El párroco de la Iglesia del Carmen está frente al féretro: madera caoba, muy brillante y firme. Dice una oración. La rubia llora y los demás asistentes se encuentran en un silencio pétreo, lúgubre.

 

Por: Mateo Ortiz Giraldo

“¿No es la memoria una forma de la ficción? ¿y no es la ficción, al fin y al cabo, una manera de darles cuerpo y textura a los recuerdos?”

Cinco versiones de Adriano

-Mauricio Bonnett-

Un chasquido inesperado colma la límpida habitación: es un espacio amplio, lleno de luz matinal que cubre con su lozanía los baldosines amarillentos del suelo; el ambiente, enrarecido por los llantos sosegados de una rubia mujer, tiene la viscosidad de la goma arábiga.

“Ya se fue”, dice, como para sí misma, la rubia cuando escucha el sonido de la tapa de madera cerrándose. La mujer se acerca al féretro hermético y pronuncia sin mayor esmero una oración marchita, un cántico sepulcral.

En este momento parece que en el mundo entero solo existiesen estas dos mujeres: la rubia de ojos llorosos y la dama que yace muerta dentro de ese cajón lustroso de 170 x 80 que la contiene, como si le dijera “ya sos mía, no te podés largar”. Dentro de esta jaula se puede ver un amasijo de pieles arrugadas, telas y un trozo de metal en su dedo índice.

Calle Real de Sevilla, Valle del Cauca, en los años 40 del siglo pasado. Foto / Archivo

Las pieles

Nació. Eso es lo que importa, o por lo menos eso es lo que dice su hijo. Nació y ya no más, como si hubiese venido del viento, como si los ríos la hubiesen traído a orillas del río La Vieja que corre por las venas de ese pequeño pueblecillo alejado de la mano de Dios. Lo que su hijo omite, tal vez porque nunca preguntó, quizás porque lo quiso ignorar, fue que su madre llegó a este pueblo dentro del vientre de Rosalba de Buitrago.

Ambas llegaron arrastradas por el buey donde Miguel Buitrago, el esposo de Rosalba y padre de la infanta sin nacer, cargaba todas sus pertenencias: un camastro de madera que su padre le había regalado por su boda, un colchón de paja, algunas ollas y, lo más importante, “la ganas de no morirse de hambre”, como decía la misma mujer que se mecía lentamente dentro del ingrávido líquido amniótico de su madre.

Ambos, Rosalba y Miguel, se conocieron en una vereda del Quindío, un conjunto de casuchas poco estructuradas donde la mayor emoción era cuando llegaba el Gobernador a repartir mercados y vestidos a todos, porque, o eso decían, eran pobres. En este ambiente se conocieron, se enamoraron y se casaron. Esto último resultó ser todo un evento en la vereda ya que no solía verse al párroco por allí. Aquel día hubo fiesta y misa. Bendición y aguardiente al son del único tocadiscos del lugar.

A pesar de la comodidad y seguridad que les producía la vereda, Miguel quería, según su hija, “salir de la pobreza amañada”, por tal razón y después de vivir 20 años en su pedacito de tierra, tomó a Rosalba (y a la bebé dentro de ella), levantó la cama regalada, las ollas y el entusiasmo para recorrer un camino empedrado que lo llevaría a ese pueblecito fundado 11 años atrás, que parecía ser el lugar ideal para sus sueños: un poblado con sólo una iglesia además de algunas pocas casas alrededor, que un tal Heraclio Uribe Uribe fundó y pobló. San Luis, así se llamaba la montaña del norte del Valle donde Miguel quiso echar raíces.

Orfilia, la niña que venía dentro del vientre y arrastrada por la bestia, nació ese mismo año de la llegada al pueblo. Era 1924 y lo que la historiografía colombiana gusta llamar pomposamente “La Violencia” apenas si empezaba a caldear en el despacho del presidente General Pedro Nel Ospina Vásquez. El pueblo crecía próspero al igual que la familia de Miguel y Rosalba: en los próximos 6 años engendrarían una camada de siete niños, incluyendo a Orfilia, quienes serían su sustento y futuro dolor de cabeza.

La piel de Orfilia crecía y se estiraba. “Era una niña muy coqueta”, dice Guillermo, su hermano, un octogenario señor de mirada perdida y vestidos opacos. Él recuerda cómo su hermana mayor le contaba historias y le leía “El catecismo para niños”, el único libro que tenían en casa. “Mi hermana aprendió a leer porque le gustaba mucho ir a misa y las monjas le enseñaron a interpretar la Biblia y de paso a leer”, añade con un poco de nostalgia en la voz, pero con una socarrona sonrisa. “Orfilita consiguió marido rápido. Y cómo no, si era la chacha del pueblo”, agrega con la voz ahogada por la risa.

