Para mantener presente la obra del escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor, se realizará el martes 4 de diciembre un conversatorio del grupo Literatura y psique sobre la importancia de sus novelas y el aporte a la literatura nacional. La jornada se llevará a cabo en el Banco de la República, en el centro de Pereira, a partir de las 3: 00 pm.

 

Texto y fotografías por Franklyn Molano Gaona*

A Roberto Burgos Cantor (1948 – 2018), la gente lo recuerda con una sonrisa amable y un gesto de bondad difícil de olvidar. El autor de novelas como: El Patio de los vientos perdidos, Pavana del ángel, El vuelo de la paloma, Señas particulares, Ver lo que veo y La ceiba de la memoria, premio nacional de novela 2018, se paseó en una extensa jornada literaria en el 2012 en Pereira.

Llegó a la ciudad para leer, para promover la lectura entre los jóvenes y para motivar a que le gente le naciera la necesidad de leer un buen libro. El cartagenero había recibido una invitación del entonces Instituto de Cultura (hoy Secretaría de Cultura) para que estuviera en salones de colegios y bibliotecas de universidades. La lectura que salía de él, lograba atrapar la atención de decenas de jóvenes que lo fueron a escuchar.

Ese día su cabellera ceniza sobresalía a la distancia por encima de decenas de estudiantes que lo rodeaban y pedían firmar ejemplares de su obra. Burgos Cantor lanzaba sobre el papel su nombre mientras daba declaraciones y posa al lado de una niña de falda a cuadros y blusa blanca, quien le pedía tomarse una foto.

En el siguiente diálogo, el escritor reveló sus orígenes como novelista, habló de la importancia de la memoria y del descuido que existe sobre nuestra propia realidad.

Entonces hay una relación de necesidad que lo lleva a uno a escribir. No he indagado mayor cosa del por qué ocurría eso, pero allí estaba escribiendo

¿Cómo son sus primeros encuentros con la escritura y quién lo conduce por ese camino?

Tengo unos primeros recuerdos cuando estaba en el colegio y de pronto empecé a escribir sin ningún orden, sin ningún propósito. Lo que tengo claro de esa etapa es que se escribe por necesidad, porque nada explica que uno de niño deje el juego de basket, o ese juego elemental en el Caribe, que es el juego de tapitas, para ponerse a escribir.

Entonces hay una relación de necesidad que lo lleva a uno a escribir. No he indagado mayor cosa del por qué ocurría eso, pero allí estaba escribiendo, hasta que me vi metido en la revista de Manuel Zapata Olivella (Lorica, 1920. Primer autor que exaltó en sus obras la identidad negra colombiana) y me vi sumergido en ese bello lío que es la literatura.

 

¿Qué fue lo primero que escribió: cuento corto, ensayo o poemas?

Nunca he entendido por qué muchos escritores empezamos por un género que es de mucha exigencia, que es el cuento. Escribía cuentos. Con los años he llegado a la idea de que el cuento protege moralmente al escritor, porque cuando un cuento no funciona, uno lo nota de manera rápida. Uno lo descubre a las tres o a las cinco líneas y sabe que el cuento no funciona.

Con una novela, se da uno cuenta muy tarde y botar 50 o 60 páginas, creo que al escritor cachorro lo desmoraliza, lo destruye, lo desestimula… y por eso empezamos por el cuento. No sé si sea esa la explicación del por qué empezamos muchos por el cuento, pero creo que tiene que ver con que el cuento es una manera de autoprotección.

 

Hábleme un poco de sus hábitos como escritor, ¿escribe en las mañanas, en las tardes, o a qué hora le resulta más cómodo?

Siempre escribo cuando puedo. Cuando he tenido épocas de laboriosidad, como todos que trabajamos durante el día, escribo por la noche. Pero mi horario preferido es empezar en la mañana y seguir hasta las cuatro o cinco de la tarde sin parar. Ese horario me gusta, me estimula, me exige… y en estos tiempos en que tengo obligaciones laborales en la tarde, escribo en el horario de la mañana. Pero siempre hay que arreglárselas para tener el tiempo de escribir.

 

Usted tiene una vocación clara con la memoria, se percibe en su obra literaria, ¿para usted cuál es la importancia histórica de la memoria?

