CHARLAS DEL LUNES/ CÉLEBRES ESCRITORAS Y PEQUEÑA SEMBLANZA DE LA MARQUESA DU DEFFAND

Se cuenta que en un convento de la calle Charonne donde fue educada conoció a buena hora las dudas sobre las materias de fe, las cuales explicó con suficiencia y libremente.

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve*

11 de marzo de 1850

En los últimos tiempos se han reimpreso muchos clásicos. El epistolario de Mme Du Deffand, no sé por qué, no tuvo el honor. El conjunto más considerable de sus cartas fue publicado la primera vez en 1810, en Londres, según los manuscritos encontrados en los papeles de Horace Walpole. En París fue reproducido en 1811, 1812 y 1824, con correcciones y supresiones. No nos dimos a la tarea, después, de reimprimir el texto para refinarlo, comparándolo con la edición londinense para reestablecer las partes mutiladas o con alteraciones. De verdad que Du Deffand lo merecía, pues se trata de uno de nuestros clásicos de la lengua y el pensamiento; de los más excelentes. Es su constitución la que quisiera determinar el día de hoy.

Hablé alguna vez de Mme de Sevigné y, muy recientemente, sobre Mme Sand. Entre estas dos mujeres distintas y alejadas, ¿cuáles son los nombres que cuentan verdaderamente en la serie de célebres mujeres escritoras? Justo al lado de Sévigné, con menos imaginación para el estilo y el genio del detalle, pero con una inventiva poética y novelesca de esplendor, y ligera, justa en la expresión incomparable, hallamos a Mme La Fayette. Después está Mme de Maintenon, espíritu ecuánime, cabeza sana, de agradables palabras y perfectas como un círculo trazado. En el otro extremo de la cadena, nos encontramos con Mme de Staël. Pero entre Maintenon y Staël, ¡qué laguna!

Todavía en los comienzos del siglo XVIII encontramos a Mme de Staal (Mlle de Launay), autora de las simpáticas Mémoires, espíritu elevado y circunscrito; no vivió tanto y a causa de su condición primera nunca pudo mezclarse suficiente en los espacios de sociedad, por lo que a nuestros ojos la personificó de lejos. Todo el siglo XVIII, podemos decirlo, es de una carencia tal y no tendría, para representarse literariamente, más que mujeres de desiguales méritos y gustos entremezclados si no contáramos con Du Deffand. Sus orígenes caen en la época de Louis XIV, cuando sobresalía un lenguaje exquisito. Nacida en 1697, muerta en 1780, atravesó casi todo el siglo, y todavía niña avanzó en esclarecer sus opiniones intrépidas; en momento alguno se dejó ganar por los embelesamientos doctrinales, la jerga metafísica o sentimental. Es con Voltaire, en la prosa, el clásico más puro de esa época, sin tampoco exceptuar ninguno de los grandes escritores.

Nacida de una noble familia de Borgoña, Mlle de Chamrond recibió una educación muy irregular, muy incompleta: solo su espíritu logró toda la espontaneidad. Se cuenta que en un convento de la calle Charonne donde fue educada conoció a buena hora las dudas sobre las materias de fe, las cuales explicó con suficiencia y libremente. Los padres preocupados le enviaron nada menos que a Massillon para reconducirla. El gran predicador la escuchó, pero al retirarse solo pudo señalar: “Es encantadora”. La abadesa le insistió para saber qué libro le sería prescrito a esa niña y después de un momento silencioso respondió: “Un catecismo de cinco centavos”. No podía leer otra cosa. Parece que desesperó de ella desde el principio. Du Deffand tenía de particular al menos, entre los espíritus fuertes de su siglo, el no vincularse con bufonerías, sentía que la filosofía enseñada no era ya filosofía, y se contentaba si era sincera. Cuando Mlle Aïssé moribunda deseó un confesor, fue ella junto a Mme de Parabère quienes ayudaron a procurárselo.

Du Deffand solía atormentarse por su educación, la maldecía. “Con frecuencia nos preguntamos a qué edad desearíamos regresar, ¡ah! no quisiera rejuvenecer si la condición fuera vivir con las personas que viví, educada de la misma manera, llevando el tipo de espíritu y criterio de entonces; me procurarían las mismas aflicciones esa época. Pero aceptaría con placer volver a los cuatro años y tener como gobernador un Horace…”. Y desde allí se trazó el plan ideal de educación del hombre claro, instruido, como lo fue su amigo Horace Walpole. El imaginado plan fue bello y serio, pero la educación recibida, o mejor, la que no se debe más que a la naturaleza y la experiencia, hizo de ella una persona más original, una extraña. No podríamos saber todo lo que fue ni lo que valía como espíritu, ni sobre la rectitud y la luz de su juicio, si nunca hubiera dicho suficiente sobre sí. De todos los tiempos fue la persona que menos demandó a su vecino lo que debía pensar.

[Fragmento]

*“Lettres de la Marquise Du Deffand”, Causeries de lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_sobreeldolmen_).