Este fragmento es parte de Óxido en la piel, un trabajo que incluye tres crónicas sobre violencia sexual asociada a conflicto armado colombiano. La autora es comunicadora social y periodista de la Universidad del Valle.

 

Por / Angélica María Bohórquez Borda*

La primera vez que veo a Amparo, no la veo de verdad. Es el último mes de 2017. El encuentro es fugaz y nervioso en un centro comercial al sur de Cali. Ella tiene una historia de violencia sexual asociada al conflicto armado y yo intento explicarle de qué va este trabajo.

Es maternal sin exagerarlo, espontánea y se interesa por lo que quiero hacer, sin exagerarlo. Poco tiempo después, quizá un mes, iré a su casa a realizar la primera entrevista.

Es la misma casa de Ciudad Córdoba donde se paseaban las otras cinco parejas de David, su esposo. Rejas negras y antejardín con una mecedora solitaria de mimbre, donde sé que en cuestión de tiempo alguien se sentará a ver la tarde. Son más de las 2, sábado. Me cuesta determinar si Amparo es alta o no, pero es grande, por sus caderas. A pesar de esconder los 61 años que tiene, sus brazos son los de una abuela: cuelgan pálidos y suaves en torno a su cuerpo. Lleva una blusa de tiras color verde militar, jean, sandalias, el cabello rubio con raíces oscuras y canas recogido. Un mechón por fuera le da cierta belleza súbita e infantil. Algo de lápiz blanco en los párpados, los labios secos, cuarteados, la piel dorada de apariencia sana.

Ese día hay alboroto en su casa. Me recibe una niña impaciente que resultará ser la hija de una de las mujeres que hacen parte de la fundación de Amparo, Funamujer, “El Amparo para la mujer maltratada”. Se encuentran trabajando en unos documentos para solicitud de vivienda al gobierno. Hay papeles y papeles con nombres, datos, vacíos. Amparo los aparta de su cama para hacerme lugar. Me pide que siga y me ponga cómoda, con su manera valluna de abrir las vocales y entonar la amabilidad en visos agudos.

Entro en su habitación, donde podemos hablar un poco más tranquilas, pero disminuidas por el calor encerrado. Empiezo a sudar de golpe. Observo. Ahora pienso que ese lugar y cada objeto compactan su ternura y su tragedia: no hay ventana; una humedad ataca la pared al lado de la cama, impidiéndonos apoyar la espalda; la luz hace palidecer los colores, les da un tono clínico, impersonal: la cortina roja que cubre los compartimientos de una repisa secreta tras el televisor, el tendido naranja, las bolsas plásticas llenas de ropa en el suelo, las rosas secas en el jarrón sobre el armario de madera rojiza que tiene escrito con marcador azul permanente “Amparo Arias. Personal autorizado”.

Más acostumbradas a la temperatura, fijas en la cama, me entrega el cuaderno guardado como una muñeca rusa, en una boina negra, dentro de una bolsa de tela, colgada tras la puerta de la habitación. Hace poco, en la última entrevista, me contó que lo había perdido. Ahora me cuesta creerlo porque recuerdo la importancia que tuvo en ese momento.

—Entonces esto es lo que te quiero mostrar… Mira, te voy a confiar cosas. Tú eres muy jovencita, pero ahí hay cosas muy dolorosas que escribí. Te estoy confiando algo mío, de mi vida.

El cuaderno es una herramienta narrativa y un grito ahogado. Le permite recordar con cierto orden y estructura. Le permitió escribir lo que su mente convirtió en desvelos. Está hecho de recortes de revista de farándula, como un collage de primaria. Aparecen modelos y cantantes en situaciones que Amparo asoció con lo que ocurrió en La Variante en 2016. Reconozco a Britney Spears en fachas. También estaban adheridas débilmente las hojas con los resultados de los exámenes de infecciones de transmisión sexual y VIH.

