A sus 77 años Guillermo Castaño sigue siendo tan eficaz orador como cuando se alzaba en la Plaza de Bolívar para encender la muchedumbre. La mayor de aquellas protestas sucedió en 1982: fue una movilización contra los cultivos de pino.

La noche que el viento tumbó la puerta

Así, por interpuesta persona, Cartón de Colombia se introdujo en el eje cafetero, aprovechando la acumulación de predios que había hecho el conglomerado económico de Bavaria. En menor proporción también se asociaron con la Federación de Cafeteros, poseedora de otras plantaciones forestales. Los ambientalistas intuyeron que el monocultivo forestal a gran escala no era una medida conservacionista sino una descomunal operación financiera que supondría el acaparamiento de tierras en pocas manos.

Cierto apartado en la denuncia de 1971 manifiesta que “se le permite a los extranjeros la tala cerca de aguas atentando en esta forma contra las fuentes de los mismos colonos…”.

 

Texto de Camilo Alzate. Fotografías de Rodrigo Grajales

1

Dice el casero que la motocicleta frenó en la portada de la finca a eso de las diez pasadas de la noche. No recuerda si el motor quedó roncando o lo apagaron. Desde su vivienda de tablones, abajo, adivinó el movimiento de unas figuras alrededor de la casa principal olfateando los ventanales. Eran dos. Lo sabe por las linternas que alumbraron hacia adentro, buscando no sabe qué a través de la puerta corrediza de madera y cristales. Luego el motor aceleró y la motocicleta se hundió por la carretera vacía del Manzano, un sector rural y montañoso al oriente de Pereira. Las sombras del 20 de julio de 2014 andaban serenas, despejadas en charcos de estrellas.

La siguiente noche cayó un temporal. Por eso, al principio creyeron que el viento había tumbado la puerta corrediza de madera y cristales que apareció destrozada de repente.

No es un chiste: Reforestaciones Ltda. efectuaba trabajos exactamente contrarios a los que su nombre intentaba sugerir, pues nada hacían más que derribar y derribar la selva montana de Tacueyó…

2

Cuatro décadas antes, en un lugar muy lejos de allí, el 31 de enero de 1975 una cuadrilla de hombres armados apareció en un campamento de aserradores llevándose al señor Eric Leupin rumbo al nevado del Huila, en el forcejeo asesinaron a uno de sus empleados. Los entendidos sostienen que se trató del primer secuestro cometido por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, en una época que no eran conocidas lo suficiente ni mucho menos se las consideraba el grupo insurgente más importante del país. Aquella fue la primera retención de un ciudadano extranjero de la que se tenga registro, cuando la guerrilla decidió meter mano en un larguísimo conflicto que sucedía arriba de las montañas de Inzá, en el departamento del Cauca.

Eric Leupin coordinó varios años los trabajos de apertura de una vía que se metía a la cordillera central por Tacueyó hasta la zona alta del resguardo indígena, a casi tres mil metros de altitud. Leupin había nacido en Canadá, pero disfrutaba de ciudadanía suiza y holandesa. De hecho, a comienzos de 1975 oficiaba como diplomático holandés en Colombia.

La empresa que el señor Eric regentaba se llamaba Reforestaciones Ltda. Contaba con el aserrío sobre un terreno selvático de 1.600 hectáreas del municipio de Inzá, algunos muebles de oficina y un pequeño buldócer que iba rompiendo la montaña.

No es un chiste: Reforestaciones Ltda. efectuaba trabajos exactamente contrarios a los que su nombre intentaba sugerir, pues nada hacían más que derribar y derribar la selva montana de Tacueyó, deforestación con la que cumplían el contrato de abastecer 100.000 toneladas de madera para Pulpapel, a precios convenidos. Pulpapel no era otra sino la subsidiaria que operaba la planta procesadora la multinacional Cartón de Colombia en el municipio de Yumbo.

Leupin –delgado, rubio y fuerte fumador– era un buen negociante, no cabe duda, según sus palabras esperaba renovar el contrato “para cubrir toda la madera disponible en la propiedad de la empresa, que se estimaba en 230.000 toneladas”. Con la valorización que la carretera traería sobre los terrenos vecinos de los nativos podrían sembrarse “2.000 hectáreas de pinos en la reserva indígena” para seguir engordando el negocio. Leupin confiesa incluso que se enredó en los bejucos del monte buscando sin éxito una mina de oro que alguien le aseguraba haber encontrado cerca al páramo.

