Hoy, mientras el buque duerme esperando el sol de la mañana, desaparecen los manglares y unas caras macilentas se dibujan en los ríos con un sonido sin ritmo, ríos que se quejan de dolor con el rechinar de aquellos dientes de metal que los seca.

El mar oscuro de Buenaventura espera una promesa que el presente no alcanza

El mar oscuro de Buenaventura espera una promesa que el presente no alcanza

Por: Jorge Beltrán Z.

Las costas sangran hasta enrojecer el mar, y esto no pasa solo aquí.

El balde había llegado a casa repleto de pescado y camarones ese día. La pesca fue productiva; Simón, su compadre Jefferson y Luján llegaron a eso de las cinco y media de la tarde para que Herminia, siempre en casa a la espera, se fuera al mercado al día siguiente a vender el producido.

Si no vendía el pescado, los camarones o la piangua, por lo menos tendrían qué comer, porque la situación estaba cada día más difícil y el monstruo filipino más erguido y letal sobre el muelle.

–Dicen que Buenaventura es el puerto más importante de Colombia, ¡Diga! ¿pero nosotro’, nosotro’ qué venimos siendo compadre?–, le preguntó Jefferson esa misma tarde a Simón.

–Nosotro’ somo’ un pueblo al lado del puerto–, le contestó sin titubeos. Y tiró la red sobre el mar que cambiaba de color a la distancia, mientras hacía equilibrio al borde de la balsa que se balanceaba como un péndulo sobre las olas.

–Unas vece’ gris y otras vece’ verde, o naranja como el crepúsculo–, dijo Jefferson, mirando el agua mientras la red se sumergía en las profundidades de aquella  galaxia  marina que es el Océano Pacífico.

Jefferson era un hombre ya entrado en edad, con el pelo tieso que no elevaba ni la fuerza de un tsunami. Tenía el entrecejo de un hombre que siempre se indignó con la política, aunque nunca hubiera pisado una escuela y muy poco entendiera del asunto, sabía lo necesario, lo elemental. Según él, “la ramera de cuello fino”, como se refería a la política, y sus proxenetas politiqueros los tenían a todos “de pa´ tras como los cangrejos”

Luján que siempre se embarcaba junto a su padre Simón, “el señor de las olas”, como ella le decía. Se había quedado viendo los pelícanos aterrizar en busca de pescado por recomendación de Jefferson, a quien solía llamarlo “La Almeja”, porque debajo de ese cuerpo fuerte que mostraba, era más bien un hombre sensible y callado.

De regreso, una vez se acercaron a tierra, después de recoger por completo  la red, Simón exclamó:

-¿Y han vuelto por allá los milicos?-, sosteniéndole la mirada en un mar que parecía hambriento.

– ¡Ay! No hablés de eso frente a la Luján, Simón, ¡te he dicho!

Al escuchar su nombre, Luján no tuvo prudencia alguna para meterse en la conversación.

– Como si yo no entendiera de esas cosas Don Jeferson. Yo he escuchado hablar a los grandes en la radio, mi papá me cuenta. Dicen que el puerto lo van a destruir, que nosotros vamos a tener que irnos. ¿Pa´ dónde? ¡No sé! ¡Ayy! Es que una es zurda pero no sorda.

Terminó su intervención volteando los ojos de un lado a otro por debajo de los parpados. Levantó su muñeca, hecha de fique y guasca y se dio por bien servida de que la hubiesen escuchado atentos sin altercarle una sola palabra.

– …Como los derechos están siendo violados es mejor ser de izquierda, ¿diga compadre? -, dijo Simón, sonriendo y festejando el brillante discurso de su hija.

Jefferson, en silencio, observó a Luján que lo miraba con ese gesto de reto y dulzura que la caracterizaba mientras se llevaba las manos a la cintura.

Luján salía con su padre desde los cinco años a pescar. Y a los nueve era toda una experta en atrapar peces y meterlos en el balde para convertirlos en filete. Tenía la mitad del cabello trenzado con shaquiras, como un laberinto al aire libre, que cuando se las quitaba, dejaban un esponjoso afro oscuro que resaltaba sus enormes ojos y esa línea de dientes blancos casi perfecta que mostraba, tal vez sin saber que también estaba mostrando su alma.

Cada mañana el mar bravío, es emar que por ironía llamaron Pacífico, espera la faena para extraerle el último pez que calme un hambre de siglos

Cada mañana el mar bravío, ese mar que por ironía llamaron Pacífico, espera la faena para extraerle el último pez que calme un hambre de siglos.

