¿Qué iba a poder hablar de masculinidad, de hombría, de virilidad, una marica como yo, que desde hace casi cuatro años viene intentando sanar las heridas que las imposiciones sociales del género y la cis-heterosexualidad, que se presupone obligatoria y normal, han abierto sobre su cuerpo emocional?
Escribe / Chris Niño Posada* – Ilustra / Stella Maris
Días antes de que se estrenara la película Un varón en la sala de la Cámara de Comercio de Pereira, Mar me comentó que se había logrado gestionar un espacio corto de entrevista con el director Fabián Hernández y los actores Felipe “Pipe” Ramírez y Jhonathan “Homero” Rodríguez, y me extendió la invitación para que fuera yo quien realizara la entrevista. Acepté su invitación, sin conocer nada del cineasta ni de los actores, y aun debatiéndome emocionalmente entre la gratitud de que Mar contara conmigo para ese propósito, y la ansiedad que ya empezaba a generarme el hecho de hablar con hombres sobre lo que para ellos significaba el ser hombres, el hacerse “varones”. ¿Qué iba a poder hablar de masculinidad, de hombría, de virilidad, una marica como yo, que desde hace casi cuatro años viene intentando sanar las heridas que las imposiciones sociales del género y la cis-heterosexualidad, que se presupone obligatoria y normal, han abierto sobre su cuerpo emocional?
En esos dos días previos al estreno de la película en Pereira, habité mi ansiedad y me permití mirarla a los ojos, profundamente. Pude ver la película antes de encontrarme con Fabián, con Pipe y con Homero y a medida que me sumergía en ese universo ficcional construido sobre múltiples capas de realidad, fui transmutando la ansiedad en un montón de preguntas que resonaban en mi interior con una claridad compartida: Un varón no era la típica película colombiana sobre machos en las calles latinoamericanas. Sí, es una película creada por hombres que gira en torno al ser hombres, pero su diferencia con el resto de filmes con los que se puede asociar radica precisamente en que los hombres que participaron en ella, desde su director hasta sus actores, se involucraron y comprometieron en un ejercicio individual, colectivo, sensible y honesto de cuestionar las formas hegemónicas y tóxicas de la masculinidad en un entorno marginado socialmente como es el contexto del barrio y específicamente el barrio en el centro-sur de la capital.
Fabián, director y guionista de la película, hijo de una familia humilde, que creció en la localidad de Los Mártires y Santa Fe, habló en entrevista con el medio El País de Cali sobre su decisión de darle un viraje radical a su vida luego de que el 24 de diciembre de 2002, en medio de una adolescencia hecha en la calle, cuatro “sayayines”¹ lo llevaron a uno de los numerosos sótanos del Bronx y, después de torturarlo por horas, lo dejaron ir advirtiéndole que lo matarían si volvían a verlo en ese lugar. “Fue entonces cuando empecé a ver el arte como una salida” ‒comentó Fabián en esa entrevista‒. “Comencé a trabajar rápidamente en algunos rodajes, como técnico, como asistente de dirección, en lo que fuera. El cine se volvió una pasión muy fuerte, un llamado a expresar cosas que quería decir sobre la vida”². Y entre esas cosas que quería empezar a expresar con el cine en torno a la experiencia vital, encontró distintas motivaciones e intereses como la sociología, lo político, el feminismo y todo ello fue llevándole a preguntarse y reflexionar sobre la masculinidad hegemónica, tóxica, que se desplegaba en los barrios y en las calles donde creció. Fue así como conectó con su deseo de hacer una película “que retratara a las pandillas, pero no desde la perspectiva de que son malos o de que esos barrios son peligrosos”.³
Así pues, en el poco tiempo que teníamos para la entrevista, lo primero que me interesaba escuchar de la voz autoral de Fabián tenía que ver con el proceso de escritura del guion para su película. Le pregunté si la película podía ser vista como un documento autobiográfico que dejaba ver sus vivencias y sus discusiones alrededor de la masculinidad.
Fabián
No, pues el guion no es totalmente autobiográfico en realidad. Sí hay cosas biográficas, autorreferenciales más bien, que tuvieron que ver con esos eventos de mi adolescencia en el sector donde grabamos la película. Yo lo que intenté fue acordarme de esos eventos, acordarme de cómo habían sucedido esas cosas y escribirlas, y así arrancó un poco la idea de la película. La filmé en las calles que yo ya conocía, porque eran calles que yo había caminado[4]. Yo tenía ya hace muchos años eso ahí claro.
