¡SOMOS MISIÓN MÉDICA, NO NOS ATAQUEN!

“(…) el paro es político y la salud también tiene que ser política (…). Si la gente que está ejerciendo su derecho constitucional de manchar se está viendo en peligro, pues nosotros que estamos velando por la salud pública, tenemos que velar por la salud de ellos y protegerlos”.

 

Escribe / Mariana Arango Trujillo – Ilustra / Stella Maris

“¡Todos al piso! ¡Cascos y monogafas bien ajustados!”, le gritaba Christian David Álvarez a su equipo voluntario de salud. Los marchantes se dispersaban casi tan rápido como el gas lacrimógeno con el que estaban siendo atacados. El sol, agotado por tan largo día, ese miércoles 5 de mayo se escondió más rápido de lo normal. Llegó la oscuridad y con ella el horror en las calles de Medellín. El humo se devoraba al cielo y aún con tapabocas puestos se respiraba más miedo que gas, se escuchaban llantos, personas tosiendo y el ambiente era una confluencia de olores: caucho, gasolina, leche, bicarbonato, pavimento mojado, sudor y sangre.

—¡Somos misión médica, no nos ataquen! —vociferaban los voluntarios al unísono siguiendo los protocolos establecidos en caso de que el ESMAD los gaseara, como sucedió también luego, el 12 de mayo. No todos tenían casco o monogafas y por ello se refugiaban debajo de las mesas y camillas usándolas como trinchera. El Parque Explora pasó de ser museo interactivo a puesto de triage bélico.

El Paro Nacional en Colombia comenzó el 28 de abril debido al descontento social que emergió con las reformas propuestas por el gobierno de Iván Duque: tributaria y de salud; sin embargo, las manifestaciones con el paso de los días se enfocaron en pronunciarse en contra de los abusos de autoridad, manejo de la pandemia, situación económica del país y violación a los derechos humanos en general. La covid-19, hasta la fecha, se ha llevado consigo 95.192 colombianos hasta el 12 de junio y, aun así, en plena pandemia, los padres de los voluntarios antes de salir no les advierten sobre esto, sino sobre la violencia en las calles. Ha llegado al punto de temerle más a morir en una manifestación que por el mismo virus.

En un salón social alquilado en Envigado el grupo de voluntarios de salud AMVA (Área Metropolitana Valle de Aburrá) se reúne para recibir capacitaciones sobre primeros auxilios desde las tres de la tarde del sábado 15 de mayo. En el salón hay alrededor de 20 voluntarios sentados en sillas Rimax blancas, con tapabocas de estampados diversos, un celular con la reunión de Zoom colocado horizontalmente en una mesa y el viento, queriendo ser la estrella de la entrevista, entra por las ventanas y revuelca de vez en cuando el cabello de los adolescentes.

 

Cortesía / Semanario Voz

—Para mí el paro es político y la salud también tiene que ser política porque tiene que haber un componente de salud pública. Si la gente que está ejerciendo su derecho constitucional de manchar se está viendo en peligro, pues nosotros que estamos velando por la salud pública, tenemos que velar por la salud de ellos y protegerlos, comenta Salomé Agudelo, estudiante de medicina en la Universidad San Martín, de cuarto semestre.

—Exactamente, y las muchas muertes en distintas partes del país nos han hecho el llamado a ayudar por parte y parte. Tenemos un enfoque empírico, sí, pero es en la zona de guerra en donde uno de verdad aprende, le responde Julián Puerta, también estudiante del mismo semestre y universidad.

—Heridas leves son muy pocas, porque muchas comprometen la vida, complementa Samara Vélez, técnica graduada de atención prehospitalaria (APH) de la Universidad de Antioquia, quien ya había realizado primeros auxilios en el paro del año pasado.

La misión de servicio comenzó con una publicación de Instagram que ella realizó en la cual invitaba al personal de salud, graduados o estudiantes, a hacer parte de un voluntariado para brindar atención médica en medio de las manifestaciones del Paro Nacional 2021. Christian Álvarez, el líder del voluntariado y tecnólogo de APH, animó a sus compañeros de medicina de la San Martín a unírseles.

Así fue como se conformó el grupo AMVA; equipo compuesto por aproximadamente 35 a 40 personas desde los 18 hasta los 25 años: estudiantes de medicina, técnicos en atención prehospitalaria, enfermeros y auxiliares de enfermería. No todos pueden asistir a las marchas porque también tienen que cumplir con sus responsabilidades, aun así, se turnan para la recepción de las donaciones médicas que anuncian por sus redes personales; alcohol, tapabocas, gasas, alimentos, bicarbonato y demás insumos médicos requeridos en el botiquín.

El grupo trasciende más allá del paro nacional, pues también les gustaría prestar servicio humanitario; el próximo 29 de mayo realizaron, junto con el grupo Recolectores de Sonrisas, una brigada de salud a aproximadamente 300 niños en el barrio San Javier. El grupo tiene una visión a largo plazo, se les ve unidos, sonrientes y, sobre todo, dispuestos a ayudar.

