PABLO MONTOYA: ‘UNA NOVELA NO ES UN LIBRO DE HISTORIA’

Montoya recuperó en Los derrotados la figura de Francisco José de Caldas, un hombre que contaba con una curiosidad científica muy grande. Con el escritor conversamos sobre la figura de Caldas, y su relación con las víctimas de todas las violencias nacionales, que como este último, tuvieron que enfrentar el fracaso en sus proyectos de vida como consecuencia de las guerras, además, Pablo nos contó sobre su próxima obra, basada en la Medellín de los desaparecidos y que lleva como título La escombrera.

 

Por / Brandon Stefan Martínez González

Julio y agosto son los meses en los cuales Colombia celebra sus gestas independentistas del yugo español; actos que a medida en que fue avanzando el proyecto de la nación colombiana se convirtieron en días de celebración y exaltación de la idea de ser colombiano. Dicha construcción ha dejado a las figuras de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander en el Olimpo de la historia como los “héroes de la independencia”, por su participación militar y civil en la formación de la naciente república.

Sin embargo, en el proceso que inició el 20 de julio de 1810 y que finalizó luego de un proceso turbio de enfrentamientos con las tropas españolas que intentaban reconquistar el territorio de la Nueva Granada, el 7 de agosto de 1819 en la Batalla de Boyacá, hubo otros nombres que se entregaron por la lucha patriótica y que sus proyectos intelectuales fracasaron por formar parte de la idea independentista como Francisco José de Caldas, el científico botánico colombiano que con las uñas, y encontrándose cara a cara con el rechazo, pasó a la historia como un personaje de segundo plano y no vio concluida la lucha por la cual perdió la vida.

Por ese motivo, hablamos con el laureado escritor colombiano Pablo Montoya Campuzano, autor del libro Los derrotados, que tiene como núcleo central una biografía de Francisco José de Caldas que está en proceso de escritura durante el desarrollo de la novela, combinada con la historia de unos jóvenes que fracasan en sus proyectos de vida por cuenta de los procesos revolucionarios de izquierda que tuvieron lugar en Colombia durante la segunda mitad del siglo XX. Montoya es uno de los pocos escritores colombianos que han dedicado su obra a la figura de Francisco José de Caldas.

 

En nuestra historia patria hay figuras muy representativas como Simón Bolívar o Francisco de Paula Santander, a los cuales se les ha dedicado mucho espacio dentro de la historia, y hay otros como Francisco José de Caldas que no tienen tanta literatura. ¿Usted considera que en nuestra historia patria hay héroes de primera y héroes de segunda?

En realidad los héroes que se han robado más espacio son los militares, los que participaron activamente en la creación de la nación colombiana, es decir, Simón Bolívar que marca la tendencia bélica y Francisco de Paula Santander, que encarna la parte “civilista”. Sobre esas dos figuras se construyó la historia oficial de Colombia a lo largo del siglo XIX. Estas figuras, que fueron presidentes de Colombia, son los protagonistas de una buena cantidad de literatura sobre historia escrita en el país en la segunda mitad del siglo XX y la primera parte de este siglo, donde se les ha homenajeado. Santander tiene menos presencia, pero ese fenómeno, de tenerlos a ellos como centro, ha hecho que el interés de la literatura se haya separado de otras figuras, como la de Caldas.

 

Teniendo en cuenta que personajes como Caldas no han sido objeto de mucha literatura, ¿podría interpretarse que Caldas es una figura histórica olvidada?

La figura de Caldas es una figura muy particular, porque fue un personaje que participó en las gestas de Independencia desde el lado naturalista y, en ese proceso, perdió la vida, pero no ha sido olvidado del todo por la literatura colombiana, ya que algunos escritores, entre los cuales me encuentro yo, nos hemos interesado en su papel. Sobre él ha habido muchas biografías y trabajos investigativos desde la Academia. Recordemos que hay un departamento que se llama Caldas, un municipio aquí en Antioquia que lleva su nombre, hay batallones que lo evocan y Colciencias lleva el nombre de Francisco José de Caldas, entonces en ese mismo orden de ideas, Francisco José no es una figura olvidada.

Caldas era una figura muy valorada desde el punto de vista del proyecto nacional colombiano. Fotografía / Cortesía

¿Cómo surgió su interés por escribir sobre la figura de Caldas?

