PAZ PARA EL RATONCITO

Una trampa para ratones atrapa al cazador que comprende, mientras fracasa en su cometido y queda atrapado en la belleza del artefacto, es más fácil conciliar con los roedores y amonestarlos por sus hábitos, que agarrarlos.

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

El artefacto es bello: se trata de una cesta circular, hecha en alambre, con la base más ancha de tal forma que tiene una leve estructura cónica. En la parte superior tiene un orificio, una especie de boca. Visto así parece una huevera. Las juntas de los alambres son cuidadas, perfectas, no sobresale ninguna punta que pueda representar peligro a los dedos, o a algún ser. Sobre el orificio superior se introduce una tapa de hechura tan cuidada como la cesta. Se trata de un aro también de alambre del que cuelgan tiras de más o menos diez centímetros, que se van cerrando gracias a círculos cada vez más angostos. Las tiras quedan hacia adentro de la cesta y no alcanzan a tocar su fondo. La curiosa tapa se retira y uno puede meter la mano al interior de la cesta. Es bello el aparato, insisto. El artesano que lo elaboró lo hizo a gusto, es evidente que no solo puso su empeño, sino además la curia de quien supone que hace algo que vale la pena.

La cesta que he descrito me la prestó Andrés, un artesano y artista que hizo y ha venido puliendo las puertas y ventanas de madera de mi casa. Andrés tiene la paciencia de los de su estirpe, y la conversación dulce y entretenida del hombre curioso. Imagino que así eran los artesanos en el renacimiento.

La cesta sirve para cazar ratones. El procedimiento es sencillo, uno retira la tapa superior e introduce algo de comida, luego la vuelve a poner procurando que los alambres en punta queden centrados. La idea es que el ratón entre buscando el cebo y sea incapaz de salir.

La trampa me pareció antes que bella, práctica y útil. Y me emocioné cuando Andrés nos la prestó. Supuse que con ella daría caza al ratoncito que había visto corretear por los rincones y del que cada mañana había rastros en la cocina, así que en la noche puse en el interior de la cesta un poco de Chocoramo y la ubiqué, en lo que supuse era un lugar estratégico: cerca de las frutas y verduras. A la mañana siguiente, convencido de mi inteligencia, corrí a ver el resultado de la cacería y encontré la cesta vacía y el trozo de torta en su sitio; más arriba en cambio, pude ver un banano pulidamente mordisqueado. La decepción fue enorme, pero concluí que había fallado en la ubicación de la trampa, así que en la noche decidí ponerla en otro lugar, o para ser más preciso no decidí, sino que entendí las indirectas y sarcasmos de Carolina acerca de mi olfato cazador. Puse la trampa entonces en una de las entradas a la cocina, y agregué además del Chocoramo un trozo de banano.  Pero a la mañana siguiente volví a decepcionarme porque, aunque encontré mordidas las carnadas, no había rastro del ratón, al que por demás ya le había puesto nombre. Carolina, de nuevo, volvió con su sarcasmo para hacerme caer en cuenta que, tal como había acomodado los cebos, el ratón no había tenido necesidad ni siquiera de bajar, pues solo con sostenerse de las patas traseras le bastaba para llegar al banano que casi se disfrutó entero. Yo, aunque entendí el error que había cometido, me quedé callado, y llegada la noche volví con mi canasta y más banano y más Chocoramo. En esta ocasión los puse alejados del centro, más cerca de las paredes de la canasta. El fracaso en esta ocasión fue más vergonzoso. El ratón, y para colmo yo mismo alcancé a verlo cuando me levanté temprano, extendía una de sus extremidades entre los alambres de la cesta y acercaba la comida, de tal forma que podía comerla sin necesidad de entrar a la trampa. Antes de sarcasmos y humor negro declaré mi derrota y recogí la trampa con inmenso pesar porque me resistía, y resisto, a la aparente inutilidad de un objeto tan bello. El problema mayor, sin embargo, era que el ratón seguía paseándose por la casa, y además se asomaba en momentos inapropiados, como si quisiera saludar a las visitas.

Derrotado entonces en mi faceta tardía de cazador acudí a un terreno que me fuera un poco más propicio, así que recordé en voz alta la lectura de Paz para el ratoncito de Théodore Monod, y claro, recordé especialmente el aparte en el que sugiere la posibilidad de suscribir con ellos un tratado formal e irrevocable mediante el cual los ratones se abstengan en lo sucesivo de hincarle el diente a los libros. Monod afirmó en su libro, recordé yo también en voz alta, que los ratones aceptaron los términos del contrato.

Carolina me miró con más sorna aún y buscó en internet trampas para ratones.  Encontró dos tipos, una tan artesanal y bella como la que yo había venido usando, aunque con un mecanismo diferente. Esa la compró para darme gusto, y otra en Amazon, también bella, pero de manufactura industrial. Con esta última ya he atrapado cuatro ratoncitos vestidos con su elegante traje gris-ratón, como decía Monod. A todos los he soltado a un kilómetro de distancia de mi casa, y en el camino a su liberación les hablo y pregunto por el tratado al que se refirió el magnífico Monod, y los reconvengo acerca de sus manías roedoras. Carolina, escéptica, me pregunta si los estaré soltando muy cerca de la casa, y si ellos serán capaces de encontrar su camino de regreso.