Así pasó la historia. Yo no me quería quedar allá en La Mina, allá estaba esperando a mi hijo y así me quedé, volvimos otra vez a  Bajo Cáceres. Ya habían matado a Franki, ya qué”

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Por: Harris Tapasco

“Desde muy niña he trabajado, estuve trabajando como niñera cuando estaba pequeña. Viví en Zeilán (Vallle del Cauca), allá me conocí con un señor Jorge Cortés, fué mi compañero por un tiempo, me casé con él y tuve una hija suya y fue quien me trajo a vivir acá a Trujillo, a la vereda Bajo Cáceres en el año 84 que fue dónde se iniciaron los problemas esos”

 Así empieza el relato de doña Ludibia Vanegas, una mujer que a sus 61 años de edad ha recorrido el camino de la tragedia y los senderos de la lucha contra el olvido.

“bueno, en el año 88 habían cuestiones políticas, Lloredistas contra Holguinistas. A través de Leonardo Espinoza y todas las personas que luchaban por esa cuestión política, ese poder, ahí ya había muertos y cosas raras. Ya en el año 89 que fue donde se hizo toda la manifestación, se reunieron todos los campesinos y todo para pedir que los ayudaran en vías, porque estaban muy mal, no le prestaban atención ni a los campesinos ni a nada, entonces se hacían reuniones para que se hiciera la manifestación pidiéndole al estado que tuviera en cuenta los campesinos. A esa manifestación que se hizo vino mucha gente de las veredas y también transportadores, ahí fue cuando dijeron que había gente infiltrada, que habían guerrilleros en la marcha.  Como quitaban la energía y todo quedaba a oscuras, esa noche los policías aprovecharon la oscuridad para empezar a disparar y a infundir el pánico entre todos los que estaban aglomerados allí en el parque principal. Cuando vieron esa gente, eso fue un día, que estaban rodeando todo eso y decían que era la guerrilla la que se estaba apoderando de Trujillo. Ahí fue cuando el Padre Tiberio viendo que estaba pasando eso, la policía disparando, abrió las puertas de la iglesia para que entraran todos ahí a ponerse a salvo, ahí fue cuando dijeron que él era colaborador de la guerrilla, y eso dicen, que él le colaboraba a la guerrilla, que toda esa gente era guerrillera los que estaban ahí.”

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Una pregunta casi obvia surge, pero lo quería escuchar de la voz de ella ¿Quién lo decía?

“La misma policía, el mismo gobierno, la alcaldía; eso de una llamaban pidiendo refuerzos dizque porque se estaban tomando a Trujillo, mentiras, no era la guerrilla. Después de esa marcha quedaron muchos fichados y prestaban atención a los que más se metían en eso, a los líderes. Aprovechaban la oscuridad y se ponían máscaras y de todo para que no los fueran a reconocer que eran ellos mismos los que estaban en las veredas, acallando a los campesinos, a los líderes para que no siguieran reclamando justicia y ayuda.”

“Eso fue a finales del 89. Ya el 17 de abril del 90 fue cuando empezaron a sacar a todos. Uno cuando menos pensaba, por una parte era el ELN, en los postes decía ELN y ellos dejaban los letreros, pero nunca, nunca nos alcanzábamos a imaginar lo que iba a suceder con esos letreros y esas cosas. Eso había mucho ejército en ese tiempo. Ya viendo esa situación de esos carraos de soldados y de todo eso, uno pensaba que era que iban a cuidar a los campesinos, pero no. Por ejemplo por allá nunca nos alcanzábamos a imaginar que los mismos carros de los soldados llegaran a meterse a las casas a revisar, eso alzaban colchones y todo lo que había, buscando armas para ellos poder de noche o a cualquier hora hacer sus cosas, y como no había con que defenderse, uno se llena de miedo, de verdad, esa es la impotencia que uno siente. Ese terror de sentir a media noche esa bulla de esos carros que llegaban con soldados, de misma policía dizque a colocar retenes de alta montaña para ayudar, pero mentiras, todo era mentira. Ya a lo último uno tenía que dormir en los árboles; así nos tocó a nosotros, como la casa era rodeada de cafetales, así como es en el campo, mijo usted no se alcanza a imaginar cuando empezaban esos perros a ladrar de noche, el corazón cómo se le pone a uno de los nervios, uno veía hasta luces, oye murmullos, todo de los nervios tan espantosos, no sabe uno ni dónde esconderse, eso es muy horrible.”

