Las plantaciones de coca, de origen ancestral y con una larga tradición en la cultura indígena americana, hoy se han convertido en el objetivo prioritario de las fuerzas de seguridad colombianas, apoyadas por agencias de inteligencia de Estados Unidos. Pero detrás de su proceso hay miles de colombianos que no hallan escapatoria y ven esta práctica como su única manera de sobrevivir en medio del abandono estatal.

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Texto y fotografías: Felipe Chica Jiménez

A un lado de la carretera, bajo unos 30 grados centígrados de temperatura, me encontré con Aura*. Una mujer negra de rostro poco amigable, plena de desconfianza. Luego de un breve saludo intenta hacerme desistir de mi propósito de trabajar por una semana como raspachín (recolector de hojas de coca). Según ella, es horroroso el trato que reciben los infiltrados que son descubiertos cuando intentan delatar a las autoridades la ubicación de laboratorios de procesamiento de cocaína o los campamentos guerrilleros.

Temores que parecen bien fundamentados en esta región, un lugar en el limbo en la sinuosa vía entre Pasto y Tumaco, al suroeste de Colombia. Históricamente esta región del Pacífico nariñense ha sido disputada por las guerrillas izquierdistas de las Farc y ELN;  grupos paramilitares de derecha y narcos que contratan sus propios ejércitos privados. En medio está la población campesina que siempre termina pagando el costo humano de esa guerra.

La conversación sucede en plena zona comercial de un caserío tan grande que podría ser un municipio, pero es solo una vereda más. Como este, muchos asentamientos de la zona duplicaron su población en pocos años a causa de la economía de la coca. Las casas están concentradas en la orilla de la carretera y rodeadas por enormes cultivos de palma africana.

Por momentos el sol resplandece y se refleja en el asfalto con tanta fuerza que se torna enceguecedor; los andenes están saturados de cachivaches para la venta, ollas, ropa brillante, mesas enteras llenas de carne y pescado seco que invaden el lugar con el olor de marisco insolado. En un rincón del andén un letrero de cartón anuncia “¡Carne de monte pa la venta!”, cerca están los restos de un venado desollado, una señal de que, a pesar de todo, todavía queda  algo de selva en las proximidades.

A las once de la mañana las discotecas siguen con su música a todo volumen, al interior de ellas se ven algunos negros bailando con cara de trasnochados, indígenas Awa doblados sobre mesas llenas de botellas vacías de cerveza; afuera mujeres y niños de la misma comunidad se sientan en los andenes como esperando algo que no se sabe qué es. Mientras converso con Aura un grupo de mestizos va y viene en camionetas de alta gama; todo ese paisaje interrumpido por un remolino de motocicletas y carros que pasa sin tregua.

Aura, además de ser madre de cuatro hijos, es raspadora de coca. “No es lo que yo escogí sino lo que me tocó”, dice como si se defendiera de algún juicio moral. Luego de exponerle mis razones para ser un raspachín por una semana ella accede a presentarme a su esposo  y al resto de los miembros de su familia que se dedican a producir pasta de coca. Salimos en carro por más de treinta minutos hasta llegar a un caserío a orillas de un río.

Se trata de comunidades reservadas, donde “cada familia tiene algún miembro desaparecido o muerto por causas violentas”, dice Aura. Sin embargo, desde hace casi dos años -cuando comenzó el cese al fuego entre el gobierno y la guerrilla de las Farc- el orden público parece haber mejorado, pero la desconfianza con el foráneo es evidente.

Al llegar a su casa me ofrecen comida mientras los niños me miran con ojos de pescado. Adentro, en su vivienda palafítica, todo es de madera. En una pequeña terraza de madera la familia seca semillas de cacao que ocasionalmente vende en los poblados cercanos. Son solo dos cuartos donde viven cinco personas; yo dormiría con los niños.

Toda esa semana transcurrió con lentitud hasta el retorno de Léder, el esposo de Aura, que  llevaba una semana internado en el ‘monte’. Primero llegó el perro empapado y luego él; entonces los niños pequeños acudieron dando brincos y haciendo preguntas mientras amarraba su caballo. Cuando entró en la casa un olor a gasolina lo impregnó todo. Aura se precipitó a servirle una taza de café con pan mientras terminaba de cocinar unas lentejas. Léder, que estaba enterado de mi llegada, me saludó por mi nombre. Se quitó las botas llenas de pantano y luego de un baño se acostó en la hamaca ubicada en la cocina y desde ahí se puso a mirarme sin decir nada.

Léder y Aura son una pareja de un contraste inevitable. Él nació en la zona amazónica de Putumayo, de ahí sus rasgos indígenas; ella es negra criada a orilla de río y habla tan alto como si estuviera al otro lado de la orilla; él, en cambio, habla con un susurro que a duras penas se oye. Antes de tener su propio laboratorio para el procesamiento de pasta de coca, aprendió todos los secretos del cultivo en el Bajo Putumayo, en la época en la que los paramilitares dejaban tres y cuatro muertos diarios en las orillas de las carreteras que conducen a El Placer, La Hormiga, Orito y otros caseríos.

