Pocas cosas cambian menos que las condiciones de los poblados colombianos. Nuestra geografía, ya se ha dicho, está construida como un costal mal tejido de poblados con nombres de masacres. Entre diciembre de 2006 y enero de 2007 el autor hizo un viaje a través del Nudo de Paramillo (ubicado entre Antioquia y Córdoba), centro neurálgico para los actores legales e ilegales del conflicto. Esta, una crónica desprevenida que hoy deseamos dar a conocer.

Al día siguiente, sábado, en un jeep de la parroquia bajamos hasta el río Ituango y después de casi dos horas de una travesía por un carreteable incipiente llegamos a una ‘bodega’ de la Quebrada del Medio.

Por Andrés Calle Noreña

Llegar a Ituango es una osadía, la carretera hasta San José ya está pavimentada, como si fuera un signo de las postrimerías y de ahí en adelante está igual a hace unos 30 años, con la excepción de un arreglo y un cambio de la vía, con un puente mucho más arriba, en la quebrada de Matanzas, donde se encuentra el desvío para Toledo. Salimos de Medellín como a las 10 de la mañana del día 21 de diciembre y llegamos pasadas las seis de la tarde. El bus también era de último modelo… de hace unos 25 años. Era un motivo de preocupación ver unas mujeres jóvenes, cargadas con niños, sentadas en el suelo, porque no alcanzaron puesto; pero después de tres horas o ellas conseguían un puesto o nos vencía el sueño o ya se convertían en parte del decorado.
Al día siguiente, sábado, en un jeep de la parroquia bajamos hasta el río Ituango y después de casi dos horas de una travesía por un carreteable incipiente llegamos a una ‘bodega’ de la Quebrada del Medio. En adelante dependeríamos de los nobles cuadrúpedos. Cuando celebramos la Eucaristía, como a las 4 de la tarde, partimos para Santa Lucía, también como a una hora y media o dos horas, bordeando una quebrada. Era ya casi la noche, hacía frío y neblina y nos preparamos para descansar. Había unas bombillas alimentadas por una planta solar, una buena acogida y un ambiente político más bien tenso.

Allí nos alojamos en una casa cural, protegidos y cómodos; pero desde ese momento comenzamos a conseguir las claves del código para movernos en la zona. Desde allí en adelante nos internaríamos en un cañón impenetrable para la fuerza pública, con dos extremos únicos, que sirven de entrada y de salida, dependiendo del sentido en que se realice la travesía, o de bajada o de subida.

En el sitio en que nos encontrábamos estábamos seguramente siendo custodiados; nos quedaba explícito que entre los pobladores aparecerían sin identificarse agentes de la subversión.

En el sitio en que nos encontrábamos estábamos seguramente siendo custodiados; nos quedaba explícito que entre los pobladores aparecerían sin identificarse agentes de la subversión. Todo estaba previsto para que fuéramos conducidos por personas reconocidas en las Acciones comunales. Por lo tanto no estaríamos en condiciones de determinar las rutas, los destinos. A los accidentes geográficos se les sumaban entonces nuevos condicionantes sociales y políticos ineludibles.El Padre de Santa Lucía, con mucho carácter, nos contaba cómo había tenido que enfrentarse verbalmente con los guerrilleros, para notificarles que ellos no tenían por qué intervenir en la planeación de los horarios de las misas, de las fiestas y de las actividades de la Parroquia; que así como él los acataba, ellos tendrían que respetar su trabajo.

Madrugamos y estábamos listos para el ascenso a las cinco de la mañana. La primera hora caminábamos en la oscuridad por una senda que más parecía una acequia, entre charcos y pantanos. Cruzamos varias veces la quebrada. Vimos una casa grande abandonada y las fincas reconquistadas por las malezas. Comenzaba a amanecer, con resplandores de oro y rosicler, cuando pasábamos por las partidas para el Cañón de San Agustín.

Ya en el Alto de Monos, a las 8 de la mañana, descansamos para desayunar y despedimos al compañero que nos había acompañado desde Santa Lucía, porque él conocía este tramo del viaje, que es más corto, por esta vía, pero peligroso y arisco; porque hay otro mejor trazado y menos pendiente, por Santa Ana, que se llama ‘el camino de las arañas’, pero es mucho más largo.

