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Juzgo a quien ante la propia moralidad arrodilla a un hombre para embetunar su calzado de charol. 

 

 

 

 

 

Por Mateo Matías Arango

Todo irremediablemente se repite: el sin cesar de la campana de los helados, los aullidos esporádicos de las ambulancias -compitiendo unas con otras a ver quién llega primera al desahuciado- y aquellos que cayeron en el grave accidente del abandono, con sus plegarias suplicando por un bocado de comida. No basta con la miseria propia, siempre nos alterca la ajena.

Las campanas del heladero anuncian una felicidad casi infinita para los niños. Lo que no hace el llamado ortodoxo para rendir súplicas a los sepulcros. Diviso el sol forcejeando con la solenme silueta cromática, va tornando con paciencia las pequeños ratas que fisgonean las calles de esta ciudad morena; a veces mulata que trasnocha aún con mi poca elocuencia nocturna.

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El día anuncia su cierre y junto a él un hombre aprovecha sus últimas oportunidades para exhibirse. Con instinto de supervivencia y la esperanza colgando de su barba, pregunta:

-¿Lustro sus zapatos?

Quizá él no lo sepa, quizá nunca lo llegue a saber, pero juzgo a quien ante la propia moralidad arrodilla a un hombre para embetunar su calzado de charol; alguna vez Jesús se arrepintió por lavar, con su manto y agua de lebrillo, los pecados que jamás le correspondieron.

Sin escrúpulos, sin respuesta e insatisfecho por las monedas depositadas en sus manos. En ellas difícilmente se lograba divisar los caminos de las palmas, el betún los cubría; dudo que este hombre tenga su propio camino. Toda su vida la ha pasado limpiando la suciedad de los ajenos.

-¡Sin vergüenza!- exclamé a mis adentros.

Mis Mocasines Náuticos se posaron sobre su butaca roída, por el frío y la soledad, y de un negro espeso como el del betún. Invadido como Josef K presionado por Tirotelli y su grupito de lolas para comprar sus cuadros empíricos.

-Están muy opacos, usted reluce más que sus zapatos, debería de ser a la inversa; usted sabe, la gente empieza reparando desde el piso y no del rostro hacia abajo. Déjeme enseñarle, no sea mezquino.

No esperó pretexto. El cepillo pronto surcó sobre mis mocasines, y aquel bolero arrodillado como en ademán de ejecución doblegó mi moralidad. Consumó su faena por cuatro mil pesos, mis zapatos relucían como si el sol se hubiera puesto en ellos y no tras las espaldas de las montañas. Se marchó sin saber a dónde, sin camino, sin un caudal fijo por donde fluir como el Otún. Desde este día la vida no es color rosa, es negra como las manos de Don Fernando.