Los laboratorios de procesamiento de coca son centros de ilegalidad, pero detrás de cada uno de ellos no necesariamente está un gran capo de narcotráfico. Improvisadas “cocinas”, como las llaman, son el medio de subsistencia de miles de campesinos aislados en la selva y enfrentados a la sobrevivencia. He aquí otra cara de la historia.

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Fotografías y texto por: Felipe Chica Jiménez

De vez en cuando el silencio es interrumpido por el sonido de una guadaña. Cuando se llega el medio día todos se hacen bajo una sombra de plátano a comer y a hablar. ‘R’ quiere comprar su moto; ‘Trompón’, que tiene un celular amarrado al brazo, en el que suena siempre una misma canción, quiere irse el viernes al ‘Chongo’, un prostíbulo del que todos hablan. Aura dice que si este año el Ejército no fumiga con glifosato ella y su esposo van terminar de construir su casa en material. En ningún cultivo de palma africana se ven tantos trabajadores como en los cultivos de coca, que pueden incluso emplear diariamente más de veinte personas en una sola hectárea, según los raspachines.

El sonido de la guadaña proviene del laboratorio que está a unos doscientos metros de donde nos resguardamos del sol, camuflado entre un residuo de bosque del que cuelgan lianas gruesas. En la tarde cada trabajador se dirige hacia allá a pesar su cosecha. Los esperan Léder y su libreta.

El laboratorio es un poco más que un cambuche de plástico rodeado de pimpinas de más de quinientos litros de gasolina, que en las noches hay que camuflar entre el monte a fin de que nos las roben otros que andan en el negocio, o que el Ejército no las encuentre, en cuyo caso se les lanza una granada de fragmentación que hace volar en pedazos el precario montaje, con bosque y todo lo que se encuentre alrededor.

Luego del almuerzo los raspachines entramos en el bosque, cada uno va cargando un inmenso costal con hoja de coca. Al llegar está el hijo mayor de Léder, enganchando los costales con un lazo conectado a una báscula que va amarrada a un tronco de madera, luego anota el dato. ‘Trompón’ fue quien más cosechó esta vez, con 74 kilos, todos lo miramos con nuestras caras insoladas mientras él hace un puchero y deja salir una especie de beso al aire.

En el laboratorio los insectos son de otro calibre, la cantidad de relaciones entre plantas y estos animales es tan evidente que hacen parecer el bosque un solo ser viviente. Así se sucedió todo hasta el tercer día, en el que no quedó una sola planta por raspar. Al cuarto día, cuando Leder paga los raspachines, estos regresan a sus casas luego de noches enteras bajo un plástico en medio del monte. Algunos van hacia otros cultivos a seguir raspando, otros bajan a Llorente a gastar su dinero o pagar sus deudas.

Léder, Aura, sus hijos y yo seguimos internados en el laboratorio. Luego se hacen los preparativos para producir la pasta de coca. Aura confecciona un arroz insípido con agua de rio que mezclamos con un atún barato, la comida típica en este trabajo.

Para el día siguiente todo estaba listo en el laboratorio. Trabajan hasta tarde cargando gasolina desde la carretera hasta el sitio; Léder regó toda la hoja sobre el suelo del cambuche. Una montaña de hoja de coca resguardada de la lluvia en la que los niños juegan a ser angelitos y sumergirse en ella. Se enciende la filosa guadaña y Léder comienza a rozar la cosecha hasta volverla un picadillo sumamente fino, que luego mezcla con otro montículo previamente triturado. Después toma enormes manotadas de cal, las cuales vierte entre las hojas; todos ayudan en las tareas: el hijo mayor es quien asume los movimientos pesados, mientras Aura y los niños más pequeños ayudan a su padre a mezclar la cal.

Luego de un rato se traslada el picadillo al interior de un recipiente negro y roñoso de dos mil litros, al que él, con sumo cuidado, añadió doscientos cuarenta litros de gasolina pura. El olor y la sensación de peligro contrastan con la mirada curiosa de los niños que permanecen a menos de un metro de distancia.