No pude descifrar las frases al pie de las imágenes, escritas a mano. Las letras se me escaparon todas. Es un objeto cosido, morado, difícil de sostener. Estuve observando la carátula marcada con “Amparo”, en tinta verde sobre cartulina blanca, como quien tiene que respirar antes de sumergirse en agua fría, hasta que ella me pidió que lo abriera.

 

***

 

Amparo denunció la violación ante la Fiscalía el mismo año, pero no ha habido avances en la investigación y ya dejó de esperarlos. También declaró para que el caso fuera incluido en el Registro Único de Víctimas (RUV) que es el sistema en el que deben inscribirse las víctimas del conflicto armado para acceder a medidas de asistencia y reparación. Amparo es una de las 28.559 personas que sufrieron delitos contra la libertad y la integridad sexual en la guerra.

Hay cifras que hablan de menos víctimas y de muchas más. Con corte a 2018, el Observatorio de Conflicto y Memoria del Centro Nacional de Memoria Histórica indica que 15.738 personas sufrieron violencia sexual en el conflicto, mientras uno de los estudios cuantitativos más citados sobre el tema, la Primera encuesta de prevalencia de la violencia sexual en contra de las mujeres en el contexto del conflicto armado colombiano (2001-2009) se refiere a 94.565 víctimas solo de violación.

El acceso carnal violento no es la única modalidad de violencia sexual. La encuesta también preguntó por la prostitución, el embarazo, el aborto y la esterilización forzados. Las cifras, desarticuladas como están –quizá por lo que implican las diferentes formas de categorizarlas–, hablan de distintos grados de fatalidad pero ilustran la conclusión que la Corte Constitucional sacó en 2008 por medio de resolución judicial Auto 092: que la violencia sexual contra las mujeres es una práctica “habitual, extendida, sistemática e invisible en el contexto del conflicto armado colombiano”.

Invisible, que no se puede ver aunque implique algo de esta magnitud: en el conflicto han sido violadas tantas mujeres como habitantes hay en la capital del departamento de Arauca. Casi cien mil. Y cien mil mujeres son eso, metiéndolas en una ciudad, en un estadio, en varios salones. El periodismo y sus intentos de mostrar, de visibilizar lo desproporcionado.

 

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Amparo. Ilustración / Daniela Rengifo Plata

Dos hombres descienden del carro. Uno la toma, con más ventaja que violencia, y la sube. Es afro, macizo, joven. El otro, mestizo, de cabello crespo, se dispone a conducir como en un día normal. Le apuntan con un arma, le quitan el aire. Lo único que puede hacer para protegerse es abrazar su cartera. La maleta queda en el piso.

No logra calcular cuánto tiempo andan ni en qué dirección. Aparcan en campo abierto. La oscuridad es profunda, se traga el tiempo, como en un pensamiento de antes de dormir. La bajan de un tirón y le empiezan a desgarrar la blusa. Lo único que puede hacer para protegerse es mirar el cielo. Hay luna llena esa noche y desde entonces.

 

No hay ciclo, no hay cambios, no hay lunas.

—Yo pensaba que ese tipo me iba a matar, cuando me puso el revólver, que me dejara, que me dejara. Y le decía al otro «hacele, hacele, hacele». Y el señor como que no quería.

Le tiran las sandalias para zafarle el pantalón.

—Uno era más atrevido y el otro casi no. Le decía «¡hacele!».

El de cabello crespo le sostiene los brazos y el otro está encima.

—Le decía «¡hacele!». El otro muchacho no quería. Pero él me sostenía, le decía «cogela», porque yo lo arañaba y lo mordía, «¡cogela!» y ahí fue cuando me pegó, porque yo de pronto entre mis cosas le menté la madre.

Le parten un diente.

—Yo le decía cosas también…

—¿Y después?

La violan los dos. Se cambian de lugar.

Recuerda más que nada la luna, un ojo blanquecino y ciego en medio del campo. Y el sonido del agua que corría cerca atormentándola con la idea de que, si se trataba de un río, allí la iban a tirar. Y su cuerpo desaparecería como miles en este país fluvial.