Lo sabemos por sus memorias, un libro de 1977 titulado El lado oscuro del nevado y que luego fue llevado con el mismo nombre al cine en una película de Pascual Guerrero. Aquel fue el primero de ese nutrido género de testimonios de secuestrados en Colombia. En el libro Leupin deja claro que su prometedor negocio forestal no venía suelto de dificultades; la mayoría de empleados eran “indígenas que vivían en pequeñas parcelas cerca de la propiedad de la compañía” a quienes define como “perezosos y desconfiados de los blancos”. Relata que ganaron “su buena voluntad pero no sin períodos de exasperación (…) se juntaban y tomaban la determinación de no trabajar, para presionarnos a aceptar alguna de sus demandas (…) algunas veces ni siquiera sabíamos cuáles eran sus exigencias. En muchos aspectos eran como niños y actuaban de acuerdo a sus antojos y caprichos”.

Durante sus paseos domingueros Leupin solía conducir desde Cali, donde era cónsul honorario, hasta las entrañas de Tacueyó. Instalado en el campamento, le gustaba recorrer el gran terreno virgen deteniéndose en alguna colina elevada para dominar allí la inmensidad de sus posesiones.

Pero resulta que no eran suyas.

La Asociación Colombiana de Ingenieros Agrónomos hizo eco de las denuncias que dos cooperativas de colonos entablaron contra los proveedores de Cartón de Colombia en esta región montañosa del Cauca. En cartas públicas del 27 de febrero de 1971 se acusó a los contratistas extranjeros Hans Manzer y Eric Leupin de apoderarse de la reserva forestal del cabildo indígena de Tacueyó, aniquilando la selva sin reforestar los terrenos, imponiendo condiciones leoninas a los vecinos que aserraban para la compañía. Manzer también era propietario de una mina de carbón en El Tambo, al occidente del departamento. Mientras el Instituto Nacional de Recursos Naturales (Inderena) multaba a los nativos por tumbar el monte, frente a los extranjeros cruzaba los brazos permitiendo la tala rasa de Cartón de Colombia y sus compañías asociadas.

Publio Gabino Salazar declaró ofuscado:

–El Inderena no toma en cuenta las quejas que los colonos han presentado contra el intermediario extranjero. Su actitud ha sido de total indiferencia frente a esta grave situación. Nos hemos dirigido en varias ocasiones al gobierno central, pero nuestras quejas no han sido oídas y estamos sometidos a persecuciones económicas.

Gabino Salazar, campesino de manos compactas, lideraba en Inzá al Sindicato Agrario de Córdoba y Tierras Blancas que desafió a los empresarios. Después comenzaron los asesinatos. El primero en caer fue Villaquirán, uno de los aserradores que ayudó a burlar las imposiciones económicas de la compañía. Cuando la guerrilla se metió cuatro años más tarde lo hizo para exigir dinero a cambio de Leupin y hasta le garantizó que podría reanudar sus actividades en la zona una vez liberado, pero obviamente Leupin no deseaba volver jamás por allá. El emprendimiento forestal quedó truncado. “La región retornará sin duda a su estado de pobreza y abandono”, escribió al final del libro, convencido de ser un emisario que llevaba progreso a los perezosos aborígenes.

Este fue el primero de una larga lista de enfrentamientos de la multinacional papelera Cartón de Colombia con indígenas y comunidades rurales del suroccidente del país y el eje cafetero.

Cierto apartado en la denuncia de 1971 manifiesta que “se le permite a los extranjeros la tala cerca de aguas atentando en esta forma contra las fuentes de los mismos colonos. Se les permite la expoliación de zonas de pendientes superiores que ya se empiezan a erosionar, y se sanciona a los colonos colombianos que no han arrasado en esas zonas”.

Entre quienes suscriben la última página del manifiesto sobresale la firma de un jovencísimo líder que no pertenecía a la región. Se llamaba –se llama todavía– Guillermo Castaño Arcila.

Entre quienes suscriben la última página del manifiesto sobresale la firma de un jovencísimo líder que no pertenecía a la región. Se llamaba –se llama todavía– Guillermo Castaño Arcila.

3

–Don Guillermo –dijo la voz del casero por teléfono–, acá está la puerta vuelta nada. Parece que el viento la tiró al piso anoche.

–Ya vamos para allá.

Las chicharras asaltaban el Alto Corozal. Estuve presente cuando Guillermo Castaño revisó con varios amigos la casa. Madera rota y cristales desparramados al interior no parecían restos de un mal ventarrón, pero si acaso quedaban dudas se aclararon comprobando que las cerraduras de las habitaciones habían sido forzadas y las cosas estaban revueltas. Sin embargo, no faltaba nada adentro. Guillermo pensó en voz alta:

–Esto no lo hace ningún viento. Venían por mí.

La pequeña finca se recuesta sobre un brazo desprendido de la cordillera en límites entre Risaralda y Quindío. El paisaje extraordinario contrastaba con la tensión del momento. Desde la explanada donde se levanta la casa se divisa al fondo el cañón del Otún que arriba es una selva apretada, casi azabache. Una de las acompañantes concluyó la inspección por las habitaciones:

–Guillo, también dañaron los computadores portátiles.