He tenido siempre una reflexión sobre la masculinidad como “hegemónico-tóxica” por varias razones. Una, la violencia patriarcal de mi padre, que fue muy fuerte en la casa. Eso fue un elemento detonante en mi vida. Yo prefería siempre estar fuera en la calle y no en esa casa, porque adentro de esa casa el hombre era muy violento, ¿sí pilla?, y yo prefería evadir eso todo el tiempo y estar en la calle. Y en la calle había otra forma de performar esa vuelta [la masculinidad] para hacerse visible, ¿no? El macho, el pandillero malito, toda esa vuelta… Y dentro de todo ese contexto que yo vivía no entendía una cosa, y es que eso estaba poniendo en riesgo muchas cosas que también uno se niega, por pudor o por esa norma social de que de puertas para afuera hay que tener unos comportamientos específicos. Y me di cuenta con el pasar de los años de que muchos ‘pelados’ con los que yo anduve también en ese juego ‒en ese jueguito, porque parecía un jueguito‒ ¡pues se murieron, se mataron entre ellos! Y se mataron por seguir un juego que tenía que ver con el poder, con la norma social de que para ser visible, exitoso, tener reconocimiento, hay que seguir una norma, sus normas. Y ese juego no sólo juegan los muchachos en esos contexto. Lo juega la sociedad en general, lo juegan los militares, lo juega la guerra. Y digamos que los partidos políticos juegan mucho ese juego también, de poder, de norma, de tradición. Y en este país eso se acentúa muchísimo.
Entonces me parecía muy pertinente hablar de eso, y no porque estuviera de moda, porque ahora parece que esa palabra de lo cuir, que hablar sobre masculinidades o sobre feminismos fuera como ponerse esa camiseta pa’ estar a la moda de las luchas reivindicadoras. Yo creo que es una problemática más compleja, y hay que asumir responsabilidad ahí adentro porque es decisivo. Parece que son luchas decisivas, ¡a lo bien!, para la construcción de paz y de tolerancia. O sea, me parece que son las luchas más importantes de este siglo, y son re contemporáneas, y son las que van a construir un nuevo mundo. Entonces, por eso me parece que la película hace parte de esas reivindicaciones.
Y en esa búsqueda encontré a este socio Pipe que es tremendo, también es un revolucionario de cierta forma. Y él, digamos, que performa muchas cosas, pero también tiene una posición social y política en la vida. Y me pareció muy interesante trabajar con él, pero también me pareció muy importante el encuentro a nivel artístico, no sólo en su forma de asumir la masculinidad o lo que sea, sino en su talento actoral y en su talento artístico y su forma de ver el mundo. Él es un artista y eso me pareció muy valioso incluirlo en la película. Y Homero también, es un artista plástico, también actor, bailarín. Es co-protagonista de la película… Yo quería trabajar con artistas y encontré artistas.
Quise conocer un poco más sobre el encuentro entre estos tres hombres de barrio, Fabián, Pipe y Homero, que desde sus vivencias particulares y en distintos momentos de su existencia encontraron en la creación artística la posibilidad de tramitar, explorar y vivir su masculinidad de maneras que no tuvieran la hegemonía y la imposición violenta sobre otros cuerpos como ejes fundantes. Quise preguntarles, primero a Homero y a Pipe, los actores, por la forma en que ellos dos se conocieron y empezaron a crear en torno a las artes. Y quise, también, saber si en algún momento se habían imaginado haciendo parte de una creación cinematográfica.
Homero
Creo que dentro de todas las probabilidades de lo que uno pudiera vivir nunca se nos pasó por la cabeza hacer parte de algo así. Pero pues sí teníamos como esa vista hacia ese horizonte tan amplio que es el arte. O sea, independientemente de todo lo que haga el ser humano, sea lo que sea que se haga con cierta emocionalidad, es arte, ¿no? Entonces nosotros pues ya teníamos como esa fascinación por una forma de expresión que era la danza, el break dance.
Pues con Pipe nos distinguimos fue en otro entorno, que fue en una barbería donde estábamos aprendiendo. Ahí nos conocimos, a cada uno nos gustó el modo de trabajo del otro. De hecho, pues yo no me peluqueaba si no me peluqueaba él, y él igual. Entonces empezamos a compartir técnicas, habilidades y un acercamiento, en el momento, de mucho aprovechamiento pedagógico. Ya después dentro del espacio donde estábamos, hicimos parte de un grupo de break dance que creó un profesor que se llama Bonilla. Con él empezamos a ejecutar una coreografía que nos propuso. Él hizo un análisis de habilidades de nosotros y, con base a esas habilidades, pues distribuyó los tiempos y las pautas de la coreografía. Entonces ya la comunicación empezó a incrementarse, porque pues ya no era sólo el ámbito de la barbería, los “grafitis en el cabello”, sino también la forma de expresarnos de otro modo. Eso nos dio como un acercamiento chévere durante todo el tiempo que duramos entrenando, porque era muy riguroso, la disciplina, la coreografía y todo.
Y pues, en medio de estas dinámicas con este profesor, ya aparece Fabián y se presenta de una forma, pero pues realmente resultó siendo otra. Creímos que iba a ser sólo eso, una persona que estaba buscando un casting y ya, y no. Realmente con él se empezó a forjar una amistad también, se empezó a generar un proceso de acercamiento amplio, y empezó a hacer parte incondicional de la vida de nosotros. Creo que eso fue muy importante dentro de todo este proceso de la película.
