UN GRITO DE LA SALSA EN LAS CALLES

Recorrido de un grupo de salsa y son por los barrios pereiranos. A pesar de las altas cifras de contagio por covid-19 que se registran en la ciudad, los grupos musicales han tenido que buscar la forma de subsistir. Aplausos y dinero reciben en cada cuadra que visitan: de los restaurantes y bares a los conciertos en la calle.

 

Texto / Jhonwi Hurtado – Fotografías / Santiago Ramírez

“Yo estaba con mi amorcito, amorcito qué quería, haciendo cositas tontas, cositas que no debía…”

Suena la campana. Suena la conga, suena la guitarra y empiezan a cantar. Cantan, las ventanas de las casas se van abriendo, la gente sale y los escucha. Dos mujeres adultas mayores bailan en su balcón. Un niño mira a su mamá e imita tocar un instrumento. Algunos usan tapabocas. Juan, de Salsa Scream, sigue cantando.

La actual pandemia sacó los escenarios a la calle. Con los bares y discotecas cerrados, además de la suspensión de eventos que aglomeren público, quienes viven de la escena musical han tenido que recurrir a otras medidas para poder, además de subsistir, continuar haciendo su trabajo, a pesar de que ello conlleve arriesgarse, hacerse vulnerables.

Aquí día a día ensaya Salsa Scream, un grupo musical formado hace dos años.

Son las 3 de la tarde del viernes 7 de agosto del 2020. En las calles del centro de Pereira se ve muy poca gente. Las banderas ondean con el poco viento que ofrece un día soleado. En el apartamento hay instrumentos musicales en cada esquina. Aquí día a día ensaya Salsa Scream, un grupo musical formado hace dos años. Antes tocaban en restaurantes o en bares, tras estar confinados tres meses a causa de la pandemia decidieron tomarse las calles de los barrios de Pereira; llevan música, llevan arte, llevan son cubano.

Actualmente el grupo está integrado por cuatro personas: Daniel, Juan, Rubén y David.  Daniel es alto, sus dreadlocks llegan hasta la cintura. Comparte su oficio de músico con el teatro y escribe guiones. Juan, usa gafas oscuras de marco rojo, sus manos están tatuadas, tiene cabello largo; además de ser el líder y creador del grupo, da clases de música.  A su izquierda se encuentra Rubén, de contextura delgada, es el último en haberse unido al grupo,  no solo se dedica a la música, también trabaja en el campo. Rubén toca la campana, canta y es el encargado de anunciarle a los barrios que Salsa Scream ha llegado. David no ha llegado.

Cuando empezó la pandemia cada uno se encerró en sitios diferentes: Daniel se quedó en su casa por el corregimiento de La Florida, Rubén se fue a trabajar a la finca y Juan no salió de su apartamento. Al preguntarles de qué vivieron los primeros tres meses después del confinamiento, Daniel dice que un amigo le regaló un mercado y Rubén dice con voz alta: “A mí si no me dieron ni mierda” y sonríe.

Algunos días de la semana el grupo se reúne antes de las 3 de la tarde en el apartamento de Juan, revisan qué barrios han visitado, deciden a qué barrios ir, tratan de ir a tres por día, toman la decisión, todos con tapabocas cargan los instrumentos al carro de David, un Spark negro.

“La gente se guía por las apariencias, entonces ven un man con unos dreadlocks y al otro tatuado y apenas llegamos no se imaginan nada, pero empezamos a tocar y se quedan sorprendidos”.

Llega David, “Batero” viste de pantalón negro y una camisa de Slipknot. A simple vista es difícil pensar que cantan salsa. Según Daniel, son pocas las personas que reconocen qué género musical tocan antes de que ellos empiecen a cantar, y muchos hasta se alejan, “La gente se guía por las apariencias, entonces ven un man con unos dreadlocks y al otro tatuado y apenas llegamos no se imaginan nada, pero empezamos a tocar y se quedan sorprendidos”.

Salimos de la casa a las 4:25 de la tarde. Antes de arrancar comparten una cerveza, el sol del día festivo es fuerte.  El fotógrafo Santiago Ramírez y yo los seguimos en otro carro.

Unos 20 minutos después estamos en el barrio Maraya de Pereira, tal vez uno de los primeros barrios de estrato alto de la ciudad. Me acerco al carro donde vienen ellos y suena música electrónica. Le pregunto a Juan, ¿eligieron esta cuadra? Y me dice que sí, que harán dos paradas en este barrio.

Hasta el 7 de agosto Colombia registraba la muerte de más de 12 mil personas a causa del covid-19, en Risaralda la cifra de contagiados llegaba a 2.392; aun así, sin importar cifras, muchas personas que han vivido de lo que se conoce como el día a día, tienen que buscar la forma de conseguir el dinero para subsistir, entre ellos los grupos musicales.