Era obvio que habían ido por él.

La inseguridad se agravó del todo en el momento que la guerrilla secuestró a Eric Leupin. El Cauca vivía una oleada terrible de asesinatos a dirigentes agrarios: fue la venganza de los terratenientes de Popayán a las invasiones de haciendas que los cabildos indígenas acometían en todos los rincones del departamento para recuperar las tierras de sus antiguos resguardos.

4

De joven ya era un roble. Atractivo, coqueto, fuerte, con el verbo seductor y espeso como la barba, Guillermo Castaño se matriculó en la carrera de antropología de la Universidad Nacional en los alborotados años sesenta. La mitad de su generación nunca asistiría a la ceremonia de graduación: si los muchachos visitan las aulas solo lo hacen para organizar asambleas, movilizaciones, jornadas de solidaridad con los obreros en huelga y los presos políticos. Detrás de un hermano que consiguió trabajo en Popayán, Castaño viajó al Cauca con su mochila donde no iba ningún diploma de antropólogo, aunque se había graduado como militante sobresaliente en el entorno revolucionario de la izquierda. Fue nada más llegar al Cauca y ya marchaba al frente del conflicto contra los contratistas de Cartón de Colombia, convirtiéndose en presidente de una cooperativa agroforestal de colonos y campesinos en las montañas indígenas de Inzá.

–Hasta donde recuerdo –dirá– esa fue la primera pelea que tuvimos con Cartón en el país, en 1971, cuando la empresa era propiedad de una filial de la Mobil que se llamaba Container Corporation of America.

La inseguridad se agravó del todo en el momento que la guerrilla secuestró a Eric Leupin. El Cauca vivía una oleada terrible de asesinatos a dirigentes agrarios: fue la venganza de los terratenientes de Popayán a las invasiones de haciendas que los cabildos indígenas acometían en todos los rincones del departamento para recuperar las tierras de sus antiguos resguardos. Cuando fue amenazado de muerte Guillermo abandonó la región para regresar a Pereira, su ciudad natal.

Gracias a las influencias de su prestante familia logró ocupar algunos cargos públicos y ejerció como joven profesor, aunque no contaba con un título. Castaño figura a mediados de los setenta en la creación de una facultad de medicina comunitaria para la Universidad Tecnológica de Pereira, que fue inspirada en sus orígenes en la experiencia maoísta de los “médicos descalzos” chinos. De allí saldría el embrión del movimiento estudiantil que revolcó la ciudad en 1982, un núcleo de muchachos inconformes, algunos de ellos expulsados de la Universidad, que fueron dirigidos por Guillermo Castaño y estaban renovando la izquierda local hasta entonces manejada por un Partido Comunista fosilizado. Estos activistas pronto tomaron el protagonismo de un intenso movimiento ecológico que surgió tras el congreso de Ecogente 83, pero en ese momento nadie cayó en la cuenta que estaban fundando una corriente nueva en el país, de la que algunos conjeturan que no existían precedentes en América Latina: el ambientalismo popular.

“Un sector –expone Guillermo– decía que la ecología debía velar por las maticas, los animalitos, el aire puro y todas esas cosas”. Era 1972, cuando las Naciones Unidas convocaron la Cumbre de la Tierra en Estocolmo, la primera conferencia internacional sobre problemáticas del medio ambiente.

–La Suiza fue el sitio donde se empezó un ambientalismo que confrontó el pensamiento ecológico de Estocolmo –continúa–. Mire, ¿quién va a Estocolmo? Va Luis Villar Borda, que es un liberal de izquierda, pero allá se puso del lado de quienes cuestionaban el modelo capitalista. Villar Borda se trajo los planteamientos de Van Hensbergen, de Scott, de Blanchet, los que dijeron en Estocolmo que al planeta lo estaba dañando era el sistema capitalista. Eso era algo muy avanzado en 1972.

El especialista en ciencias ambientales Julio Carrizosa Umaña publicó en el boletín del Instituto Geográfico Agustín Codazzi aquellos documentos, que voltearon la concepción hasta entonces tradicional de la ecología muchas veces malentendida como misericordia del ser humano para con la naturaleza. Al contrario, estos jóvenes intelectuales observaban la crisis ambiental como una consecuencia más del modelo de producción imperante: una batalla política y económica que se entendió ligada a la lucha de clases.

–Es una sociedad la que se relaciona con la naturaleza. Una de las líneas del momento, la de Tibaldi, llega a ser la más agresiva y propone la “anti-ecología”. Va surgiendo un discurso comprometido socialmente y aquí nosotros tenemos la posibilidad de que Julio Carrizosa Umaña llegue a dirigir el Inderena.

