El periodista español Paco Gómez Nadal visitó Pereira con motivo de la Feria del Libro organizada por la Cámara del Comercio en octubre de 2016. Allí presentó su reciente obra La guerra no es un relámpago, donde combina testimonios y análisis sobre el conflicto en la región del Medio Atrato, en el departamento del Chocó, y en particular sobre las heridas de la guerra en Bojayá, municipio que fuera epicentro de una de las peores masacres en la historia del país. Abelardo Gómez Molina conversó con él y acá están algunos apartes de esa entrevista.

 

 

¿Cómo llegaste a Colombia y por qué tu compromiso con las comunidades?

Yo conocí Colombia por el Urabá, en el año 1996, en plena contrarreforma agraria paramilitar. Luego, en el año 98, conocí una comunidad del río Jiguamiandó, que fue por donde los paramilitares entraron para implantar el proyecto de grandes cultivos de palma africana por parte de empresarios antioqueños –no hay guerra sin lógicas, no hay guerras sin motivo–.

Las familias en lugar de irse del territorio se encaletaron: ochocientas personas escondidas en la montaña tuvieron que matar los perros y los gallos para que no hicieran ruido, no podían cocinar porque el humo alertaría a los paramilitares, era una estrategia demasiado dramática. Ellos pidieron a la Diócesis de Quibdó que alguien contara su historia para que el mundo lo supiera, porque la gente es maravillosamente ingenua, piensa que el periodismo sirve para algo, y la verdad es que sirve para muy poco. Ellos pensaban que si se sabía lo que les pasaba, el mundo iba a reaccionar y a protegerlos, bueno ya hemos visto en el caso de Siria, de Haití o de Colombia misma, que da igual porque el mundo nunca reacciona.

El hecho es que fuimos Juan Gonzalo Betancur, de El Colombiano, y yo que trabajaba en El País en aquella época. Fue mi primera entrada al Chocó y hubo una conexión tremenda con las comunidades: no te puedes quedar indiferente cuando tres semanas después de haber entrevistado una persona esta aparece picada en trozos. O cuando sabes que de esas ochocientas personas, que bajaron todas del monte a hablar con nosotros, sobrevivieron cerca de ciento ochenta nada más.

Y para terminar todo cambió en mayo de 2002. Yo vivía en Bucaramanga, estaba tranquilamente en mi casa cuando escuché que había pasado algo terrible en un lugar que los periodistas de Bogotá ni siquiera sabían nombrar, se enredaban diciendo Boyacá… Bojayá. Yo conocía Bellavista, que es el pueblo, porque Bojayá es un río. Llamé mis amigos en el Medio Atrato y les dije “¿qué puedo hacer?” y me respondieron “ven y cuéntalo”. Así que tuve la buena suerte periodística pero la dura suerte humana de ser el primer periodista que entró a Bojayá acompañado del fotógrafo Jesús Abad Colorado. Entramos el 4 de mayo en plenos combates todavía y yo tuve mi mayor éxito periodístico, la crónica se publicó en más de cuarenta periódicos del mundo.

Y ahí decidí acabar mi carrera periodística porque me parecía terrorífico ser sólo un notario que había constatado que habían muerto ciento y pico de personas. Conscientemente decidí pasarme al otro lado: trabajar para las comunidades. Desde entonces fui alejándome de los medios convencionales. Este libro es un ejemplo de ello: responde a un llamado de la comunidad que me dijo “cuenta lo que está pasando”.

 

El libro tiene muchas voces –más de 80 fuentes–. ¿Qué dice la comunidad sobre esa guerra que emerge como fruto de una cantidad de dinámicas sociales, a veces desconocidas por ellos?

Para el común de los colombianos el Chocó es un lugar inhóspito, selvático, lleno de negros ignorantes e indígenas perdidos. Los chocoanos, en cambio, cuando uno habla con ellos, se refieren a la deuda histórica. Ellos no te hablan de noviembre del 96, cuando entraron los paras por primera vez. Ellos no te hablan del año 84, cuando entró las FARC la primera vez.

Te hablan de la deuda histórica, del racismo, de la Colonia, ¡te hablan de Popayán, que era dónde estaban los dueños de las minas! Los chocoanos tienen clarísima la jugada, conocen todos los problemas estructurales que han producido la guerra, y tienen claro que la solución para el Chocó no tiene nada que ver con el acuerdo completo de ahora, aunque lo han apoyado masivamente. Saben que es un problema mucho más complejo, más estructural. El título del libro me lo dio Felipe, un líder de Napipí, que me dijo “hermano es que la guerra no es un fogonazo, no es un relámpago que desaparece. Sería ingenuo pensar que se va a ir”.

Ellos saben que va a ser lento. El Chocó es muy peculiar: allí la confrontación es muy reciente, no entra sino hasta el año 96, su aislamiento lo ha  beneficiado en ese sentido, poca gente te habla de los años de La Violencia (que se dio en Colombia en los años 50), pocos saben de la Guerra de los Mil días, es como si eso fuera una cosa de blancos locos. Pero cuando entró lo hizo de una manera brutal: 86 por ciento de los habitantes aparecen inscritos en el Registró  Único de Víctimas del Conflicto Armado, es decir, Chocó es un departamento de víctimas.

