Del infierno pasó al cielo. Justo después de esas frases, los guerrilleros le dijeron que a Eduardo, el jefe al mando, lo habían asesinado y que ellos no podían hacer nada, pero que era mejor que me fuera de Quinchía pues allí corría mucho peligro.

Cortesía de Las 2 orillas.

Cortesía de Las 2 orillas.

Por María Fernanda Marín Salazar

Al pie de la puerta, ella esperaba ansiosa; esperaba el encuentro. Mostraba alegría y resignación pues el tema no le traía buenos recuerdos. Tan solo bombardeos y palabras amenazantes retumbaban en su cabeza. Con su mirada me invitaba a seguir a su casa.

Al ingresar en su hogar, recorrimos un pasillo largo. Estaba sobrecargado de imágenes de su familia. Rostros felices y momentos inolvidables habían quedado capturados en aquellas imágenes. Nos sentamos en la sala pintada con colores pasteles que evocaban sentimientos encontrados. Milena frotaba sus manos sobre las rodillas con cierto nerviosismo. Sus manos no dejaban de sudar; gotas diminutas pero visibles caían lentamente en su jean desgastado. Sus pupilas dilatadas, la voz temblorosa y su piel casi tan blanca como la leche. La mirada reflejaba el impacto y el dolor que solo experimentan los que recrean la misma muerte.

Una mañana de agosto en 1988, Milena, de catorce años, tez morena, ojos rasgados y nariz achatada, recogía café con su padre en una vereda continua a la suya. Desarrollaba una vida tan tranquila que hasta se podían oír los pájaros al amanecer, sentir el fresco viento de agosto y oler la maravillosa y extraordinaria naturaleza. Allí, en la vereda Guayabal, situada a 45 minutos de Quinchía, al regresar con su padre de las labores del campo, oyó el sonido ensordecedor de unas botas de goma que se acercaban a su casa.

***

EPL1Su padre abrió con  temor, pues los rumores corrían con la velocidad del viento. Se decía que el EPL (Ejército Popular de Liberación) estaba reclutando menores de edad; y así fue, alguno de sus tres hijos correrían esa suerte y estaba a pocos minutos de saberlo.

Carlos, el padre de Milena, habló con los uniformados. Ellos le dejaron claro que debían llevarse a uno de sus hijos. Carlos comentó que tenía dos niñas y un niño; una de ellas estaba embarazada y por órdenes del EPL se llevaron a una de las niñas. Se llevaron a Milena.

– Ese momento fue horrible. Es como si a usted le estuvieran anunciando su propia muerte. Es como ir por una calle sin salida, porque yo sabía que si me iba con ellos no regresaría jamás. Imagínese usted, yo una niña de catorce años, que hasta el momento no me había pasado nada malo. Había tenido una vida muy tranquila en el campo y hasta hoy vivo con los peores recuerdos de una guerra que no tiene fin, dice Milena agachando su cabeza y tomando un sorbo de agua. Su mirada se encontraba perdida y melancólica.

Milena miró con cierto desprecio a los uniformados, pero tuvo que guardar silencio pues no había otra opción. Mientras se despedía, su madre lloraba a gritos y su padre prefirió retirarse de allí, pues hablar con ellos no solucionaría nada.

***

Tres días duró la larga caminata por las veredas de Quinchía reclutando a más menores de edad. De allí partieron a San Antonio del Chamí y continuaron en jeep hasta Irra.

Caminaron varias horas por las montañas hasta una vieja casona. En todo el camino los reclutados fueron amenazados por sus dirigentes.

– Recuerdo muy bien cada amenaza. Lo último que quería perder era mi vida y nos decían que teníamos dos opciones: la cárcel o la muerte.

-¿Por qué la cárcel?-, pregunté sin entender.

-Porque si el ejército nos veía en el EPL, ellos iban a pensar que yo era parte de ellos, y la verdad de todo -hizo una breve pausa para tomar una bocanada de  aire- es que me llevaron a la fuerza, sin mi consentimiento. La muerte era si nos daba por escaparnos, o si perdíamos un fusil, una frase que jamás se me va a olvidar y que siempre va a mantener en mi mente: “si pierde el fusil, pierde su vida”.