Castaño fue agregado al Centro Nacional de Investigaciones Ecológicas que el Inderena echó a andar junto al río Otún en el caserío de La Suiza, de la mano de otros pioneros colombianos del ambientalismo como Augusto Ángel Maya y Andrés Vernot Santamaría. Por un lado, el Inderena establecía guardias forestales entrenados por el ejército para patrullar los bosques con revólver en mano. Pero ellos rechazaban de plano este modelo:

–El problema no es reprimir –insiste Guillermo–, el problema es educar. Julio designa a Andrés Vernot, que a su vez designa en el Inderena a Álvaro Agudelo, y me designa a mí para que pongamos patas arriba todo eso. En lugar de perseguir y sacar la gente de los páramos, por ejemplo, teníamos que fortalecerla en su territorio.

A lo largo de los 60 y 70 se hablaba muchísimo de conservar y proteger áreas naturales, aunque los motivos de fondo no eran tan evidentes. La política forestal durante las primeras décadas del siglo XX solo pretendía explotar económicamente las grandes zonas boscosas del país. Más tarde, cuando se habló de conservacionismo, algunos siempre entendieron que los planes de instaurar enormes parques naturales a lo largo de los Andes eran impulsados por los norteamericanos a través de la vilipendiada Alianza para el Progreso con el nada ecológico propósito de despoblar esos corredores estratégicos que utilizaba la insurgencia armada. Veteranos ecologistas cuentan con ironía que la política del “parquismo”, cuya finalidad es despojar a los colonos y campesinos de sus tierras para dejar extensas reservas deshabitadas, fue más una consecuencia de la revolución cubana que de la Cumbre de Estocolmo.

La Suiza era una hilera de casas en la orilla del río Otún. Antes había servido de encrucijada a los negociantes que cifraron su fortuna en la extracción de maderas y productos de la cordillera. Pero se estaba convirtiendo en el epicentro de una corriente entusiasta: allí se editó “El Ecólogo”, primer periódico ecológico de América Latina, que publicaba artículos y denuncias de corresponsales en todo el país e incluso divulgaba conflictos ambientales de otros lugares del mundo. Fue en aquel Centro Nacional de Investigaciones Ecológicas de La Suiza donde se documentó el grave impacto que la introducción de la trucha causaba sobre un género nativo de bagres de montaña. Entre otros estudios, los ecologistas demostraron tempranamente que las plantaciones forestales cortaban el paso a los monos aulladores y otra cantidad de especies porque fragmentaban el bosque. Por La Suiza desfilaron figuras representativas del ambientalismo como Ana Patricia Noguera, Gustavo Wilches Chaux, Luis Alberto Ossa y Néstor Ocampo.

La Suiza también resultó ser epicentro de los que se resistían a abandonar sus fincas tras la creación del Parque Natural de los Nevados, y era frecuente que sucedieran reuniones de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, una organización de base numerosa y beligerante, donde confluían múltiples sectores de la izquierda de la época. En La Suiza se daban cita universitarios melenudos que profesaban devoción al Che Guevara, Ho Chi Min y Malcolm X; llegaban grupos estudiantiles de los colegios de la mano de sus maestros para aprender sobre conservación; acampaban ecologistas de todo el país que participaban en encuentros y reuniones de trabajo. Allí se llevó a cabo un proyecto que buscaba lanzar la segunda expedición botánica. Ocurrían asambleas de trabajadores y sindicalistas ocupando la antigua residencia señorial de la hacienda Villa Amparo, que se adecuó como museo natural mientras en sus alrededores ganaba altura el bosque nativo.

Bien rápido aquel sector de ecologistas de izquierda chocó de nuevo con la gente de Cartón de Colombia. La multinacional presionaba a través de la Asociación Colombiana de Reforestadores, incidiendo sobre el Instituto de Recursos Naturales, según Guillermo, del mismo modo como después manipularía el Ministerio de Medio Ambiente y las Corporaciones Autónomas Regionales. Los semilleros del Inderena parecían el huerto privado de la empresa, repartiendo plántulas de coníferas a todo aquel que quisiera cultivarlas, una clara estrategia para introducir la cultura del pino desde una dependencia estatal, facilitando materia prima a la multinacional. Más temprano que tarde el lobby de los reforestadores logró expulsar a Guillermo Castaño del Inderena. En aquella trama burocrática se involucró Julio César Guerra Tulena, barón conservador del Caribe que en los noventa impulsó en el Congreso diferentes leyes forestales que favorecieron a la multinacional.

Ya no quedan muchos pobladores ni ecologistas por esos lados. El caserío de La Suiza sigue en pie antes de un bonito santuario de fauna y flora dedicado al turismo, la más pequeña de las reservas naturales que rodean a la ciudad de Pereira.

