Me parece que la literatura colombiana tradicionalmente ha sido muy tímida con nuestra realidad y creo que una de las cosas más interesantes de las últimas generaciones de escritores colombianos es esa: que nos atrevemos a convertirnos en otra posibilidad de reflexión sobre lo que sido la historia reciente de Colombia.

  

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

Octavio Escobar Giraldo sabe que el lector es un pez escurridizo. Por eso desde el inicio de su más reciente creación nos permite intuir que las vidas que vamos a escudriñar nos causará mucho más que asombro o divertimento.

Esta vez, su universo narrativo se desarrolla en un lugar que a simple vista es paradisiaco, pero que luego, gracias a los hechos en los que se desenvuelven sus personajes, aquello que parecía ser un tranquilo fin de semana de pronto nos conduce a otros territorios donde las aristas que se ocultan en nuestro interior son la única protagonista.

Mar de leva es el nombre de dicha empresa. Una novela de corta envergadura en la que te sumerges siendo uno, pero en la que emerges siendo otro. Algo que solo nos brindan las buenas historias.

Es importante mencionar que el escritor manizaleño ha explorado en diferentes géneros narrativos donde la agudeza de su mirada, el tratamiento del lenguaje y la profundidad con la que aborda los temas que habitan en su imaginario, poco a poco se han convertido en un distintivo entre tantas publicaciones que no pasarán del efímero aplauso o de la reseña adulatoria.

En su periplo podemos encontrar, entre otros, el libro de cuentos “De música ligera” (Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura, 1998), el poemario “Historias Clínicas” (Premio Nacional de Poesía Inédita 2016 de la Tertulia Literaria) y su novela “Después y antes de Dios” (2014, XLV Premio Internacional de Novela Corta “Ciudad de Barbastro” y Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura 2016).

 

Mar de leva es una novela donde usted aborda varios temas. ¿De dónde surgió el interés de que esta historia fuera pluralista?

La novela nace de una conversación sobre la relativa ausencia del secuestro en la literatura colombiana, un tema que sin duda ha afectado muchísimo nuestra cotidianidad; sin embargo, salvo tres o cuatro ejemplos, es un tema poco frecuente.

Esto se unió con un interés que siempre tuve desde una pasión literaria que es la lectura de Joseph Conrad: imaginar Sulaco, el puerto que inventó para su novela Nostromo, en el siglo XXI. Y resumir un poco en ese lugar, además, las ciudades latinoamericanas contemporáneas.

Entonces, esas dos cosas se entroncaron y empezaron a aparecer una serie de subtemas derivados de la disculpa de lo turístico, de lo que significan las relaciones familiares, de un cierto clima incestuoso que pongo en tema y que a su vez cuestiona la moral y lo políticamente correcto.

Esa unión, en fin, hace que la novela suscite diferentes cosas y hasta cierto punto puede ser una forma de que cada lector reflexione sobre sus propias convicciones.

 

La violencia es un tema casi imprescindible en la literatura colombiana. En esta novela, sin embargo, no aparece de una manera explícita, sino, más bien, en sus daños colaterales. ¿Cree que el tema de la violencia se debe indagar sin caer en lo panfletario?

Yo creo que sí. Me parece que la literatura colombiana tradicionalmente ha sido muy tímida con nuestra realidad y creo que una de las cosas más interesantes de las últimas generaciones de escritores colombianos es esa: que nos atrevemos a convertirnos en otra posibilidad de reflexión sobre lo que sido la historia reciente de Colombia.

 

Quizá en esta novela se vuelva más agudo porque toco por ejemplo el tema erótico, que le habla más directamente a la gente, pero en general en mi obra es habitual que yo le deje tareas al lector. Fotografía / Cortesía.

El territorio donde se desarrolla la novela no es un lugar geográfico específico, sino, como dijo anteriormente, un lugar imaginario. ¿A qué se debe el empleo de este recurso literario?

