Un caballero ‘de palabra’

Ella durmió intranquila y Antonio, atormentado por la decepción de su plan fallido. Ese día no pasó. Ese día la piel y el cuerpo de Ana Julia siguieron siendo solo de ella.

 

Texto / Emmanuel Zapata* – Ilustraciones / Valentina Rodríguez

No llegaba a ciudad, pero era un pueblo grande. Era la capital de la industria y el progreso. Era la vieja Medellín. Una Medellín de calles empedradas, polvorientas, de obreros e inmigrantes que buscaban establecerse en esta villa. Una villa que iba en crecimiento y divisaba las fábricas textiles y de tabaco como fuentes de empleo y supervivencia. Era un pueblo que veía sus montañas y disfrutaba del verde que las vestía. Era una Medellín de campesinos que madrugaban, en botas o descalzos, a vivir y soñar en la capital del progreso. Era una localidad gobernada por Canuto Toro, el cual veía la caída de la Hegemonía Conservadora a causa de las elecciones presidenciales que dieron como ganador al boyacense Enrique Olaya Herrera.

Era una Medellín de clima templado, no menos contaminada, pero sí llena de gente, de familias que ajustaban los ocho o los diez hijos.
En los años treinta era un pueblo grande que vio cómo Ana Julia Colorado, jovencita de 16 años, dio a luz a su hija. Días después, la Medellín de esta época notó cómo Antonio Henao Flórez dejaba atrás a su bebé y huía hacia Cartago, y entre tanto ir y venir, la capital del progreso se percató de cómo doña Valentina Taborda tomó un bus con dirección a Titiribí con la intención de interponer una denuncia en este pueblo perdido entre las montañas del suroeste antioqueño.

Ana Julia Colorado solo tenía 15 cuando lo conoció y aún no vivía en Medellín. Ella y sus padres, Ricardo Colorado y Valentina Taborda, eran oriundos de Titiribí y habitaban una pequeña casa de tapia situada cerca al parque de este pequeño pueblo, del Suroeste antioqueño. Una tarde de septiembre de 1929, como de costumbre, Ana Julia salió al zaguán de su casa, quizás a tomar aire o simplemente porque el destino venidero lo quería así, y lo vio. Él la había visto antes, pero a distancia, y a distancia le gustó. Tal vez solo fue cuestión de segundos para que se abalanzara sobre ella y dijera:

-Soy Antonio Henao Flórez, mucho gusto-. Y terminó dándole un suave beso en la mano.

Ana Julia simplemente sonrió y se presentó formalmente sin mostrar ningún tipo de interés hacia el particular sujeto que acaba de conocer fuera de su casa, pero, sin pensarlo y sin darse cuenta empezaron una conversación que terminó a las ocho de la noche por órdenes de don Ricardo, padre de ‘la Colorado’.

-Mañana he de volver, si así lo deseas, Ana Julia-. Guardó silencio y esperó una respuesta que nunca llegó por parte de la joven que recién conocía, así que continuó- declaro y admito que me gustas. Mañana, me lo permitan o no, vendré a verte.

La Colorado, como era conocida por sus amigos titiribeños, no tuvo mucha fe en las palabras del susodicho Henao y tomó la declaración en charla. Sin prestarle demasiada atención, entró a su casa y se dispuso a dormir.
Al día siguiente, sin recordar muy bien el acontecimiento de la noche anterior, salió nuevamente en la tarde al zaguán y ahí estaba él como lo había prometido. Caballero de palabra.

Antonio Henao Flórez, al igual que Ana Julia, era nacido en Titiribí y se consideraba católico a morir. Era carpintero, soltero, de buena familia y bonita firma. Tenía 25 años y estaba enamorado. Desde que vio a la jovencita en el zaguán de su casa se percató, al instante, de la pureza y pulcra belleza que esta poseía, pero a la vez pudo notar que no sería nada fácil tenerla en sus brazos, puesto que el padre de la Colorado, además de trabajar en el matadero municipal, era un sujeto de carácter fuerte y muy cuidadoso con su única hija.

Y efectivamente fue así. Pasaron ocho meses para que Ana le dijera que sí. Ocho meses donde Antonio iba diario, de siete a nueve de la noche, a visitarla en el corredor de su casa. Ocho meses para poder darle su primer beso. De septiembre a abril de 1930, se sentaban en un par de sillas, al lado del portón de madera fina, sin importar el frío y la lluvia, y hablaban de todo: del trabajo de Henao, de la vida carente de educación de Ana Julia y del amor. Especialmente del amor.

Después, disgustado de la rutina y del mismo rincón del corredor donde se acomodaba para hablar con la señorita, Henao Flórez le solicitó un permiso a don Ricardo para entrar a su casa y efectuar su visita de manera más formal. Como muestra de confianza y respeto hacia Antonio, don Ricardo accedió con la salvedad de que las visitas solo se realizaran tres días a la semana: lunes, miércoles y jueves. Sin oponerse ni mostrar alguna actitud de inconformidad, Henao Flórez aceptó y cambió su rutina. Estas tres noches ya tenían nombre y era el de Ana Julia Colorado.

