna. Después el chico de la motocicleta se subió al andén de la otra calle y lo llamó. Miguel, con su 1.75 metros de estatura, se irguió de la silla y hablaron por algo más de cinco minutos.

menorCuando regresó le pregunté acerca de este sujeto y si había comprado la motocicleta con dinero de la venta, asintió con la cabeza, y se fue hacia un cliente, dejando su celular en la silla. Miré el dispositivo e interpreté que lo había dejado allí a consciencia, entonces me dispuse a esperarlo. Cuando se sentó de nuevo en la silla me hizo señas de que no podía ayudar más porque había sospechas de que la Policía rondaba de civil el lugar. Tomó su celular y se marchó.

Quedé en la entrada de la tienda tomándome un refresco, al instante llegaron seis motos, todos con jóvenes y sus respectivas copilotos femeninas que vestían prendas ligeras, dejando mucho por ver y poco a la imaginación.

Al momento de partir, el joven que había lanzado las amenazas pasó en su motocicleta DT, esta vez con una prolongada sonrisa, como si se tratara de alguien quien no le teme a nada y que se encuentra en su territorio. Eso sí, su cabeza estaba cubierta con una gorra, unas gafas oscuras, y a la distancia nadie podría reconocerlo.

Estos episodios se repiten a diario al sur del departamento de Antioquia, donde miles de jóvenes son reclutados para bandas criminales o de microtráfico de drogas. Decenas de barrios son manejados por cabecillas, líderes y personajes que en el bajo mundo se ganan el respeto a punta de plomo y sangre. Los lugares que padecen estos flagelos, sufren de la enfermedad del silencio, vecinos, habitantes, hasta la misma Policía, temen realizar alguna denuncia dada la situación de inseguridad e injusticia a nivel nacional.

Mientras el microtráfico se siga robando a los jóvenes este país tendrá que esperar a que un expendedor de drogas no decida volverse sicario, y el sicario no decida llegar más lejos si asesinan a su patrón. Las FARC no son la única organización que nos deja sin jóvenes; y paz es algo más que la firma en La Habana.

 *Nombres cambiados por seguridad