Por: María Angélica Patiño Barbosa*
Ilustración: Maanpaba
En medio de un campo abierto, las chicharras están sonando entre los matorrales mientras un hermoso sol de mediodía irradia la hierba al igual que asola los cultivos de café, en todo un panorama del campo entero. Pero no todo es tranquilidad, en medio de esas verdes montañas y los pasivos cultivos de una zona agrícola del sur del país, una marcha de personas casi sin alma y voluntad sigue el camino hacia el centro del infierno.
Un grupo compuesto por cinco personas, gente más bien desequilibrada de la cabeza y sin entrañas, tomó en su poder a una pequeña población de ese sector, como una especie de juego, les ordenaron escapar hacia el pueblo cercano, pero solo tenían contados minutos de ventaja, si ellos los encontraban serían asesinados.
Los habitantes en medio de su impacto cogieron camino a su destino. Una familia optó por escabullirse por uno de los caminos menos concurridos hacia el pueblo, mientras avanzaban con dificultad por la maleza y el terreno húmedo de la montaña, cada miembro de la familia, hasta el más inocente podía oír cómo encontraban y destrozaban a las demás, gritos desgarradores, llanto, súplicas, niños y niñas, mujeres, ancianos, hombres, ninguna compasión; todo era una carnicería.
El calor se intensificó, la zozobra de escuchar el jeep acercándose, las lágrimas de cada integrante sumándose a la inseguridad del destino, no se encontraba la escapatoria.
De la familia cinco eran sus integrantes, pero en medio del duro trecho en la montaña se fueron dispersando; quedando la madre y su hija avanzando en un mismo camino a un ritmo inseguro pero constante, el sendero por el cual transitaban las llevaría al pueblo para poder escapar y estar un poco más seguras en la pequeña estación de la policía.
Bajo el intenso sol, esa resolana del medio día se sigue el trayecto marcado, aunque los pies sigan un rumbo sin fin, el tiempo estático dicta la derrota, el cansancio inminente destruye en determinadas frustraciones la esperanza de lograr un objetivo cada vez más ficticio.
La pequeña está demasiado asustada para continuar caminando, la madre entre sus inquietudes le da ánimos con la voz un tanto entrecortada pero cariñosa como siempre y continúan sus pies dejando huella en el camino. Por más constante que siga siendo su paso, a donde vayan se escuchan por detrás los gritos desgarradores de las víctimas, sus amigos, vecinos, seres vivos. Los pensamiento negativos llegan siempre como una flecha que atraviesa el corazón ¿Y si papá está ahí o mis hermanitos?… Sólo queda continuar caminando, la desesperación, la angustia, el calor, el olor a sangre, todo sigue frustrando las pocas esperanzas.
Los gritos infernales y ese sonido, el que no quieres oír en estos momentos, el ruido del motor del carro que se acerca rápidamente. La madre que sostenía de la mano a su hija la observa con una cara de angustia, enojo y terror; le dice algo y sale corriendo, dejando a su hija sola, ¿por qué será?
La niña no siente sus piernas, solo tiembla mientras el sonido del jeep se acerca. A pesar del calor en el cual sus pies intentan seguir caminando, en su cuerpo solo hay frío, avanzando lentamente no cambia la dirección aunque vea el carro de los asesinos acercándose rápidamente a su frágil cuerpo, sigue su rumbo como sin alma y sin sentido. Alza la mirada y ve que no hay seres humanos en ese carro, sino un hombre mitad toro de color rojo que se acerca a toda velocidad; sus sentido le fallan no sabe qué hacer.
El camino ya casi acaba le queda algo de impulso y corre con lo poco que le queda de energía, corre hasta llegar a la carretera, se gira velozmente en dirección contraria a su ruta y ve como el carro frena en seco antes de la entrada a la carretera. El hombre mitad toro brama, retumbando en toda la zona ese ruido estremecedor, mientras desaparece el jeep tragado por la tierra, junto al animal.
Al final ella con un enorme frío en su cuerpo y la piel manchada de rojo. Sigue sola la carretera, dejando atrás la pesadilla, las muertes, la familia, los recuerdo. Ahora solo es lo que sus tímidos ojos recorren del mundo.