—La gente ha sido muy solidaria con nosotros y retribuimos eso ayudándole a todos en las marchas, tanto a ciudadanos como policías, porque somos un personal neutro, agrega Puerta, dando cuenta del ancestral juramento asumido por el personal salud en honor a Hipócrates y la vida humana.

Utilizan ropa oscura para no impregnarse de sangre de los pacientes, pero luego del 5 de mayo se dieron cuenta de la importancia de tener distintivos y protección y por ello se hizo una dotación a todo el equipo de chalecos reflectivos, cascos de protección, monogafas y máscaras de gas. Deben salir con el carnet de la universidad, aunque no la estén representando, para evidenciar que son personal de salud, pero el gas lacrimógeno no hace distinción alguna y a ellos también les afecta.

—Ese día nos gasearon muchas veces. No fueron ni una ni dos. Nos gaseaban directamente al puesto de salud. Uno tenía que correr o hacer el protocolo, que era ubicarnos contra la pared, parpadear rápido, cerrar la boca y taparnos lo mejor posible, continúa Julián Puerta.

—Y a uno lo deja pensando mucho la verdadera función del ESMAD… si realmente quieren apaciguar una manifestación o si quieren otras cosas. Obviamente, como hacemos parte de atención médica, tenemos que ser neutrales, añade Christian con la mirada en sus cordones.

Aunque la Primera Línea actúa como un escudo de guerra, el oleaje de heridos en esa noche de miércoles no demoró en llegar. Los líderes de cada puesto de atención gritaban tan fuerte que amenazaban con desgarrarse la tráquea. Estaban distribuidos por triage: los auxiliares de enfermería y aquellos que tuvieran curso en primeros auxilios atendían a los gaseados, enfermeros y APH se ocupaban de los heridos moderados y los heridos críticos eran delegados a los estudiantes de medicina.

—¡Viene paciente con trauma encefálico, herida abierta!

—¡Hay que canalizar!

—¡Necesito solución salina! ¡Ya!

—¡Alguien que me ayude con una bolsa roja!

—¡Vendajes de tela para triage 1!

—¡Más gasas!

La misión médica es la cuarta línea. Fotografía / Noticias Uno

Todo pasó muy rápido, era como un vendaval de dolor. “¡Mi hermano, mi hermano!”, chillaba un niño de no más de 11 años, a su hermano una lata de gas lacrimógeno le había fracturado ambas piernas y no podía caminar.

Un joven llegó en una camioneta escurriendo sangre por su rostro y tiñendo el vendaje que sostenía su ojo, nunca llegó la ambulancia para llevarlo a un centro médico y lo perdió. Tenían un paciente inconsciente en camilla, tampoco llegaban ambulancias, así que de forma maratónica cruzaron la manifestación hasta llegar a la Clínica León XIII. De nuevo el gas. Mismo protocolo:

—¡Somos misión médica, no nos ataquen!

Llegaron dos pacientes con ataques de pánico, otro con una herida corto-contundente que al pasar la tanqueta una valla en la mitad de la calle le cayó en la espalda, un paciente con impacto de proyectil a corta distancia de gas lacrimógeno, otro inconsciente por los efectos del gas, uno más con síndrome adrenérgico (síndrome toxicológico después de consumir una sustancia psicoactiva) que estaba combativo y no se dejaba atender, varios pacientes con traumas cráneo-encefálicos severos, lo cual es una fractura en el cráneo con deformidad evidente, varias niñas embarazadas y menores de edad con afectaciones por el gas a quienes no podían atender sin un adulto responsable o un representante de Bienestar Familiar, uno con trauma penetrante en la parte alta del cuello secundario al impacto de una lata del gas. “Me cabían los dedos en la herida”, advierte Samara, una de las técnicas en atención prehospitalaria que atendió a los heridos. Y así muchos más pacientes fueron atendidos por AMVA en el Parque Explora, aquella larga y dolorosa noche.

Una vez atendidos los múltiples pacientes, Christian advirtió una falsa calma, como el mar que reposa justo antes de la tormenta. Aunque siempre están en contacto con Derechos Humanos y la ONU, no había organización alguna que les transmitiera tranquilidad.

“Me llamó la atención que durante la jornada no hubo ESMAD ni fuerza pública, más o menos a las 6:40 p.m., cuando bajaba el sol, fue que empezaron a salir. Algunos patrulleros desatornillaron las placas de las motos, ningún policía tenía identificación. Alcancé a ver chalecos del ESMAD cuya identificación estaba tapada con microporo”, comentó el voluntario David García. El 19 de mayo Christian evidenció algo más. Los gases lacrimógenos estaban vencidos y eso hacía que fueran aún más nocivos. Entró en falla ventilatoria, no podía respirar. Todo el equipo AMVA, en especial Samara –la novia–, agradecen que ese día Sebastián Vasco llevara puesto el casco y las monogafas, de lo contrario el impacto del gas lacrimógeno le habría quitado la vida.

—Uno, además, de atenderlos dialoga con ellos porque también hacemos primeros auxilios psicológicos y muchos de los pacientes decían: “¿Realmente vale la pena salir a marchar para terminar así? ¿Aunque esté marchando pacíficamente?”, reflexiona Christian.

Él, como los otros participantes, víctimas y muchas personas en la sociedad, tampoco logran comprender.