Simón Santana, el padre de Luján, era un hombre fornido y trabajador que vivía con su familia junto al muelle, en un territorio que de generación en generación había sido suyo y de su familia por más de 400 años.

–¡Cállese mejor, compadre!–, le contestó Jefferson. –Cállese eso ojos que donde lo escuchen lo dejan, vea… viendo con los ojos de pa’ dentro. ¡Se lo comen crudo oyó! –. Se sacudió el sudor de la frente con cuidado para no perder el equilibrio al borde de la embarcación que Luján ya había amarrado a una estaca de madera que sobresalía del oscuro mar.

Buenaventura, fundada por el español Pascual Andagoya y su enviado Juan Ladrillero, fue concebida sorpresivamente en una expedición, quizás por eso el nombre de la ciudad, aunque la literatura cuenta que se le llamó así por haberse creado en el día de la fiesta de San Buenaventura y por la tranquilidad que inspiraba la bahía.

Ubicada al occidente del Valle del Cauca, Colombia, a orillas del océano Pacífico, ahora “la buena”, “la aventura” y “la tranquilidad” se habían vuelto un infierno.

Aquella tarde Simón salió con Jefferson, su amigo de la infancia, de quien se decía que tenía sus mismos gestos, llevando a su hija para que le ayudara a golpear los peces capturados en la red como de costumbre y así evitar que se devolvieran al agua cuando los soltaran en el balde, pero al final, justo cuando salían mar adentro, siguiendo el consejo de su amigo, Simón dejó a Luján esperando en la orilla porque el mar estaba “bravo”.

Luján había heredado el primer nombre de su abuela materna Lujan Janina Palta. Doña Lujana, como le decían, era conocida en toda la Costa Pacífica por sus acertadas predicciones. Esa misma tarde se había quedado en la mecedora junto a una ventana mientras veía salir a su nieta caminando delante de su padre con la atarraya rozando la arena, más allá las gaviotas levantaban su vuelo para terminar estrellándose de frente contra el agua salada.

Las casetas contiguas a la playa estaban saturadas de letreros, avisos coloridos y particulares: “se vende hagua de coco”, “cebiche afrodisiaco” “vendo tollo y pargo rojo”.

Quienes no colgaban letreros, salían a vender por la isla los camarones o langostinos, y si no, se iban a la orilla del río Dagua, del cual ya casi no quedaba hilo de agua alguno por la explotación de minería a cielo abierto que había comenzado desde el 2008 y parecía no tener fin.

Más allá de la avaricia de las grandes empresas transnacionales que manejaban el proyecto minero, los que llegaban de últimos trataban de encontrar algún trocito de oro que se hubiese deslizado por entre los grandes dientes de metal que lo extraían diariamente.

La brisa caía volátil sobre troncos de madera que vibraban con un pequeño radio sobre una mesa improvisada de guadua, de fondo sonaba una canción de Bob Marley:

“No more trouble in the world, no more trouble in the world… give a little, give a little one more time”

Las sombras bajo el sol se contoneaban al son del reggae y el olor a marisco que salía de la cevichería improvisada de Doña Agena, la cevichera más conocida de la zona; el humo que sazonaba el pescado expuesto sobre una varilla de metal volaba en circunferencia hasta colarse entre los techos agrietados de la choza. Luego vendrían el reggaetón y la champeta, y los cuerpos afiebrados bailando sin pena en su “salsa”.

Todo es maravilloso y nada es bonito en estas playas que guardan en su fina arena negra el dolor de generaciones aplastadas por la bota de quienes llevan las armas del dolor.

Todo es maravilloso y nada es bonito en estas playas que guardan en su fina arena negra el dolor de generaciones aplastadas por la bota de quienes llevan las armas del dolor.

El cielo se había tornado rosado al norte y violeta al sur de la ciudad. El pronóstico de Doña Lujana, la matrona de la casa, era un fuerte aguacero que duraría hasta el anochecer -la muerte, la  tirana-, decía entre dientes con los labios secos por la humedad ambiental. La tirana era la partera de la muerte, la comadre de siempre.

Desde las ventanas desajustadas de los palafitos se volvieron a ver las cataratas cayendo de las nubes oscuras. Era normal ver el paisaje inundado como si toda la ciudad fuera una isla. Al puente de El Piñal, que separaba la ciudad portuaria del continente desde 1920 cuando fue construido por los ingleses de la Raymon Concrete Pile Company, lo ocultaba la lluvia y la neblina caliente; convirtiendo la ciudad en un sauna de concreto, en donde solo comenzaba a hacer alguna imperceptible insinuación de frío entrando la madrugada.