 

 

Relatos como el de Dila Calvo, la muchacha de Fenicia, un poblado cafetero minúsculo clavado en la cordillera occidental a una hora de Riofrío, en el Valle del Cauca. Haciendo ejercicio de su cargo se opuso a las plantaciones de Cartón de Colombia que estaban arruinando la economía agrícola del pueblo. El 17 de mayo de 1995 le pegaron varios tiros en la entrada de su finca en la vereda La Italia. No hay culpables ante los tribunales.

5

Gustavo Marín fue uno de esos dirigentes estudiantiles expulsados de la Universidad Tecnológica de Pereira en 1982, luego se convirtió en guardabosque y siempre acompañó a Castaño en sus peleas. Cuando le pregunté por los hostigamientos al movimiento ambientalista en los años 80 y 90 confundía momentos y sucesos.

–Es que a Guillermo lo han amenazado tantas veces. ¿Qué fecha me dice?

Después de aquella noche en que unos desconocidos invadieron su finca, le plantee al propio Castaño si consideraba posible alguna relación entre el episodio de la puerta destrozada y el último roce que sostuvo con los representantes de Smurfit-Kappa Cartón de Colombia. Una semana antes, Ricardo Gómez Londoño –ingeniero forestal de la empresa en el eje cafetero– había discutido con él durante un recorrido para verificar impactos de los cultivos de pino y eucalipto sobre las fuentes de agua del mismo sector rural donde Guillermo vivía en su pequeña propiedad. Yo también estuve en ese recorrido, aunque el clima general fue de respeto, se notaba la hostilidad mutua entre los ambientalistas y los representantes de la compañía.

–¿Usted cree que eso de la puerta lo hizo gente de Smurfit? –le dije.

Guillermo alzó las cejas y los hombros. ¿Quién tenía certezas? No podía confirmar ni desmentir. En cambio, podía contarme historias de pinos y difuntos.

Relatos como el de Dila Calvo, la muchacha de Fenicia, un poblado cafetero minúsculo clavado en la cordillera occidental a una hora de Riofrío, en el Valle del Cauca. Ella, con Cosme Guacas y sus vecinos campesinos emprendieron una de las primeras producciones de café orgánico para exportación en los años ochenta. Dila Calvo alcanzó a quedar electa al Concejo del municipio de Riofrío por el Partido Conservador. Haciendo ejercicio de su cargo se opuso a las plantaciones de Cartón de Colombia que estaban arruinando la economía agrícola del pueblo. El 17 de mayo de 1995 le pegaron varios tiros en la entrada de su finca en la vereda La Italia. No hay culpables ante los tribunales.

O la historia de Mario Pineda, dirigente cívico de Sevilla, otro de esos municipios cafeteros del norte del Valle del Cauca. Afiliado al Nuevo Liberalismo, Pineda lideraba varias causas sociales, entre ellas el Grupo Ecológico El Yarumo. En su pequeño periódico local llamado “La Razón” y desde un cafetín de su propiedad gestó con Alberto “Topo” Ceballos un paro cívico por el agua: rechazaron las siembras de pino que realizaba la Compañía Nacional de Reforestación en las tierras frías de Sevilla. Durante una disputa pública alguien le oyó decir a un contratista que a esos los podían “pagar por caja menor”.

Meses después Mario Pineda yacía de bruces en la plaza central del pueblo con tres balazos a la espalda, eran las 5.30 de la tarde del viernes 4 de noviembre de 1983. El periodista Enrique Santos Calderón denunció el homicidio en su columna del periódico El Tiempo: “hace un mes Pineda fue retenido por el comandante de la Policía, quien lo amenazó de muerte”. El proceso judicial nunca aclaró quiénes fueron los responsables.

Guillermo también me contó la experiencia del “Comité cívico No al pino”, una propuesta ciudadana de gran acogida que indujo a la multinacional a realizar demostraciones de beneficencia financiando proyectos educativos para mejorar su imagen en la región.

–Es la principal movilización que se ha dado contra el pino –recuerda Castaño–. Se dio en Darién.

Darién es famoso por el lago Calima, un embalse artificial en las afueras del pueblo que brinda parte de su electricidad a Cali. Todos los sectores políticos de la región se unieron para oponerse a la expansión de los cultivos forestales, que comenzaron a implantarse en 1982 en la zona montañosa donde antes había una nutrida producción de alimentos.