Creo que hemos sido de alguna manera unos seres descuidados con nosotros mismos. Descuidados con nuestra propia realidad. Acobardados ante nuestros conflictos y apelar a la memoria es una manera de saber que se tuvo, de la huella que se deja, de la que dejaron los otros y de buscar caminos para seguir…

 

Usted es un escritor de gran aliento que se lee fuera del país, que se lee en Paris. ¿Qué siente que su obra haya trascendido las fronteras?

Ese es un hecho fortuito. Recuerde que alguna vez le preguntaron a William Faulkner (Nobel de Literatura en 1950. Autor, entre otros, de la novela El ruido y la furia) sobre qué se necesita para escribir y el viejo zorro decía: 90 por ciento de transpiración y se reservó un pequeño porcentaje destinado a tener un poquito de suerte, que no le hace mal al escritor, y eso es lo fortuito.

Aprecio la lectura de lo mío porque de alguna manera la literatura es universal y también da un poco de aliento tener lectores distantes para ver si alguna vez terminamos de conocernos más.

 

El tiempo de escribir es tan exigente y lo que hay que escribir es tanto, que si uno se dedica a promocionar lo que escribe, deja de escribir.

¿Cómo ha hecho usted para mantenerse distante y no dejarse seducir por los medios de comunicación?

Cuidando el tiempo de escribir. El tiempo de escribir es tan exigente y lo que hay que escribir es tanto, que si uno se dedica a promocionar lo que escribe, deja de escribir.

 

¿Cuando escribe, se corrige y se relee mucho lo que escribe?

Ese fue un consejo solidario y generoso que nos dio Gabriel García Márquez a Luis Fayad (Bogotá, 1945. Uno de los mejores narradores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX) y a mí. Nos dijo: a qué no saben lo que les voy a decir, lo descubrí en estos días: hay que escribir siempre en limpio. No se pare de su trabajo sin haber corregido: una línea que se escribe una línea que se corrige. Pero no acumule porque después es peor, es como volver a empezar.

 

Veo también que usted y su obra tienen recibo entre los jóvenes, ¿qué les dice a ellos?

Alienta mucho que esa distancia de años, de época y de lecturas, permita y tenga un lugar para lo que escribo. Eso por supuesto me enaltece, me reta y me propone alcanzar metas más complicadas.

Los muchachos están haciendo un esfuerzo y están ocurriendo cosas. Hay un deseo de escribir sin someterse al requerimiento comercial que está tan de moda y que es tan tirano en estos días.

¿Qué reflexión hace sobre las bajas cifras de lectura que hay en el país?

Creo que en los temas de la lectura debemos hacer un esfuerzo entre todos. Las políticas públicas han estado un poco desencaminadas. Se gastan muchas sumas de dinero cuando quizá habría que proponer otra vez colecciones de libros que estén al alcance de los niños y de los jóvenes. Tener más aprecio por nosotros mismos.

Veo lo que hacen las editoriales mexicanas, donde las bibliotecas públicas tienen el deber legal de comprar cierto número de ejemplares de los autores nacionales.

Uno mira lo que ocurre en Venezuela con la colección Ayacucho, que es una maravilla. Entonces aquí hay unos esfuerzos como perdidos: la Biblioteca familiar de la Presidencia de la República, las colecciones del Instituto Colombiano de Cultura, cuando así se llamaba…

Entonces hay que hacer un esfuerzo, quizá un pacto moral entre maestros, bibliotecarios, gestores culturales y nosotros los escritores, que estamos participando en este esfuerzo de construir lo público.

 

¿Cómo ve la nueva generación de escritores nacionales?

Hay un grupo estupendo. Uno de ellos es un escritor nuevo antioqueño, Pablo Montoya, que tiene una novela que se llama Los derrotados, quien años atrás escribió Lejos de Roma, que es un trabajo interesante.

Hay autores como Juan Esteban Constaín que me interesa; Juan David Correa, que luego de escribir su novela hizo un reportaje sobre Armero riguroso y muy conmovedor. Hay un poeta como Rómulo Bustos en Cartagena y la poesía de Lucía Estrada en Medellín.

Los muchachos están haciendo un esfuerzo y están ocurriendo cosas. Hay un deseo de escribir sin someterse al requerimiento comercial que está tan de moda y que es tan tirano en estos días.

fmolanogaona@gmail.com