13El enorme recipiente tiene un orificio en el fondo, sellado con un trozo de madera, y yace sobre una lata metálica que hace las veces de canal de conducción hacia otro recipiente menos grande. Luego de media hora el madero es quitado y un hermoso líquido verde esmeralda sale disparado, pero ahí está el hijo mayor esperando para recogerlo cuidadosamente en envases que posteriormente se sellan. “Ahí ya va la mercancía”, dice Léder.

Los doscientos cuarenta litros de gasolina con extracto de coca se recogen en su totalidad y se revuelven con una solución de ácido sulfúrico y agua, hasta que se obtiene un líquido amarilloso. Ahora la mercancía está disuelta en agua y se ha separado de la gasolina; si se hiciera un corte transversal de cada envase, se vería un fondo verde oscuro, seguido por una capa blanca de agua a la que le sucede otra de gasolina verdosa. Algo así como un postre de capas.

El primer recubrimiento de gasolina se extrae, lo mismo que la mercancía líquida que no supera los setenta litros y se deja reposando con soda cáustica. La ´capa de gasolina sucia’, como la llama Aura, se bota al río. Al cabo de unos minutos la mercancía está casi lista. Sobre la superficie del claro líquido se forma una goma que se recoge y se pone en una olla. Afuera los niños juegan y un helicóptero ronda el lugar, de modo que el mismo Léder sale a revisar. Se ve un Sikorsky Arpía, un modelo producido por judíos, gringos y colombianos, de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas Colombianas, que siempre ronda la zona en busca de cocinas y laboratorios de coca.

Pero Leder y su familia no dan importancia al aparato y vuelven al espeso líquido para filtrarlo en otro recipiente, usando una fina muselina sobre la cual queda una masa blanca parecida al maíz molido, pero con olor a caramelo quemado. El final del proceso parece estar cerca.

La masa se pone luego en una olla a fuego de leña y se calienta arrojando un líquido negro e  insano que se tira dejando una crema viscosa que de lejos parece panela. Al enfriarse sobre un recipiente plástico queda una pasta color habano, esa es la mercancía. La cara de Léder resplandece de alegría pese al agotamiento. Una hectárea sembrada en coca, noventa arrobas de cosecha, mil ciento veinte kilos de hoja, doscientos litros de gasolina y al final dos kilos y medio de mercancía. Pasta de coca que se venderá en máximo cinco millones de pesos, según el precio del dólar o la oferta local, porque los precios varían.

14Es el rendimiento promedio de una cosecha con esta variedad Chipará, que es la de moda. Otras han desaparecido por completo, como la Tingo, una planta peruana que daba mayor rendimiento. Léder las conoce todas y por sus manos han pasado hojas claras, oscuras, delgadas, gruesas, amargas, grandes y pequeñas. Todas. Este hombre conoce tantas variedades de coca que podría escribir un manual sobre cómo cultivar cada una. Algunas de ellas producen una mercancía más blanca y de mayor la calidad que pagan mejor, pero su semilla no es fácil de conseguir. En la olla donde se calentó la pasta queda una goma ocre, es la base sucia de coca o basuco, según sus iniciales. “Imagínese cuánto valdría esta olla en el centro de Bogotá”, dice Aura y se ríe.

 

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laboratorio30La mercancía está lista y pronto será llevada donde los empleados del narco, que llevan la pasta hasta la cocina de cristalización, donde luego de un complejo proceso sale cristal de coca con más del noventa por ciento de pureza. Cerca al cultivo donde estamos baja un pequeño arroyo con un olor pestilente y de color blanco, indicio de que hay una cocina cerca; trae en sus aguas cientos de litros de gasolina, ácidos y otros químicos usados en la cristalización, porque al igual que en el laboratorio de Léder, los desechos del proceso se tiran en el  río o sus orillas, donde destilan lentamente; no pueden ser dejados en el monte porque pudren el suelo y desecan la vegetación, dejando al descubierto las instalaciones.

