Daniel Samper Pizano anda ya por los 72 años y todavía atrae a las mujeres, por lo menos eso se deduce por la nube de seguidoras que literalmente lo cercaron luego de terminar su charla con Matador en el Centro Cultural Lucy Tejada de Pereira. Allí presentó también su más reciente libro –Camas y famas– en colaboración con el caricaturista. El amplio salón se llenó y el público tuvo que sentarse en las escalas aledañas. Esta una breve charla con el periodista, columnista, escritor, antologista y, por último, miembro de número de la Academia Colombiana de la Lengua.

Algunas de las seguidoras no tenían libros suyos, pero sí la necesidad de un autógrafo o una foto con el personaje que les significa Daniel Samper Pizano.

 

Texto: Antonio Molina. Fotografías: Santiago Ramírez

¿Qué ha implicado pasar del periodismo de investigación al periodismo de humor y después estar en la Academia Colombiana de la Lengua, todas esas transiciones qué significan para usted?

Pues realmente siempre hice al mismo tiempo periodismo de humor, periodismo investigativo, periodismo normal, columnismo, es como estar en una sola orquesta y tocar distintos instrumentos; al final, mientras uno lleve el ritmo no hay problema. Luego, ya después de los 50 años cumplí lo que había prometido, desde el primer día que me retiré a los 50 ya estaba escribiendo los libros, entonces ya piden un tiempo distinto, piden más trabajo, piden más investigación. Y en la Academia muy contento, pues hay mucho qué hacer allí y uno de los prestigios que me queda de Colombia es el de hablar bien el español, cierto o falso hay que defenderlo.

 

Viene una etapa en los 80 y 90, donde usted tuvo mucho protagonismo en series televisivas como Dejémonos de vainas y Leche, ¿ese papel como libretista de televisión por qué?

Me divertí mucho, me gustó mucho, me pagaban muy bien, mucho mejor que en el periodismo; pero en un momento dado cambió la televisión y lo que se empezó a usar es que cada productor hacía sus propias tareas y no las dejaba en manos de productores independientes, que era lo que nosotros hacíamos con Bernardo Romero, básicamente hacíamos trabajos independientes y los vendíamos a la televisión, desde entonces están haciendo las propias cadenas, entonces ya no hubo el espacio que antes había.

El trabajo en llave con Matador se ha repetido con anterioridad en otros textos suyos.

¿Su cercanía con Les Luthiers, con Jorge Maronna, qué significó para usted?

Mucho, porque no solamente conocí de cerca unas personas que admiro profundamente, sino que hice amigos entrañables y además he aprendido mucho de ellos en materia de humor y de trato artístico

 

Usted siempre ha dicho que uno de sus maestros fue Klim (Lucas Caballero Calderón). Usted le hizo una despedida fúnebre a él antes de morirse. ¿Qué le dijo el maestro cuando le escribió eso?

Alguna grosería: chino hijueputa, de las que decía él, si no me acuerdo, se rio, pero me dijo una cosa de esas que él solía decir. Siempre era ese tipo de cosas para provocarlo a uno, pero muy gracioso y muy cariñoso siempre.

Usted en la actualidad está escribiendo unos libros con un toque de humor, de la historia, revisión de diferentes cosas, ¿por qué ese amor a la historia, siempre lo tuvo y ahora lo desarrolló o nació?

Me aterra que los colombianos hayamos perdido el sentido de la historia y de que los niños no solo no se les enseña, sino que no se les inculca el interés por la historia. Entonces, modestamente, trato de que estos libros, que son libros divertidos –no son panfletos ni son unos ladrillos, creo que no lo son– susciten algún interés y que la persona que lo lea, lea después la historia ya escrita por gente mucho más capacitada que yo.

 

¿Tiene humor la Academia Colombiana de la Lengua?

Mucho más de lo que uno cree. De hecho, el discurso mío como académico de número fue sobre Quevedo y el humor en Quevedo y con toda la libertad pude leer los poemas más groseros de Quevedo para analizarlo como era.

 

¿Cuándo van a entrar el parce y otros términos?

No, eso sí la academia recoge lo que la gente habla, la academia no inventa nada. Lo que pasa es que da un tiempito porque no es cosa de que hoy un columnista dijo una palabra y mañana la palabra entra, hay que esperar a que se aclimate un poco y como dice: limpia, fija y da esplendor. Cuando ya está fija la palabra en los hablantes, no en los académicos que solo somos notarios, la palabra pasa al registro de la lengua. La lengua está siempre, la lengua está desde el momento que empieza a usarse, pero el registro no es lo mismo.

La firma de libros se convirtió en una larga espera debido a la cantidad de seguidores.

¿Algo fundamental para alguien que escribe?

Leer. Lo más importante para un escritor es leer, ni siquiera escribir sino leer y creo que desde la lectura salen ideas, mejora uno el estilo leyendo bien; es cierto que luego se escribe, pero es difícil ver a un gran escritor que no haya sido un gran lector.

 

¿Qué considera que le falta al periodista de hoy en Colombia?

Claridad, estamos en un medio muy laberíntico, muy complicado sobre lo que va a pasar. No tenemos claridad sobre lo que va a ser y cuando uno no tiene esa claridad, se equivoca