Estas son algunas de las preguntas que los estudiantes y profesores de la Institución Educativa El Dorado hicieron al escritor y cronista Alberto Rafael Salcedo Ramos, durante una charla que sostuvieron en la Feria del libro del paisaje cultural cafetero. El barrio El Dorado es zona vulnerable ubicada al sur de Pereira.

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Como cualquier docente, Salcedo Ramos dio clases en el barrio El Dorado. Consejos, anécdotas y regaños se repartieron por igual.

 

Redacción TLCDLR

–¿Qué historia lo hizo sentir contento o triste mientras la escribía?

Me sentí feliz escribiendo el perfil de Emiliano Zuleta, el compositor de La gota fría, porque era un hombre muy viejo que decía cosas desfachatadas. Por ejemplo, que si a él le hubiera tocado conquistar en esta época hubiera tenido el triple de hijos. Además, me dijo que las mujeres de hoy en día son “mangos bajitos” (cualquiera las agarra). Y yo le dije: “maestro, cuidado lo oyen las mujeres diciendo todas esas cosas, porque lo van a linchar” y él me respondió “patada de yegua no mata a caballo”. Entonces era un señor que salía con cosas muy cómicas, pero se veían simpáticas porque ya tenía noventa años. Si eso mismo lo dice un hombre de veinte o cuarenta no es simpático. Era como un abuelito jugando a mostrar que había sido malo y además tenía un gran sentido del humor. Ahí, entrevistando a ese señor, me puse contento. También me puse contento cuando conocí a un árbitro de fútbol que se llama el “Chato” Velásquez, que incluso es de aquí, de Pereira. Fue el único árbitro en la historia del fútbol que se dio el lujo de expulsar a Pelé. El tipo les pegaba a los jugadores, no solo sacaba tarjeta roja sino que cuando el jugador lo irrespetaba, ¡pum!, le metía un cocotazo. Y me sentí triste cuando escribí la historia de mi madre que murió de cáncer. Es una crónica corta que hice en medio de lágrimas, me costó muchas lágrimas escribirla.

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Y me sentí triste cuando escribí la historia de mi madre que murió de cáncer. Es una crónica corta que hice en medio de lágrimas, me costó muchas lágrimas escribirla.

–¿Cuál de sus libros representa más su vida?

El último que escribí: Botellas de náufrago. Casi todos los libros que he escrito son sobre las demás personas, porque yo hago periodismo, entonces me toca escribir sobre otros. Pero en el último también lo hice sobre mí mismo, sobre cosas que pasaron en mi infancia. La crónica mía más conocida –no quiere decir que sea la mejor– se llama “La niña más odiosa del mundo”. La publiqué en otro libro que es La eterna parranda, y es la historia de una niña que cuando yo era pequeño me hacía la vida imposible en Arenal, el pueblo donde crecí. Si estaba jugando parqués desbarataba el tablero y se iba corriendo. Si estaba viendo televisión, aparecía de la nada, apagaba el televisor y se iba corriendo. Cuando estaba durmiendo me jalaba los dedos de los pies y me despertaba y se iba corriendo. Si estaba peinándome salía por detrás y me alborotaba el pelo. Era amiga de mi hermana, menor que yo, así que a veces cobraba mi venganza pegándole un coscorrón, jalándole el pelo, fue una relación sui generis: ella me hacía maldades y luego yo cobraba venganza. La dejé de ver a los once años. Un día, veinte años después, fui a Arenal a visitar a mis abuelos y de pronto veo a esa mujer ahí, guapísima, bellísima, igualita a como era de niña. Entonces descubrí que nunca había sido fea, sino que yo le tenía mucha antipatía. En esas llega mi abuelo y pregunta: “tú te acuerdas de ella”, y yo le digo “claro, ella es Socorrito Pino”. Entonces le dice a ella “tú te acuerdas de él” y ella le responde “claro, señor Albertico, ¿cómo me voy a olvidar de él, si fue mi primer novio?”. Cuando escribí esa crónica lo hice de una sola sentada, la gran sorpresa es que mucha gente conecta con la historia porque todos los hombres tuvimos una Socorrito Pino, y todas las mujeres fueron la Socorrito Pino de alguien. O al contrario: muchos hombres le jodimos la vida a alguna mujer, pues en la infancia la interacción con el sexo contrario nos causa problemas: parece fácil, pero no lo es.

 

img_3335–Usted que conoce el país y lo ha recorrido, ¿qué le puede decir a los jóvenes que no conocen la guerra?

Quienes deciden hacer la guerra no van a pelearla. Y quienes la pelean y la padecen no fueron los que decidieron hacerla. Así ha sido en el mundo entero, si los que atizan las guerras tuvieran que ir a pelearlas, sencillamente no habría guerras en el mundo. Alguien decía que los generales se llevan las medallas y los soldados se llevan el plomo. Ayer vi una marcha multitudinaria por la paz y me dije “caramba, si toda esta gente hubiera salido a votar (en el plebiscito)”…

 

–¿Qué elementos podríamos trabajar cuando vamos a escribir una crónica?

Para hacer crónica se necesita tener un tema, saber qué quieres escribir, una historia que te llame la atención. Una vez tienes la historia hay que hacer un trabajo de campo para investigarla: te toca hablar con la gente, observarla, permanecer con ella un tiempo que te permita conocerla, y adquirir datos que vas a usar cuando te toque escribir. Luego viene una fase de escritura y edición. Yo no soy partidario de poner a escribir los muchachos con todas esas normas y técnicas del periodismo porque eso les mata el entusiasmo, me gusta más pensar en un libro que se llama Casa de las estrellas, hecho por el profesor Javier Naranjo. Él lleva unos niños para una finca, les da bolígrafos y hojas, y los coloca a definir palabras para armar después un diccionario img_3325que es una preciosidad. Hay niños de cinco años, de diez, de nueve, escribiendo cosas muy ocurrentes, por ejemplo: “Mujer: muchacho que tiene mucho pelo”. Otra de mujer: “Persona que siempre está enamorada de alguien”. O esta otra: “Hogar: sitio donde obligan a comer vegetales”, “Dinero: es muy maluco porque lo atracan a uno”. Hay una buenísima que dice “Amor: cuando sea grande quiero enamorarme y comprarme un payaso”, “Sexo: una persona que se besa encima de la otra”. Son unas cosas loquísimas, como por ejemplo “Sol: es el que seca la ropa”. Hay una definición de niño que es una preciosidad: “Tiene ojos, tiene huesos, tiene manos, tiene orejas, camina y come y no toma ron y se acuesta más temprano”. Entonces, fíjate, son niños que escriben lo que se les ocurre. Una vez le oí decir Juan Manuel Roca, un amigo mío que es poeta, que todo niño es Picasso mientras se le demuestre lo contrario. Pero hay muchos padres cuyo propósito es justamente demostrarles a sus hijos que no son Picasso, porque se apegan a la fórmula. Simplemente dale un lápiz al niño, dale un cuaderno, motívalo, sedúcelo. Lo que hace que tu hijo lea es que te vea leyendo a ti.

*Guillermo “El chato” Velásquez