Lo que sí es seguro es que a este Gato no lo mató la curiosidad y que se seguirá esforzando porque tampoco las balas lo hagan. Él es un guardaespaldas, un escolta, una persona en la que otro está confiando el don más preciado y que cuando acaricia su arma, se muestra muy consciente de ello, de que no hay que esperar. Hay que vivir precavido, porque en algún momento le puede llegar  su hora, como le dijo su patrón: “mucho ojo, que no hay chaleco pa’ un balazo en la cabeza”.  Mucho ojo, sí, a eso se dedica por lo menos hasta hoy, mañana quién sabe si será el día de olvidarse de todo.

The_BodyGuardPor: Luisa Londoño

El ‘Gato’ no habla de su edad. Al mejor estilo de cualquier mujer presumida, prefiere preguntar “¿cuántos me pone?”, porque para él es muy importante cómo lo ven, de ahí que gaste una considerable suma de sus ingresos en ropa, zapatos y perfumes de marca.

Toda su manera de vestir es una forma de proyectar lo que dice y hace. Cada detalle está puesto en su lugar acompañado de un agradable e inconfundible olor. Con su  elegante presencia, quiere deja claro que gasta una parte de su tiempo en arreglarse frente al espejo.

Habla de su trabajo y de su vida con extrema soltura, puede que lo haga porque se siente en confianza o porque es una persona que sabe muy bien lo que son los riesgos. Después de empezar a hablar de su trabajo, saca de su pantalón el arma que ostentosamente muestra como si fuera parte de sí.

-Estas son las cosas que lo hacen valer a uno.

Porque hay que decirlo sin prejuicio. Las palabras de El Gato solo las respaldan su metro con sesenta y siete de estatura, de ahí que él mismo diga que son las armas, la ropa, el perfume y los zapatos lo que “lo hacen respetar”. Además, que es gracias a esto -o al menos eso lo cree él- que logra tener tanto éxito con las mujeres a pesar de su corta estatura, pues él mide su hombría, como muchos colombianos, dependiendo de las mujeres que se lleven a la cama.

Pues El Gato, como buen felino, tiene cuatro mujeres y orgullosamente dice responder por las cuatro. Me cuenta todo pero a la vez omite cosas. Su tranquilidad nunca se ve afectada a pesar de que sus palabras no sean las mejores. Dice –continuando con su testimonio– tener viviendo bien a dos hijos que son producto de estas relaciones. En ningún momento me ha negado que le encanta llevar de esa manera sus relaciones y que considera que desde que el hombre sepa cómo hacer las vueltas, las mujeres estarán satisfechas.

El Gato habla de la muerte como si fuera una amiga cercana. No titubea para nada mientras me dice que la vida es pa’ vivirla. Pero tampoco se muestra feliz. El Gato sabe que la muerte lo espera a la vuelta de la esquina. Que es una amiga incondicional. Que no se separa, pues es consciente de que lo pueden matar mañana o sino pasado mañana. Sus ojos verdes, que le hicieron poner el apodo que lleva, miran un punto perdido en el horizonte, como si supiera con tranquilidad el día de su muerte.

Pues él trabaja como escolta, pero no uno muy natural en términos legales. Él es uno de tantos que trabaja en seguridad, pero extraoficial, fuera de la legalidad. El Gato es escolta de un capo.Se ríe con su amplia, blanca y muy ordenada dentadura, otro de sus logros que tuvo gracias a sus ingresos producidos por este trabajo, pues sabe que su trabajo es bien remunerado pues lo arriesga todo a cada rato, por lo menos seis de sus siete vidas, porque en la realidad, su apodo no lo dejará vivir más de una.

Hubo una ocasión que su patrón fue atacado y en medio de la balacera sus instintos felinos e insuperables reflejos fueron aquello que le permitió salir ileso. Al final se tocó cada parte de su pequeña humanidad buscando por todos lados alguna muestra de derrota que no apareció y que le generó la impresión de haber tenido solo un sueño macabro, pues ese es el mundo que vive, un mundo al margen de la ley en el que las lluvias de balas -que solo se pensarían posibles en películas de vaqueros- son la realidad latente.