Un compañero avezado es imprescindible para tomar la ruta más conveniente, para no perderse, para identificar por dónde se pueden vadear los pasos, para improvisar una salida en el caso de un atasco o de que se vuelva insuperable un accidente geográfico.

Después vinieron los tragadales inverosímiles y tuvimos que dejar a las mulas que marcharan solas, por saltanejas ascendentes y descendentes, por surcos estrechos entre la montaña, por un tramo largo casi siempre a gran altura, tal vez mayor de 2500 metros sobre el nivel del mar. Esto se podía constatar por el frío y la vista de altas montañas en derredor y por la vegetación impresionante de altísimos robles, encenillos, laureles y chuscales tupidos; un ambiente de intensa humedad. Ni nos imaginábamos que este lugar era un laboratorio de la vida y del agua, que rezumaba por todas las grietas y recodos.

Más adelante iniciamos un descenso sin retorno, por un suelo de cascajos duros y sueltos, por entre precipicios y con cañadas que les exigían grandes saltos a las cabalgaduras; con troncos atravesados que era preciso superar y llegamos hasta extremos donde el camino desaparecía…

Más adelante iniciamos un descenso sin retorno, por un suelo de cascajos duros y sueltos, por entre precipicios y con cañadas que les exigían grandes saltos a las cabalgaduras; con troncos atravesados que era preciso superar y llegamos hasta extremos donde el camino desaparecía y entonces era necesario improvisar un atajo, entre los matorrales, en la pendiente, como en caída libre y a ojos cerrados.

Alcanzamos a ver potreros abiertos y una casa de bahareque como a las once de la mañana y, allí, una mujer íngrima y sus críos, nos recibieron con especialidad y repusimos el ánimo. Una hora más abajo nos esperaban con un sabroso almuerzo en una casita cuidada, limpia y con los únicos jardines que veríamos en muchos días. Entramos triunfales, casi a las 2 o 2 y 30 de la tarde al caserío de San Pablo. Bueno, es un decir, eran en realidad dos casas, un puesto de salud recién acabado y la escuela, junto con una pieza del maestro. Allí estaríamos tres noches y dormiríamos sólo dos, porque la primera fue la fiesta del 24.

Las dos fiestas, una en San Pablo, en Navidad y la de fin de año, en La Flecha, tenían un ambiente similar; tal vez en la segunda la música era más variada y costeña. La de la primera era muy campesina y allí tuvieron un conjunto de cuerdas y cantantes. Como los participantes vienen desde tan lejos, se preparan para pasar toda la noche en el lugar, para comer y sobre todo beber con profusión allí; preparan sus fiambres y algunos cocinan con anticipación productos para vender, también traen cervezas y maltas en latas desde los distantes pueblos; después al otro día el problema es cómo deshacerse de tanta basura.

Tampoco hay baños para tal aglomeración inusual. Además, deben disponer de un corral, de pasto y agua para las bestias. Las familias se desplazan completas, esto implica que los niños de brazos trasnochan y sufren la juerga y encoran sus llantos como un divertimento, mientras descansan los músicos o se desgastan las pilas de las grabadoras. Todos se van de claro en claro, porque ni duermen ni dejan dormir. En San Pablo encontramos unas parejitas de niños, entre los cinco y los diez años, que danzan sin descanso, con maestría, con buen oído, acompasados. Uno se imagina cómo se podría formar y promover la apreciación y la interpretación musical entre los danzantes del ballet de liliputienses.
El 26 vinieron a buscarnos, y tuvimos una travesía más descansada, de apenas dos horas y media. Primero recorrimos varias cañadas con quebradas deliciosas, un clima más temperado. Pasamos de largo por Cacahual y por unas verdaderas cornisas, cortadas en la peña y que se proyectaban, en un precipicio, hacia un río hondo y revuelto. Para terminar nos sumergimos en unos pantanales amarillos, unas verdaderas lagunas y llegamos a una cancha muy húmeda que era el recibo de entrada de La Canturrona.

Descansamos tres noches muy completas y tuvimos unos aguaceros como de realismo mágico. Estábamos en una escuelita nueva de madera y ventanitas de macana y bien dispuesta, junto al cerro de Mutatá, con mucha niebla y en un sitio encerrado en montañas y más solos que verdaderos ermitaños.

Allí había un rancho recién caído y sus ocupantes se habían trasladado a un rincón de la escuela. El centro educativo se encuentra en muy mal estado, su mobiliario descuidado y todo parece como para reconstruir. Hasta allí llevábamos unas dos horas y media.