En la calle se comentaba que los frutos del campo escaseaban cada vez más, que ya no quedaba gente arriba sacándole algo a la tierra: todo estaba invadido de pineras. Durante una semana el pueblo entero se conmocionó en un foro contra las plantaciones; aparecieron ecologistas de puntos opuestos del país, dirigentes políticos, tenderos, comerciantes del mercado y labriegos que bajaron de las veredas. Germán Mejía, quien llegaría a ser alcalde de Calima-Darién en 1988, encabezó la manifestación. Una semana antes de asumir el cargo hubo un atentado fallido contra él, desde entonces andaba amenazado. Lo mataron en Yumbo en 1997 cuando iba por una calle de bodegas industriales en su camioneta. Nunca se supo por qué.

Guillermo me contó la historia de Andrés Robledo, líder de los desplazados de Tuluá, asesinado en 2002. La de Walter Álvarez, miembro del Polo Democrático desaparecido en Buga en 2006. Los ecologistas Gloria Sofía Zapata, Eder Alexander y Hernando Duque, asesinados en Belén de Umbría (Risaralda) en 1998. El caso de Sandra Viviana Cuéllar, ambientalista de Cali que nadie volvió a ver después que viajara a reunirse con unos campesinos de Palmira en 2012. Casualmente todos –aseguraba él– se enfrentaron al negocio forestal de Cartón de Colombia en sus localidades. Le hice entonces una observación obvia: nunca se ha encontrado un solo indicio que incrimine a la multinacional.

–Yo no tengo pruebas de nada –replica–. Sólo sé que ahí están los muertos.

Cuando le puse sobre la mesa este asunto al ingeniero Ricardo Gómez, el hombre de Smurfit en el eje cafetero, su respuesta fue contundente:

–Nosotros hemos sido tajantes en eso: nuestra forma de proceder no es así. Ni hablar de ese tema.

Según Gómez, la empresa ni siquiera paga celadores armados que vigilen sus enormes propiedades. Por política de la compañía tampoco se pronuncian sobre acusaciones como las de Castaño, a no ser –aclara– que exista algún requerimiento judicial.

Y aunque cursa una reclamación de tierras contra la multinacional, entablada por unos campesinos que fueron despojados por los paramilitares en Bolívar (Valle), hasta 2016 no existían más procesos penales que involucraran a Smurfit Cartón de Colombia en casos de homicidios, lo que deja en la franja del rumor y la conjetura ideológica las afirmaciones de los ambientalistas. Joe Broderick, el periodista australiano que investigó exhaustivamente la trayectoria de Cartón de Colombia a mediados de los noventa, se mostró asombrado cuando le hablé de este tipo de señalamientos y confesó no tener ni idea del asunto.

Nada más ilustrativo que la propia vida de Guillermo, pues su relato es el de un eterno perseguido. Me confió, apagando la voz, cierta vez que una Toyota blanca paró frente a la portada de su finca en 2002, botando unos sujetos de pistola en mano gritando un sartal de improperios y afirmando que venían de la Red de Seguridad de Cebolleros, un escuadrón paramilitar que operaba al oriente de Pereira. Me contó cuando unos desconocidos se introdujeron a su vivienda en Calarcá sin hallarlo. O la anécdota que en cierta ocasión mencionó el periodista Silvio Girón sobre el primer grupo paramilitar del eje cafetero, “Los magníficos”, unos matones que en la década de los ochenta gozaron con la complacencia de políticos famosos en Pereira y Manizales. Decía Girón que “Los magníficos” cobraron por darle muerte a Castaño, pero devolvieron el dinero al interesado, más o menos con estas palabras: “tenga la plata y vaya mate usted a ese hijueputa, si es que lo encuentra”.

Se complican las fechas, los lugares, las circunstancias. Se confunden las causas. Ya no sé si a Guillermo lo quisieron quitar de en medio porque desnudó la tenebrosa limpieza social de Pereira, un plan macabro donde policías encubiertos asesinaban indigentes, drogadictos y prostitutas, que era ordenado desde la oficina de gente sumamente prestigiosa y fue aplaudido en las redacciones de los periódicos y los consejos de seguridad que se reunían en el despacho del gobernador de esa época. Pero también puede ser que lo perseguían más bien por promover las Escuelas Campesinas como modelo de resistir al despojo. Quizá a Guillermo intentaban cobrarle ser el impulsor de una ocupación de jornaleros sin tierra a los cafetales del latifundista Arcesio Domínguez, entre Calarcá y Córdoba, a quien las Farc asesinaron posteriormente con un disparo de bazuca durante un intento de secuestro. Tal vez la ultraderecha deseaba matarlo para castigar su liderazgo en el Comité Departamental de Derechos Humanos.

O todo lo anterior junto.

–Es que a Guillermo lo han amenazado tantas veces –repite el guardabosque Gustavo Marín–. ¿Qué fecha me dice? ¿Sería esa vez que hicimos la manifestación contra los pinos en la Plaza de Bolívar?