Para aquel entonces era ya 1938. López Pumarejo era el presidente y pequeños brotes de sangre empezaban deslizarse por los andenes de los pueblos del país.  Orfilia tenía 14 años y, en medio del bullicio de la pólvora de fin de año vio a Luis Miguel. “Yo estaba muy pequeña, apenas sí sabía qué era la vida. Pero ese año nuevo, con la mirada de Luis sobre mí, me hice una mujer. Sólo con mirarme”, decía Orfilia cada vez que se le increpaba acerca de quién fue su primer y único esposo.

A partir de este momento la piel, carne y huesos de la primera hija de Rosalba y Miguel, dejaron su apariencia infantil para asumir la de una mujer, la esposa de Luis Miguel Giraldo: un hombre de gran estatura, blanco como el mármol y delgado como las guaduas tan típicas de ese pueblo que ya no se llamaba San Luis, sino Sevilla; que ya no era un poblado sino la futura capital cafetera de Colombia. Orfilia crecía a la par del pueblo de sus amores.

Luis Miguel Giraldo junto con Orfilia durante su boda. La diferencia enorme de estatura nunca fue en verdad una diferencia. Foto / Archivo familiar.

Las telas

El fuerte sol golpea sobre el rostro de Orfilia. Sus facciones se fruncen pues su tez clara no resiste muy bien sus rayos. Está parada en el portal de su casa. Ya no vive en Sevilla. Dejó su pueblo atrás, dejó a su familia entre los recovecos de la cordillera occidental. Todo lo hizo por amor a Luis Miguel.

Ahora administran una finca en La Rogelia, una vereda del Quindío. Ella está allí, aguardando a que uno de sus hermanos, quien dijo que la visitaría, llegue en la flota que viene desde Armenia. Ya hace seis años que no se ven, así que espera toparse a un hombre hecho y derecho. La impaciencia la invade, pues se supone que hace dos horas debería haber llegado, pero no es así.

Entra a su casa de amoblado espartano, pero limpia como pocas, toma las llaves del candado y sale presurosa bajo ese brillante sol. Cuando llega a la estación de buses, un paradero improvisado, observa una imagen pavorosa de telas, sangre y dolor.

Un hilillo rojo recorre un rostro: sus ojos azules, profundos, penetrantes, fríos, observan la inmensidad de la nada, de la muerte. Orfilia reconoce en esos ojos la mirada de su hermano. Toma la cabeza entre sus manos y se pregunta, entre gritos, “¿dónde está el resto del cuerpo?”. Solo le dejaron, en medio del polvo, de la sangre aún tibia, esa cabeza de Rubiel, de su hermano menor, aquel que hace sólo 16 años cargó y bañó como si fuese un hijo suyo. En torno a su cráneo había telas: camisas rasgadas y manchadas de tierra, pantalones quemados y un par de zapatos de cuero marrón que muchos años después ella seguiría guardando y lustrando como recuerdo de su hermano asesinado por liberales que gritaban “¡Qué viva el partido Liberal!”. Era 1946 y Colombia se sumía, al igual que Orfilia, en la agonía y desesperanza.

Cuatro años después nació su primer hijo. “Miguel ya estaba desesperado” –afirmaba Orfiilia–. “Él pensaba que no podríamos tener hijos. Pero yo le pedí a la Virgen del Carmen que me bendijera el vientre y lo hizo: nació Alfredo”. En realidad, él no era su primer hijo, ya antes había perdido a dos más, un par de gemelos que jamás llegaron a ver la luz del día pues una fatídica mañana, tan brillante como aquella donde vio la cabeza cercenada de su hermano, sintió un espasmo que le arrojó fuera dos fetos. Gracias a Dios, decía ella de manera confidencial, “Luis nunca se enteró. Yo pasé el dolor solamente con la Virgen”.

Para aquel entonces habitaban una finca en San José, una vereda cercana a Sevilla, así que se veía constantemente con sus padres, quienes vivían solos, pues Tulia, Alejandrina, Guillermo, Abelardo, Gabriel y Azael, sus hermanos, ya habían hecho su vida cada uno por su lado. Allí nació Alfredo. “Era tan pequeño que Orfilia lo cargaba en una mano. Ella lloraba a escondidas para que nadie viera que sufría porque su hijo era sietemesino”, cuenta Robertina, su única amiga. Era poco usual, para las costumbres de aquel entonces, que una mujer tuviese solo un hijo a los casi 30 años. Desde ese momento Orfilia ya era observada como un espécimen raro, casi rechazada.