Pipe
Sí, pues como dice el socio, yo con el chino [con Homero] no me distinguí en el cine, yo me distinguí mucho antes. Y pues la pasión de antes, digamos la pasión del break dance y el rap, y la pasión mía con la que yo distinguí al parcero fue la barbería. Siempre habíamos estado enfocados era en eso, y el arte nos unió. O sea, uno puede tener parceros en cualquier lado, ¿no?, pero sí hay conexiones que lo unen a uno, y esa fue la conexión del socio y mía, y gracias a Dios ahí hemos estado unidos, no nos ha faltado el respeto ni la amistad, y es un hermano, siempre he dicho que es mi hermano de otra mamá. Ahí estamos…
A Fabián también lo distinguí ya hace siete años. De ahí pa’ allá pues nos hemos formado en el trabajo del cine, en la actuación, pero también hemos formado el trabajo de la amistad, el trabajo de la hermandad y de estar ahí siempre con el socio, veinticuatro siete pa’ todo, y esa es la energía, eso es lo que uno se lleva. Ahí estamos con la banda.
Después de escuchar a Homero y a Pipe hablar sobre su relación con lo que quiero llamar arte callejero ‒la barbería, el break dance, el rap‒ y sobre su encuentro con Fabián, quería saber cómo fue que Fabián, quien también venía tejiendo su relación con el arte en torno al cine, se vinculó con ellos. Recordé que en los créditos de la película se le hacía una mención especial a un personaje de nombre Javier, un padre o sacerdote, que había tenido algo que ver con la existencia del filme. Era el padre Javier de Nicoló. Permití que mi intuición me guiara y le pregunté a Fabián por este personaje, queriendo conocer un poco más sobre esos espacios físicos en el barrio, en la calle, donde el mismo Fabián se encontró con ese grupo de bailarines de break dance en el que estaban Pipe y Homero, que luego se convertirían en el casting completo de Un varón.
Fabián
Uy, pues el padre Javier está acá en esta mesa. Él está todo el tiempo, y nos está mirando, y está cagado de la risa con nosotros. Es una persona muy importante porque lo que hizo durante tantos años es algo que tiene un valor incalculable y a lo que a veces no se le ha dado reconocimiento. Él lo que hizo fue crear unos espacios de paz y de tolerancia, necesarios para la juventud, para la niñez y para los adultos también, sobre todo en Bogotá, en unas casas estratégicamente ubicadas. Había una en Bogotá que me parecía que era muy inteligente y bien plantada, que era en La Rioja. Ahí también estuvimos nosotros, eso queda en un sector en el centro de Bogotá muy cerca de donde filmamos la película, entre San Bernardo y el Eduardo Santos, y esa casa era como un sitio de paso para muchos jóvenes de la ciudad.
Y ahí ocurría eso que es la magia de los encuentros, ¿sí pilla? Y esa magia de los encuentros la propició este señor. Esas casas fueron sitios para encontrarse ellos dos, Pipe y Homero, para encontrarme yo con ellos… para tener encuentros. Y él, digamos que es un espíritu muy áspero, porque lo hacía con una voluntad real. Y esas casas que él creó para esos muchachos, para que tuvieran un lugar donde dormir, donde comer, donde darse una ducha, donde encontrar el amor o donde encontrar un enemigo, eran y son lugares estratégicos para la construcción de país, para los jóvenes que construyen el país.
Nosotros filmamos adentro de la unidad de El Oasis, que es una de las unidades del padre, que es la que se ve en la película. Y esa unidad de El Oasis es estratégica también, es histórica. Homero ha pintado las paredes, los muros de ese lugar. Y es un lugar que yo también quería filmar por lo que representa, y también por poner en cuestionamiento que ojalá la obra del padre perdure y que no se acabe, porque sí están cerrando muchas casas. A la hora de la muerte del padre Javier la cosa ya se había institucionalizado un poco, y se ha perdido ese valor de vocación y espíritu que había cuando él estaba presente. Pero bueno, Homero lo conoció, lo conoce, y puede hablar un poco más de su obra.
Homero
Sí, para una fecha como hoy, un 29 de de abril, para 1928, el padre Javier de Nicoló nació allá en Bari, Italia. Este personaje logró criarse en medio de la gran conmoción después de la primera guerra mundial y desafortunadamente vivió el encuentro de la segunda; o sea, nació en la secuela de la primera guerra y vivió y confrontó la segunda. En esa época había una política de guerra que decía que sólo un hombre de la casa podía representar en la guerra a su familia, a menos que la misma familia permitiese un segundo o tercer voluntario. Entonces su papá, que había hecho parte de la primera guerra mundial en representación de su familia, se ofreció como voluntario para la segunda guerra mundial para que sus hijos no vivieran ese tipo de guerra. Eso llevó a que el padre Javier, en medio de todo ese caos y todo ese conflicto, hiciera parte de los espacios de Juan Bosco[5], que eran una tradición de Francisco de Sales para los jóvenes como espacios de segunda oportunidad, unos espacios de resocializar y de volver a generar sociedad en medio de la misma fractura.
