RETORNO A UN PASADO QUE NUNCA SE FUE

El presente de la música y la fotografía análoga en Medellín

 En la época de las pantallas y los algoritmos una gran cantidad de personas se han interesado en tecnologías y formatos que muchos podrían considerar obsoletos. Han puesto sus ojos, oídos y manos sobre el mundo de lo análogo en los campos de la música y la fotografía.

 

Escribe y fotografía / Juan José Díez Góez – Ilustra / Stella Maris

La música de acetato y tornamesa, la fotografía de carrete y revelado, tecnologías y prácticas que parecían en declive han retornado con fuerza en Medellín, gracias a un impulso, en gran parte, provocado por los jóvenes. Cuando se habla con los usuarios y aficionados de ambas expresiones se nota que sus intereses corresponden a espacios, momentos e intenciones que pocas veces se pueden encontrar a través de lo digital.

El fenómeno podría definirse como una necesidad de detenerse un segundo en medio de la velocidad informática de nuestra realidad, de escapar del presente y buscar en el pasado las respuestas para afrontar un futuro incierto. “A todos nos gusta vivir en el pasado o en el futuro. Partiendo de esa realidad, al cerebro de las personas le gusta pensar en eso. No vivimos el presente con agrado, ojalá pasara rápido para tenerlo en esos recuerdos donde uno lo puede adornar”, afirma Sadoth Giraldo Acosta, experto en psicología del consumidor y director de especializaciones en el área de mercadeo de la Universidad Ean.

Resultaría fácil asociar el fenómeno con una tendencia que también ha tomado fuerza en los últimos años: la reaparición en el mercado de algunos estilos y modas del pasado, acompañada del relanzamiento de artículos y productos clásicos que ya no se producían. Existen múltiples ejemplos de ello desde diferentes ámbitos: en 2017 Nintendo lanzó al mercado la SNES Mini, una versión de la Super Nintendo de los 90 adaptada a las nuevas tecnologías; de la misma forma, hace algunos años empresas como Polaroid o FujiFilm pusieron de nuevo en marcha la producción de cámaras instantáneas; y la lista podría seguir, pasando por áreas como la moda textil, el diseño gráfico, el cine o incluso el vello facial masculino.

En el ámbito de lo comercial la tendencia suele ser denominada como marketing de la nostalgia y hace referencia a la estrategia utilizada para evocar recuerdos en el consumidor que, de alguna manera, influyan en su comportamiento de compra. “Los recuerdos tienen un impacto positivo en las personas porque a uno le gusta volver al pasado. Entre más recuerdos haya, se eleva el estado de ánimo y eso vincula emocionalmente a las personas”, explica Giraldo.

Pero el fenómeno del que hablamos es diferente. Para empezar, no se encuentra tan ligado a las grandes industrias y al comercio masivo, es algo que sucede en las calles, en lugares pequeños que pasan desapercibidos y en las redes sociales. Además, quienes están detrás son jóvenes que no vivieron las épocas de su mayor consumo, por lo tanto, no tienen una experiencia previa que los vincule con ello.

Giraldo agrega que otro factor influyente es “el ruido que hay alrededor de ese tema. En Internet se encuentran personas que publican esa historia y, en consecuencia, la gente quiere vivir eso, quiere ver si lo que dice el rumor también lo pueden experimentar”.

 

El vinilo nunca paró de sonar, ahora lo hace más fuerte

A diferencia del campo de la fotografía, la movida del vinilo no es protagonizada por las nuevas generaciones, aunque es innegable que cada vez los jóvenes se interesan más y, si atraviesa un nuevo auge, es gracias a ellos también. De cualquier forma, han surgido nuevos espacios, no tradicionales, para su distribución y para su escucha.

Fernando Arenas trabaja como vendedor de discos para la tienda Archivo Musical desde hace más de 30 años. Durante la década de los 90 le tocó vivir la masificación del disco compacto (CD) y, con ello, el declive del formato análogo. Sin embargo, en los últimos años ese fenómeno se ha revertido, como el mismo advierte: “el CD ya decayó y comenzó a resurgir el LP, a la gente le gusta mucho el sonido, el solo hecho de manipularlo, la carátula, los datos que trae, el sonido como tal se escucha mejor”.