Evidentemente en la educación que me dieron en la escuela y el bachillerato, Caldas era una figura muy valorada desde el punto de vista del proyecto nacional colombiano. Un sabio, un hombre que había ofrecido su vida por la causa independentista. Pero me interesé en su figura cuando estaba escribiendo un libro mío que se llama Viajeros, que es un texto de prosas poéticas dedicadas a viajeros históricos Entonces me tropecé con su historia, basada en una serie de cartas del libro Caldas: Un peregrino de las ciencias, de Jeanne Chenu.

En ese libro me encontré con la última carta de Caldas en la que le pidió perdón a Pascual Enrile, que era el representante de Pablo Morillo, por su participación en las gestas independentistas y le ofreció toda su inteligencia a la Corona española para sistematizar, entre otras cosas, la información de la Expedición Botánica. Esa lectura me mostró otra cara de Caldas, por lo cual le dediqué una pequeña prosa a este personaje, que es sin duda alguna un viajero, ya que recorrió una buena parte del Virreinato de la Nueva Granada con el objetivo de intentar nombrar el país desde la ciencia, la geografía, la astronomía, la botánica e, inclusive, la literatura; ya que tenía una escritura muy anclada en el Romanticismo que estaba llegando a los Virreinatos de España en América. A partir de ahí surgió un fuerte interés sobre la figura de Caldas en mi proceso de creación literaria.

 

¿En qué momento histórico surge la idea de tener a Caldas como un referente o ícono dentro de la construcción de la idea de Nación colombiana?

Esa idea surgió en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la clase política colombiana decidió valorar de una manera pomposa, a mi modo de ver exagerada, la participación de próceres como Bolívar, Santander, Caldas, Antonio Nariño, entre otros, en la “construcción” de la Nación colombiana. Fue una idea patrocinada por los partidos políticos tradicionales, las fuerzas militares y la iglesia Católica; esas tres instancias son las que van a enaltecer, o a poner en una especie de Olimpo, a estas figuras. Para eso fue importante el periodismo en la figura de El Papel Periódico Ilustrado, que fue un periódico conservador de Bogotá, por medio del cual se valoró de una manera grandiosa, positiva, heroica a estos hombres. Por supuesto, esa fue la mirada del intelectual de entonces. Sin embargo, estas figuras paulatinamente comenzaron a ser cuestionadas, sobre todo a finales del Siglo XX y comienzos del XXI por la literatura. Yo, por ejemplo, escribí un libro que se llama Adiós a los próceres, que está dedicado a esos “héroes” colombianos desde una mirada irónica, en un ánimo de desacralizar ese Olimpo nacional armado por las élites.

 

Estuve mirando algunas cosas sobre la vida de Caldas, y me pareció muy interesante porque él se relacionó con los científicos más importantes de su momento, como José Celestino Mutis y Alexander von Humboldt; sin embargo, este último no lo tuvo en cuenta para su expedición por América. ¿En realidad Caldas fue considerado en su momento como el científico que nosotros creemos que fue, o esa construcción se fue dando paulatinamente a medida que el tiempo fue avanzando y la idea de nación colombiana se estructuró y lo necesitaba para sus relatos?

La figura de los científicos es importante en la medida en que impacten el medio en el que viven y el medio científico internacional. Caldas impactó un poco ese medio científico incipiente, en comparación con el europeo, que se estaba generando en la Nueva Granada a la sombra de la Expedición Botánica, dirigida por Mutis. En ese contexto, casi insular, Caldas impactó sin duda alguna. Pero los trabajos de Caldas, salvo las observaciones que hizo Humboldt en algún momento, no tuvieron ninguna influencia en el mundo científico internacional europeo, ni en el medio hispanoamericano. Caldas fue una figura fantasmagórica durante buena parte del siglo XIX, y durante mucha parte del siglo XX, pero como necesitaban festejar y darle un pilar al proyecto nacional colombiano, le pusieron un montón de atributos, al punto de comparar a Caldas con Humboldt. Caldas no impactó en absoluto el medio astronómico, botánico, geográfico del mundo en ese momento como sí lo hizo Humboldt.

Ahora, en nuestro medio, Caldas tuvo una intuición científica sin precedentes, una sensibilidad científica impresionante hacia la naturaleza, una capacidad de observarla y entenderla que a mí particularmente me parece prodigiosa, ya que intentó nombrar, desde la ciencia, la hasta entonces innombrable naturaleza del virreinato. En ese sentido, pienso que sí es uno de los primeros, o quizás el primero, que intenta hacer la Carta Geográfica Nacional, apoyada en la botánica, la geografía y la astronomía en nuestro país.

Ilustración / Cortesía Forzada

Mucho se habla de la figura de Caldas como científico, pero poco se habla de la figura del mismo como ingeniero militar, a la cual se tuvo que dedicar después de 1810. ¿Esa es una de las derrotas que Caldas tuvo que enfrentar en su vida ya debió dejar de lado la ciencia?