Hay cosas que él no puede decir, aunque su intención sea colaborarle a la mamasita que le pregunta. El Gato guarda un código de honor en el que no dirá el nombre de su patrón ni dónde vive, ni de dónde es; es un patrón fantasma que le paga en efectivo la suma que muchos profesionales no llegarán a alcanzar en sus mensualidades y él, a cambio,   la recibe una vez por semana.

-Es que estar pelando el pellejo por otro vale.

Se considera a sí mismo  una persona sencilla, de origen humilde, pues relata brevemente que empezó su vida en el estrato que él llama menos uno, aunque actualmente vive como cualquier persona de estrato cinco. Tuvo que demostrar en su juventud mucha finura y verraquera antes de que fuera tomado en serio, como un hombre, por alguien para el puesto de escolta, un trabajo que normalmente asocia con una vieja película en la que aparece Whitney Houston, pero no se llega a pensar más allá de eso

Mucha gente no tiene en cuenta que un escolta es alguien que está preparado para dar la vida por otro, por algo tan frío y cruel como lo es el dinero, pues el mismo Gato aclara que no existe otro vínculo entre los escoltas y los patrones, aunque también afirma con acento pausado, que a veces se establecen ciertas relaciones de respeto y admiración, pero que eso pasa en muy pocos casos.

Las descargas de adrenalina de El Gato son diarias. Cada vuelta de esquina es la posibilidad de encontrarse con la muerte o con la necesidad de matar a otro para sobrevivir .

-Esta es la ley del más fuerte. 

Dirige de nuevo su mirada de ojos aceitunados hacia otro lugar cuando dice que no quiere ser específico sobre si ha matado a muchos o no. Recuerda que una de las maneras más seguras de seguir viviendo es no conocer mucho sobre ciertos asuntos, pues si algo ha aprendido en este oficio, no es solo hacer polígono con figuras humanas, sino también que en muchas situaciones entre menos se sepa, más se vive.

Como buen católico, agradece todos los días a Dios y se encomienda a la Virgen en acto seguido, como lo hacen los sicarios de Fernando Vallejo en su obra ‘La virgen de los sicarios’, pero él procura estar por encima de todo eso y dice, que si uno no borra el casete todas las noches, se enloquece por la mañana. Así vive cada día El Gato, olvidando los peligros del ayer y tratando no solo de cuidar la vida de su patrón sino también la propia para poder algún día realizar su deseo.

-Ojalá llegue a poder salir de todo esto y comprar quizás unos taxis, no sé, estar tranquilo.

Entre aquellos sueños que tiene en las noches, esas mismas durante las cuales borra el casete, está simplemente levantarse y que las únicas espaldas por las que se deba preocupar, sea por las de su familia, que consiste básicamente en sus hijos y mujeres pues, para él, desde que sus padres faltaron estuvo solo en el mundo hasta que llegaron sus hijos.

Lo que sí es seguro es que a este Gato no lo mató la curiosidad y que se seguirá esforzando porque tampoco las balas lo hagan. Él es un guardaespaldas, un escolta, una persona en la que otro está confiando el don más preciado y que cuando acaricia su arma, se muestra muy consciente de ello, de que no hay que esperar. Hay que vivir precavido, porque en algún momento le puede llegar  su hora, como le dijo su patrón: “mucho ojo, que no hay chaleco pa’ un balazo en la cabeza”.  Mucho ojo, sí, a eso se dedica por lo menos hasta hoy, mañana quién sabe si será el día de olvidarse de todo.

Al final, después de pensar en un mundo tan impactante como es el que está al margen de la ley y narrarlo como si fueran cuentos para niños, vuelve a  hablar de lo chusco que se siente y pregunta:

-¿Entonces, adivinó cuántos años tengo?