En la tienda la mayoría de los discos tienen un aspecto antiguo, al menos en sus carátulas es notorio el desgaste que han sufrido a través del tiempo, a pesar del cuidado y del esfuerzo de vendedores y coleccionistas por preservarlos. Hay algunos que ni siquiera tienen carátula y se encuentran apilados en un estante, cubiertos y separados por una especie de láminas de papel. Pero hay otros que sí se encuentran en perfecto estado, relucientes porque siguen sellados con plástico transparente, a diferencia del resto, no han sido usados y no fueron fabricados hace 30 o 40 años. Arenas dice que “todavía hay fábricas sacando elepés, colombianas no, pero del extranjero sí, y son a costos muy superiores”.

“El mercado de los vinilos afuera está muy vivo. Con el tema de Internet usted consigue lo que quiera de afuera, solo es que tenga el dinero. Ya no hay tanta angustia por querer algo y no poderlo tener”, menciona Jorge Bedoya, melómano y cliente asiduo de la tienda desde hace más de 20 años, aunque también reconoce que en Colombia y en Medellín hay bastante material, y en tiendas como Archivo Musical se puede conseguir mucha música en acetato.

Según Nielsen Music, sólo en los primeros seis meses de 2019, la venta de vinilos aumentó en un 9.6% a nivel mundial.

Pero la venta de elepés en Medellín también ha trascendido los espacios tradicionales de distribución. Sindicato del Vinilo surgió como una tienda virtual a través de Instagram en 2019 y desde agosto del año pasado cuenta con un punto de venta físico en el bar Siete Pulgadas, ubicado en el barrio El Poblado. Su cuenta de Instagram ya tiene más de dos mil seguidores.

“En 2018 yo conseguía discos y se los vendía a algunos amigos, desde entonces yo dije: hay personas que quieren tener el formato físico y eso es una muy buena opción para llegar más allá”, cuenta Jorge de la Hoz, creador de la tienda; continúa: “queríamos empezar a trabajar con los discos, la idea era que la persona tuviera la experiencia y que se enamorara de la música. Más allá del negocio, también es un asunto artístico, porque nosotros hacemos eventos donde sólo tocamos en vinilo”.

Jorge, o El Negro, como es conocido en el mundo del hip hop, es un hombre de unos 40 años que colecciona discos desde su adolescencia y, además de ser creador de la tienda, es miembro de un colectivo de DJ tornamesistas llamado Raicez Koncretaz. El tornamesismo podría definirse como el arte de manipular sonidos y crear música usando tornamesas clásicos y un mezclador de sonido, lo que quiere decir que la música viene directamente del acetato y las alteraciones que allí se generen dependen del movimiento que el DJ realice con la mano sobre él, esa práctica suele ser conocida como scratch o scratching.

El Negro se encontró con los elepés y el tornamesismo más o menos a la misma vez, ambas cosas gracias al hip hop. En 1995, teniendo unos 13 o 14 años, conoció unos DJ, de entre 18 y 20 años, provenientes de Bogotá que le pidieron a él y a algunos amigos suyos que los llevaran a lugares donde pudieran comprar discos. Fueron al centro, visitaron algunos locales y los bogotanos no hacían sino comprar discos, Jorge y sus amigos no entendían muy bien por qué o para qué. Más tarde, ese mismo día, hicieron un evento donde los DJ empezaron a tocar los mismos discos que habían comprado, desde ese momento algo en Jorge cambió, él mismo lo dice: “eso para mí fue brutal, eso como que me rayó y desde ese entonces no he dejado de comprar discos”.

Su método para conseguir vinilos, ya sean para él o para la venta, lo llama digging (que en español podría ser excavando) y lo define como “estar siempre buscando, los consigo yendo a sitios acá, en Bogotá, en algunas tiendas y también los pido de USA o de Europa. A algunos grupos que sacan cosas de rap independiente les compro de forma directa para colaborar también”.

Es muy claro al precisar que, si bien la música en LP se encuentra atravesando un apogeo, fueron los coleccionistas quienes mantuvieron vivo el formato a través de los años. Se refiere en especial a “la escena punk, el rap, el hip hop, los salseros, ellos nunca han parado. Entre toda esa gente hay un contexto y es la calle, la vida, ser contestatario. En esos nichos nunca dejaron morir el formato”. Sobre el nuevo auge, De la Hoz resalta las dinámicas de nuestro tiempo y el papel de los jóvenes en él: “¿Qué más puede venir desde la tecnología? Lo tenés todo. La gente se cansa de escuchar algo y de pronto no sentirlo, no tener un contacto con eso, los jóvenes ahora vienen con otro chip”.

