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Por: Felipe Chica Jiménez

Ilustraciones por: Conrado Barrera Henao

A Juana Escorcia le cayó un rayo encima y a pesar de todo siguió viva. El curandero local dijo que para sacarle el millón de voltios que se le alojaron en el cuerpo y la dejaron trémula como un panal de avispas, debían enterrarla en arena de mar: ‘dos horas cada día durante un mes completo’. Entonces su padre la llevó a las playas de Ciénaga, Magdalena, donde una hermana suya llevaría a cabo el tratamiento.

Días después de lo sucedido, otro destello bajó del cielo y calcinó el cuerpo de un novillo y dos terneros que se encontraban pastando.

Fue en un agosto en el que el cielo tronaba como si los dioses jugaran a los bolos sobre las nubes. La última de las tormentas eléctricas rajó arboles e incendió potreros a su paso. Dicen que gracias al desatinado Pedro Luis se regó el cuento por toda la zona de que en La Pailita los rayos habían hecho su nido. Eran los días en los que se rumoraba que hombres armados andaban sueltos por todo el pueblo.

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Cuando el padre de Juana llegó de sorpresa a la casa de su hermana, atravesó la puerta diciendo: “si el diablo entra a La Pailita, no sale vivo”.

Dos horas cada día, por todo un mes, bajo arena de mar, le bastaron a la señorita Escorcia para ser famosa en todo Ciénaga. Al menos por un tiempo. Lo cierto es que gracias a sus jornadas curativas conoció a Basilio de la Cruz, un pescador que ella -con apenas su cabeza saliendo de la arena-, seguía con la mirada, mientras él, parado sobre su barcaza, lanzaba su atarraya en medio de un remolino de aves que gritaban  excitadas, como si exigieran su parte en el botín de pez.

La última vez que Juana visitó La Pailita en compañía de Basilio no alcanzó a distinguir el punto exacto donde dos años atrás un rayo le había cambiado la vida. Un ejército de palma africana le impedía reconocerlo.

Bosconia, 2013.