Entonces, pues ya en 1958[6] llegó a Colombia como misionero jesuita salesiano y empezó a ejercer el trabajo con las comunidades de acá del país. Como tal donde más trabajó fue en Bogotá, puesto que el síndrome de habitabilidad de calle en esa época era mucho más visible allá que en otras partes del país. Obviamente sin descartar su vistazo a servir a las otras comunidades del país, porque lo hizo. Dejó más de 80 fundaciones plantadas en todo el país y dejó 20 casas radicadas en Bogotá identificadas con el Idipron ‒Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud‒, bajo recursos y leyes que él mismo creó para el país. Colombia en esa época no tenía realmente una línea de derechos humanos para la habitabilidad de calle y población vulnerable. Él en 1971 logró hacerlo: logró generar un recurso e implementar estas casas como dinámica y alternativa para los jóvenes. Hoy, más o menos cincuenta y dos, casi cincuenta y tres años después, independientemente de que él haya fallecido, siguen funcionando estos espacios: le dan gabela y cabida y oportunidad a más de 12000 usuarios entre entre jóvenes y adultos que hacen parte de estos espacios. Él cada casa la programó y coordinó muy específico, muy pedagógico, muy milimétrico.
En cuanto al tema de abordar las poblaciones vulnerables siempre fue muy meticuloso, y ése fue el mismo éxito del programa. Entonces, como pa’ implementar cosa de la historia de él, a pesar de que era de Bari, Italia, creo que como lo dice Bonilla nuestro profesor de break dance, el padre Javier es uno de los colombianos más grandes que ha podido existir. Realmente a él no le importó nada, ni lo monetario ni nada, él siempre estuvo detrás del bienestar del joven, y la paga para él realmente era la sonrisa del joven. Nunca, por medio de los recursos que el hombre consiguió, nunca se le vio como esa necesidad o ansiedad de beneficiarse de eso, sino todo lo contrario. Como misionero jesuita tenía su voto de pobreza. Era muy devoto y tenía mucha pedagogía salesiana.
Él decía que las artes universales son doce, eso era lo que más enseñaba. O sea, independientemente del idioma que usted hablara, con esas artes en cualquier parte del mundo se podía defender. Él siempre implementó eso, y entre eso estaba el arte: como las pinceladas, el trabajo en yeso, trabajos en madera, metalistería, muchas cosas. Entonces, él siempre hizo como una representación óptima de lo que realmente debería de ser una sociedad, dentro de él como individuo generó sociedad. Es una forma impactante, y a pesar de que en muchos espacios no se le reconozca, no se le retribuya lo que hizo, realmente sí beneficiaba al país en múltiples formas. Y realmente uno no logra visibilizar todo pues también a veces por poco tiempo, por desconocimiento de cosas, pero fue un personaje muy, muy grande en la historia del país, que ayudó muchísimo a muchos jóvenes que lo necesitaban. Y pues nosotros hicimos parte de eso que él creó, porque sí, es como la base de todo, sí fue un espacio de segundas oportunidades. Nos la dio a nosotros, y pues ahorita estamos aquí gracias a eso.
El contexto tan amplio y rico en detalles que Fabián y Homero me compartieron sobre la labor del padre Javier de Nicoló en Bogotá, sobre las casas que le han servido de refugio y, por consiguiente, que han significado una segunda oportunidad de vida desde hace tantas décadas a niñxs, jóvenes y adultxs que como ellos han habitado las calles capitalinas de formas tan variadas, me invitó a imaginar el tejido complejo que hizo posible la creación de una obra audiovisual tan necesaria en estos tiempos como la película Un varón. Con ello no alabo ni presento gratuitamente y sin reparo este documento audiovisual pensado y propuesto por Fabián y materializado con Pipe, Homero, el padre Javier y otros tantos sujetos que hicieron parte integral del proceso creativo. Lo que me permito imaginar, lo que evoco en tanto memoria carnal también atravesada por la mirada hegemónica sobre la masculinidad que se despliega y se proyecta sobre mí en las calles pereiranas y biquebradenses, es justamente a este sujeto otro, la calle, como escenario en el que se performa la vida, en el que se performa el género y también cualquier otro discurso hecho carne contra el género.
Ese imaginar la calle en tanto escenario, y en el caso de esta película, como locación para la creación artística cinematográfica, me llevó a pensar en la existencia recurrente en nuestro cine colombiano de esa figura tan cuestionable para algunos[7] de los “actores naturales”. Naturales, en tanto habitan cotidianamente el presente entre las calles. Naturales, porque su relación con la actuación en la creación cinematográfica no puede separarse de su mero acto de existir y relacionarse en sociedad. Naturales, también ‒y aquí es donde veo problemático el asunto‒, porque se presupone que son naturales y no actores, para que se me entienda el punto, que son empíricos y no formados profesionalmente en una academia de actuación. En todo caso, como los actores y actrices de Un varón son, en efecto, actores y actrices naturales, me interesaba escuchar el punto de vista de Fabián, el director de la película, sobre el trabajar con el casting que hizo parte de la película, pero sobre todo, quería conocer su posición sobre esa decisión de hacer cine con actores y actrices naturales.