En mayo, pasado solo un mes de visitas formales y noviazgo establecido, Antonio, sin vergüenza y con astucia empezó a hacerle propuestas ‘malditas’ e ‘impuras’ a la joven Ana Julia. La incitó a lo que sería la deshonra y el pecado de la época.

Placer y deshonra

Se acercó sutilmente a ella y en su oído murmuró:

-Ana, demuéstreme que usted está pura y buena –guardó silencio– si es así, me caso con usted.

-¡Antonio!- sin terminar él la interrumpió.

-Ana Julia, demuéstreme que usted está pura y yo organizo lo del matrimonio. Yo hablo con su papá y nos vamos a vivir a Medellín, allá nos casamos…

Al finalizar cada visita, Antonio le decía lo mismo a la Colorado. Le prometía casarse con ella a cambio de su demostración de pureza. Sin embargo, Ana Julia no aceptó. Guardó silencio y se negó a dar algún tipo de respuesta.
Llegados los primeros días de junio y sin darse por vencido, Antonio empezó a mostrarle posibilidades de escape para verse con él a media noche.

-Es muy sencillo, Ana. Yo le presto unos cuantos libros para que usted lea hasta tarde y cuando todos estén dormidos a media noche, salís al solar de la casa y yo la voy a estar esperando ahí.

Ana Julia no estaba muy convencida de entregarse a Antonio, pero un viernes que su padre no estaba en casa, se quedó leyendo hasta tarde y salió al solar. Allí estaba Henao Flórez esperándola con una funda bajo el brazo. La Colorado, al verlo, sintió cómo los nervios recorrieron sus más profundas entrañas y sin pensarlo dos veces corrió hacia su habitación y se encerró con llave. Ella durmió intranquila y Antonio, atormentado por la decepción de su plan fallido. Ese día no pasó. Ese día la piel y el cuerpo de Ana Julia siguieron siendo solo de ella.

A la semana siguiente, Henao Flórez no se presentó en casa de Ana. Esta sin entender su ausencia esperó hasta el viernes y se quedó despierta hasta tarde, quizás leyendo o no, esperó a que todos durmieran y salió al solar. Ahí estaba él debajo del guayabo que don Ricardo había sembrado hace siete años. Antonio la esperaba. Valió la espera.

-Antonio, lo extrañé, ¿por qué no vino a visitarme?… pensé que me había dejado por lo de aquel viernes, por mi cobardía.

Antonio no dijo nada y la besó. La miró a los ojos y con sutil delicadeza tendió la funda en la hierba. Sin romper el silencio acarició el brazo de Ana Julia y la tomó por la cintura. Seguían de pie. Cada vez más unidos. Los aturdía la ausencia de ruido. La Colorado tenía miedo, pero en manos de Henao Flórez dejó de ser niña para ser mujer. Dos besos y un suspiro más para terminar acostados en la delgada sábana. Continuaron y botón por botón desvistió Antonio a la Colorado y, con su boca indisciplinada, la besó entre los pechos mientras sus manos soltaban un último broche de su falda desteñida. Salió un gemido de los labios mojados de Ana Julia. El miedo ya no existía, pero sí existía la gran posibilidad de sumergirse en la impureza del pecado más provocativo de la época. Se miraron y ella asintió. Él la penetró. No hubo gritos, pero sí sangre. Dolor. Deshonra. Fueron dos en uno por cuarenta y cinco minutos y sin decir ni una sola palabra.  Luego, ella entró a su casa y él recogió la funda.

Ocho días después sucedió lo mismo, con la diferencia que ya no fueron tres cuartos de hora sino uno solo. Antonio duró quince minutos con Ana Julia la segunda vez, pero todo fue lo mismo: la misma hora, la misma funda, el mismo Antonio, el mismo amor.

El tercer viernes, Ana Julia salió de casa a media noche y dejó la puerta abierta sin percatarse del viento fuerte que hacía y del frío que podía invadir la estructura de tapia. Tal vez la inquieta brisa sacudió fuertemente las cortinas y produjo que se despertara María Serafina, la empleada de la casa. Esta, sin saber lo que sucedía, se dirigió al solar a cerrar el portón y en su máxima inocencia los vio. Estaba la señorita Ana Julia y el caballero Antonio Henao cometiendo el más vergonzoso e impuro pecado.

Ambos, al notar que eran observados, tomaron las prendas que más cerca tenían y salieron en direcciones contrarias. Él con rumbo desconocido y ella hacia el interior de su casa sin saber si lo volvería a ver o no.

Desgracia

Maria Serafina no guardó silencio y en su papel de buena sirvienta les dijo lo que había visto a don Ricardo y a doña Valentina. Estos, en todo su derecho, castigaron a la jovencita y solicitaron la presencia de Henao Flórez por medio de una carta que se le envió, la cual no tuvo respuesta alguna.

Pasaron dos semanas y Ana no se sentía bien, la invadían grandes ganas de trasbocar lo poco que comía. Sentía mareos repentinos y ganas de descansar.

-Va a tener familia- dijo Valentina, su madre.