La gente se quedaba en sus ranchos viendo llover y separando el pescado del cangrejo y de la piangua, este último un molusco que se adhiere a la arena cuando la marea baja, justo también cuando la playa se llena de medusas plásticas y pulpos oxidados. Ahí entonces el panorama seguía siendo desalentador, incluso sin armas ni soldados.

Lujan se escurrió la ropa una vez había llegado a su casa, porque el aguacero los había atrapado a los tres ya con la canoa flotando en la otra orilla. Se echó el balde al hombro y se fue corriendo hasta el rancho.  Tenía el vestidito encharcado y los pies marchitos de tanto hacer equilibrio en la arena antes de caer de rodillas en la entrada de la casa.

A Simón se le hundían los pies mientras sendos remolinos se formaban como bocas ahogadas que expulsaban el agua que ya no les cabía adentro. Jefferson los siguió hasta llegar a la casa.

Ya sobre el suelo de madera húmeda, Luján se sentó; tomó su muñeca casi desbaratada por el trajín. Se quedó mirando el muelle y los manglares desnudos tras el acantilado en medio de la tormenta. Flotando a lo lejos se agitaban las velas en los mástiles de los barcos que encendían las luces al caer la noche.

Con la mirada en el horizonte fluorescente y borroso que se iba cayendo detrás de las palmeras, Herminia se acercó a su hija para peinarle los rebeldes pelos que parecían más secos que su ropa y se dejó tumbar sin reparos sobre su espalda.

– ¡Mamá!, el monstruo ese del que todos hablan es tan malo que podría comernos vivos ¿sabías?, le dijo Luján a Herminia mientras esta desenredaba la peineta de sus crespos.

-¡Ay, niña! pero vos qué estás diciendo hombre. Andá  mejor traé el platón para que me ayudés a limpiar esa piangua que está llenita de arena.

Luján se paró de inmediato y se dispuso a seguir la orden de su madre quien volteó a mirar a Simón con los ojos entreabiertos.

-¡Viste! ¿Estás oyendo lo que dice la niña? La tenés traumada con ese cuento del monstruo-.

-Y es que acaso la niña es boba -replicó Simón-. Es mi hija, de ahí entendé por qué es así, dejala que ella tiene que saber lo que se viene, porque le va tocar.

Herminia guardó silencio cuando miró a Luján que de reojo atendía la conversación mientras limpiaba la piangua.

– ¡Qué te he dicho de escuchar las conversaciones de los adultos, Luján!

– ¡Pero si estás hablando tan fuerte, cómo querés que no escuche mamá! Insistió Lujan.- Yo no soy boba, te lo ha dicho mi papá. Además…-

-¡Bueno ya!  A ver, traé ese balde mejor que el monstruo voy a ser yo si no te ponés las pilas-, concluyó Herminia la conversación.

En las calles cercanas al muelle, donde estaban casi todas las discotecas, se pavoneaba el resto de la ciudad inerte ante su propia realidad. Algún turista despistado dormía al otro extremo de la ciudad en un hotel cinco estrellas y en la tienda de la avenida principal, en donde algunas veces Luján escuchó hablar a los adultos sobre el monstruo filipino, se oían las noticias en la radio.

Otro atentado se registró esta mañana…  se elevaron a seis  ya los casos de malaria… La agencia Gallup publicó el listado de los países más felices, y entre las 54 naciones analizadas, Colombia ocupó el primer lugar….

Abajo, en la playa se escuchaba el mar, que iba y venía llevándose la arena y los cocos que se habían caído de las palmeras; después sonaba el disparo, la ambulancia… un desalentador panorama, quizás ya configurado; aunque nunca dejaban algunos de declamar poesía para denunciar y estaba entonces “la palmera negra” contoneando sus versos en medio de la guerra. Pero amanecía y el mar se había ido lejos, entonces aparecía la basura y el muerto y la misma rutina que tenían la mayoría de aguantar hambre y represión.

Esas bocas que no comían explotaban en carcajadas como una metáfora inentendible. Casi como si hubiesen naturalizado la vida de pobreza, violencia, contaminación y corrupción. Callaban como ignorando lo evidente o pensando con miedo lo que vendría sin poder decir algo.

La luna les cambiaba las mareas y ellos sólo miraban a la luna que se estremecía con esos ojos amarillos de pestañas largas y pupilas brillantes que la veían, como si tuvieran una fe desesperanzadora, una utopía moribunda en sus profundos anhelos. Un contraste de alivio con dolor.