Fabián
Bueno, respecto a esto yo sí tengo una posición. Hay formas de que el trabajo con actores naturales se pueda volver extractivista. Creo que cuando uno trabaja con actores llamados naturales, el mensaje que se quiere comunicar es muy clave. Es decir, si la película es una película que revictimiza, si es una película que condena adentro mismo en su forma, me parece un gran problema que un actor natural juegue allá adentro porque está siendo instrumentalizado por alguien, y siento que eso sí es delicado. Y por otro lado, el proceso que hay antes y después de la obra también tiene que tener una coherencia, es decir, la persona que asume un proyecto con actores de una naturaleza compleja, debe saber que es un proceso formativo. Yo lo hablo con los muchachos, sobre lo que hemos hecho. Nosotros llevamos casi siete años conociéndonos, haciendo cortometrajes[8], hablando. Le he tirado libros a Pipe, con Homero hablamos de filosofía, es decir, todo el tiempo estamos hablando y formándonos de cierta manera. Pipe me tira a mí los temas, yo escucho los temas del socio, y ahí vamos. ¿Sí pilla? Y eso es formativo, porque a la hora de enfrentar hacer la película, ya estábamos preparados en bastantes cosas.
Sobre las reflexiones alrededor de la masculinidad… Esta mañana estábamos tomándonos un café en una panadería hablando del machismo nuestro. Y a mí me parece que todos esos ejercicios son formativos. Y el tema es que cuando se acaba la película, la tarea no acaba ahí, sino que seguimos teniendo un diálogo y seguimos teniendo unas dinámicas y teniendo una forma de reflexionar hacia lo que venga. Por eso me parece que se vuelve extractivista cuando un director contrata un director de casting y le dice “consígame cinco salvajes, diez o veinte”, los pone frente a una cámara con una película que revictimiza, que es extractivista per sé, y después se acaba la película y ya pasa a hacer una serie de millones de pesos y los muchachos por allá. Eso sí se me hace que es un visaje feo, porque eso es no tener coherencia. Es como en la música, como en el rap, es como si usted estuviera haciendo un rap, con toda, y de un día a otro dice “no, voy a hacer reggaetón”, porque da más lukas…
Pipe
Casi proxenetas, como proxenetas del cine…
Fabián
¡Exacto! ¿Y el proceso con los muchachos qué? Ésa es la gran pregunta, ¿sí pilla? ¿Qué es lo que hacía el padre Javier? Tener una coherencia, una continuidad en el tiempo. Yo lo veo es desde ahí. Trabajar con este tipo de actores, que para mí implica un proceso formativo, es también muy importante en el sentido de que ofrece posibilidades laborales, encuentros. Hay muchos de los muchachos que trabajaban en la película que no tenían ni idea de qué es una cámara, una dinámica de un set de rodaje, y esos son encuentros formativos que rompen barreras sociales. El cine ha solido ser de estratos medios altos y de gente muy burguesa, y que estos muchachos se encuentren con muchachos como el asistente de dirección [Santiago] Porras, con Pablito, eso rompe barreras sociales, y se encuentran, y eso genera tejido social. Y a mí me parece eso re importante, y no condenar a los muchachos a que siempre tienen que hacer oficios que otros no quieren hacer, y trabajar horas y horas y en cosas pesadas y aburridas, ¿y perderse la oportunidad de estar en una película?, ¡no! O sea, a mi parece muy interesante trabajar con personas así porque da posibilidades de trabajo, de conocimiento y de viajar, posibilidades que otros sí tienen y que el cine puede también ayudar a romper eso, me parece a mí.
Al haber conocido la posición de Fabián respecto a su trabajo creativo en el cine con actores y actrices naturales, me inquietaba saber cómo Pipe, el protagonista de Un varón, había sentido el proceso de creación de la película. Quería conocer cómo se había relacionado con el cine después de sus experiencias creativas con las artes callejeras del rap y el break dance. Quería escucharlo hablar un poco más sobre su experiencia vital, sus sentires, su pensar, entendiendo que si bien Un varón es un documento audiovisual construido desde la autorreferencialidad de su director Fabián, sabía que también estaba presente en su materialización algo de la vida cotidiana de Pipe. Así que para explicarme en mi propósito, le pregunté por la forma en que relacionaba su experiencia creativa con el rap y el break dance con sus vivencias más recientes en torno a la actuación en el cine.
Pipe
Todo fue como en escalera. Yo empecé a cantar rap, estaba aprendiendo cuando estaba chinche y fue con un parcero que le dicen Judas. Él tiene un problema de salud en los pies. Y pues el man rapea chimba, el man es cantante. Pues no es reconocido, pero sí tiene unos temas muy gonorreas, muy buenos. Entonces yo lo escuchaba y yo le decía “socio, yo quiero aprender”. Pero entonces el man fue cayendo como en todo lo que estamos hablando: era machista, prefirió tirarse a la vida mala, vender droga. Por ahí tenía su puesto en Patiobonito, y pues estuvo su buen tiempo encanao’. Y pues desde que el man cayó en eso yo me alejé del evento, yo no volví a cantar. Solamente saqué dos cortos pequeños de rap, y de ahí entonces vi que con el rap es diferente. Me gusta mucho el ritmo, la música.