El 29 salimos antes de la una de la tarde. Iniciamos con unos ascensos duros, para luego tener un declive largo y cada vez menos pronunciado. Seguimos de largo por El Mandarino. Continuamos por El Maritú, entre almendros, ceibas y palmares; y paramos a celebrar la Eucaristía en La Esmeralda.

Allí había un rancho recién caído y sus ocupantes se habían trasladado a un rincón de la escuela. El centro educativo se encuentra en muy mal estado, su mobiliario descuidado y todo parece como para reconstruir. Hasta allí llevábamos unas dos horas y media.

Salimos por unos senderos más planos, bordeando un río ya muy caudaloso, y comenzamos a ver fincas más abiertas, casas grandes, aunque descuidadas, los primeros cocales y algún ganado cebú. Seguimos a La Arena y por unos potreros abiertos y charcos, cuando ya oscurecía, como dos horas más tarde, casi a las 6 de la tarde, alcanzamos la famosa Flecha.
¡Oh novedad!, nos esperaba un local de tienda y cantina, la primera en todos estos días. Porque hubo antes, en San Pablo, un remedo de cantina y trapiche, pero era sobre todo una casa de habitación más. Es interesante que en todo este cañón no se haya implantado el modelo eterno del paisa negociante, intermediario y cambalachero, que se lucra al hacerles llegar a las manos de los más pobres, de los insignificantes, lo necesario y lo innecesario, y sobre todo es más raro por la familiaridad que tienen con la economía ficticia de la coca.

Había también allí una planta de energía, bombillas eléctricas y un televisor a todo volumen, proyectando películas de acción, en inglés. Los teleespectadores nos recibieron como ven pasar a otros artistas de la pantalla, sin pararnos bolas. Todo hay que decirlo, la regenta del negocio parecía un personaje de los grandes novelistas de la picaresca española.

Tenían una caseta comunal, dos cuartos organizados y con colchonetas nuevas. Pero el agua era escasa y los servicios casi inservibles y la escuela, que también sirvió de cocina, estaba mal tenida y desordenada. Toda la escenografía estaba completa con otra casa, algo más alta y una cocina. Pero ésta no era la cocina que conocemos sino un verdadero laboratorio de pasta de coca, por demás totalmente improvisado.

El 30, en la tarde, visitamos una comunidad, al frente, en la margen oriental del Río Sucio, después de pasar un buen puente de madera con el objetivo de bendecir un camposanto plantado en una loma, con una vista envidiable, casi se veía desde allí la eternidad. El ascenso por entre una quebrada era muy empinado, duró aproximadamente una hora y media. Fuimos a pie y pudimos disfrutar de la contemplación de los árboles y cultivos. Regresamos ya casi al caer la noche.
Del 31 al primero, después de la Misa de Gallo, prácticamente esperamos la partida sin dormir. Estábamos listos antes de las 6 A. M. , pero el ambiente de la fiesta no era el más propicio para preparar el viaje. Al fin salimos a las 7 y 40 minutos.

Primero pasamos por fincas, con un camino más llano, aunque ondulado, con cuestas muy embarradas y difíciles. Cruzamos la quebrada de Sabaletas, que marca la frontera entre Antioquia y Córdoba. Descansamos un momento en Santa Rosa, y seguimos hasta Agualinda; allí paramos un rato a las 12 M.

Ya empezamos a cruzar el río en varios sentidos y recorrer extensos playones. Nos detuvimos a tomar un almuerzo de carne de cerdo, buñuelos y malta, hacia la 1 de la tarde. Nos faltaban unas charcas de pantanos densos, como propios para amasar tinajas, y una cuesta muy exigente y peligrosa, con saltanejas como trampas mortales.

Nos amenizaba la vista del hermoso San Jorge y por fin encontramos, como pasadas las 4 P. M., el caserío de Juan José. La noche fue muy plácida, en una casa cural como Dios manda. Afortunadamente no pudimos partir el día primero, sino el 2. Nos separaban unas cuatro horas de carretera hasta Montelíbano y luego a eso de las 5 de la tarde entramos en Santa Rosa de Osos. Volvimos a tomar un autobús a las 7 PM y entramos en Medellín como a las 9. Habíamos cumplido nuestro cometido.