A sus 77 años Guillermo Castaño sigue siendo tan eficaz orador como cuando se alzaba en la Plaza de Bolívar para encender la muchedumbre. La mayor de aquellas protestas sucedió en 1982: fue una movilización contra los cultivos de pino.

6

Las vías rurales de El Manzano repiten un trazado similar al de todas las montañas donde se han establecido cultivos forestales, son un enredo de carreteras destapadas, aunque en buen estado, por donde no pasa nadie, no se llega a ninguna parte, ni avanzan transportes llevando campesinos a caseríos pues ya no existe ninguno. Solo hay eucaliptos y pineras solitarias, algunas trozas de madera se apilan al borde esperando al camión que cargará la madera. Los ecologistas inventaron un concepto elocuente: lo llaman el desierto verde.

Bloqueando una de estas vías se agrupaba a mediados de 2015 una procesión de estudiantes que hacía corrillo para escuchar al señor con aspecto de abuelito bonachón de barbas y copete blanco:

–Esta es la principal estrella hídrica que tenemos, donde nacen ríos muy importantes. ¿Cómo es posible que la arrasen para sembrar unos árboles que terminarán convertidos en cartón? Y el cartón acaba en la basura… ¡Estamos cambiando agua por basura!

A sus 77 años Guillermo Castaño sigue siendo tan eficaz orador como cuando se alzaba en la Plaza de Bolívar para encender la muchedumbre. La mayor de aquellas protestas sucedió en 1982: fue una movilización contra los cultivos de pino.

Cartón de Colombia no había aterrizado aun en el eje cafetero, aunque sí lo hicieron helicópteros que a finales de los setenta desembarcaron técnicos agrícolas junto a importantes ejecutivos del grupo Bavaria, propiedad de la poderosa familia Santo Domingo. El Grupo Bavaria se interesó en adquirir terrenos en Valle, Caldas, Quindío y Risaralda, para invertir en el promisorio negocio de los cultivos forestales. Don Julio Mario Santo Domingo –cuenta Gerardo Reyes en una biografía– ansiaba promover su imagen de capitán de la industria obsesionado con el cuidado de la naturaleza: a este millonario, el más acaudalado de Colombia en su tiempo, le gustaba mostrarse como un apasionado defensor y amigo de los árboles cuando el país perdía alrededor de 200.000 hectáreas de selva cada año por la deforestación y la presión ganadera. Bavaria creó la Compañía Nacional de Reforestación y compró tierras de hacendados en todo el eje cafetero para plantar coníferas. Pero las intenciones reales no tenían tanto que ver con la protección de las cuencas hidrográficas, como repetían a cada rato, sino con evadir impuestos ocultando excedentes de capital en inversiones faraónicas que el Estado no tenía la capacidad de fiscalizar. En 1986 los rodales de los pinos manifestaron un grosor envidiable, entonces Santo Domingo demostró el gran amor que tenía por sus arbolitos negociando sus terrenos del eje cafetero para que la multinacional Cartón de Colombia, que recién había sido comprada por el Smurfit Group, irrumpiera a tala rasa cortando los pinos. Y eran tantos que, tal y como recordó un ejecutivo de la empresa, la tarea costó 600.000 jornales.

Gerardo Reyes lo apuntó correctamente: don Julio Mario Santo Domingo no veía “inconveniente en sacrificar a los amigos en asuntos de negocios”.

Así, por interpuesta persona, Cartón de Colombia se introdujo en el eje cafetero, aprovechando la acumulación de predios que había hecho el conglomerado económico de Bavaria. En menor proporción también se asociaron con la Federación de Cafeteros, poseedora de otras plantaciones forestales. Los ambientalistas intuyeron que el monocultivo forestal a gran escala no era una medida conservacionista sino una descomunal operación financiera que supondría el acaparamiento de tierras en pocas manos. Tenían la memoria fresca con las primeras siembras de coníferas sobre la cuenca del Otún en los 60 y sabían que los pinos impactaban negativamente las corrientes de agua. Ya habían descubierto cómo los animales y plantas del medio nativo nunca se adaptan dentro de aquellas plantaciones, acaban forzadas a desaparecer o migrar. Sospechaban que se dejaría sin empleo a las comunidades que dependían de la agricultura y el ganado de la región, como ya estaba sucediendo en los departamentos de Cauca y Valle. Entonces se pusieron a trabajar en lo que mejor sabían hacer, se pusieron a mover la gente.

Todos aún recuerdan que no cabían en la Plaza de Bolívar y que unas niñas de los colegios iban disfrazadas con vestuarios quimbayas rociando agua en vasijas de barro, una alegoría de la pureza del río Otún. Todos aún corean entre risas de nostalgia los gritos de aquella manifestación:

–¿El pino?

–¡No vino!