Ahí empecé a incluirme con la banda, con Bonilla, que también es un cantante reconocido, en YouTube también ha sacado sus temas, ¡puro talento de man! Pero entonces al man ya no me le pegué al corte pa’l rap sino que me le pegué al corte como para el break dance, como pa’ meterme al baile y todo eso. Entonces ahí estuve en un grupo grande. Nosotros salimos para la bienvenida del Papa cuando vino a Colombia, le hicimos un baile. Yo en uno que otro evento no me presentaba, pero siempre estaba para lo que el man Bonilla necesitara. De ahí pues como que empezamos a seguirle el ritmo, y terminamos en la casa de Belén bailando ya como los invitados, porque querían ver a las estrellas de El Oasis. Entonces ahí llegamos y nos encontramos a esta lámpara de Homero, y ahí pegamos duro con la banda. Digamos que el mismo baile y la misma música fue lo que nos unió. Y no fue sólo Homero. También fue Kike, mi hermanito Ospina. Ospina era un chinche, ese pirobo era como yo. Éramos los dos únicos chinches de la película. Y a mí me hubiera gustado que él hubiera estado acá, pero pues lastimosamente al socio lo mataron ahí, dentro de la Modelo, creo que fue en la pandemia si no estoy mal, cuando hubo ese motín allá. No sé si estuvo metido o no en eso, pero a veces le dábamos consejos como buenos parceros, buenos hermanos. Le decía “Perro, tome buenas decisiones, haga las cosas bien”. Pero la gente es terca, a veces los bandidos somos tercos, entonces unos queremos salir porque tenemos fuerza de voluntad, otros no. Entonces el parcero falleció allá adentro por los motines que hubo. Perdimos un angelito ahí. Y pues nada, ¿sabe qué?, o sea, de pronto el man también esté acá donde está el padre Javier de Nicoló, hay mucha banda detrás de nosotros que ya está en el cielo, mucha banda que ya ha fallecido, pues, por el descuido. Yo siento que el Bronx se fue cayendo como después de que el padre falleció. Se le fueron cayendo muchos ángeles, entonces es como tener demonios en la luz pero ángeles caídos en el infierno. Y para mí son personas que valen mucho estén donde estén.
Y ya, digamos, aprendiendo la experiencia del cine gracias al break dance, he hablado de esto y digo que esto no es suerte. Eso es una misericordia de Dios que uno quiera cambiar. Él siente de corazón, y uno sabe como persona cuando uno quiere cambiar y uno quiere dejar la calle, y uno quiere dejar muchas cosas malas en la vida. Y pues es como aprovechar la atención que Dios le dé. Yo nunca lo escuchaba, pero sabía que él tenía algo preparado porque le estuve hablando muchos años. Le hablé mucho, y le dije “¿qué pasó, papá?, ¿por qué no tengo a mi vieja, por qué no tengo a mi papá?, ¿por qué se lo llevó?, ¿mis hermanos?, ¿cuál fue el rencor?”. Sí, uno pues ha tratado de ser persona delante de donde sea, en la calle, donde uno llegue uno tiene que ser persona y tener palabra. Entonces era como preguntarle eso. Donde yo vaya lo digo, y es que el tiempo de Dios es perfecto, y de pronto mi tiempo era éste y acá estoy gracias a Él, y a esperar. La paciencia es la virtud del ser humano. Siempre tuve esa paciencia y esa fe de que yo sabía que Él me iba a ayudar, yo sabía que Él me iba a sacar. Y le pedí también que le hablara al oído ahí al padre Javier, como “¡ayúdeme a comunicar con el man! No sea así, papá, usted quiere que cambie, loquito, dele el consejo al padre”. Y entonces se dio el apoyo de los ángeles, yo creo mucho en los ángeles. Y esa canción de Un ángel también, pues, me pegó. Esa canción es única, y es verdad, o sea, no solamente la canción como el himno, la canción como “no, porque es que sale en la película”. No, no, hemos tenido ángeles gracias a Dios. Aparte del padre, pues yo siento que tengo muchos ángeles atrás. Y el próximo es una casa, el próximo es una sola familia, sea donde sea, en otro país, en otra ciudad, donde estemos nosotros somos una familia no más. Y nada, qué chimba la colección y saber que nos estamos apoyando los unos a los otros.
No tener envidia porque la envidia es peor que el cáncer, y gracias a Dios nunca he envidiado a mis hermanos. Contento con lo mío y me conformo con lo poco y nada que me dio el Señor, y agradecido con Él y agradecido con todos los que hayan visto la película, con los que la quieran ver. Agradecerles por estar acá, por el apoyo de todos, y nada, yo sólo espero que sepan llevarse el mensaje de la película. O sea, no la vean como esperando la acción, como esperando la de Toretto, esperando la del narco y el que mata. No, nosotros no somos así. Y pues nada, demás de momento puede que hayan personas que no les va a gustar la película por no ver lo mismo de siempre, pero de eso se trata, de ir como más allá, no sólo de ver sino de pensar y sentir qué es la película. Y es eso, o sea, nosotros hicimos como una película del sarcasmo, pa’ meterle el sarcasmo pa’ que entiendan, y digan “¡sí, esos pirobos se pararon!”. Y nada, darle gracias a Dios por el premio que nos llegó de Perú[9], darle gracias a la atención de la gente, y estar ahí activos y presentes. Y ahí estamos readys pa’ cualquier cosa que pase.
