Aprender a caminar de nuevo, sin impedimentos mayores, es una labor en la que Jaime Antonio ha tenido acompñamiento profesional de todo tipo.

Los primeros pasos de Jaime

Cuando el conflicto armado llegó a Bagadó, los sueños de Jaime Antonio Córdoba Ramos se vinieron al piso cuando apenas comenzaba el nuevo milenio. La incursión de la guerrilla a su pueblo natal lo hizo salir corriendo, al lado de familiares y amigos, hacia la selva; pero como si esto no fuese suficiente la naturaleza también le jugaría una mala pasada.

Aprender a caminar de nuevo, sin impedimentos mayores, es una labor en la que Jaime Antonio ha tenido acompñamiento profesional de todo tipo.
Aprender a caminar de nuevo, sin impedimentos mayores, es una labor en la que Jaime Antonio ha tenido acompñamiento profesional de todo tipo.

Por: Edwin Herrera Bartolo

Jaime Antonio hace parte de la penosa estadística de los desplazados por la violencia en nuestro país, que hoy asciende a más de seis millones de personas. Antes que los fusiles y las pipetas llegaran a su humanidad, vivía con su numerosa familia en Bagadó, Chocó; la vida era placentera y no faltaba, como dicen por ahí, ´la papita´, la misma que llevaba a casa a través de los trabajos en minería y agricultura.

Entre sus oficios también se desempeñó como celador, pero Jaime Antonio jamás flaqueó de ganas cuando de trabajar se trataba. Infortunadamente, con la llegada de las primeras excursiones guerrilleras y paramilitares a su tierra natal, todo cambió de manera radical.

Acostumbrado a las tragedias, estas palabras suyas transpiran pesimismo: “Lo malo de mi pueblo es que siempre ha habido grandes catástrofes. Primero fue un incendio de grandes proporciones, luego fue el tema de una avalancha, luego nos tocó la primera incursión guerrillera en 1997, en ese entonces iban por un armamento y luego en el 2000 entraron con pipetas, dinamitaron el pueblo y eso fue lo peor, nos tocó salir huyendo a la madrugada”.

“En aquella ocasión nos tocó tirarnos al monte acompañado de mi mamá y mi señora, las balas pegaban en los árboles y yo del susto lo único que hacía era correr; dos horas después de estar escondidos sentía la pierna izquierda muy hinchada, pensaba que me habían pegado un tiro, mi máma y mi esposa me tocaban para ver si tenía sangre, pero en aquella oscuridad no podían verificar nada”, comenta.

La psicóloga Mónica Navarro, acompañante en todo el proceso de recuperación de una víctima más de la guerra en Chocó.
La psicóloga Mónica Navarro, acompañante en todo el proceso de recuperación de una víctima más de la guerra en Chocó.

Con los primeros rayos del amanecer Jaime se dio cuenta de la causa de su intenso dolor. Lo había mordido una serpiente, tras el ataque lo llevaron a un curandero para tratar de salvarle su pierna de las consecuencias del veneno, pero no hubo mucho por hacer. Córdoba luchó con su pierna durante casi un año hasta que la gangrena no le dio otra opción que la de la amputación.

De regreso al Chocó, esta vez en Cuajandó, bañado por las aguas del río Andágueda, este héroe del conflicto regresó a montar la finquita de su padre. Apuntándole a su nuevo comienzo alcanzó a tener ocho hijos, pero nuevamente la guerrilla apareció en su camino. Día tras día, a su regreso de las minas, Jaime encontraba a los insurgentes en su finca y la cercanía con sus hijos que estaban en plena etapa de crecimiento lo obligó a desplazarse hasta Pueblo Rico, en Risaralda, para finalmente llegar a Pereira.

La dureza de la ciudad le ocasionó un dolor más intenso que la misma picadura de la culebra años atrás. Sin embargo, las ganas de vivir y progresar poco a poco le llevaron a defenderse de mejor manera, conocer a la Unidad para las Víctimas fue para él un alivio, hizo la declaración y pudo comenzar a  reivindicar sus derechos.

Entre mucho ir y venir, Jaime Antonio encontró en el director territorial -Ómar Alonso Toro Sánchez- y en una de las psicólogas de la Unidad -Mónica Navarro- sus ángeles de la guardia. Valiente como siempre se aventuró a pedirles que le ayudaran a gestionar una prótesis. Los funcionarios no dudaron en comenzar con las diligencias hasta que al fin tuvieron respuesta en la Corporación Mahavir Kmina, del municipio de La Estrella, en Antioquia.

El pasado septiembre, 15 años después de haber perdido su pierna izquierda, Jaime Antonio Córdoba Ramos volvió a dar sus primeros pasos y pudo volver a caminar. Agradecido infinitamente con la Unidad para las Víctimas, ahora le pide a Dios una oportunidad de trabajar y sentirse nuevamente productivo arribando a los 60 años de edad.