A mí me interesaba contar el tema del secuestro desde circunstancias muy colombianas, pero que también pudiera abarcar a otros países y a otras regiones de Latinoamérica, porque el secuestro no es un problema exclusivamente nuestro.

Entonces venía desde tiempo atrás el deseo de apropiarme de esa ciudad de Conrad. Yo decía: puedo tomar eso que él escribió (tan detallado, tan minucioso), imaginarlo en el siglo XXI, complementarlo con datos de ciudades contemporáneas y armar otro Sulaco, que es como se llama la ciudad. Armar ese puerto de una manera distinta.

Me parecía, pues, un ejercicio literario interesante desde un punto de vista lúdico. Incluso, alguien que no haya leído la novela de Joseph Conrad (Nostromo), no va a tener ningún inconveniente con la lectura.

 

De acuerdo con el desarrollo de los personajes a lo largo de la narración, el lector puede percibir que su intención, en ningún momento, es señalar las causas de los diferentes conflictos que usted explora. ¿Por qué decide tomar ese distanciamiento?

Porque a mí me gusta que el lector participe del acto creativo. Me parece que mi función es sugerir, provocar, dar posibilidades de que el lector se pregunte cosas. Entonces, sin decir que es la mejor posición, escribo de la forma en que lo hago. Y no es una característica solo de esta novela.

Quizá en esta novela se vuelva más agudo porque toco por ejemplo el tema erótico, que le habla más directamente a la gente, pero en general en mi obra es habitual que yo le deje tareas al lector.

A veces, en algunos eventos públicos, he recibido retroalimentación, incluso retroalimentaciones que no me gustan, pero creo que esa es la función de la literatura: que el lector se pregunte, que el lector elabore, que el lector invente, que el lector vaya más allá.

 

A mí me ayuda -quiero creer que a mí me ayuda- el hecho de que yo estoy tratando la sexualidad desde la percepción de un muchacho de quince años. Fotografía / Penguim Random House

La sexualidad y lo erótico son asuntos que usted también toca en esta novela, pero que, sin necesidad de una mirada exhaustiva, son poco abordados en la literatura colombiana. ¿Cree que es este un temor por ser nuestra sociedad aún demasiado conservadora o porque el tratamiento de estos requiere un alto nivel de exigencia literaria?

Creo que puedes tener razón en los dos puntos. En primer lugar, la sociedad colombiana tiende a ser conservadora (las próximas elecciones lo van a comprobar). Y, en segundo lugar, el tratamiento de lo erótico es complicado porque es bastante fácil caer en el ridículo. También incide que algunos escritores teman que al abordar el tema erótico los califiquen de una determinada manera, por ejemplo, de que son autores de literatura erótica. A mí me ayuda -quiero creer que a mí me ayuda- el hecho de que yo estoy tratando la sexualidad desde la percepción de un muchacho de quince años.

Digamos, entonces, que eso me da una mayor libertad. Aunque debo decir que fui muy cuidadoso: el pequeño capítulo donde describo el acto sexual entre los dos muchachos lo corregí y lo corregí porque, como decía, es supremamente fácil caer en el ridículo.

 

El silencio es una constante en Mar de leva. ¿Por qué, después de tanta tensión ocasionada por la incomunicación entre los personajes, no ocurre una explosión?

Creo que los personajes de la novela, particularmente Mariana y Javier, al terminar la narración están en una encrucijada en la cual van a tener que decidir hasta lo más mínimo.

Por ejemplo, van a tener que decidir si hablan o no hablan. Si Javier (el hijo) en un determinado momento le va a preguntar a Mariana (su madre) si tiene o no tiene un amante.

Y si ella, también, va a hacer algún comentario sobre lo que ocurrió o no ocurrió en esa cabaña. Entonces yo creo que la explosión, que podría ocurrir, va a ocurrir en las páginas que no están en la novela. Incluso si se quedan callados.