“Yo crecí viendo a mi mamá. Mi papá se fue”, sentencia Alfredo Giraldo, su hijo, un hombre de pocas palabras y cejas pobladas desde las cuales observa el recuerdo de su madre, de su heroína, la misma que lo acompañó durante 65 años de su vida. Su padre no se había ido. Murió. Así de sencillo. “Murió tan joven que no tuve tiempo de llorarlo. Vivimos 12 años juntos, tiempo durante el cual lo veía en la noche, pues trabajaba todo el día”, recordaba Orfilia.  Luis Miguel murió y tuvieron que traer un ataúd desde Cali pues era demasiado alto para encajar en uno de esos del pueblo.

Él murió y por tanto Orfilia debió empezar ser otra: se llamó Rosita, se hizo a sí misma y con ello cambió sus telas y su piel. Dejó de ser solo ama de casa, usaba vestidos cortos que ella misma confeccionaba, batas de picos coloridos, escotes pronunciados pero sutiles a la vez; vestía ropajes de una mujer de clase alta que ella creaba a partir de las revistas que tenía.

Ella debía ser fuerte. Debía ser “Rosita”: la peluquera con mayor cantidad de clientes del pueblo, la que sabía cómo hacer crespos, bucles, rizos, trenzas, capules y todos esos enjambres pantagruélicos y victorianos que durante la década de los 50 y 60 fueron el sustento de su hijo.

“Ay, a Alfredito no le gustaba estudiar. Se meaba en los calzones cada vez que lo mandaba al colegio. En fin, solo estudió hasta cuarto de primaria. A partir de ahí, mi muchacho me volvió vieja”, contaba Orfilia cada vez que recordaba sus años de peluquera y costurera, este último oficio jamás lo dejó, ni cuando las cataratas cubrían sus cristalinos ojos de anciana sabia.

Orfilia al lado de su hijo Alfredo Giraldo el día de su matrimonio. Foto / Archivo familiar

El anillo de metal

Rosita, como todos la llamaban, era una ferviente devota de la Virgen del Carmen. Su salón de belleza estaba colmado de imágenes de esta Virgen, cuyo culto nace de un jardín, del Monte Carmelo; un sembradío de flores como aquel que decidió emprender en torno a la iglesia que ella misma ayudó a construir.

Gracias a las “Hermanas carmelitas”, como se les conoce en el pueblo al grupo de señoras que hicieron empanadas, rifas y bingos para edificarle un templo en honor a esta “patrona de los sueños”, como la solía llamar Orfilia. Ella cuidaba del jardín al tiempo que cultivaba su fe y pedía por su hijo, pues estaba perdido en medio de los humores etílicos. “Me había pedido la herencia adelantada y yo se la di. Se la bebió toda”.

Orfilia tuvo otro hijo. No era suyo, no en el sentido biológico. Él llegó de otro cuerpo, se engendró en otra carne, pero fue en su seno donde creció, fue en medio de su fe, sus confecciones y cortes de cabello estrafalarios y olorosos, donde emergió un hijo que le dio la fuerza y felicidad que Alfredo le había robado. Él era Luis Eduardo, un hijo de su hermano Azael, concebido en una relación extramatrimonial terminada en un trágico drama de varios actos que desembocaría en la muerte de la madre.

Debido a que Luis Eduardo había nacido fuera del matrimonio y la madre había muerto, no podía convivir con su padre. Por tal razón, Azael recurrió a su hermana, la matrona de las hermanas carmelitas, ama y señora de la peluquería de su pueblo, para que criase a su hijo como un sobrino, más Orfilia lo cuidó como una joya que debía pulir, lo moldeó como ella pensó conveniente. “Eduardito se volvió mi devoción”, afirmaba.

El teléfono suena. Rosita deja sus tijeras a un lado sobre la mesa de madera blanca para levantar la bocina, no sin antes disculparse con su clienta quien no se molesta ni en mirarla.

-Peluquería Rosita, buen día- dice ella.

-¿Hablo con la señora Orfilia?- preguntan al otro lado de la línea.

-Sí, señor. ¿Con quién tengo el gusto?- interpela Rosita

La llamamos de la Arquidiócesis de Buga. Doña Orfilia, llamamos para decirle que su hijo, Luis Eduardo, murió hoy. Lo encontramos en su cama del Seminario. Un paro cardiaco fulminante fue la causa.

 …Silencio.