Léder no tiene vicio alguno. No toma cerveza y le molesta que su esposa fume cigarrillos. Para él la pasta de coca es solo un producto que se vende mejor que la yuca, el plátano o el cacao. De dos kilos y medio que venderá, la cristalizadora sacará al menos dos mil gramos de cocaína. Cuando se tiene suficiente alcaloide empacado, sale desde la cocina un pelotón de hombres armados que llegan hasta la carretera Pasto-Tumaco o hacia el río, custodiando la carga. Ambos son corredores directos al mar, donde clandestinamente se transporta en lanchas, barcos y submarinos artesanales que salen desde Tumaco hacia Guayaquil o Buenaventura, donde luego se embarca hacia Japón o, en el peor de los casos, México, Panamá y Estados Unidos.

Cada ruta tiene sus propios eslabones. “Los narcos más organizados cuentan con grandes empresas de productos legales de exportación en los que camuflan su mercancía”, dice Aura, quien a estas alturas ya no quiere que su esposo siga en el negocio. Sabe que pocas veces se termina bien. Además ha sido testigo de la guerra de pequeños narcos, que ha hecho de Tumaco el municipio más violenta del pacífico colombiano, después de Buenaventura.

El callado jefe de la casa no parece tener mucha idea de qué pasa después de que se vende su mercancía, tal vez porque al venderla sus hijos lo aturden con exigencias que incluyen pollo asado y tractores de juguete. Cuando salimos del laboratorio rumbo hacia la casa, cruzamos por entre un sendero que podría ser un paraíso de biólogos; llegamos a una trocha por donde pasó un tractor que arrastraba un remolque con doce pimpinas de cien litros de gasolina cada una. Cuando pararon para acercarnos a la carretera uno de los hombres se bajó y le preguntó a Aura por mí, pues nunca me habían visto por esos caminos; luego nos dejan subir al remolque.

Un grupo de raspachines que parecen venir de lejos cuentan chistes sentados sobre una bomba en potencia. Léder, el hombre de pocas palabras, me presentó como su amigo, pero aun así los hombres nunca dejaron de mirarme con desconfianza. En sus ojos está el miedo propio del negocio, o tal vez cumplen la responsabilidad de cuidar algo muy grande. “Desde que las Farc dejaron de operar en la zona, como lo hacían antes, esto se llenó de mafiosos”, dice Aura con disimulo. Mientras me sostengo al remolque pienso en la cantidad de dinero que mueven estas trochas. Sin duda la parte más peligrosa del negocio es el transporte. Mientras un kilo de pasta de coca de las que produce esta familia puede costar hasta tres millones de pesos acá, en el centro de Bogotá, donde se convierte en basuco, puede costar unos veinte millones, que a su vez se triplican a cuenta de los más de ocho mil habitantes de calle, según cifras oficiales, que moneda a moneda hacen rentable el asunto.

18Aunque el verdadero negocio está afuera, un kilo de cocaína en el poblado cercano se puede comprar en veinte millones de pesos, según algunos raspachines, mientras que según la revista ‘El Economista’, en Estados Unidos puede alcanzar los 30 mil dólares. Desde que entraron en el negocio Aura y Léder han tenido pocos problemas porque a su propio decir son personas ‘legales’.

Algunos productores de pasta ligan la mercancía con sal a fin de tener mayor gramaje, pero siempre son descubiertos con el tiempo y pocas veces sobreviven a ello. Lo mismo hacen los grandes compradores, cortan la cocaína con otras sustancias blancas que incluyen medicinas vencidas y laxantes, hasta que llega a los vendedores de barrio que también hacen lo mismo porque todos quieren ganar. Al final los consumidores y el medio ambiente son los que pierden.

Algo me queda claro al terminar esta crónica: Léder y los demás raspachines conocen solo una pequeña parte del negocio –la que les corresponde–, tienen en mente sus más básicos deseos como cualquier persona escasa en formación que se gana el día a día.

De los pocos millones que la familia obtuvo por la venta de su mercancía deben reservar el dinero para la compra de la gasolina de una nueva cosecha, que incluye impuestos a la policía, porque no es posible transportar doscientos litros de este líquido sin ser visto por ellos, también el pago de los próximos raspachines, el transporte de los insumos a lomo de caballo hasta el laboratorio y, con el resto, vivir. Al fin de cuentas son solo un pequeño y débil eslabón de una inmensa cadena que sigue marcando la historia colombiana.  

*Nombres cambiados por solicitud de las fuentes

Ver primera parte aquí