El lugar se encuentra solo, la mayoría de las ventanas cerradas. Nos ubicamos en una calle larga. El primer paso para arrancar con la presentación es responsabilidad de Rubén, con su gorro salsero puesto, se acerca a la tienda de la esquina de la cuadra y mientras yo compro algo para tomar, él le dice a la señora que me atiende: “Mi seño, es que mire, nosotros somos una agrupación musical de la ciudad y venimos a cantarles unas canciones y quería pedirle si nos regala un poco de energía para conectar los equipos, solo cantaremos cuatro canciones”. Ella acepta.

Le pregunto a la señora de la tienda si es muy común que lleguen grupos musicales a esta cuadra, responde que sí, que generalmente vienen mariachis, y que a ella no le molesta ayudar, pues todos se la tienen que rebuscar como puedan. Pero hace días vinieron unos mariachis y un señor de una casa les dijo “dejen esa bulla”.

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Mientras terminan de instalar los instrumentos, me acerco a una mujer que está afuera de la tienda, tiene una cerveza en la mano y al parecer espera a alguien, aun no suena la música, entonces le pregunto acerca de qué tipo de música cree que tocarán ellos, me mira y sonríe, piensa, dice: “¿Cómo es que se llama esa música que…”, mira a Daniel y detalla sus dreadlocks, luego afirma: “Reggae”.

“Ey, ey”, se escucha por los micrófonos ya encendidos. Es Rubén que convoca a los habitantes del barrio a que salgan de sus casas, para que los escuchen, que sientan la música; dos campanazos, algunos pasos al ritmo y a cantar. “Yo estaba con mi amorcito, amorcito que quería, haciendo cositas tontas, cositas que no debía….” Al son de Sentencia china de los Hermanos Lebrón, empieza la presentación.

Camino la cuadra, quiero saber hasta dónde llega el sonido, después de unos 50 pasos sigo escuchando “Haciendo cosas cositas tontas, cositas que no debía…”, en un segundo piso se encuentran dos hombres adultos, me llaman, me muestran un billete de 10 mil pesos, lo tiran y me dicen: “muchas gracias, cantan muy bien”.

Termina Sentencia China y cada vez más personas salen a sus puertas, algunos con tapabocas, otros no. Al frente de la tienda una camioneta Toyota Hilux color gris se ha parqueado, quienes se encuentran en ella han decidido quedarse a escucharlos cantar.

La cuadra ha despertado, enseguida de la tienda dos señoras que tal vez superen los 70 años de edad bailan con la música de Salsa Scream, llaman a Rubén y le pasan otro billete de 10 mil, otros le pasan de 5 y hasta de 20 mil pesos han metido a la campana, él sonríe. En el andén otros dos adultos mayores se abrazan y miran al grupo en su presentación.

Afuera de la tienda se encuentran un hombre y una mujer con un niño que aplaude, baila, sonríe. El niño llama a Rubén, le pasa dos mil pesos y le pide una tarjeta. Suena “En el barrio de la Cachimba, se ha formado la corredera, en el barrio de la Cachimba se ha formado la corredera. Allá fueron los bomberos con sus campanas, sus sirenas, allá fueron los bomberos con sus campanas, sus sirenas ¡Ay mamá! ¿Qué pasó? ¡Ay mamá! ¿Qué pasó!”

Ha pasado media hora, no llevan la cuenta del dinero recogido hasta el momento, generalmente cantan cuatro canciones pero esta vez les han pedido que canten otra, ellos lo hacen sin molestarse, se despiden cantando Todo tiene su final, del recordado Héctor Lavoe.

La señora de la tienda me llama, al parecer muchos creen que hago parte del grupo: Me entrega 10 mil pesos y me dice: “Vayan a mi barrio, yo vivo en Boston, cantan muy bien, ese moreno tiene muy buena voz. Vayan, vayan a Boston”.

¿Cuál ha sido la postura de la administración de la ciudad para apoyar al sector cultural durante la pandemia? Luz Stella Gil, Secretaria de Cultura de Pereira señala que desde la Secretaría se han dirigido ayudas a todos los sectores, como el acceso a los beneficios BEPS (Beneficios Económicos Periódicos), cuya convocatoria sigue abierta para quienes quieran inscribirse, además del acceso a la convocatoria Cultura en casa y próximamente realizarán audiciones para espectáculos virtuales.

“Esta actividad espontánea que hacen los músicos, de pedir la solidaridad de la gente en los barrios, no está reglamentada, pero mientras no incite a la aglomeración de personas, responda a las medidas de bioseguridad y no ponga en riesgo la vida de ellos y de la población, no tendríamos razones para impedirla. Sabemos muy bien que de esta actividad depende el sustento de muchas familias”, expresa Luz Stella Gil.

Para ir a la siguiente cuadra del barrio Maraya, Rubén camina con nosotros mientras el grupo lleva en el carro los instrumentos. Al llegar el silencio es absoluto, no encuentran dónde conectar los equipos, pareciera que solo se escucha el chocar de algunas ramas por el viento, se miran, comparten una cerveza y dicen: “acá no fue, ¿pa dónde vamos?”.