“Ya tenemos la canción en todas partes, pero tener la canción física es una sensación diferente, por eso es que está volviendo, queremos es sentir que tenemos eso. Al momento de mezclar, literal estás tocando la música que suena”, comenta Samuel Ochoa, un joven de 23 años, coleccionista de vinilos que también es DJ. Él hizo parte del taller de tornamesismo dictado por DJ Blanko, otro miembro de Raicez Koncretaz procedente de Bogotá, en el que también participaron otros jóvenes interesados en la práctica.

Las cámaras análogas vuelven a disparar

En cuanto a la fotografía resulta claro que, a mediados de la década del 2000, tras la llegada masiva de las cámaras digitales al país, se dio una transición en el medio que dejó a un lado lo análogo y fue posicionando cada vez más lo digital. Las cámaras analógicas quedaron relegadas a un rincón de la casa, si es que de plano no fueron desechadas y, con ellas, también quedaron en el olvido colectivo el resto de procesos y elementos que las rodean.

Claro, con la salvedad de algunos fotógrafos que, muy contra la corriente, mantuvieron viva esa forma de hacer fotografía. Uno de ellos es Daniel Bejarano, quien lleva más de 30 años en el medio y, aunque en su momento tuvo que adaptarse, siguió enseñando y trabajando desde lo análogo. Así cuenta él su experiencia durante la época de la transición: “cuando estaba dando [clases de] fotografía me tocó dar el paso a lo digital, no me podía quedar atrás. Pero los mismos estudiantes me preguntaban por qué no volvía a enseñar lo análogo, querían volver a la experiencia”.

Hasta hace algunos años, las cámaras analógicas sólo se encontraban en anticuarias y en algunas tiendas tradicionales de fotografía a precios bastante bajos, lo mismo sucedía con los rollos fotográficos y el proceso de revelado, elementos a los que sólo se podía acceder en los pocos establecimientos que aún los ofrecían. Pero eso ha cambiado, las cámaras empiezan a revalorizarse y ahora existen incluso espacios en redes sociales a través de los cuales se ofrecen los equipos y el servicio de revelado, todo de manera independiente y liderado principalmente por gente joven, quienes también son mayoría desde la demanda.

“Llegó lo digital y afectó lo análogo, pero con los jóvenes desde hace seis años para acá lo análogo retornó y va con un paso muy fuerte”, comenta Luis Fernando Velásquez, propietario desde hace 30 años del local Cámaras y accesorios. Para él, el interés de los jóvenes se debe a que “el proceso es más romántico, es más emocionante y hay más aprendizaje. Lo digital es muy básico y cualquiera lo puede hacer, en cambio crear una foto análoga tiene su arte”.

Velásquez exhibe una antigua cámara de formato medio que alberga en su almacén.

Edwin Uribe trabaja desde hace 24 años para la tienda fotográfica Foto Intercontinental, que existe desde hace más de 40 años, según comenta. Cuando se entra al local lo primero que se puede apreciar, en el rincón de la izquierda, es una cabina en la que se toman fotos para documentos, luego se encuentra la vitrina, de la que sobresalen en su parte inferior algunas cajas que contienen cámaras digitales y accesorios, pero en el estante de arriba también hay cámaras análogas exhibidas sin ningún empaque, algunas en mejor estado que otras, acompañadas de cajas pequeñas de rollos fotográficos de diferentes marcas y características.

Cuando le preguntan por el precio de un rollo Kodak ColorPlus 200, él responde: “20 mil por ahora… Mañana de pronto a 25 mil”. De hecho, dos semanas después, el precio había aumentado a 23 mil pesos. Según explica, desde el año pasado con el inicio de la emergencia sanitaria por la COVID-19, los costos de importación aumentaron y se han visto forzados a comprar menos rollos, mientras la demanda sigue igual o aumentando. “Las importaciones normalmente se realizan por barco, en este momento están siendo aéreas y eso incrementa los costos. De eso se encargan los distribuidores mayores que son los que organizan con las empresas y distribuyen en el país”, explica Uribe.