–¿Qué pasa?

–¡Destruye nuestra casa!

Todos aún recuerdan que no cabían en la Plaza de Bolívar y que unas niñas de los colegios iban disfrazadas con vestuarios quimbayas rociando agua en vasijas de barro, una alegoría de la pureza del río Otún.

7

Voy a leer de un viejo militante de izquierda un comentario acusando a Guillermo Castaño de ser un burgués acomodado, embelesado por la buena vida, con vocación de caudillo egocéntrico. También escucharé que su línea política fue el eclecticismo, intentar quedar bien con todos, simpatizando con revolucionarios de este sector y de aquel otro, gestionando dineros con funcionarios oficiales, coqueteando con la insurgencia pero apareciendo en fotografías junto a delfines del liberalismo y la aristocracia local como Juan Guillermo Ángel, lo que en el contexto ortodoxo de los 80 produjo contradicciones que fracturaron el movimiento ambiental entre quienes no consideraban un problema financiarse de la oficialidad y quienes asumían en la radicalización política su opción de lucha.

Otro líder ecologista me explicaría que la división se originó cuando los universitarios se hicieron intransigentes con sus posturas, considerando que sumarse a instituciones como el Inderena suponía seguirle el juego al Estado. Guillermo Aníbal Gartner, un profesor retirado que de joven perteneció a círculos clandestinos, pero después terminó de asesor de la Policía en temas de seguridad a través de un Observatorio del Delito, definió a Castaño como “un pachamamista radical” que predicaba posiciones extremas de un discurso dogmático y purista, imposible de aplicar en la vida real. “Váyase usted a acampar un fin de semana” –remató Gartner– “a ver cómo es de armónica la relación con la naturaleza para proveerse de agua, evitar las plagas y los animales que no siempre son tan amigables”.

A Guillermo Castaño el tremendo carisma no lo salvó de ganarse tantos enemigos a la diestra como a la zurda. Y hay una zurda de este país, lo sabe cualquiera, que practica el canibalismo.

Un principio de la agroecología, explica, es recuperar saberes ancestrales que los pueblos acumularon a lo largo de siglos.

8

Un domingo gris y mojado de 2015 acompañé a Guillermo mientras recibía una delegación de campesinos con un recorrido por la huerta de su finca.

–Notarán ustedes que acá no tenemos problema con eso que llaman malezas –arrancó el hombre con entusiasmo–. Son plantas acompañantes, cortamos el bordecito no más, pero dejamos las plantas para detener la erosión.

Un principio de la agroecología, explica, es recuperar saberes ancestrales que los pueblos acumularon a lo largo de siglos. Por eso gente como él se pasa la vida dándole un sustento científico a esas prácticas que se consideran atrasadas y poco productivas bajo la óptica capitalista de la agroindustria. “¿Quién conoce los uyucos? Esta matica es el alpiste. Miren ahí, eso es un rábano, detrás están las mashuas. Al frente la señora quinua, y eso… ¡eso es soya! ¡A dos mil metros de altitud, pa’ que vean pues!”.

Del terreno, que no alcanza las dos hectáreas, salieron semillas que surten los conucos de las Escuelas Campesinas de Agroecología, una propuesta impulsada por los curas del Instituto Mayor Campesino, muchas veces acusado de ser soporte de este o aquel grupo guerrillero. Guillermo desentierra un sagú –el tubérculo ancestral de los quimbayas–, agarra el amaranto mexicano y el andino, acaricia un maizal, recoge los chiles picantes y las achicorias, las archuchas, las uchuvas y los yacones, desgrana una de las veintitantas clases de fríjoles que se encrespan entre sus árboles. Junto al portal, un pequeño guayacán amarillo trata de florecer donde reposan las cenizas de Cristina, su última compañera, fallecida debido a un cáncer probablemente por haber convivido con pesticidas y agro tóxicos durante buena parte de su infancia y juventud en el campo.

–Ellas, las planticas, nos están enseñando. Nos están diciendo a esta altura y con este suelo cuánto se demoran en crecer, cuántas pepitas echan por vaina, la cantidad de agua que necesitan. Acá las ponemos juntas, como bregando a que se arrimen, que no se estorben, a ver cómo se mezclan.

Aquel discurso romántico podía parecer cualquier cosa menos una arenga subversiva. Sin embargo, lo era, pero con tanta armonía alrededor parecía imposible que alguien quisiera asesinar al anciano suave y apacible de maneras cálidas que andaba plantando raíces y viendo prosperar los frutales entre la niebla. Había corrido un año completo desde aquella noche que encontraron la puerta de su casa dislocada a golpes, y él seguía ahí, aferrándose al barro porque ya solo quiere ser terquedad y carisma, ventarrón y agua mansa, borrasca y sosiego.