El otro puente

Es momento de empezar a bajar. A la derecha el tráfico incesable, a la izquierda una plazoleta en desuso, sobre el lugar poca gente y arriba una nube negra que amenaza con dejar caer torrentes de agua. Solo un policía cubre la zona sin poder cuidar a un lado y al otro al mismo tiempo.  Hay que bajar. El corazón está un poco ansioso, más por las historias que por la realidad, llega el deseo de echarse para atrás pero ni modo, con cautela o como sea ¡hay que intentarlo ya!

El otro puente01

 

 

Por: Maritza Palma

Ilustraciones: Chucho Barrera Henao

 

Día 1

Casi 400 pasos me separan del centro de la ciudad hasta mi meta. Es de noche y los faros ya deberían estar encendidos pero lo único que permite entrever son las enceguecedoras luces de los carros, los cuales circulan masivamente a esta hora. Por algo es la vía que conecta comercialmente a Dosquebradas con el resto del país.

Hay que caminar con prisa y pocas personas se atreven a hacerlo a esta hora, aunque en realidad muchas otras no se atreven a hacerlo ni a esta ni a ninguna; el temor a un robo o algo peor supera el encanto que va más allá de los pilones de concreto con 96 y 105 metros de altura de los que descuelgan cables formando dos grandes triángulos y que sostienen este patrimonio arquitectónico risaraldense. Una vez cruzado el gran puente que cimbra levemente veo que he cruzado con menos pasos de los esperados. Ahora falta la parte más sola donde se ven dos hombres saliendo de las alcantarillas. No cualquiera se baña a esta hora y menos de esa manera.

Día 2

Huele a miedo y a orines, hay un grafiti viejo en la pared que queda a mis espaldas y adelante de mí un barandal con un roto lo suficientemente grande para que dos personas sigan derecho, de no ser porque darían a parar a un voladero. Abajo del barandal cinco chicos, entre 10 y 16 años, están fumando un poco de vida mientras divisan el paisaje y siguen con su mirada las escaleras que van hasta los barrios San judas y El balso, escaleras que van más allá de los tenedores desechables y la basura regada sobre lo que en algún momento fueron zonas verdes. No se puede estar mucho aquí, parece un sitio restringido por los que saben qué es la vida de la calle y el llamado bajo mundo, parece un escondrijo debajo del gran puente; pues lo que se construyó para que la gente atravesara de carril a carril el Viaducto César Gaviria Trujillo – sin correr peligros- parece más una zona de esparcimiento no apta para todos.

Del puente para acá Dosquebradas, del puente para allá Pereira. En la parte de acá la carretera que conduce a la Avenida del río también está llena de tránsito, y por uno de sus orillas baja otro chico mirando azarosamente, mira, baja y habla, mira, vuelve a mirar y sigue. 

Día 3

Un hombre con ropa sucia y desgastada y cara de desahuciado camina por el centro del viaducto mientras a sus lados continúa el tráfico de ida y vuelta, sus pasos lo llevan hacia Dosquebradas con una bolsa en mano. Por momentos se detiene y mira fijo el tránsito o el pavimento; a juzgar por las cerca de 114 personas que se han suicidado en este lugar podría concluir su fin pero lo común es tirarse al vacío no a los carros. De cualquier forma después de detenerse y seguir, detenerse y seguir, durante varios minutos, termina su tramo hasta perderse en la curva que conduce a Nicolle, donde se me hace imposible seguirle con la vista o con los pies.