Hace unos 15 años, con el paso masivo de lo análogo a lo digital en la fotografía, “se comentaba mucho en el medio que la fotografía se había acabado, porque la gente ya no iba a imprimir, ya no iba a revelar”, cuenta Uribe, “pero fue evolucionando todo y nos acomodamos a las dos formas de trabajo, ha tenido mucha acogida lo que es lo análogo nuevamente, casi diario recibimos rollos para revelar, hace dos o tres años empezaron otra vez con el auge de las cámaras análogas”.

En Foto Intercontinental, además de ofrecer los servicios y de vender los productos mencionados, todavía se trabaja el revelado, la ampliación y la digitalización de las fotografías análogas.  Según él, el interés de los jóvenes no se limita únicamente a conseguir cámaras, tomar fotos y llevarlas a revelar, muchos se interesan por el proceso de revelado y acuden a la tienda para conseguir los materiales necesarios para ellos mismos realizarlo por su cuenta.

 

El futuro lo revelan las nuevas generaciones

Mala Muerte Lab es un laboratorio fotográfico que surgió en julio del año pasado con el nombre de Negativo Lab. Desde enero del presente año se renombraron con el propósito de generar una nueva identidad y expandir su horizonte de posibilidades hacia un proyecto colectivo que no se quede sólo en el trabajo que hacen desde el revelado. En la actualidad tienen pensado ofrecer algunos talleres y producir otro tipo de artículos como bitácoras o fanzines.

Valentina Restrepo y David Flórez, las manos detrás de Mala Muerte, son estudiantes de comunicación audiovisual en la Universidad de Antioquia, tienen 21 y 20 años respectivamente. Entre 2018 y 2019, cursando los primeros semestres del pregrado, se acercaron al mundo de la fotografía análoga y conocieron los procesos básicos de revelado a blanco y negro. En ese momento sólo revelaban sus propias fotos y para hacerlo pedían prestado el laboratorio de la Universidad. Por su cuenta, fueron buscando información para mejorar sus procesos, aprendieron a revelar también a color y consiguieron los materiales primordiales para hacerlo en su casa. “Revelábamos en el baño, cerrábamos las ventanas con toallas y ropa negra, nos encerrábamos ahí con lo más básico, era sólo el tanque y los químicos”, cuentan ellos.

Poco a poco fueron consiguiendo equipos y materiales para mejorar el laboratorio, ahora trabajan en una habitación que adecuaron como cuarto oscuro. “Siempre fue autogestión e inversión, de lo que íbamos revelando no sacábamos ganancia para nosotros, sino que todo se lo metíamos al laboratorio, incluso todavía, uno nunca termina de invertirle”, agregan. La mayoría de los implementos que usan no los compran en la ciudad, sino que los mandan a traer de Bogotá o Estados Unidos.

Para mantener sus gastos básicos tratan de revelar mínimo 80 rollos al mes, lo que tiene sus dificultades porque según ellos “no todos traen la misma cantidad de rollos, mientras una persona manda a revelar uno al mes, llega otra con siete a la semana, y así”. Sin embargo, ellos no hablan de Mala Muerte como un negocio y tampoco es un proyecto del que esperen obtener muchos ingresos. Mala Muerte es un espacio que busca generar comunidad y brindar calidad artística a quienes les encargan sus procesos de revelado.

“Aquí en Medellín no había un lugar para dejar tus rollos y darle la confianza a ese laboratorio para que revelara esos recuerdos tuyos. Nosotros armamos el laboratorio pensando en que la gente tuviera ese espacio en el que con toda confianza pudiera dejar sus recuerdos y que uno se los pudiera devolver de la mejor manera”, menciona Flórez.

Así definen ellos su propósito como laboratorio en una ciudad en la que, si bien ya había empresas y tiendas que ofrecían el servicio de revelado, no existían suficientes espacios independientes que entendieran el proceso más allá de lo comercial. De hecho, a pesar de ser tan reciente, Mala Muerte fue uno de los primeros laboratorios independientes en la ciudad y, desde su surgimiento, muchos jóvenes han visto que es posible autogestionar el ejercicio del revelado y han surgido más espacios semejantes. En el momento hay por lo menos cinco laboratorios autogestivos en la ciudad.