A Caldas lo fusilaron principalmente por su participación en la construcción de las fortificaciones militares en Antioquia. Por eso fue que el tribunal que lo juzgó decidió fusilarlo. Su llegada a Antioquia fue un tanto atropellada. Él estaba escondido en Cartago buscando salir al exilio por Buenaventura, pero se encontró con Juan del Corral, uno de esos antioqueños frenéticos que lo convenció para que trabajara en su causa, y es en Antioquia donde Caldas ayudó a crear los pilares de la ingeniería militar colombiana, que sin duda alguna está ligada a la creación de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Medellín. A mí me parece, esta es una opinión muy personal, que sí Caldas cometió un error fue venirse para Antioquia, ya que las fortificaciones de Bufú, El Telégrafo y Retirada, que hizo cerca del río Cauca, nunca fueron utilizadas porque por ahí nunca pasaron las tropas españolas. Entonces hablamos de un hombre muy inteligente que malogró su proyecto científico por una causa que no prosperó.

 

¿Cómo fue la génesis de la novela Los derrotados para que surgiera la relación entre la historia de Caldas, con la de los otros protagonistas que vivieron en la Medellín de los 70-80?

Cuando regresé a Colombia, en 2002, tenía la idea de escribir una novela muy sencilla dedicada a Caldas, que consistía más o menos en que iniciaba cuando Caldas iba a ser fusilado y en la víspera de ese fusilamiento hace una especie de monólogo donde recuerda su vida y terminaba en el momento en el que recibía la descarga de fusilería. Sin embargo, me encontré con una Medellín en un proceso de guerra urbana impresionante, lo cual llevó a que el proyecto se comenzara a fragmentar, y se me introdujo de alguna manera mi adolescencia y mi primera juventud y sus vínculos con un movimiento que hubo en Antioquia que se llamaba EPL (Ejército Popular de Liberación); ahí fue cuando entendí que el proyecto científico de Caldas tenía relación con la vida de esos chicos que pongo en Los derrotados; los cuales tenían unos proyectos vinculados con la botánica, la fotografía y la literatura, pero estos, como en el caso de Caldas, iban a ser estremecidos por los proyectos revolucionarios comunistas guerrilleros de finales del siglo XX en Colombia.

Ahí es cuando surge la estructura de Los derrotados, una novela donde dialogan el tiempo de Caldas y el de estos chicos antioqueños de finales del siglo XX y principios del XXI, los espacios donde vivió Caldas en el Virreinato de la Nueva Granada, incluyendo Popayán, Santafé de Bogotá y la provincia del Ecuador, con los espacios de estos chicos que son el Urabá antioqueño, Medellín y el exilio que uno de ellos tiene en París. En esa novela se plantea la pregunta fundamental de ¿qué pasa cuando un personaje tiene un proyecto cognitivo y se tropieza con las luchas revolucionarias armadas? La conclusión de Los derrotados es muy clara: esos procesos se malogran completamente.

 

¿Por qué en Los derrotados partió de mostrar la figura humana de Francisco José de Caldas en el momento en el que está en la lucha por no perder la vida?

Porque es una novela, no es un libro de Historia. A mí en particular me interesó rescatar un poco la figura de ese Caldas que yo imagino. El personaje que yo propongo es un Caldas literario, no histórico. Por supuesto que es un Caldas literario apoyado en las cartas que él escribió, en los textos que publicó, en muchas consideraciones, en muchos libros que leí, en biografías, etc. Pero es un Caldas que está filtrado por la literatura, a partir de la relación que él tiene con los ríos, las selvas, las montañas e incluso con los indígenas. Esa fue la parte que yo intenté recuperar de Caldas a partir de mi imaginación.

El libro es así porque traté de hacer una crítica a la guerra colombiana desde diferentes formatos literarios. Fotografía / Cortesía

Su novela Los derrotados tiene un particularidad y es que por medio de los personajes principales se combinan varios momentos históricos de Colombia, el pasado lejano, el pasado próximo y algo cercano al presente. ¿Cuál fue su intención al escribir la novela de esa manera? y ¿sobre qué época se siente más cómodo escribiendo?

Los derrotados fue una novela que se fue alterando con la presencia de la naturaleza con la que tuve contacto cuando regresé de París, ya que la naturaleza en “Los derrotados” funciona de dos maneras: en la parte dedicada a Caldas, hay un diario naturalista poético que supuestamente él escribe, en el que habla en términos estéticos de una naturaleza virgen que constantemente está celebrando. Sin embargo, esa belleza luego va a ser ultrajada en el capítulo dedicado a las fotografías de las grandes masacres ocurridas en las últimas décadas del siglo XX.

