He buscado ese río en mi memoria, por la pregunta que aparece en la última viñeta de la historieta Tapao de doncella: “¿Será que a la generación que viene se le va a olvidar esa relación con el río y el pescado?”.
Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris
Y, alguna vez, dejé a mi papá sin almuerzo. Para llegar donde él trabajaba, olvidé la indicación de seguir la orilla del riachuelo de la Itálica, después de pasar el puente. Me dejé llevar por lo que había dicho en casa, cuando explicó que el daño estaba en la bocatoma de Mi Ranchito, arriba, llegando casi a Burbujas.
Mi primo Ricardo confió en que yo sabía el camino y cumplió con la tarea de ser mi cuidador y yo me encargué de confundir los caminos y las orientaciones. Serían las cuatro de la tarde cuando dimos con el lugar en el que reparaban la tubería que traía el agua a la planta de tratamiento. Eran los noventa, así que la idea de una llamada o la ruta en alguna app no eran soluciones reales. Sólo tuvimos el preguntar por “los trabajadores del agua” para llegar donde un derrumbe había roto la conexión del acueducto. Ese recuerdo ha sido de los más recurrentes en charlas familiares por las dos dificultades, el hambre y la desorientación, que padre e hijo vivíamos estando tan cerca de un mismo objetivo. Después del alegre reencuentro, tuvo lugar una imagen que no sé si con los años magnifico o en realidad era así: La Itálica.
Hace unos años estuve de caminata, con cámara en mano, esperando llegar a ese punto del río en que mi papá me pasó cargándome en su espalda. A medida que avanzaba con Nacho, el caudal me pareció tan reducido que no quise llevarme una desilusión y le propuse que nos devolviéramos.
Y es que, en mi memoria de niño estaban los festivos en los que los potreros de la Itálica se llenaban de familias alrededor de un sancocho en leña y los charcos donde zambullirse a nadar.
A esta hora de la vida, la pretendida madurez cae como un hacha ante la visión del monocultivo de aguacate: Jáiber, hermano, ya estás viejo; ves lo que dejó de ser hace rato.
He buscado ese río en mi memoria, por la pregunta que aparece en la última viñeta de la historieta Tapao de doncella: “¿Será que a la generación que viene se le va a olvidar esa relación con el río y el pescado?”.
Páginas antes, el testimonio de otra mujer me recordaba las razones por las que compré el libro cuando lo ojeé en la librería: “Yo siempre hago el esfuerzo para que los hijos y las nietas coman lo de uno”.
Sé que las palabras de Laura Esquivel han sido desprovistas de profundidad para convertirse en eslogan publicitario, sin que, por eso, con el hambre que le da al alma, se puedan descubrir de nuevo: “Uno es lo que come, cómo lo come, con quién lo come”.
Recetario de sabores lejanos (Cohete Cómics, 2020) tiende los manteles para un banquete en el que la resiliencia es el plato fuerte. En un menú de ocho historias ilustradas, el paladar se llena de los paisajes de una Colombia de río y selva, llanos y barrios. Viñeta a viñeta, mientras conocemos los protagonistas, los alimentos, las preparaciones, un aroma de nostalgia cuestiona nuestras actitudes: ¿Qué hacemos por el planeta hoy? ¿Cómo son nuestras relaciones con el ecosistema? ¿Cómo alimentamos las familias a las que nos integramos?
El Recetario no son “dibujitos” para explicar cómo se prepara el plato insigne de esta o aquella región. El Recetario son situaciones concretas a las que asistimos con un trazo fino que nos interpela por el modelo político que hemos permitido en el que la industria cafetera se reduce a souvenir, los monocultivos homogenizan la miseria de los suelos, el mercurio inunda los ríos.
Aunque cada capítulo es independiente, considero que esta novela gráfica tiene un personaje protagónico: el pescado. Llámese bocachico, coroncoro, serrana, doncella. Lo cierto es que nos deja con la sensación de que asistimos a su desintegración: serán fantasmas no sólo en los platos de las abuelas, sino en los ecosistemas a los que pertenecen. Claro, hay opciones reales para que eso no pase y de ellas se da cuenta también, como por ejemplo en el guion de la “Finca amazónica”, en el que comprendemos la importancia de huertas con plantas trepadoras, para los huertos con árboles frutales.
El entramado de investigación, guion y dibujos corrobora la idea de la fraternidad alrededor de la mesa. El trabajo de investigadores, dibujantes, y fuentes ensancha el alma. Las ilustraciones más desoladoras precisamente están contando el nivel de empatía entre el trabajo académico y las revelaciones que dan lugar a la historia. Bien sea por el homenaje que le hacen a la seño Edith, en el Brazuelo de Papayal, así como también por la denuncia de la indolencia del experto que imparte su cátedra sin cuestionar sus certezas discursivas. Es muy potente el plano de la página setenta en el que se contraponen un plato en el que solo quedan los cubiertos y un hueso, enseguida de uno que se ha quedado servido como signo de dignidad.
En su novela Estrella madre, Giuseppe Caputo escribe: “hay un hambre que no se va nunca: es el hambre que queda viva cuando alguien no pudo comer o comió muy mal durante mucho tiempo. Es un hambre que creció hasta volverse vieja, y siguió creciendo hasta ser inmortal. Cuando ya es inmortal, el hambre no se va, por más que el hambriento coma hasta llenarse -por más que siga comiendo” (pág. 60).
La paradoja es grande. Las cifras de desnutrición que llevan a la muerte; los niños, las mujeres y los ancianos alimentándose en basureros con una riqueza en biodiversidad como la que tenemos sólo pueden explicarse por un sistema político y económico que crecen cuanto más excluyen y marginan; por un credo que apoya el extractivismo y el agotamiento de seres y recursos mientras aparezca la imagen etérea de la rentabilidad.
Nuestra dieta está cambiando por factores como la belleza, la salud, las migraciones, la disponibilidad de productos, el activismo ambiental, la conciencia vegana, la presencia de hipermercados en cualquier villorrio. Mucho por aprender, mucho por cuestionar. Lo cierto es que, así como es de provechoso el tiempo para la digestión, es necesaria una pausa al ritmo del consumo.
Sobre el libro:
Pablo Guerra, guion y dirección general.
Diana Ojeda, Sonia Serna, Julio Arias, compiladores.
Alejandro Camargo, María Alejandra Grillo, Juan Camilo Patiño, Diana Ojeda, Aurora Casierra, Sonia Serna Botero, Natalia Quiceno, Mariela Palacios, Ingrid Díaz, Julio Arias y Kristina Lyons, investigadores.
Camilo Aguirre, Sindy Elefante, Carolina Pineda, Henry Díaz, Miguel Vallejo, Camilo Vieco, Diana Sarasti y Edward Muñoz, dibujantes.
@JaiberLadino