En el campo de la venta y distribución de cámaras analógicas los jóvenes tampoco se han quedado atrás, lejos de depender de anticuarias y tiendas fotográficas tradicionales, han surgido espacios para la compra y venta de tales equipos en redes sociales. Bunker Análogo podría definirse como una tienda virtual de cámaras análogas, su principal espacio de ventas es una cuenta de Instagram cuya descripción es una frase que dice “Un búnker para ignorar al olvido”. Juan Esteban Cano, creador de la página, define su misión como “hacer que cámaras que están en un lugar recóndito de alguna bodega terminen en manos de alguien que sí las utilice”.

El que me repara a mí las cámaras se llama Ulises, está ubicado en un local que se llama Videokamaras, él sabe demasiado de análogas, dice Juan Esteban.

Cano es estudiante de arquitectura en la Universidad Nacional sede Medellín, se acercó a la fotografía análoga gracias a una expareja, pero desde el inicio lo tomó como un gusto propio, incluso una obsesión. Comenzó a buscar cámaras en anticuarios y negocios de fotografía tradicionales, hasta recibió cámaras viejas y en mal estado que todavía conservaban sus familiares. Poco a poco fue armando su propia colección y a medida que obtenía cámaras procuraba llevarlas a restaurar. La primera venta que realizó fue casi accidental: “un día, una amiga y su pareja me contaron que querían una cámara análoga para cada uno y las buscaban del mismo modelo. Yo las encontré, las mandé a restaurar y se las vendí. Esa fue como la chispa, ahí pensé: yo debería hacer esto”, cuenta.

En agosto del año pasado concretó y materializó la idea de comprar varias cámaras, restaurar las que lo requirieran y venderlas a través de Instagram. En el mercado ya había dos personas que lo hacían de la misma forma, desde las cuentas Borracho de Miércoles y Analog Paradiso, ambas ubicadas en Bogotá. “Yo quise montarlo porque acá en Medellín no había visto a nadie, allá estaba el mercado, pero yo creo que al menos la demanda estaba más acá”, así habla Cano sobre el inicio de Búnker, y completa: “creé el perfil, lo promocioné desde mi cuenta personal y en algunos grupos de Facebook, y las primeras cinco cámaras que publiqué se vendieron en un día”.

Juan Esteban se encarga principalmente de conseguir las cámaras, revisarlas, ver qué funciona y qué no. “La mayoría de los problemas no los puedo arreglar yo. El que me repara a mí las cámaras se llama Ulises, está ubicado en un local que se llama Videokamaras, él sabe demasiado de análogas”, explica y aprovecha para mencionar también a su principal abastecedor, Juan Carlos Monsalve, quien se encarga de conseguir cámaras en anticuarias y de buscar personas que todavía las tengan guardadas para luego vendérselas a Cano, quien completa: “él trabajó más de 20 años con fotografía, hoy en día le gusta dedicarse a buscar cámaras y otras cosas. Lo más importante es que los dos son amigos, son como mi equipo de trabajo y yo trato de reconocerles bien ese trabajo”.

Desde el 5 de agosto de 2020, día en que creó la cuenta y publicó las primeras cinco cámaras, ha vendido por lo menos 150 cámaras. En la actualidad tiene más de 100 cámaras, algunas pendientes de restauración y al menos 10 de ese total son para su uso y colección personal. En su catálogo hay cámaras con precios desde $60.000 hasta de $1’000.000, según sus características. En Búnker se puede encontrar desde la cámara ‘de juguete’ que sacó Kokoriko en convenio con Coca Cola, hasta cámaras profesionales que vienen con lentes y accesorios, pasando por compactas, instantáneas e incluso filmadoras; todas análogas y recuperadas, ninguna es nueva ni se encuentra en el mercado de las grandes empresas.

Cano afirma que la mayoría de sus clientes son jóvenes y que compran sus equipos “desde una especie de contracultura en una época donde hay demasiada información. Es un proceso lento y detrás hay una valoración, yo tomé esta foto, pensé esto en ese momento y me acuerdo por qué la tomé. Es un proceso sobre lo que se está haciendo y sobre lo que se está consumiendo”.

Facebook: @juanjosediezgoez