Cuando don Ricardo se enteró que su hija iba tener un bebé, no dudó en escribirle nuevamente a Antonio. Redactó una carta y la hizo llegar al taller donde trabajaba Henao Flórez. Como respuesta obtuvo que el joven carpintero se había mudado algunos días atrás. Ahora vivía en Medellín.

Entonces la situación tomó un giro diferente y toda la familia Colorado se marchó hacia la capital en busca del padre de la nueva criatura que venía en camino. Se establecieron en la calle Ricaurte, cerca al puente de Boston y sin perder la esperanza, don Ricardo escribió una tercera carta hacia el mismo sujeto, en la cual le dio un plazo de nueve meses para que apareciera y cumpliera con su palabra de caballero, si aún lo era. Nueve meses para repartir invitaciones, hacer el compromiso público e intercambiar anillos. Un plazo que fue en vano porque nuevamente se quedó sin obtener respuesta.

Sentencia donde se declaró como sobreseído el caso por falta de pruebas en contra de Antonio Henao Flórez. Tomado del archivo Histórico de la Universidad Nacional sede Medellín. Fotografías / Esteban Villegas

La familia Colorado se quedó sin alternativas, sin boda y con la deshonra encima, pero un 17 de marzo de 1931, pasados nueve meses y estando Ana Julia en el hospital San Juan de Dios, en la ciudad de Medellín y ad portas de tener una bebé, salió su madre camino a Titiribí a imponer una denuncia contra Antonio Henao Flórez por incumplimiento de la palabra de matrimonio. El juez del distrito aceptó la denuncia y abrió paso a la investigación y la búsqueda de testigos, pero especialmente del caballero Henao Flórez.

Pasaron tres meses y Antonio no apareció, pero fueron llamados a interrogatorio aproximadamente quince personas, tanto allegados a la familia Colorado como al señor Henao Flórez. Quince personas que dieron un mismo testimonio: “Sé que la Colorado y Antonio estaban saliendo y tenían un presunto noviazgo, pero no sé nada de la propuesta de matrimonio entre ellos. No tengo conocimiento de invitaciones, ni sé si se mandó a hacer algún vestido. Todo esto es verdad…”.

El camino cada vez se ponía más estrecho e imposible para los Colorado. Tenían una nueva integrante en la familia y su situación económica tocaba el piso. Estaban en la ruina. Solo hasta 1932 el juez del distrito encontró a Antonio Henao sentado en la pequeña plaza principal de Titiribí. De inmediato fue llamado a interrogatorio y estuvo tres días retenido sin razón alguna.

Lo negó todo a excepción del romance y noviazgo que tuvo con Ana Julia. Negó que se le insinuara. Negó haber estado esos viernes de mayo esperándola bajo el guayabo y con la funda en el brazo. Negó haberle prestado libros. Negó haberle prometido matrimonio si le demostraba que estaba pura, pero no negó haberla querido. Eso lo repitió varias veces.

Por falta de pruebas y testimonios diferentes a los ya obtenidos, el 23 de septiembre de 1932 se dio el caso por sobreseído y se cerró la investigación. Sin perder la fe, don Ricardo elabora una petición formal para que el procedimiento no llegue a su punto final y Antonio Henao pague por su cometido. En parte fue así: La investigación fue desarchivada y por segunda vez se llamó a interrogatorio a los diferentes testigos, exceptuando a Henao Flórez, pues este se había esfumado.
Los avances no fueron muy satisfactorios para la familia Colorado, pues los testigos y hablantes dieron la misma versión inicial y no se tenía prueba alguna de la culpabilidad de Antonio. Este había ganado. Había manchado con deshonra y pecado una familia. Había dejado sin padre a una criatura que no entendía lo que pasaba. Había seducido a la señorita Ana Julia y se había marchado sin disgusto alguno.

Diez meses después se dio por cerrada totalmente la investigación. El acusado triunfó sobre la ofendida e impura jovencita. No había pruebas, pero sí pecados. No había pena, pero sí condena.

Uno de los tantos días de diciembre de 1933, los Colorado: Ricardo, Valentina, Ana Julia y su bebé, se preparaban para viajar hacia Titiribí y retomar su vida y olvidar el pasado, pero en medio del camino, lo vieron por última vez. Era Antonio Henao y estaba sentado en uno de los puestos del bus que se dirigía hacia Cartago. Tristeza, indignación, rabia. Quizás fueron estos, algunos de los sentimientos que invadieron a la familia Colorado.

Reconocer su lucha por la búsqueda de la verdad, y ver a Henao Flórez sentado con un rumbo definido y en compañía de una damisela de aproximadamente diez y seis años, quizás fue uno de los momentos más melancólicos y sin sabor que vivió Ana Julia.

*Recreación de los hechos a partir de lo contenido en el sumario.

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Bibliografía

Archivo Histórico Judicial de Medellín (1931-1933). Sumario por estupro N° 4746. Sindicado: Antonio Henao Flórez. Ofendida: Ana Julia Colorado. Medellín.

Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín (S.F.) Medellín Ciudad Tricentenaria. Editorial Bedout S.A. Medellín.