LA PALABRA PUEDE SER INÚTIL

Un secreto para lograr uno o lo otro es saber cuándo detenerse, cuándo suspender la verborrea o los trazos, y dejar que la sensibilidad y el silencio hagan lo suyo, pues toda línea innecesaria, toda palabra innecesaria, no solo será un exceso, sino que podrá llevar al traste la intención.

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

Son dos caracoles uno junto al otro. Ambos fueron nombrados por el artista con la playa en la que al parecer él los vio o los pintó. Hay diferencia de años entre la pintura de uno y otro. Uno es gris azulado, de líneas duras, el mar del fondo es de un azul intenso, irreal. El segundo, en cambio, es leve y casi puede palparse esa superficie nacarada y rosada que tienen las caracolas. Las dos pinturas no ocupan más de un metro de las paredes del MAMBO y sin embargo hacen retumbar el espacio con el sonido de las olas que llevan dentro. Parado frente a ellas recordé las caracolas que cuñaban las puertas de la casa de mi abuela y que yo de niño me llevaba al oído para escuchar el mar lejano y extraño a las montañas de los Andes. Pero en esta ocasión no tuve necesidad de acercar mi oído, no, el oleaje se sentía retumbando en la sala como si quisiera mojar e inundarlo todo.

La exposición de Ramírez antes de Villamizar la componen pocas obras, todas de la colección del MAMBO y corresponden a la etapa previa a su consolidación como escultor, y al uso recurrente de sus dos apellidos. Tal como si Ramírez fuera uno y Ramírez Villamizar otro. Tal como sucede a quienes tienen dos nombres y dos apellidos y los emplean para nombrar los varios y naturales yoes que todos llevamos dentro (almas, diría Antonio Tabucchi que dijo el entrañable Pereira).

Ya he dicho que la exposición la componen pocas obras, y es una fortuna, porque eso permite que el visitante observe con mayor detenimiento y tranquilidad, sin agobio. No obstante, para colmo a mí me hubiera bastado, para gozar varios días, con los dos caracoles, un bodegón con naranjas pintado sobre madera, el retrato de la madre del artista y la silueta del hombre que emplearon los curadores para invitar a la exposición, hecha sobre papel con apenas unos pocos trazos y que refleja a un hombre con la boca entreabierta que mira perplejo al horizonte, en silencio, como si lo que hubiera visto o percibido lo hubiera dejado sin palabras, o como si estas fueran insuficientes, innecesarias.

En 1945 un hombre mira el río Hudson desde la ventana del pabellón psiquiátrico en el que se encuentra recluido, está absorto, en silencio, casi no recuerda palabra alguna. El edificio es una absurda construcción victoriana asentada en un pequeño pueblo del estado de Nueva York con nombre algonquino: Poughkeepsie. El hombre se esfuerza por recordar y por momentos logra atisbos de su antigua lucidez. Respira profundo, deja su boca abierta, como si haciéndolo las palabras pudieran escapar por su cuenta. Las enfermeras y cuidadores no le prestan cuidado, saben que su demencia nunca es violenta, así que lo dejan tranquilo mirar como corre el río o como pasan los pájaros por el cielo. Muy de vez en cuando sale de su boca, apenas como un susurro, un chorro de palabras: “un texto enérgico es conciso. Una oración no debe contener palabras innecesarias, ni un párrafo oraciones innecesarias, por el mismo motivo que un dibujo no debe tener líneas innecesarias y una máquina partes innecesarias”. A veces reclama la presencia de su amigo y alumno E. B. White, y con prudencia, casi como si no quisiera importunar, vuelve a presentarse con la formalidad de hombre correcto y bien educado que lo caracteriza: “mucho gusto, William Strunk Jr., profesor de Cornell”, dice. Luego guarda silencio, aunque este no le es extraño, ni se trata de un comportamiento reciente, siempre guardaba silencios prolongados que empleaba para pesar las palabras que acababa de pronunciar, como si fuera su deber tasarlas e irlas utilizando con esmero.

Enhebrar palabras no es difícil, hacer que digan algo sí. Empegotar un papel o un cartón con colores tampoco, crear algo sublime sí. Un secreto para lograr uno o lo otro es saber cuándo detenerse, cuándo suspender la verborrea o los trazos, y dejar que la sensibilidad y el silencio hagan lo suyo, pues toda línea innecesaria, toda palabra innecesaria, no solo será un exceso, sino que podrá llevar al traste la intención. El problema es que ahí reside la maestría, en esa contención, tal como se lo decía el profesor Strunk a su amigo White, quien supo trasladarlo a sus escritores en el New Yorker.

Ramírez Villamizar dijo: “Es preciso saber encontrar el momento en que se debe detener la búsqueda, en que nada sobra ni falta. Momento en que la inteligencia y la intuición crean algo misterioso, sorprendiendo primero al propio artista. Sorprendido, solo él sabe que las formas relacionadas entraron en su universo. Y para explicar este universo ya no existen palabras, sino la sensibilidad y el silencio del espectador. La obra está completa, la palabra es inútil”.