Día 4

Son casi las cinco de la tarde, el atardecer se extiende mientras las nubes se tornan violetas. En la esquina, donde está la alcantarilla y por donde se suele comenzar el tramo hacia el centro de Pereira grita una mujer. Un grito, dos gritos, un chico está halando de su bolso y ella no hace más que resistirse y gritar, la gente se acerca lo suficiente para ver pero no para ayudarla; un policía, el único que cubre esta zona, corre atravesando desde el otro lado pese a que el tráfico vehicular no cesa. Por fortuna hay un espacio en la mitad de este puente: su zona de fricción, la misma zona que permite el paso de muchos confiados que arriesgan sus vidas y auguran no ser atropellados por algún vehículo. El policía llega al otro lado y corre detrás del joven ladrón, corre  sin la satisfacción de atraparlo. No alcanzó a robar nada, pero a la chica le quedó el miedo y una herida con arma blanca sobre la mano.

El otro puente02

 

“Hace un par de años la situación era como un poco diferente,  habían unos cambuches, esto estaba muy invadido de habitantes de la calle, de personas, de indigencia…pero hoy en día la gente tiene un estigma de que todavía eso es así, entonces por eso la gente no pasa por ahí muchodice otro policía durante su turno de la noche.

 

 

El emblemático Cesar Gaviria Trujillo bastante da que hablar frente a suicidios e inseguridad pero poco se sabe de su otro puente, bajo el gran viaducto en la zona de Dosquebradas. Hace cinco años era normal transitarlo, su cruce evitaba saltar al azar cerca de los carros o dar la vuelta por la parte alta, cerca de la fábrica textil de Gef. Ahora el que pasa tiene agallas o está obligado a hacerlo por vivir en los barrios ubicados más abajo.

Amarillo, de barandales oxidados, con malos olores, invadido de basura y encima lleno de todo un mito de inseguridad y temor. Por aquí muchos dicen no pasar ni locos, si por encima es inseguro por debajo ni de riesgos.

Actualmente la invasión no es mayor, son selectas las personas pero antes, hace cerca de dos años, había entre 20 y 30 cambuches construidos entre la zona verde y las escaleras. Este puente, el de abajo ha sido un punto con vista, buena o mala. según los gustos, pero difícilmente tranquilo.

Cruzar de un lado a otro implica poner la mente en blanco para no imaginar centenares de peligros, bajar dos bloques de escaleras, mirar el abandono en que lo tiene INVIAS y dar la vuelta para luego subir otros dos bloques más por el otro carril del viaducto, donde se pueden ver las alcantarillas, a veces el sitio de baño más oportuno de la gente de calle.

Una cosa es la situación social, el consumo de sustancias alucinógenas y la inseguridad propiciada por la gente que se dice sube de dos de los barrios a los que les corroe la fama, pero la cuestión no solo se queda ahí. Claro está que la fama de los barrios son la excusa perfecta para que autoridades y estatales justifiquen las condiciones del sitio ¿pero entonces las condiciones del lugar por qué se acercan al abandono?, no es casual que el puente al que se le han invertido más de 5 mil novecientos millones de pesos, en 16 años , solo tenga un alumbrado navideño cada año. Por encima el óxido no es tanto y se conserva apto para que turistas lo fotografíen.

Un sitio que une las fronteras de dos municipios, la vía que conduce hacia el sector industrial de Risaralda, el emblema de un presidente, y el orgullo construido por el consorcio brasilero-alemán Andrade Gutiérrez y Walter Bau AG, no parece ser peso suficiente para que se incremente su conservación social y estética, para garantizarle más aseo y seguridad.

Una policía dividida municipalmente hace lo que puede al extremo que le corresponde -unos se encargan del lado de Pereira y otros del lado de Dosquebradas- y la gente pasa por obligación más que por satisfacción, pasan porque no tienen dinero para pagar el bus, no por gusto y menos por seguridad.

El mito de estar en peligro al cruzar por aquí no se hace realidad en esta oportunidad pero percibir el mal estado no es nada difícil una vez los pies pisan el otro puente donde se escuchan desde arriba los carros que pasan de ida y vuelta. Ahora ya con un poco de valor es momento de continuar hasta salir al otro lado del mismo lugar, donde aguarda la tormenta que no vacila en caer justo al poner un pie sobre el último escalón de subida.