Ya se había acabado el tiempo de la conversación. Quise cerrar el encuentro preguntándole a Fabián por cómo sentía la realidad del barrio, de la calle, después de haber construido un retrato colectivo en la pantalla grande. Finalmente, qué se desplegaba después de la película, después de la gira nacional, después de los festivales internacionales.
Fabián
En cuanto a cómo percibo la calle, en lo personal no desconozco los orígenes de los conflictos, porque somos parte de ese origen. Hay que tener en cuenta que, independientemente de cómo la sociedad está aprendiendo a convivir como sociedad, hay mucha desintegración familiar, hay mucha desprotección familiar y eso es lo que genera que los espacios conflictivos se retroalimenten de múltiples formas. Entonces, desde nuestra creación con la película y cómo se percibe hoy en día, yo creo que la misma dinámica de la calle va a seguir generando su evolución, su proceso, independientemente de que hayan ya procesos de intervención para estos espacios. Yo creo que hace falta más atención política, más apoyo de la misma seguridad social, puesto que la seguridad social también hace parte del conflicto dentro de los territorios, tanto como por presencia y porque no haya presencia.
Entonces, sí, creo que esta película simplemente es un aporte amplio para aquel que la pueda ver, que la pueda discernir desde su punto de realidad, porque la realidad es relativa, pero a la vez, yo creo que pueden emerger muchas oportunidades para aquellos que tienen el poder de brindar esa oportunidad. Visibilizar desde cierto ángulo la fragilidad que hay en medio de la rudeza de la calle, en medio de esa masculinidad machista, es una forma que siento muy coherente de servirle a la sociedad desde ahí, desde una pantalla así sea. Pero pues, sí es una forma de visibilizar cosas que se pueden trabajar directamente porque normalmente los gobiernos trabajan lo que es visible, intervienen y tratan de construir desde lo visible, aunque aun así invisibilicen mucho. Y pues, yo creo que esto es una oportunidad para muchas personas, no sólo para nosotros. Entonces yo veo que nuestro vistazo a la calle como un punto antropológico al futuro puede servir muchísimo a la sociedad.
Agradeciéndole a Fabián, a Pipe y a Homero por su tiempo para la conversación que sostuvimos durante casi una hora, fui a la taquilla y compré mi entrada para la función de estreno de la película. La noche de ese sábado 29 de abril de 2023, como si hubiera sido un plan divino para honrar colectivamente la memoria del padre Javier de Nicoló en su natalicio, la sala del teatro de la Cámara de Comercio de Pereira se llenó de personas que querían ‒que queríamos‒ conocer de cerca las reflexiones sobre la masculinidad performadas en Un varón. Ya en mi cuerpo emocional no había rastros de esa ansiedad con la que días antes había aceptado la invitación de Mar para propiciar la conversación con estos tres hombres que se miraron a sí mismos y a través de los ojos de los otros en la película. En su lugar, y mientras vi de nuevo ese retrato crítico de la virilidad ‒ahora en pantalla grande, como se debería hacer con el cine siempre‒, pensaba en el proceso personal tan doloroso y amoroso que he emprendido desde hace casi cuatro años contra las expectativas de una sociedad que sigue concibiendo la cis-heterosexualidad como la norma, como la naturaleza, como esa medida común sobre la que se pondera la valía y el respeto.
En esa sala de proyección agradecí que existan hombres como Fabián, como Pipe, como Homero y como los demás que habrán participado en la construcción colectiva de la película, que se han mirado a sí mismos y han empezado a cuestionar los presupuestos de esa masculinidad tóxica y hegemónica sobre la que se ha fundado el mito de la superioridad del hombre cis heterosexual blanco en nuestro mundo. Me gusta imaginar que se necesita mucho coraje para asumir esa autocrítica como compromiso de deconstrucción, no ya un coraje vinculado al ser “el macho”, el más fuerte, ese individuo premiado por la selección natural darwiniana que se impone sobre los demás en una línea evolutiva de progreso y barbarie. No, al contrario, quiero imaginar que el coraje de la autocrítica y la deconstrucción es justamente ese ímpetu del que habló en su momento Gloria Anzaldúa[10]: el de mirar fijamente a los ojos de nuestra propia sombra-bestia, discernir sus facciones, hacer consciencia del deseo sexual y la lujuria por el poder, develar el orden reinante de la cis-heterosexualidad que se intenta proyectar sobre nuestra bestia. Y, entonces, dar un paso más allá, y en el rostro de nuestra sombra-bestia ya no ver la lujuria y el deseo, sino la ternura. Destapar la mentira del patriarcado y empezar a tejernos en los afectos radicales.