“Vamos para El Jardín, allá hemos ido pero nos faltan cuadras”. Y así fue, en menos de 15 minutos ya el grupo se encontraba en el barrio El Jardín.  En el camino, a unas tres cuadras antes de ubicarnos, veo que otro grupo musical se prepara para dar serenata.  Juan dice, “no importa, para todos hay”.

Al llegar a la cuadra elegida en el barrio El Jardín, de Pereira, el ritual se repite: Rubén busca quién le permita conectar la energía para los equipos. Las personas pasan y ya asumen que habrá presentación, no parece incomodarles, aunque no saben qué música sonará, algunos llaman a otras personas para que se hagan presentes. Una pareja de esposos sale y al verme con el grupo, me sonríe. “¿Qué música cantarán?”, les respondo que salsa, son cubano. “Qué bien, esa es la música que nosotros más escuchamos, por acá solo han venido mariachis y grupos de vallenatos”.

Suena la primera canción, y a diferencia del barrio anterior, nadie los llama para dar su aporte, suena la segunda canción y nada, las personas solo escuchan desde sus casas. Rubén les dice: “Bueno mi gente, quien quiera valorar nuestro trabajo, nuestro arte, estaré pasando con la campana de la solidaridad” de a poco empiezan a llegar los aportes. Un hombre los llama y les pide una tarjeta, “vayan a La Siria, ¿cuánto me cobran por una presentación?”

Rubén ha terminado de reunir el dinero en el barrio El Jardín. El siguiente destino es la Ciudadela Cuba, el barrio San Fernando.

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Llegamos a un punto cerca del centro de Cuba, en un local llamado “La H Hamburguesería”,  conectan equipos, esta vez fue más sencillo pues conocían a una de las personas encargadas del lugar, el cielo ha oscurecido, son dos cuadras divididas por un andén. Pareciera que cada campanazo es un impulso de energía, siguen cantando y bailando con la misma alegría que tenían tres horas antes en el barrio Maraya.

Para John Jairo Hurtado, presidente de la Asociación de Músicos de Pereira (AMPER), la situación actual que vive el sector musical de la ciudad es preocupante, pues al cerrar bares y discotecas se han cerrado oportunidades para los músicos, pero asegura que no es solo este gremio el que se ha visto golpeado, también el sector del teatro, de los artistas informales, han tenido que recurrir a otras formas de exponer su arte para subsistir.

“Uno esperaría una respuesta efectiva del Estado, las administraciones municipal y departamental, pero estas han sido muy lentas.  En el caso de la Gobernación y muy escasas en el caso de la Alcaldía de Pereira. La reactivación del sector será muy lenta y en general los artistas tendrán que recurrir a su gran creatividad apoyándose de la cadena productiva de cada área para buscar subsistir en un medio que jamás ha sido fácil para el artista en Colombia”

Son pocas las personas que salen a sus ventanas en el barrio Cuba, se acerca la hora del toque de queda en la ciudad. Verlos cantar con el ánimo que mantienen, hace pensar cómo lo que hasta hace unos meses era territorio de otros grupos, después de la pandemia, ha llevado a que los salseros también recuerden de dónde vienen.

El coleccionista Karlos Timba lo señala así: “¿Que si la Salsa es un fenómeno para buscar al público? Por supuesto….al margen de la pandemia, que ha obligado no sólo a salseros a este tipo de recursos, desde la propia génesis de la salsa ha sido el modo que la misma ha logrado calar en el gusto popular, dado que la industria musical mafiosa que manejó la Salsa por décadas no permitió que muchos artistas fuesen populares, motivo que los llevó incluso a vender sus discos en sus carros. Además, la afectación no sólo incluye a los pocos grupos que cultivan la salsa en la ciudad, también afectó a los sitios de difusión y goce, como las tabernas y a asiduos visitantes de shows de salsa a nivel nacional –grupo en el que me incluyo– que por estos días ya habríamos asistido por lo menos a dos o tres shows de calibre”.

A las 8:30 el grupo canta la última canción. Una persona que trabaja en la hamburguesería les ofrece una botella de gaseosa grande y algunos pasteles, miran el reloj: son las 8:40 de la noche;  esperaban poder llegar a otra cuadra, pero al estar en toque de queda, no alcanzan. Al final de la jornada el resultado monetario fue de doscientos mil pesos, más 10 mil pesos que invirtieron en la gasolina del carro. Regresan al apartamento, hacen retroalimentación de lo trabajado durante el día, descansan y piensan qué barrio recorrerán al día siguiente.

Todo tiene su final, nada dura para siempre…

*Este artículo fue realizado en el marco de un acuerdo de financiación con Google News Initiative Journalism Emergency Relief Fund