***

En la casa abandonada se encontraban guerrilleros y algunos secuestrados atados con esposas y cadenas. Un gran hacinamiento y olor de días sin bañar se acumulaba en el pesado ambiente.

-Leyeron un libro con las reglas que se debían seguir. No sé cómo explicarle –titubeaba sus voz mientras me hablaba- es como la constitución de ellos. Yo no le presté atención pues casi todas esas reglas eran que sino haces esto… te matamos, y al final no había más muerte que estar allá. Tan solo me acuerdo de  una frase que decía, “somos comunistas, marxistas, leninistas”.

-¿Usted entendía lo que ellos decían?

-No, ni la más mínima palabra, solo en mi cabeza sonaba la palabra muerte. Milena terminó esa frase con cierto desaire en su voz.

Por esos días, las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y el EPL establecieron negociaciones para dejar atrás tantos enfrentamientos. Milena prestaba guardia ese día desde las cinco de la tarde y a duras penas ella sabía coger un arma. Pero todo fue una trampa, las FARC secuestraron a tres cabecillas del EPL y ellos tuvieron que contar dónde se encontraban sus campamentos.

– Mientras yo con mucho susto revisaba que no pasara nada malo, vi un grupo muy grande, pero no sabía si era el Ejército o las FARC. Yo quería apretar ese maldito gatillo, pero no me salioooooooooooó -dice en tono desesperado. Me daba mucho miedo y me dejé coger ventaja; habían dos hombres tras de mi apuntándome, pensé que el corazón se me iba a salir.

Milena fue esposada y tomada como prisionera de guerra, pues ella pertenecía a un grupo opuesto, o eso era lo que creían. Le dieron uniforme y detrás de ella pudo oír una voz que le dijo: “No se preocupe niña, somos las FARC”.

***

Las FARC se iban a trasladar hacia otro campamento, y todos los que no llevaban mucho tiempo allí, les pusieron pasamontañas para evitar que miraran el trayecto.

– Uno tiene que acostumbrarse a vivir en el monte. Usted solo sabe del tiempo por la radio; se baña en las quebradas y tiene que lidiar con todos los moscos y bichos raros que viven allá. Yo cuidaba secuestrados, cobraba plata, dormía en cambuches o cuando tocaba, en el suelo. Uno normalmente se trasladaba, no existía lugar fijo y casi todo era normal -interrumpió abriendo sus ojos rasgados y con un misterio algo frívolo-. Pero le cuento, que hubo dos momentos en que vi pasar mi propia muerte.

Una tarde, Milena debía entregar un mercado en otro campamento y la mandaron junto con un compañero. Ella iba en una mula, sentada sobre los kilos de mercado y él, por su parte, caminaba a su lado. De repente, por la carretera pasaron cuatro policías y al ver la metralleta de su compañero, los policías empezaron a disparar.

-Yo alcancé a tirarme por el zarzal, ¿usted sabe que es eso?

-No, ni idea-, respondí tímida e ignorante.

-Pues claro, usted es de la ciudad. Un zarzal es un cultivo de moras. La pobre mula y mi compañero murieron cruelmente. Pero eso no fue nada comparado con lo que me pasó dos meses después.

Milena caminaba por el monte con una compañera que le decían la “Ardilla”. Ella alcanzó a ver al Ejército e inmediatamente nos escondimos debajo de unos cafetales. Nosotras estábamos muy asustadas, el corazón se nos iba a salir, pensábamos que ese era el día de nuestra muerte. Veíamos como las botas pasaban al lado del cafetal, podíamos hasta sentirlas; pero tuvimos suerte y mucha.

Aburrida, resignada y con ganas de volver a ver a su familia. Milena esperaba encontrar una salida aunque en el fondo sabía que era imposible.

***

EPLAl llegarle la menstruación, también lo hizo una hemorragia. Un dirigente al mando le dio órdenes de ir con un compañero a un puesto de salud. Siempre debía estar acompañada, ya que en cualquier momento podría escaparse.

-Yo le pedí al doctor que pusiera que yo no podía trasnochar, ni aguantar frío, ni cargar cosas pesadas y que me mandara a Pereira. Yo ya pensaba en mi fuga perfecta, pero uno nunca tiene paz completa-, dice resignada y desesperanzada.

