Andrés es un hombre bueno, pero no se lo propone, a eso es a lo que me refiero. Esa condición no es infrecuente, pero sí es muchas veces reprimida —o reprochada— por la desconfianza que funda casi todas las relaciones contemporáneas.
Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris
Hace poco, en una de estas columnas, conté que Andrés es un artesano carpintero que ama su oficio y hace cosas formidables con sus manos gruesas y aparentemente toscas, dije también que su conversación es dulce; ahora agrego que entretenida, tiene la naturalidad, la profundidad del hombre que va por el mundo guiado apenas por su sensibilidad, generosidad y un sentido práctico de la existencia que viene acompañado de profunda humanidad. Andrés es un hombre bueno, pero no se lo propone, a eso es a lo que me refiero. Esa condición no es infrecuente, pero sí es muchas veces, reprimida —o reprochada— por la desconfianza que funda casi todas las relaciones contemporáneas; incluso hay para quienes una postura vital como la de Andrés sería vista con suspicacia o con malicia.
El caso es que conversar con Andrés es grato, incluso gracias a una leve dificultad al momento de pronunciar la r, casi imperceptible, pero que le otorga un toque musical a sus frases; como si con ello le diera un tono disidente y a la vez ingenuo. Una especie de sordina, no para la voz, que es la misma, sino para su historia, que así queda más lenta, tan lenta como su trabajo, que ejecuta de manera morosa. A veces se queda en silencio mirando lo que acaba de hacer, con la mano puesta en su cara, como si fuera una especie de pensador de Rodin, y uno no sabe si goza su obra o simplemente considera alternativas.
Andrés sigue puliendo las puertas de mi casa. Creo que, a su ritmo, y al de la madera, lo hará la vida entera. Entre tanto emprende otro trabajo y construye su propia casa, en la cima de una colina, desde donde se divisa la cordillera Central, el valle del río Cauca y las montañas del Tatamá. Él no lo dice así, solo cuenta que, desde los corredores de su casa, que la rodearán por completo, se ve medio mundo. Su madre, que vive a unos metros, cría gallinas y alimenta a un pavo real blanco que un día llegó de improviso y del que, por mucho que averiguaron en el vecindario, nunca encontraron su dueño.
Imagino ese pavo con sus inmensas alas blancas extendidas, imponente, picoteando en medio de unas gallinas mestizas y cagonas, para las que el pavo será uno más en el gallinero, aunque más tragón. Y lo es, la madre de Andrés se queja de lo que consume el pavo, pero sabe que no hay manera, que habrá que tenerlo allí como se tiene al peregrino que llega aun cuando sea un gigante pretencioso y atontado. La madre de Andrés es buena, sin duda, el pavo y Andrés lo demuestran, y estoy seguro de que ella tampoco se lo propone.
En una de esas conversaciones imprevistas que abre Andrés sin preámbulo y sin protocolo, que van surgiendo como si además fueran la continuidad de una gran conversación iniciada hace mucho tiempo y hubiese sido apenas interrumpida, comenzó a contarnos, a Carolina y a mí, acerca de las réplicas de los guerreros chinos de terracota que acompañan y custodian la tumba del emperador Qin Shi Huang y que fueron elaborados hace más de 2.200 años. Andrés se puso a la tarea de lograr la reproducción idéntica de uno de ellos y lo logró, tras decenas de ensayos y de moldes que al final arrojaron una figura proporcionada y hermosa, que además se propuso pintar tal como, según los arqueólogos expertos, fueron originalmente pintados.
La emoción de Andrés en su relato crecía en la medida que se refería a la belleza de las figuras, a su proporción, al colorido que a mí me parecía extraño porque solo recordaba haberlos visto justamente en su color terracota. Andrés hablaba de los guerreros tal como si fueran suyos, como si se tratara de una obra original y no de una copia, y yo fui entendiendo que tenía toda la razón, que el guerrero chino hecho en la cima de la vereda El Arenillo con una tardanza de 2.200 años y miles de kilómetros de distancia, es tan original y único como el primero que los artesanos chinos hicieron para la tumba de su emperador, y que el empeño del artista, y su emoción, son tan creativos como las inspiraciones de otros.
Pero esto no lo entendieron, porque no podían, ni debían, los funcionarios que alguna vez le encargaron a Andrés la realización de una réplica del Cristo de Belalcázar, esa inmensa escultura que tiene 45,5 metros de altura, incluido su pedestal que es un edificio de cuatro pisos, más alto en consecuencia que el Cristo del Corcovado, que tiene 38 metros. Andrés cuenta que recibió con emoción el encargo —habría paga al fin y al cabo— y se puso a la tarea, pero en la medida que iba haciendo la réplica creyó necesario embellecer a ese Cristo cabezón y desproporcionado, y lo fue haciendo con su curia y maestría, hasta que logró pulir los rasgos y hacerlos más humanos, y hasta más bellos, según el mismo Andrés, y en cuanto terminó, dentro del tiempo estipulado, fue y acomodó la réplica en la feria de regiones para la que había sido encomendada.
Unas horas después recibió la llamada de su cliente, que comenzó por agradecer el trabajo y felicitarlo por su maestría, pero le pidió que restituyera la feúra original del Cristo. Andrés lo hizo, por supuesto, con mucho más trabajo y dificultad que la primera vez, pero logró al fin que el Cristo de Belalcázar quedara lo más parecido posible, así, cabezón, anguloso, un poco kitsch, pero también único y formidable. Tan formidable como habrá sido el Cristo de Andrés logrado a partir de su interpretación del Cristo de Belalcázar.