Mientras se organizan la ropa, ella se sienta y aguarda que algún final ocurra, pero se alejan en el carro sin voltear a verla.

Duda levantarse por miedo a estar herida, porque en algún punto dejó de sentir el tacto de los hombres. Ve su cuerpo inhabitado. Sólo se levanta cuando vuelve a reconocerse en él.

 

***

 

Un amigo me enseñó hace poco una técnica de resucitación: presionar con fuerza la parte baja de las uñas u otra zona sensible; si hay respuesta al estímulo doloroso, hay vida.

—Las partes de atrás eran las que más me dolían, las nalgas, porque se me clavaron las piedras del suelo. Y me estregué las nalgas durísimo. Creo que hasta sangré, yo no sé si sangré o no, pero me estregaba duro con la arena.

El agua corría por una cuneta. Amparo se lavó allí y se estregó con más arena para quitarse el olor ácido que los hombres le habían impregnado.

Otra mujer con quien hablaré más adelante me dirá que lo más despreciable, lo más difícil, es el olor de los verdugos, indeleble. La memoria es olfativa.

 

***

 

—Busqué la ropa, así, así.

Toca la cama con las dos manos a lado y lado del cuerpo recostado, bajo la luz timorata y límpida de su cuarto.

—Lo que veía, lo que yo sabía que por ahí había quedado y lo encontré. Encontré la cartera, toqué así, si de pronto se habían salido cosas, toqué, toqué.

Me alcanza con los dedos como si yo fuera el suelo donde yacía.

—Me senté un rato, así, así. Lloré, lloré.

Se tapa los ojos con las manos, se estremece.

—Le pedí a Dios… Después yo recogí. No. No recogí ni el brasier, lo único que recogí fue la blusa, me la puse, la ropa interior tampoco porque no sé dónde la tiraron, ni la encontré. Me puse fue el pantalón, me vine sin ropa interior, sin brasier, con la blusa, la cartera, sin zapatos.

Descalza, siguió el camino de la cuneta y esperó al borde de la carretera que la voz le volviera al cuerpo para pedir ayuda. Era posible volver a encontrarse con los dos hombres, era macabro, pero le sorprendió pensar que no era lo peor. Volver a ser víctima de una violación era un pensamiento leve.

Detuvo un carro cualquiera. Dio con un hombre que se dirigía a Pasto. Él quiso saber qué le había pasado, por qué le sangraba la boca.

—¿Peleó con el esposo?

—No, lo que pasa es que unos señores me subieron al carro…

—La atracaron…

—Sí, sí.

—Súbase, súbase.

Después de hablar un rato, a Amparo la fulminó el sueño. Dormir es un acto de fe.

Al llegar a Pasto la madrugada del 20 de julio, día de la Independencia de Colombia, el hombre la despertó para decirle que iban directo a la terminal.

—¿Qué va comer? —le preguntó al bajarse con ella.

—Un cafecito, para irme a bañar, ¿aquí hay baño para los viajeros?

Sólo podía pensar en asearse. Se puso la misma ropa, compró el pasaje con el dinero intacto en su cartera y subió al bus. Al lado se sentó una mujer joven que como los demás pasajeros reparó en que estaba descalza, a medio vestir y con la boca hinchada. En las catorce horas de viaje la mujer insistió en preguntarle qué le había pasado, le compró comida en dos paradas, desayuno y almuerzo, y le regaló un saco.

Amparo recuerda haber respondido con monosílabos, de cara a la ventana. Estaba exhausta.

—Yo no quería contarle a nadie nada, ni tampoco que me interrogara nadie. Yo trataba de que en el bus nadie me hablara.

Al llegar a Cali no fue directo a la casa de Ciudad Córdoba, sino donde una amiga. Aún descalza.

* angelica.bohorquez@correounivalle.edu.co