Sus dedos sostienen un escapulario de madera que cuelga sobre su cuello, y sus ojos parecieran que están viendo todos esos hechos que marcaron la historia del pueblo. Ella continúa.WP_000317 (2)

“Cuando mataron a Tiberio fue cuando nosotros y mucha gente comenzó a salir de la vereda, del campo. Le dije a Jorge que yo no me quería quedar por allá en Bajo Cáceres, escuchando la bulla  de esos carros, y como la casa quedaba cerca a la carretera, a mí me daban muchos nervios. A la final él hizo negocio de esa finca a otra en la vereda La Mina, por Zeilán de Tuluá pa allá, para que de pronto no fueran a matar a mi muchacho, tenía 18 añitos. Y pues como él tenía novia, se regresó para acá al poco tiempo de habernos ido. Recuerdo que él nos iba a visitar. Una vez yo era espérelo y espérelo y nada, cuando me avisaron que él había tenido un accidente, entonces yo salí y me fui para San Rafael, pero no conseguí comunicarme y como en ese tiempo había tanto racionamiento, quitaban la energía para que uno no se pudiera comunicar con las demás personas ¡es que eran vivos!, entonces me tocó salir de San Rafael, yo me imaginaba a  mi hijo tal vez aporreado un pie o algo, entonces salí para Zeilán a llamar a Tuluá a doña Miriam, la suegra de mi hija, a ver qué era lo que había pasado, a ver si ella se daba cuenta de mi hijo, me acuerdo que eso habían unas colas de gente para llamar pero yo pedí el favor que me dejaran llamar a preguntar por mi hijo; y sí, recuerdo que ella me dijo “véngase preparada porque su hijo lo traen muy grave de Trujillo”.

Sí, a mí también me pasaron escalofríos.

“A mí me dio una cosa en el corazón, yo deje ese teléfono tirado y salí a buscar a mi hijo. Y como el transporte era tan malo, casi nadie viajaba, seguro de los nervios, porque eso era en toda parte que estaba pasando eso, yo dije “Ay, este carro nunca va a salir” y el pelao que conducía me dijo: “Hasta que el carro este lleno no salimos”. No mijo, pero un ratote espere y espere y nada que salía ese carro y le dije al pelao “Ay , yo siento una cosa tan horrible que no sé qué será”, y me dijo algo que nunca se me va a olvidar “¿Por qué será que las mujeres siempre piensan lo peor?”. Le dije “No mijo esa es la intuición de madre, yo siento como una angustia, como yo no sé qué será” y apenas había  como 3 pasajeros, cuando al rato el muchacho dijo “pues vámonos con esos”.

Los ojos que miraban hacia el pasado se llenan de lágrimas, su voz se resquebraja y sus dedos, cada vez más inquietos.

“Cuando arrancamos algo me dijo voltee a ver hacia atrás-y yo volteé a mirar y yo no sé, a mi me dio  algo cuando vi ese carro de la funeraria parado en la inspección. Ahí mismo le dije al pelao ”Devuelváse, devuélvase que yo no me voy, yo voy a ir a ver que hay en ese carro”. Él se fue retrocediendo y en ese momento le pregunté  a un muchacho que estaba por ahí parado “¿Qué llevan en ese carro?” y él me respondió: “un muñeco”. Eso fue de una que yo me tire de ese Willy’s a mirar que llevaban allá, porque yo siempre miraba dizque para hacer oración a la gente, cuando vi que era mi muchacho, yo casi me muero del susto, y pa saber que ahí no  le quisieron hacer levantamiento sino en San Rafael, no sé por qué. A mí me tuvieron que tranquilizar y montarme a ese carro.”

 

Ese momento es cuando uno siente el peso de la guerra en los propios hombros. Sin haber estado allí, ese relato hace que uno se sienta parte de esa historia y de muchas otras en este pueblo de 22.000 habitantes, y donde se acallaron no sólo a las 342 víctimas registradas en el parque monumento, también a sus familias. Doña Ludibia termina su relato.

“Viendo que ya habían matado a Franki comencé a sufrir mucho, a sentir que tenía que seguir esperando a mi hijo, yo no dormía, no comía, me tenían que amarrar. Mentalmente no estaba bien. Me acuerdo que pensaba que mi mejor amiga era mi enemiga. Así paso la historia. Yo no me quería quedar allá en La Mina, allá estaba esperando a mi hijo y así me quedé, volvimos otra vez a  Bajo Cáceres. Ya habían matado a Franki, ya qué”WP_000320 (2)

 

*FRANKI es el diminutivo que doña Ludibia le atribuye a su hijo Franklin Echeverry Vanegas.