Vimos cómo Mina se alzaba entre los defensores senegaleses y encontraba el balón en el aire. Cantamos el gol. No era momento de negar uno de los pocos sufrimientos voluntarios y compartidos en este continente, sobre todo antes de iniciar la jornada laboral.

 

Por: Gustavo Vargas

–Ya nos chingaron– dijo el joven mientras observaba en su teléfono cómo el defensor Edson Álvarez no pudo despejar un balón que pasó entre sus piernas, rebotó en el suelo y empujó con su mano izquierda al interior del arco custodiado por Memo Ochoa. Los suecos celebraban su tercer gol.

Fue el 27 de junio del Mundial de Rusia. Era el minuto 74, en el estadio de Ekaterimburgo nadie coreó el nombre de Hirving ‘El Chucky’ Lozano como si cada letra fuera una nota de Seven Nation Army de The White Stripes. Y en Tijuana, antes de las 9 am, hora Pacífico, el joven dijo, “Ya nos chingaron”, desconectó los audífonos del teléfono, subió el volumen y nos dejó escuchar, a quienes íbamos en el asiento trasero, las especulaciones de los comentaristas del México-Suecia sobre la caída de Alemania ante Corea del Sur, el otro último encuentro del Grupo F. Si los campeones de 2014 eran eliminados, y fueron eliminados, habría una nueva oportunidad para cantar los goles de la selección mexicana en el transporte público tijuanense.

Un día después, Colombia enfrentó a Senegal en la ciudad de Samara. A las 7 am inició el partido, hora Pacífico. El primer tiempo lo vi en casa. Un amigo me pasó un link por redes sociales de un sitio web que registraba otros links de otros links donde transmitían el Mundial. Pero el cabezazo a lo Yerry Mina, en el minuto 74, llegó cuando ya estaba dentro de una de esas furgonetas que en Tijuana llaman taxi y en la cual caben ocho o diez personas, aunque el conductor insista en meter doce o quince. Uno de los pasajeros era el joven “Ya nos chingaron”. Así que al sentarme a su lado le pregunté por el partido. Él desconectó los audífonos y subió el volumen del teléfono. Vimos cómo Mina se alzaba entre los defensores senegaleses y encontraba el balón en el aire. Cantamos el gol. No era momento de negar uno de los pocos sufrimientos voluntarios y compartidos en este continente, sobre todo antes de iniciar la jornada laboral.