El libro es así porque traté de hacer una crítica a la guerra colombiana desde diferentes formatos literarios, ya que Los derrotados es una especie de bodega donde entran muchas cosas: las cartas, la reflexión ensayística, la mirada poética y ese diálogo entre fotografía y literatura que es tan importante en mis libros. En ese mismo orden de ideas, la novela obedece a un principio estético propio. Los escritores debemos escribir lo que tenemos en la cabeza y no deben importarnos las demandas comerciales o lo que quiera una editorial. El escritor debe escribir lo que quiere escribir y punto, y eso fue lo que yo traté de hacer en Los derrotados.

Por otro lado, a mí las épocas me van y me vienen, ya que siento, literariamente quiero decir, que soy de aquí y de allá y de varias épocas. Mi imaginación planea bien por diferentes momentos, en el sentido en que escribí Lejos de Roma, escribí un libro dedicado a Francisco de Asís y Giotto; ahora, con Tríptico de la Infamia me pasé un poco por el Renacimiento, por el Siglo XVI en particular; de igual manera, con Los derrotados y en Adiós a los próceres estoy en el siglo XIX y en otros más estoy en el siglo XX y comienzos del XXI.

 

Usted ha escrito varias novelas que abordan temas de carácter histórico, ¿por qué la historia sirve como marco para la literatura?

El tema de la Historia siempre ha preocupado a los escritores, comenzando por La ilíada, que fue escrita por Homero siglos después de los acontecimientos. En la literatura antigua siempre se están recreando acontecimientos pasados, y creo que eso se debe en buena parte a que el hombre lo que más tiene es pasado. El presente es una cosa muy fugaz, ya que viene, lo vivimos y de manera inmediata entra a esa gran alforja donde están los acontecimientos del ayer, y el futuro es algo que no sabemos. En ese mismo orden de ideas, el terreno en el cual nos podemos amparar los escritores es el pasado e, inclusive, muchas novelas que tratan sobre el presente van a ser leídas después, de alguna manera, como novelas históricas que abordan un determinado momento que ya pasó.

Lo que ocurre es que el subgénero de la novela histórica, para mencionar el concepto de Lukács, nace en el siglo XIX con las publicaciones de los textos de Walter Scott, los cuales producen una gran ola de imitación, de lectores, de estudiosos; y es justamente por ese impacto tan potente que tiene la novela histórica en su etapa inicial, que la misma ha tenido muy buena salud desde el siglo XIX hasta hoy. A la gente le gusta leerlas porque quieren saber qué pasó; el problema es que hay que insistir en que las novelas históricas, a pesar de que son un híbrido entre la historia y la literatura, deben leerse más como ficción que como un relato fidedigno de la realidad, y en ese sentido el escritor tiene todas las alternativas posibles para hacer lo que quiera con ese pasado.

 

¿Cuál es la relación entre la literatura basada en hechos históricos y el ejercicio de preservar la memoria?

Creo que toda literatura que se ancla en el pasado para hacer un libro tiene que ver con la memoria. Ahora, ¿qué tipo de memoria se establece en un libro que –por ejemplo– celebra las gestas napoleónicas? y ¿qué tipo de memoria se establece en un libro que critica la violencia de esas mismas guerras? De igual modo podríamos hablar de la historia de Latinoamérica, de la historia colombiana. Por ejemplo, casi todas las novelas sobre Bolívar son celebratorias, pero hay una novela que se llama Conviene a los felices permanecer en casa, de Andrés Hoyos, en la que se critica la violencia de las guerras que promovió Bolívar, y cuenta la historia desde el lado de las víctimas, de la población que fue arrasada por esas guerras. Entonces, el asunto de la memoria es muy complicado porque ¿de qué memoria estamos hablando? De lo que celebran unos, de lo que rechazan otros, de lo que cantan unos o de lo que critican otros.

