Acá, un perfil del escritor y periodista Juan Miguel Álvarez . Ganador del Premio Simón Bolívar de periodismo en la categoría Crónica con Paulina busca a su hija. 

Redacción TLCDLR

Fotografía: Víctor Galeano

Los que conocen a Juan Miguel Álvarez saben que es un tipo obsesionado con la precisión, capaz de contrastar cinco o seis veces el mismo dato antes de darlo por cierto, riguroso al momento de juzgar la gramática propia y ajena, o eso que el mismo llama el arte de “pegar palabras”, impecable en las citas y referencias. Acaba de ser galardonado con el Premio Simón Bolívar de Periodismo, el reconocimiento más importante que se otorga a los periodistas del país.

Hijo de Miguel Álvarez de los Ríos, el viejo escritor y periodista pereirano, y de doña Eunice Ramírez, una sobreviviente a la peor de las violencias de Ceilán (Valle), parecía que Juan Miguel nacía predestinado por su padre a enarbolar la pluma, y por su madre a escarbar en las raíces de nuestra catástrofe nacional. Era muy precoz cuando un profesor de bachillerato lo contagió con esa estética cortante y eficaz de los norteamericanos; leyendo a Faulkner, a Hemingway, pero sobre todo a Carver, el autor que hizo de los silencios y los vacíos su forma personal de construir el relato, descubrió que adentro tenía un escritor y un cúmulo de angustias que acabarían vertidas en su primer libro: Tumbas en el aire, una colección de cuentos dominados por la soledad, los conflictos amorosos y familiares del narrador, y el cruce problemático de laclase media con personajes de los barrios bajos implicados en la criminalidad y el mundo de la droga. Ahí se presagiaba ya el segundo eslabón de su carrera.

Juan Miguel vino a Pereira en la primera década del milenio y traía consigo un diploma de periodismo de una prestigiosa universidad del país. Mientras comenzaba los primeros pasos de su profesión escribiendo notas acerca de pintores, o de músicos medio anónimos o medio olvidados, o de viejitos poetas que posaban de satánicos y demoniacos, o de pueblitos pintorescos colgados bajo los cafetales, fraguó un trabajo paciente de investigación sobre la historia del sicariato en Pereira, una labor extenuante de cuatro años que lo conduciría a los recovecos más oscuros de la ciudad y su pasado. Mostrando ya una garra de sagaz reportero, ubicó viejos narcotraficantes retirados que lo recibieron en sus fincas lujosas, algunos con recelo, otros con evidente fanfarronería, para contarle los detalles de una trama donde bastante gente decente anduvo untada. Después conversó con muchachitos asesinos en los barrios y las correccionales tratando de entender la psicología de quien mata por dinero. Visitó oficinas públicas, despachos de policía, juzgados, leyó expedientes y hasta entrevistó a un conocido juez de paz una semana antes de que le pegaran varios tiros, en la misma cafetería y a la misma hora. Aquello quedó en su segundo libro, Balas por encargo, que es una pieza exquisita del mejor periodismo investigativo, ese que ya casi nadie estila en nuestro país, desentramando la historia de las mafias en Pereira desde los años sesenta hasta la actualidad.  

Balas por encargo le afinó el olfato y le dio un nombre dentro del gremio. Con dicho precedente Juan Miguel descubrió el país del que venía su madre: ese de montañas lejanas y desconocidas donde la guerra es una presencia diaria y no el ruido impreciso que se escucha en los televisores. Álvarez comenzó a viajar y a escribir reportajes desde las cordilleras, desde el Chocó profundo o los cerros del Perijá, siempre por encargo, siempre como reportero independiente que no se afilia a doctrinas ni partidos. Su único compromiso, dijo una vez durante una conferencia, es a favor del respeto a la vida.

A bordo de un bus intermunicipal de los llanos una señora víctima de la guerrilla le enseñó que uno puede tener la razón sin tenerla y que los discursos, tan bonitos en el papel, se vuelven espuma cuando son arrasados por la confrontación, más compleja, llena de aristas y paradojas. En un páramo de Santander entendió que la guerra puede dejar huellas insospechadas sobre las rocas o enredadas en los frailejones. Entre un tumulto de negros del Pacífico que reclamaban cualquier cosa taponando una carretera cayó en cuenta que él era blanco, demasiado blanco, urbano, educado, y que tal vez por eso no captaba del todo ese otro país al que se asomaba. Mirando las ruinas de un chalet abandonado en las montañas de Palmira o las fincas del Cañón de las Hermosas comprobó que la violencia puede ser algo terrible para las comunidades, sí, pero también un modo de vivir y asumir el día a día, que requiere de complicidades para mantenerse, complicidades incluso de las propias víctimas. Había andado lo suficiente como para acumular las crónicas de viaje que componen su tercer libro, Verde tierra calcinada, aun en proceso de edición y publicación.

En ese libro, justamente, se incluye una versión ampliada de la crónica Paulina busca a su hija, que fue publicada en agosto de 2016 en la revista El Malpensante. Juan Miguel Álvarez viajó a Calamar, un pequeño pueblo cocalero en lo profundo del Guaviare, para documentar el caso de María Cristina Cobo, una enfermera desaparecida, y de la lucha incansable de Paulina Mahecha, su madre, que no paraba de buscarla: “fue a las seis de la mañana de un jueves de marzo de 2014” escribió. “En el oriente colombiano el sol sale más rápido y calienta con todo su fuego mucho antes de que lo haga en el occidente. La fotografía total del paisaje tenía el fulgor del rayo: la hierba extendida a lado y lado de la carretera era del verde más verde y saludable, y en el cielo las nubes convertían la luz en un juego de azules y amarillos”. Aquel paisaje que prometía una realidad dolorosa y potente, también le ofrecía al reportero el drama de Antígona, ese relato universal del ser amado que permanece insepulto. Juan Miguel aun no sabía las resonancias que alcanzaría contando esa historia, con la que obtuvo su primer premio Simón Bolívar de Periodismo.