 

Hay unos capítulos que se intercalan dándole la voz a Leyner Palacios, ¿cómo fue el encuentro con él? ¿Por qué escogiste ese personaje?

Este libro tiene la particularidad de que a mí me lo pide la comunidad de Bojayá a mediados del año 2015. Me interesaban las comunidades del río, porque en la cabecera municipal que es Bellavista sólo vive el 20 por ciento de la población original, lo demás es un repoblamiento. Era muy difícil acceder a estas comunidades por el miedo y la situación de violencia que aun se vive en la zona, así que yo necesitaba una llave maestra y esa llave maestra fue Leyner.

Él nació en Pogue, la comunidad que más muertos puso en la masacre, es un ejemplo de líder nato. Nace en un lugar remotísimo, sueña con un futuro, conoce una ciudad apenas a los 16 años, pero termina por entender que su vida es su comunidad. Lo ha puesto todo al servicio de la gente: su familia, su carrera profesional, todo. Yo lo conocía de antes, entonces le propuse que hiciera el trabajo de campo conmigo, así que pasamos muchas semanas juntos; él era una llave maestra: llegábamos a cualquier caserío y la gente se escondía al ver el bote, pero cuando notaban que estaba Leyner todos salían a saludarlo, de hecho él ha salvado muchas vidas en ese río.

Fue como nos terminamos de conocer, pasamos muchas horas y unas cuantas botellas de aguardiente juntos, y yo tenía que escribir el libro muy rápido, así que le propuse a Leyner hacerle una historia de vida. No sabía si la iba a utilizar, pero resultó tan diciente y significativa que terminó estructurando el libro tal y como él habló.

 

En el libro hablas de “el baile de los chalecos”, ¿en qué consiste?

El primer encargado por el gobierno de Álvaro Uribe Vélez para la reconstrucción de Bojayá (que no fue reconstrucción sino un traslado y extirpación que atravesaron el alma de ese pueblo), fue un señor que luego era responsable de la misión colombiana en Haití con el terremoto, porque para Bogotá –y para Pereira y para Cali– el Chocó es Haití: se va allí a hacer cooperación internacional, así uno sea de Medellín, bien sea con chaleco o con camisa blanca.

A todo ese desfile de miembros de las ONG, Universidades, funcionarios estatales que han llegado a Bojayá, la gente lo bautizó “el baile de los chalecos”. Yo pienso que el libro no habla de Bojayá sino de Colombia: el Chocó para mí ha sido un laboratorio de extractivismo, de racismo, de poder, de patriarcado, y Bojayá es el símbolo de todo eso.

Siempre se le reprocha al Estado que no actúa, pero a veces es mejor cuando no lo hace. Esto es lo que se conoce como “acción con daño”, es decir, cuando el Estado y las instituciones actúan pero en lugar de solucionar las cosas producen consecuencias peores. No hay un lugar en toda Colombia donde se haya invertido más plata para reparación que en Bellavista, el casco urbano de Bojayá.

El nuevo pueblo construido para reubicar la población fue diseñado por unos “genios” de la arquitectura tropical que construyeron todas las casas de bloques: el calor y la humedad son brutales, nadie soporta estar adentro. Las calles las pavimentaron y pusieron andenes, muy modernas, pero no hicieron desagües, entonces cuando llueve –y en el Chocó llueve todos los días– las calles se convierten en río.

Y la otra cosa que ocurrió efectivamente fue que destrozaron la economía propia con tantos subsidios, pero eso no es solamente en Bojayá, eso sucede con los programas de transferencias condicionadas como Familias en Acción, Familias Guardabosques, etc. No pasó únicamente en Colombia sino que era una estrategia del Banco Interamericano de Desarrollo, que ya está establecida en 18 países de América Latina, lo que hace es que a los pobres, en lugar de respetarlos como sujetos políticos, como gente que tiene ideas y ha sobrevivido toda la vida, los desactiva productivamente dándoles 50, 60 o 70 dólares al mes para que no se mueran de hambre.

Y encima se les exige que sean buenos ciudadanos: la mamá tiene que ir a las revisiones médicas, el niño tiene que ir a la escuela, a cambio de una miseria deben que demostrar que se portan bien. ¿Qué resultado da esto? Que si estás rodeado de actores armados y minas antipersonales pues dejas de cultivar y vives con los 50, 60 0 70 dólares, poco más de 300.000 pesos, que te pueden caer dependiendo de los hijos que tengas. También ha provocado que muchas niñas se embaracen, no porque quieran conocer el sexo, sino porque a más hijos, más plata.

Eso en Colombia arrancó intensamente con Uribe, una de las promesas de Santos es que no iba a quitar los subsidios, y no los ha quitado. Algo similar ocurre con las víctimas: la condición de víctima borra todo lo demás, ya no se es mujer, no se es afrodescendiente, ni campesino, sólo existe el rol de víctima. ¿Y qué hacen las víctimas? Pedir, esperar una limosnita del Estado. ¿De eso cómo se sale? Creo que con dignidad, convirtiendo a la gente en sujetos políticos, respetando los procesos propios que tenían, que eran muy poderosos y por eso mismo le daban miedo a las élites: porque eran propios.

Escuchar audio con la entrevista completa aquí