Ahora, el campo de la memoria, en lo que está viviendo Colombia en este momento, después de los Acuerdos de Paz con las Farc, tiene otra connotación. Esa memoria tiene que ver con el rol que deben tener en los discursos literarios las víctimas. Como la violencia de Colombia ha sido tan enredada, las víctimas muchas veces fueron victimarios, de manera que es una cuestión muy complicada establecer con claridad la memoria de las víctimas. Yo, particularmente como escritor, me preocupo más por la memoria de las víctimas civiles, porque a mí me parece que en Colombia los grandes responsables de nuestra violencia han sido todos los grupos armados, sin importar su procedencia.

el canon es una construcción humana que se puede criticar, cuestionar, dinamitar. Fotografía / Cortesía

 

Hace unas semanas vi una discusión en Twitter que me pareció muy interesante sobre los libros que una persona debía leer para ser considerado un buen colombiano, y muchos manifestaban que esos libros eran los que hablaban sobre el conflicto armado colombiano. ¿La temática más importante de la novela colombiana es la violencia, o el conflicto armado y por qué?

La literatura que más ha proyectado Colombia hacia el mundo es la que trata temas de violencia o el conflicto armado, y es en la que mejor nos hemos comprendido o incomprendido como nación. Lo que pasa es que la literatura colombiana tiene una cosa que se llama el canon, que es una construcción muy problemática, porque en ella ingresan a opinar las élites, las universidades, los historiadores, las bibliotecas, los académicos, es decir, que hay una visión elitistas del conocimiento. La última biblioteca de literatura colombiana la hizo el periódico El Tiempo, y me pregunto ¿por qué este diario hizo una biblioteca canónica de la literatura colombiana? Tal vez porque tiene relación con las élites que han gobernado este país, y desde que nacieron sus periódicos han estado vinculados a la formación nacional de la literatura. Pero el canon es una construcción humana que se puede criticar, cuestionar, dinamitar.

Miremos, por ejemplo, el caso de una novela canónica como es María, de Jorge Isaacs. Allí no hay guerras, a pesar de que si uno mira, históricamente, qué está pasando más allá de El Paraíso, la hacienda donde viven el amor María y Efraín, entendemos que hay un país que está confrontándose frente a las nuevas políticas de abolición de la esclavitud que generaron guerras civiles. Esa novela fue canonizada por la élite conservadora, ya que muestra una Colombia idílica, equilibrada, pues no hay grandes conflictos, salvo el amor incestuoso de los dos protagonistas. Por otro lado, en una novela como La vorágine, de José Eustasio Rivera, sí vemos un país violento, un país desecho, fragmentado en las regiones y despedazado por la violencia de los seres humanos. Entonces, si vamos haciendo un recorrido, las novelas más emblemáticas colombianas tienen de algún modo u otro una relación con el tema de la violencia.

Ahora bien, esa pregunta me lanza a otra disquisición y es la siguiente: esto que acabo de decir no significa que los escritores colombianos tengamos que escribir únicamente novelas sobre Colombia y sobre la Colombia violenta. Los escritores colombianos podemos escribir sobre lo que nos dé la gana. Frente a eso yo sí soy radical. No hay que coartarle la invención imaginativa al escritor; que escriba sobre lo que quiera, pero que lo haga bien.

 

¿Qué proyectos literarios tiene en este momento que nos pueda contar un poco?

Acabo de terminar una novela que iba a ser publicada en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, pero por la pandemia el mundo editorial está semiparalizado. La novela se llama La escombrera, y tiene como núcleo fundamental lo que ha sucedido en los últimos años en Medellín en cuanto al tema de la desaparición forzada. Una vez más he vuelto a escribir sobre la violencia, una vez más aparece mi alter ego que es Pedro Cadavid, que también aparece en Los derrotados. Cadavid es quien escribe la novela y aborda estos núcleos tan conflictivos que ha tenido particularmente nuestra ciudad. Por ahora no podría decirte que tengo otro proyecto ya clarificado. La escritura de La escombrera fue un trabajo difícil.

En esta entrevista, Pablo Montoya, un hombre sereno, elocuente, crítico y presto al diálogo, nos dio la posibilidad de conocer su lado más íntimo, de alguna manera relacionado con uno de los próceres que, aunque es menos celebrado en comparación con otros personajes de la historia colombiana, fue uno de los hombres que con su intelectualidad participó en el proceso independentista y que por el mismo perdió la vida y de paso su proyecto científico.

La violencia ha sido la problemática que mayor responsabilidad tiene en el atraso científico, social y económico de Colombia, y una vez más, nos damos cuenta de que a lo largo del tiempo de existencia de la nación colombiana existen víctimas de la guerra y también proyectos que fracasan por la presencia de la misma. En el siglo XIX fue Caldas. Hoy, no alcanzan las letras para enumerar a todas las víctimas. Por fortuna, aún nos queda la literatura, que es quizá la única manera que tenemos para imaginar mundos mejores y –sobre todo– para cumplir con el ejercicio de preservar la vida cuidando la memoria.

@brandonstefan9