-¿Cómo reaccionó su jefe al mando?

-Me dijo que me cuidara y que en unos días me esperaba y que si no volvía, ellos mismos me buscaban y precisamente no de la mejor forma.

Milena con un poco de esperanza pero invadida de miedo, fue hacia Pereira, se hizo algunos exámenes y se encontró a un amigo de Quinchía.

– Mi amigo me dijo que estaba marcando calavera, yo no entendí. Me dijo que mi casa estaba pintada con una calavera, con mi nombre y con la palabra MUERTE escrita tres veces.

Sólo en ese momento de la conversación, ella perdió toda su fuerza y vigor. Sus ojos se encharcaron y sus gestos se congelaron con el compás del reloj que daban las cinco de la tarde.

– También me dijo que mis papás estaban amenazados y que pensaban irse a administrar una finca en Manizales; que allí podría vivir con ellos.

***

La madre quedó perpleja al ver a su hija, no podía creer que aún siguiera viva. Su padre y hermanos corrieron a abrazarla. En aquella finca vivieron dos meses porque el contrato se había estipulado así. Al tercer mes debían desocuparla.

Al regresar a Quinchía, mientras disfrutaban en familia, escucharon como tocaban la puerta. Todos se miraron asustados y de nuevo, como en años pasados, sintieron temor. Su padre se dirigió lentamente hacia la puerta. Abrió y unos guerrilleros exigían hablar con ella. Milena los recibió muy asustada como esperando la muerte; le dijeron que el jefe al mando era el único que se encargaría de su muerte y había dado órdenes estrictas de traerla con vida ante él.

Del infierno pasó al cielo. Justo después de esas frases, los guerrilleros le dijeron que a Eduardo, el jefe al mando, lo habían asesinado y que ellos no podían hacer nada, pero que era mejor que me fuera de Quinchía pues allí corría mucho peligro.

– Fue un momento feliz y se quedará siempre en mi mente

 

***

Regresó a Pereira en busca de oportunidades. A sus  dieciocho años quedó en embarazo y para poder sostener a su familia, comenzó trabajando como empleada doméstica. Aquí ya ha hecho su vida. Lleva diez años de relativa tranquilidad y asegura que las veces que ha vuelto a Quinchía se devuelve el mismo día, pues le teme a la oscuridad.

-Del EPL queda muy poco. En Quinchía ya hay mucha seguridad; el ejército está haciendo bien su labor.

-¿Cree usted en las negociaciones de paz?

-No, ellos tienen unas ideologías muy diferentes a las del gobierno. Ellos dicen que luchan por cambios sociales, pero qué va, solo arruinan vidas inocentes, o sino véame a mí -se ríe y a los pocos minutos vuelve su mirada melancólica-.

“Sin ceremonias protocolarias ni actos de instalación se tiene previsto para hoy, a partir de las 8:30 de la mañana, el inicio de la segunda fase de conversaciones de paz entre el Gobierno y las Farc en La Habana. La delegación del Gobierno, que llegó ayer a Cuba, y la de las Farc, que está aquí desde hace varias semanas, se encontrarán en un salón acondicionado para tal fin en el Palacio de Convenciones.(… )La guerrilla, por su parte, intentará abrir la discusión sobre los alcances y la interpretación de cada punto del documento titulado “Acuerdo general para la terminación del conflicto”, firmado en agosto pasado en la capital cubana, según se desprende de las recientes declaraciones del jefe de la delegación insurgente, Iván Márquez.”

(“Arranca la segunda fase de los diálogos de paz”, El Espectador, 18 de noviembre de 2012”)

 

Ella oculta su mirada desgastada y constantemente la cambia por una sonrisa. Ahora intenta huir del ruido ensordecedor que producen las montañas, de esas cordilleras de las que alguna vez fue parte, pobladas por grupos armados en una guerra sin fin. Milena afirma que le tiene miedo a los policías y al Ejército. Todavía piensa que la persiguen. Lavando los platos con lentitud y dejando que el agua del grifo se pierda entre sus callosas manos, ella lanza una mirada al horizonte con pausados parpadeos y lamentos silenciosos que va dejando mientras yo me despido.