Extirpado el germen, muerta la semilla, salió a la calle con su amiga. Hasta aquella mañana nunca había llorado por la situación. Tranquilidad y calma fueron las palabras que mejor describieron esa etapa previa a la consumación del acto, una práctica que no considera homicidio pero que en el octavo o noveno mes tal vez sí tome para ella esa connotación.

 JHON MOLIK cuello verde

Por Giussepe Ramírez

Ilustración: Jhon Molik

Nos encontramos en un parque sembrado de guayacanes y de almendros. Si ella no hubiera tomado la decisión que tomó, yo no le estaría haciendo esta entrevista sentados en una banca de cemento. Tal vez no se habría graduado de la universidad hace unos meses. Tal vez estaría entrada en carnes. Tal vez, y es lo más probable, a esta misma hora caminaría por este parque tomada de la mano de un niño de dos años, esbozando una sonrisa por una pilatuna de su hijo, o mirando con desdén a ese ser que va a su lado, arrepentida por no haber hecho lo que hizo.

Mientras le pregunto qué opinaba su exnovio del asunto, reparo en los ojos de zarigüeya alerta y protectora, y en la cinta de color verde que rodea su cuello y de la que cuelga un amuleto. El hombre quería ser padre pero ella tenía la última palabra. Decisión que no dudó un instante y estaba en su cabeza desde el positivo de la prueba de embarazo. Lo dice con la seguridad de quienes ven la salida en algo irreversible y contundente. La decisión fue como el inicio del último movimiento de una sinfonía, anunciando el irremediable fin de la relación.

Después de expulsar el humo de un cigarrillo mentolado y con sabor a arándano habla sobre su firme creencia en los sueños y una especie de fe esotérica—cuál no lo es— que da importancia a cábalas y sortilegios. Así llegó el primer aviso de un posible embarazo. Un sueño con balas, consultado posteriormente su significado, le indicó la inminencia de un ser tomando forma en su vientre. Además incrementaron las ganas de dormir, un cambio que no tenía precedente en ella.

 

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Según el Guttmacher Institute, en Colombia se practicaron cerca de 400.000 abortos durante 2008, de los cuales solo el 0,08% se realizó a través del sistema formal de salud porque cumplía con alguno de los criterios para los cuales está despenalizado (ver informe). Además, se estima que setenta mujeres mueren al año tras practicarse un aborto. A pesar de la complejidad del tema y del debate que suscita, el aborto es tal vez la causa de mortalidad materna que puede evitarse con mayor facilidad. La evidencia muestra que la prohibición no desincentiva la práctica, y por el contrario pone en riesgo la vida de más mujeres respecto a un escenario de despenalización.

 

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La Biblioteca Departamental en Cali está rodeada de bares, lupanares y una clínica de abortos. Mariana no la conoció por alguno de esos avisos de plomería que abundan en los postes de electricidad (en seis cuadras el 77,4% de los postes tenía pegado al menos uno de estos avisos). Llegó a ella porque una amiga ya había usado los servicios de esa clínica. Por supuesto primero intentó con pastillas, pero en ese momento no sabía cuál era la dosis adecuada y tampoco se lo dijeron en la farmacia. Pagó $100.000 por unas píldoras que solo provocaron una hemorragia que no tuvo la contundencia necesaria para expulsar la semilla que si dejaba crecer transformaría su vida. Al día siguiente del aborto malogrado se dirigió con dos amigas a una casa ubicada a cuatro cuadras de la Manzana del Saber, el gran complejo cultural y educativo de la ciudad.

Al ingreso, para evitar levantar sospechas en algún reportero curioso apenas en los prolegómenos, preguntaron qué quería. Como si de una consulta general se tratara, Mariana respondió que quería ver al médico. “Sí señorita, por supuesto, son $50.000 la consulta”. En el consultorio la recibió un anciano que nunca la miró a los ojos, hacía garabatos en un papel y lo único que dijo para entrar en materia fue: “cuénteme”. Mariana, incómoda por la falta de preocupación del ‘médico’, dijo “Doctor, estoy embarazada”. Se sintió estafada al saber que ese dinero solo era para confirmar lo que ya sabía. Una ecografía para que después el anciano deslizara el tema grueso sin ninguna suspicacia: “si quiere aquí le hacemos el legrado”. “Y cuánto me cuesta eso”, preguntó Mariana. “Son $300.000, señorita”.

Mariana bajó a pagar de nuevo a recepción. En la sala de espera solo estaban su amiga (a la otra no le permitieron entrar) y una pareja. Esta vez subió hasta el tercer piso para tenderse en una camilla mientras una enfermera la sedaba. En medio de su sueño sintió que algo le tiraba las entrañas. Abrió los ojos lentamente y vio al anciano moviendo las manos bajo la camilla. Pero ni siquiera el dolor le impidió sumergirse otra vez en el letargo más profundo.

Extirpado el germen, muerta la semilla, salió a la calle con su amiga. Hasta aquella mañana nunca había llorado por la situación. Tranquilidad y calma fueron las palabras que mejor describieron esa etapa previa a la consumación del acto, una práctica que no considera homicidio pero que en el octavo o noveno mes tal vez sí tome para ella esa connotación. De pronto una carga de emociones hizo brotar las lágrimas que no había derramado en todo ese tiempo.

Las secuelas solo duraron una semana. Después hizo de cuenta que nada había sucedido, como si no le hubiese pasado a ella y simplemente fuera un recuerdo lejano y brumoso de alguna pesadilla.

Hoy, mientras el viento mece las ramas de los árboles y algunos niños juegan lejos, y cuando Mariana se quita de la cara el abundante cabello que insiste en metérsele a la boca y ha vuelto a escarbar en su memoria para relatarme la experiencia, dice que no se arrepiente, que tampoco le tuvo miedo a la muerte a pesar de las inseguras condiciones del aborto.

*El nombre de la entrevistada ha sido cambiado.