LOS VIAJEROS DEL BUS

Los monólogos en presente son más complicados y exigen una capacidad discursiva especial. Así que casi todos los demás irán ensimismados en sus monólogos pasados o futuros, mientras miran por la ventana a un horizonte que parece pudieran descubrir en el pavimento.

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

Seguro cada uno ira contándose una historia. Será una especie de monólogo que tendrá el humor que hoy asista a su imaginador. Podrá tener mucho que ver con algún hecho particular que habrá vivido o presenciado hace unos instantes, o será producto de sus ensoñaciones.  Algunos de aquellos monólogos serán narrados en pasado, otros en futuro, muy pocos en presente.  Esto último es más difícil y será práctica restringida a los más expertos en la tarea; cuando más será ejercicio del conductor y tal vez de algún pasajero consuetudinario y de largos tramos.  Los monólogos en presente son más complicados y exigen una capacidad discursiva especial. Así que casi todos los demás irán ensimismados en sus monólogos pasados o futuros, mientras miran por la ventana a un horizonte que parece pudieran descubrir en el pavimento de la vía, en el capó del carro vecino, o en la cuerina que recubre la silla que tienen al frente.

Ojalá pudiéramos construir una máquina que fuera capaz de captar y transcribir esas historias que idean y recrean los pasajeros de un bus, mientras van camino a algún lugar, con sus caras absortas y silenciosas.  Aquel invento sería la mayor fuente literaria del universo. Podríamos ahorrarnos tanto creador de medio pelo que apenas si es capaz de aproximarse mínimamente a lo que imagina una persona común y corriente mientras ella está sola, sin oficio alguno, con todo el tiempo para sí. Harían bien los cuentistas y novelistas, ya que el aparato dudo que podamos crearlo, en subirse en cuanto bus, buseta, transmilenio o metro existe, y al menos observar con detenimiento las caras de los viajeros, a ver si son capaces, de percibir un poco de aquella emoción creadora, feliz o melancólica, que reflejan los rostros ensimismados y atemporales.

Mercedes Soriano, una escritora española, fallecida en Presillas Bajas (Almería), en 2002 y ya casi olvidada, tal como ella misma se lo propuso, logró algo parecido a lo que advierto en una de sus cuatro novelas: Contra vosotros.  Tal vez utilizó otro medio diferente al transporte público, porque este no es el único, ni más faltaba, en el que las personas se abstraen y se dedican a pensar y crear. Otras posibilidades tienen los visitantes solitarios de bares y cafés, o los paseantes. El único requisito es que, tal como ya he dicho, estén solos, y que además no hagan nada, o casi nada. Que incluso el cuerpo apenas tenga exigencias y que su postura sea lo más quieta posible. De ahí la necesidad de que, en el caso del paseante, sus pasos sean lentos, como cansados.

Pero vuelvo a Soriano; he dicho que su novela es un conjunto de monólogos que, como es obvio, son un alegato contra los propios narradores y su entorno: sus vidas, sus parejas, la sociedad en la que viven.  Los críticos literarios han dicho que Soriano supo reflejar las miserias de la sociedad española postfranquista dada a la autocomplacencia, sin embargo para un lector contemporáneo y ajeno a ese pasado es posible otra lectura, una más universal, porque, al fin y al cabo, nuestros relatos, los de todos los que en algún momento somos esos pasajeros de bus, o esos paseantes solitarios, o esos habitantes de cafés y bares, son también un reclamo contra nosotros mismos o contra la sociedad en la que vivimos o el entorno que nos envuelve. Relatos que a veces apenas se esconden, pero no mucho, tras desbordadas imaginaciones de otras posibles vidas o suertes.

Los monólogos de Contra vosotros podrían sustituirse por los de cualquier otro paseante abstraído en sus asuntos, y no habría mayores cambios.  La maestría de este libro no reside tanto en lo que él contiene como en la estructura que plantea, en la posibilidad que sugiere de una obra cortaziana en la que se sustituyan los monólogos por los de cualquier otra persona y la novela sea entonces realmente universal pues vaya conteniendo los alegatos de todos a la vez que se vaya librando de otros simplemente por razones de espacio.  No sé si George Perec, el imaginador de casi todas las historias posibles, no previó lo que digo.  Por si acaso declaro entonces que mi idea no es tal y que ya Perec o Cortazar la plantearon.  Al fin y al cabo, es apenas una variante de lo que hicieron hace cientos de años Boccaccio y Chaucer.

Soriano, asqueada del mundo literario que la envolvía, en el que además era exitosa pues dirigía una de las revistas literarias más importantes del momento, escribía en El País y era editada por Alfaguara, decidió retirarse a Presillas Bajas, y abandonarse al olvido. Tal como nos sucederá indefectiblemente a todos. Renegó, con razón, como alguna vez renegamos todos, de llevar una vida pretenciosa e insípida. “…Las gentes dichosas no se dejan abordar fácilmente, transitan por el mundo como sumidas en el anonimato, pero con la misma realidad de las palmeras dúctiles o del cauto amanecer, y conocen el arte de dominar el deseo, es decir, de determinar el deseo”, escribió en su novela. Tal como los viajeros del bus que saben que al llegar la parada se detendrá aquel monólogo creativo y la vida continuará de nuevo. Afortunados además de que la tal máquina que imagino no existe, e indiferentes a la pretensión de una novela abarcadora que les tiene sin cuidado. Son artistas, y no lo saben, ni quieren saberlo.