Llegó hace veinte años al Pacífico sin nada, huyéndole a la guerra. Si algo sabía hacer bien era raspar hoja de coca, por eso se empleó de raspachín en estas tierras. Desde hace tres años están en el negocio con sus propias plantas, sembradas en tierras baldías; esos serían los cultivos que yo podría conocer con su beneplácito. Como esta familia de campesinos, muchas otras se arriesgan a instalar un laboratorio artesanal, bien sea que compren la hoja de coca suelta o ellos mismos la siembren, pero lo cierto es que el negocio de muchos campesinos no está solo en sembrarla, sino en preparar la pasta ellos mismos.

Ser capturado por el Ejército, que ronda la zona por aire y tierra, es el principal temor. Desde que inició el Plan Colombia cientos raspachines y procesadores de pasta han ido a parar a la cárcel, mientras miles de hectáreas de cultivos lícitos e ilícitos han sido destruidas con fumigaciones aéreas de Glifosato, suspendidas desde el año pasado luego de una larga polémica por su potencial peligro para la salud humana. El riesgo es alto, pero las ganancias también.

Léder es muy callado y se enamoró de Aura hace veinte años en una fiesta de vereda. El resultado de ese amor son cuatro hijos con cuerpo negro y facciones indígenas. Luego de una cena de solo harinas Léder se quedó dormido en su hamaca, pero al día siguiente se veía descansado y animado; madrugó como todos los días a dar de comer a sus gallinas y a mirar los granos de cacao. A eso de las nueve de la mañana comenzaron a llegar hombres preguntando por él, venían a cobrar el pago por haber cosechado la semana anterior. Léder paga a seis mil pesos la arroba de coca cosechada, cada hombre sabe con exactitud cuánto cosechó, pero él confirma sacando un cuaderno pequeño untado de barro y gasolina donde están anotados los seudónimos y el número de arrobas. ‘R’: 16 arrobas, ‘Trompón’: 12, ‘Puerco’: 13, y así con los otros. En total son seis.

Cada dos meses un cultivo arroja cosecha, por eso él tiene tres ‘tajos’, como llama a cada sembradío. Mientras uno es cosechado, los otros se recuperan; así puede preparar la pasta de coca cada dos semanas. Antes estas tierras eran bosques vírgenes, por décadas los colonos negros deforestaron cientos de hectáreas para luego conformar consejos comunitarios afrodescendientes, un proceso de lucha étnica que terminó en la sanción de la Ley 70, y que las Farc quisieron aprovechar buscando bases sociales a través de la protección de la población ante los terratenientes, trayendo consecuencias nefastas para los líderes sociales que fueron asesinados o amenazados por los paramilitares.

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Luego de tres días de convivencia silenciosa Léder aceptó llevarme a su laboratorio. Nos levantamos a las cuatro de la mañana. Aun llovía y caminamos por más de una hora por entre un extenso cultivo de palma hasta llegar a las orillas de un río enorme. Mientras Leder va montado a caballo, el resto de raspachines camina en silencio a paso acelerado por una trocha llena de pantano y pequeños arroyos que, a pesar de estar en medio del bosque, emanan un olor fatal.

Llegamos al cultivo a las siete de la mañana, éramos seis y había un silencio particular entre todos. Cada uno comenzó a enredar entre sus dedos índice y cordal una tira larga de tela, para luego ubicarse sobre un surco de al menos veinte plantas cada uno y comenzar a halar las hojas desde las ramas inferiores hasta el copo de la planta, sosteniéndola entre los pies. Mientras deshojan se oyen murmullos entre los surcos.

La cosecha se va acumulando en una extensa tela de estopa individual, que cada quien va arrastrando por entre el cultivo. La inexperiencia es notoria en mí. Sin protección, los dedos se me ampollan enseguida; a las diez de la mañana he raspado solo seis plantas mientras los demás van terminando su primer surco y se preparan para el segundo, empacando el material en costales. Es un trabajo monótono que insola y pica por los miles de bichos que hay alrededor, es un trabajo en el que cada quien debe encontrar su ritmo. Algunos logran deshojar la planta en menos de tres minutos.

Ninguna planta en Colombia ha sido tan estigmatizada como la de coca. La noción de cultivo ilícito y el eco del comercial que hablaba de la coca como la “mata que mata” se quedaron en la memoria de los raspachines y les imprime un sentimiento de miedo a la hora de ir a cosechar. Tal vez por eso, o quizá por huir del sol, los raspachines son acelerados y dejan ver un afán por salir de los cultivos. Los tajos, como casi todos los de la región, se encuentran camuflados entre el bosque.

Continuará

*Nombres cambiados por solicitud de las fuentes