El señor de las historias

El periodista como contador de historias, es la definición que mejor le sienta a este escritor: allí estaba afincada la propuesta de un hombre que conocía de primera mano los peligros de convertir al periodista en una estrella del espectáculo informativo.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

“Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, advierte de entrada, en una suerte de declaración de principios, el narrador de La Vorágine, la novela de José Eustasio Rivera que resume en el mismo título la historia de un país que, en el siglo de las nanotecnologías, sigue debatiéndose en su propia insensatez.

Seguir la estela de esa vorágine con sus causas, protagonistas y consecuencias fue el propósito vital y profesional de Germán Castro Caycedo, el escritor que el pasado 15 de julio dejó este mundo a los 81 años, legándonos una veintena de libros en los que recrea los múltiples y contradictorios rostros de esta tierra donde habitamos.

“Lo importante en la crónica periodística son los acontecimientos y sus protagonistas. Nosotros somos apenas los narradores de esas historias”, le oí decir alguna vez en una charla con estudiantes universitarios hijos del siglo XXI, con su riesgosa carga de inmediatez y fugacidad.

El periodista como contador de historias, es la definición que mejor le sienta a este escritor. Nada más y nada menos que eso: allí estaba afincada la propuesta de un hombre que conocía de primera mano los peligros de convertir al periodista en una estrella del espectáculo informativo. Lejos estaba Castro Caycedo de esa dictadura de la técnica y los datos que no tardó en reducir al periodista a un rol de notario donde la vida es suplantada por las cifras.

Para alcanzar su objetivo de abarcar de la mejor manera esa realidad, Caycedo eligió la crónica- o la crónica lo escogió a él- como el género más adecuado, el que permite aproximarse mejor a un mundo inasible y cambiante. Quería acercar el oído a los latidos del corazón de esa Colombia amarga que no para de matarse desde los tiempos de la Patria boba.

El resultado- veintiún títulos, centenares de artículos de prensa y un programa de televisión llamado Enviado especial- queda disponible para quienes quieran aproximarse a su manera de sentir y narrar el país. Porque Castro Caycedo fue, al lado de hombres como Alfredo Molano, uno de los escritores que hicieron suya una intuición de los conspicuos cultores del género como Juan Gelman, Elena Poniatowska y Riszard Kapuściński: que en una buena crónica convergen a partes iguales la ética, la política y la estética.

Se entiende aquí la política en el más amplio y fecundo sentido de la palabra: y lo es no sólo por ocuparse de cosas de interés público, sino porque acaba por desvelar asuntos que ponen al desnudo el entramado en el que los intereses de los poderosos acaban por afectar la sociedad y, en no pocas ocasiones, por destruirla.

Para alcanzar esa meta, el periodista debe contar bien, en las acepciones ética y estética del término. En el primer caso, el cronista debe contar con una base fuerte de valores que le confieran al tiempo respeto por los protagonistas y lo pongan a salvo de los juegos de intereses que rondan todo acto humano, empezando por los propios. Además, debe documentarse bien y bucear profundo, fundado en la convicción de que las cosas nunca son lo que parecen. Por añadidura, hará uso de todos los recursos del lenguaje con el fin de forjarse un estilo que le permita reconstruir con palabras el inasible y cambiante curso de las acciones humanas.

Sólo así podrá cumplir a satisfacción su tarea de contador de historias o, para decirlo con la frase afortunada de otro grande, el argentino Tomás Eloy Martínez, de “sismógrafo de la sociedad”. 

Entre todos los títulos que conforman la amplia bibliografía de Germán Castro Caycedo hago una elección personal y, por lo tanto, arbitraria. Los considero síntomas narrados de nuestros males: Colombia amarga, Mi alma se la dejo al diablo, La bruja y El Karina. En el primero de ellos, el todavía joven reportero se hace al camino para rastrear en llanos y montañas los rostros a menudo dolientes de ese país que nunca aparece en los medios de comunicación… salvo que aporten algo a la estadística de muertos. En su recorrido, el autor aborda un bus en Pereira y viaja hasta La Celia y Balboa, en límites entre Risaralda y el norte del Valle. Allí descubre -y nos cuenta- que los odios heredados de la violencia liberal- conservadora siguen cobrando su cuota de víctimas varias décadas después de pactado el Frente Nacional.

Lo que el escritor nos dice es de por si esclarecedor: los poderosos que atizaron el fuego y sembraron el horror en los campos un día se fueron a las costas del Mediterráneo español y acordaron- entre paella y champaña- el fin de la contienda. Pero los campesinos anónimos no se enteraron y siguieron exterminándose en las calles y veredas de municipios como La Celia y Balboa: para ellos la pesadilla no había cesado.

En Mi alma se la dejo al diablo, un hombre calca en la realidad los pasos que Arturo Cova, el personaje de La Vorágine, recorrió en la ficción: los de la violenta avanzada colonizadora movida por formas de codicia en las que sólo han cambiado los motivos. Si en un caso fue el caucho, en el otro son los minerales preciosos o el tráfico de un producto tan lucrativo como letal: la cocaína.

Karl Marx escribió una vez que “la historia se manifiesta primero como tragedia y luego se repite como farsa”.  ¿Qué es, si no, lo narrado por Germán Castro en las páginas de La bruja? No se menciona su nombre, pero el virtuosismo del autor nos permite adivinar la identidad del presidente de la República que utiliza vehículos oficiales para volar hasta Fredonia, un pueblo cafetero del suroeste de Antioquia, donde pretende identificar, con ayuda de la bruja Amanda, las claves de su errático destino público y privado. Igual cosa hacen otros políticos de la época. Pero lo que el escritor quiere mostrarnos, en últimas, es el tejido de factores que hoy constituyen el soporte de una sociedad corrompida hasta los huesos: la política, el narcotráfico y la violencia.

El Karina nos ubica en otro de los ángulos de ese cuadrado. Un fallido desembarco de armas para el grupo guerrillero M-19 deja al desnudo una urdimbre de la que participan rescoldos de viejas utopías revolucionarias, sumados al feroz pragmatismo del tráfico de armamentos y drogas. Si cruzamos los hilos de las cuatro obras en mención nos hallaremos frente a las raíces de nuestras violencias crónicas. Sumadas, pueden ser un buen punto de partida para tratar de comprender un país que, transcurridas dos décadas del siglo XXI, sigue buscándole un sentido a su turbulenta historia.

“¡Silencio, que va a empezar el señor de las historias!”, pedía mi madre antes de sentarse a ver Enviado especial, el programa de Germán Castro Caycedo que marcó un hito en el discurrir del periodismo televisivo en Colombia. Quizás esa frase resuma el mejor tributo que se le pueda brindar al maestro, ahora que se fue a vivir “al barrio que hay detrás de las estrellas”.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.