¿Doña Orfilia?- preguntan insistentemente- ¿Está usted bien? ¿Doña Orfilia? Conserve la calma, por favor. Nuestro Señor Jesucristo está con su familia. Quien vive en la palabra de El Señor nunca mue…

El teléfono cae al suelo y Rosita se desvanece sobre la alfombra multicolor de la sala. Es medio día, de nuevo

“Ese día yo pensé morirme. No entendía cómo Dios podía quitarme a un niño tan bueno”, narraba Orfilia mirando fijamente el retrato de Luis Eduardo, una fotografía que le tomaron a sus 16 años cuando entró al Seminario Mayor de Buga, donde se le ve con una túnica negra y la “Biblia del pueblo de Dios” bajo su brazo. Allí también brilla el anillo de oro que era la argolla de matrimonio de Orfilia. Eduardo, o Eduardito como le suelen llamar en la familia de Orfilia, heredó la arritmia cardiaca de su madre biológica. Su mamá de crianza lo sabía, pero nunca se lo dijo. Calló este doloroso secreto hasta el punto de no decírselo a nadie.

El anillo de metal fue lo primero que recibió de Eduardo, también todos sus libros del seminario y una edición de 1954 de “Hojas de hierba”, de Walt Whitman, libro, dicho sea de paso, prohibido para un estudiante de teología.

Luis Eduardo el día que ingresó al seminario. Foto / Archivo familiar

Vitalidad

Los años, con su cansado gotear de horas, pasaron como un torbellino sobre su vida. Su hijo, Alfredo, se casó. Vio crecer a sus tres nietos y tres bisnietos. El cúmulo de días le golpeó la piel, la volvió ajada, le secó las carnes; las telas siguieron entre sus dedos que parecían ganchos debido a la artritis; y el anillo de oro que estuvo pendido del dedo de Luis Miguel y de Eduardito, sigue enganchado a su dedo índice como una parte indivisible de su cuerpo. Rosita perdió el lustre, pues 92 años ya habían transcurrido.

“Yo no entiendo cómo mi abuela era tan fuerte. Tenía 60 años cuando yo nací, pero actuaba como una mujer de 30. Ella es mi ejemplo. Así quiero ser yo: la vitalidad hecha mujer”, afirma Paula, su nieta más parecida. Ambas comparten el mismo color de ojos, profundos como pozos, y esa piel que parece porcelana pero en realidad es más fuerte que  el mármol. “Ambas son fuertes, independientes y se han creado a sí mismas”, así es como las describe Stella, hermana mayor de Paula.

Orfilia, después de la muerte de Eduardo, nunca más volvió a vivir con alguien; así que su casa era su reino y como tal lo construyó o, mejor, pobló, a su antojo. Hizo del pasillo exterior un jardín del Edén donde sembró variedad de plantas en macetas hechas por ella: azaleas, gardenias, crotones, cactus de navidad; unas regaladas por sus sobrinos como las calceolarias o, como ella las llamaba, “zapatos de virgen”; también algunas aromatizantes como laurel, tomillo, romero y orégano.

Sus dos habitaciones las volvió museos: en cada rincón había prismáticos, muñecos, muebles sucios, colchas roídas, fotografías fantasmagóricas, pinturas que ella creó, lámparas con sus pantallas rotas que le regaló cierta prima. Su sala lucía como una recreación excéntrica de una escenografía de Kubrick: sillas de formas extrañas, cojines de impresos extravagantes y, en el mismo lugar, su peluquería con los utensilios y espejos antiguos. Todo en su casa, de la cama a la estufa, es un recuerdo, una acumulación de memoria y un bolero de su adorado Julio Jaramillo “te esperaré…toda la vida”.

 

***

El viento sopla sobre el pastizal. Es medio día y 150 personas, casi en su totalidad vestidas de negro, hacen medio círculo en torno a un hoyo rectangular en un muro de tres metros de profundidad, donde se lee un sucesión de nombres, fechas, flores y cruces, que parecen resumir la vida de cientos de personas.

El párroco de la Iglesia del Carmen está frente al féretro: madera caoba, muy brillante y firme. Dice una oración. La rubia llora y los demás asistentes se encuentran en un silencio pétreo, lúgubre. La oración culmina, lo que significa que el ataúd tendrá que entrar en esa bóveda de cemento húmeda y oscura. Allí se llevará a cabo el proceso de descomposición al cual los cuerpos vivos están destinados.

Orfilia está dentro de ese ataúd: en ese ínfimo espacio se agolpan sus años de vida, sus recuerdos y esa vanidad que, según su familia, la acompañó hasta la última exhalación. Están allí, prestos al apetito de los gusanos, casi un siglo de vivencias. En este punto culmina la vitalidad e inicia la vida de Orfilia: en la memoria de su familia.

 

*Este texto está dedicado a la memoria de mi bisabuela; llevaba 20 años incubándolo y no me había dado cuenta. Faltan muchos episodios de su vida por contar, los aquí seleccionados son de los que más información contrastada tengo.