En conclusión, me gusta pensar que esa palabra “deconstrucción” no es una nueva moda sino una práctica de enunciación y acción política que nos invita a disputar de manera consciente y constante las ficciones políticas del género y la sexualidad, que nos permite identificar en nosotros mismos, mismas, mismes, aquellos comportamientos viciados de prácticas violentas en nuestras relaciones sociales cotidianas, y que, en definitiva, como lo propone la película Un varón, nos permite entendernos, cuestionarnos y narrarnos en un proceso de transformación colectiva hacia formas otras de vivir en sociedad.
* Artista del cuerpo y persona sexogénero disidente (marica no binarie). Integrante de la Colectiva Creativa ALThaus (@alteralto en Facebook e Instagram), autorreconocide como Oshnur ALT (@oshnur_alt en Instagram). Licenciade en Comunicación e Informática Educativa y candidate a Magíster en Historia por la Universidad Tecnológica de Pereira.
- Los “sayayines” eran “vigilantes” de las calles del Bronx. Identificaban posibles infiltrados, cobraban a los consumidores y distribuidores de drogas que tuvieran deudas con los jefes de los “ganchos” del lugar, y, según lo que puedo entender, eran los “garantes” de la “seguridad” en el sector.
- El País, «Entrevista con el cineasta Fabián Hernández, su ópera prima ‘Un varón’ se estrena en Colombia».
- Idem
- Las calles en las que se grabó Un varón hacen parte del paisaje urbano de los barrios San Bernardo, Santa Fe, El Voto Nacional, La Estanzuela y Las Cruces. Sobre ellas, Fabián dijo en la entrevista con El País: “fue allí, donde de adolescente me peleé, jugué fútbol, donde me quise volver ‘un varón’, donde robé, donde me atacaron. El trabajo de campo, en estos lugares que conozco muy bien, fue muy preciso, exacto. Hoy, aún vuelvo a visitarlas, porque mis padres siguen viviendo allí”.
- Mientras el papá de Javier de Nicoló quedaba paralizado a consecuencia de las heridas que le dejó la segunda guerra mundial, él decidió convertirse en sacerdote salesiano y empezó a prestar sus servicios misionales en la ciudad italiana de Nápoles («Falleció “papá” Javier De Nicoló, quien rescató a miles de menores de la calle»), nota publicada en la web del Idipron ‒Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud‒.
- El padre Javier de Nicoló llegó a Colombia por el Puerto de Buenaventura en el año de 1948, atraído para ejercer su vocación de servicio y espíritu de ayuda con otro misionero salesiano que se dedicaba a cuidar enfermos de Hansen en Agua de Dios, Cundinamarca. El padre Javier de Nicoló sirvió un tiempo primero en Barranquilla y luego en Bucaramanga, para finalmente radicarse en Bogotá, ciudad en la que fundó distintas casas de apoyo, de las que quedaron y aún se conservan veintiséis, después de la destrucción del sector de El Cartucho y la construcción del Parque Tercer Milenio («Falleció “papá” Javier De Nicoló…»).
- El actor colombiano Robinson Díaz, en la entrevista «Me quebré el lomo estudiando para que un ‘actor natural’ se gane un Óscar: Robinson Díaz» realizada por el programa Lo sé todo de Canal 1, hizo notoria y comentó su molestia ante el hecho de que, para él, la contratación de actores naturales en el cine se había impuesto ya “como una técnica y como un método”. Además, fue peyorativo al llamar a los actores naturales “aparecidos”, en una aparente crítica a la nominación de la actriz y maestra de preescolar oaxaqueña Yalitza Aparicio al Premio Oscar a mejor actriz por su personificación de Cleo en la película Roma (2018), y quien ya había ganado un premio de categoría internacional, los Hollywood Film Awards, por su participación en la misma película.
- Por otra parte, el trabajo con actores naturales volvió a hacer parte de la discusión pública a inicios de este año, cuando Carlos Andrés Castañeda, actor que protagonizó la película Los reyes del mundo dirigida por Laura Mora, denunció que estaba siendo víctima de amenazas y extorsiones por parte de grupos armados, por lo que tuvo que abandonar su hogar. Para conocer con más detalle el panorama que se desplegó en torno a este caso puntual, recomiendo el artículo de Manuela Saldarriaga Hernández, «El cine, una ventana a la vida: el caso de Los Reyes del mundo».
- Hay que recordar que Fabián Hernández fundó en 2015 su Productora Níquel Films, con la que ha realizado varios cortometrajes en los que han participado los actores y actrices que hicieron parte del casting de Un varón, en distintos roles entre guion, dirección, producción y postproducción. Esos cortometrajes son: Mala maña (2015), Tras la montaña (2016), Golpe y censura (2018), Los Mártires (2019), Las ánimas (2020) y Savage (2020).
- Hasta ahora, la película Un varón ha recibido diez premios internacionales en distintos festivales de cine por los que ha girado en distintos países. El premio al que se refirió Pipe pudo tratarse del Premio del Jurado a Mejor Actor en el Festival de Cine de Lima, Perú, encuentro que también resultó galardonada con los Premios del Jurado a la Crítica Internacional y a Fotografía de Ficción, además de recibir, el Premio Especial del Jurado.
- Gloria Anzaldúa en su libro Borderlands/La frontera: La nueva mestiza, 1a edición en español, traducida por Norma Elia Cantú.