-¿Qué es Latinoamérica?-, le había preguntado Luján a su padre esa tarde antes de irse de pesca. ¿Somos nosotros los negros? Es que acá la mayoría no saben lo que significa, ¡porque les he preguntado! He escuchado en la radio que Colombia es el país más feliz y me ha dicho la seño en la escuela que eso es pura mentira, pero no me lo ha querido explicar; dijo que no estaba en edad de entender sobre esas cosas, pero yo creo que entiendo más que ella ¿Por qué todos  parecen estar tan tristes aquí? ¿Tú eres feliz, pá?

Simón esbozó una sonrisa, de esas que no podían ser más honestas y le contestó que había sido muy feliz en su niñez, que ahora el miedo le quitaba un poco la felicidad, pero que no había miedo que por lucha no se sintiera. Y la abrazó.

Doña Lujana, un día después de la gran tormenta, amaneció con los ojos apagados y con el corazón enmohecido por el sereno de la madrugada. Y como si hubiera predicho una maldición que se les venía encima a más de 3.500 familias que habitaban esa zona, cayó entonces la desgracia, la verdadera tormenta.

Celebraron el funeral con las marimbas, los timbales y los pregones de las cantoras. La celebración duró hasta la noche. Se quedaron por fin dormidos casi llegando el amanecer. El sol entró por todos los rincones como disparos de luz y unas botas hicieron rechinar el piso casi a las seis de la mañana. A la casa llegó un hombre vestido de militar con un arma.

-¡Tienen que irse!-, vociferó a todo pulmón. ¡No han querido obedecer a las buenas, entonces lo harán a las malas!

Esa frase tan vulgar y usual en su territorio, se les hacía ya bastante conocida, por lo menos para los pescadores de esa zona y a lo mejor para muchos en otros lugares invisibilizados de la ciudad donde ya sabían que esa frase la usaban justo antes de apretar el gatillo.

Don José, quien había llegado desde un municipio del Valle, cercano a Buenaventura, y que se había instalado hacía ya varios años, allí en uno de los ranchos de su familia paterna, preguntó:

-¿Cómo así? ¿Ahora nos van a sacar de acá también? ¡Pero si esto es de nosotros!  ¡Nos sacan de acá pero a plomo!

Días después encontraron a Don José en un pozo con un disparo en la cabeza. Era el muerto número cien de los que habían matado en los últimos siete meses del 2013. Probablemente algún día, se preguntaba Simón, podría hablarse de un posconflicto, aquí en Buenaventura, en donde la guerra es la siembra diaria.

El monstruo filipino comenzaría a abrir sus fauces de a poco mostrando todos sus colmillos. Le decían así porque corrían rumores de que una multinacional filipina, llamada IPSI, había invertido en ese proyecto con el fin de convertir al puerto de Buenaventura en el epicentro de una alianza política entre Chile, México, Perú y Colombia. “La alianza del Pacífico”.

-¿Has visto que las tardes son más negras desde que no estamos en casa? Preguntó Luján a su madre que yacía en una cama hecha de palmas.

-¡No!, las veo grises. El negro es un color que ha hecho el sol y no la lluvia, y el sol es el dios que no tiene un solo nombre, por eso amamos nuestro color de piel; yo las veo grises porque también sienten el dolor de estas tierras; grises de humo, de miseria.

Herminia cerró los ojos y en silencio se fue enfrascando en su cuerpo hasta evaporarse. Luján y su padre le acariciaron el rostro y le cantaron  tocando con las palmas el ritmo lento pero mortal de las despedidas, que eran cada vez más numerosas.

Jefferson  se fue con su familia hasta Cali, una ciudad ubicada aproximadamente a cuatrocientos kilómetros de Buenaventura. “Somos  desplazados, por favor ayúdenos con su voluntad”, dice el  letrero que lleva, mientras mendiga en una calle céntrica.

Hoy, mientras el buque duerme esperando el sol de la mañana, desaparecen los manglares y unas caras macilentas se dibujan en los ríos con un sonido sin ritmo, ríos que se quejan de dolor con el rechinar de aquellos dientes de metal que los seca.

El mar aún espera el paso de la gente, como espera el pescador la marea para lanzarse al agua y poner a galopar su canoa sobre el oleaje. La selva también espera y esperará hasta el último minuto; y si el hombre no tiene ansias de devolverle lo que le ha arrebatado, seguro se devorará junto al mar la maldad que le asecha.