ROMAIN ROLLAND Y LA PARÁBOLA DEL FUEGO

 

El fuego destructor deviene símbolo del paso a una nueva vida. Es el mismo fuego que calcina los restos de esa Europa en la que transcurre la vida y obra de Romaind Rolland. No por casualidad es considerado uno de los escritores que mejor supo interpretar la vieja parábola de mundos al borde de la desintegración.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

Cuanto menos tengo más soy…

                                                          Colas Breugnon

                                                          -Novela-

                                                          Romain Rolland

 

La mayoría de los historiadores coincide en que la fe ciega en el progreso -derivada de la ciencia y la técnica- y en las instituciones políticas gestadas a partir de la Ilustración, empieza en el Renacimiento y termina con la Primera Guerra Mundial, la primera matanza perpetrada con métodos industriales.

Atrás quedaban las guerras con tintes heroicos, con sus uniformes de colores y sus bandas de música marcial. Los cantos fueron remplazados por el tableteo de las ametralladoras y por el rugido de los aviones que escupían fuego desde el cielo, como dragones del nuevo Apocalipsis.

Por esa razón, el año de 1914 es visto como el principio del fin de los viejos imperios feudales y su ilusión de estar en la tierra cumpliendo un designio divino.

A partir de entonces, Dios les da la espalda y se dedica a acrecentar los intereses de los nuevos reyes, los magnates capitalistas. En esa medida, para el siglo XX la Gran Guerra supuso la reedición de la vieja parábola del fuego que destruye mundos para que nazcan otros nuevos.

Un puñado de escritores nacidos en la segunda mitad del siglo XIX se dedicó con ahínco a descifrar, en clave de ficción y con un agudo sentido de la Historia, lo que estaba sucediendo.

Uno de ellos fue Romain Rolland, ensayista, novelista, dramaturgo y biógrafo francés, cuya vasta obra lo hizo merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1915, cuando la guerra alcanzaba su momento más brutal.

Nacido en Clamecy en 1866 y muerto en Véselay en 1944 Rolland, se nutrió de la gran tradición humanista, en el sentido clásico de esa expresión. Fue profesor de Historia del Arte y sus tempranos viajes le permitieron valorar la diversidad de lenguas y culturas de una Europa amenazada por los nacionalismos. Esa circunstancia lo llevó a asumir una postura antibelicista basada en el respeto a las diferencias que enriquecen y a la oposición sin tregua a todo tipo de fanatismos. Su obra entera está cruzada por esa fe en las potencias del espíritu, que concebía como única manera de hacer frente a la decadencia y la destrucción.

Todos sus personajes se movían animados por esa búsqueda de absoluto que señalara Honorato de Balzac. El anhelo de valores perdurables para oponer a un mundo en disolución es la constante de unos seres que sienten resquebrajarse el viejo sentido de lo humano y empiezan a transitar sobre arenas movedizas. Cuando miran al frente vislumbran un mundo signado por el vértigo y la fragmentación.

 

Vidas ejemplares

En su particular búsqueda de absoluto, Romain Rolland decide echarle un vistazo a la Historia del arte, la literatura, la música y la política. Después de bucear en aguas profundas, opta por escribir la biografía de los que considera hombres ejemplares: Miguel Ángel, L. Tolstoi, L.V Beethoven y, más adelante, el mahatma Gandhi. Para comprender sus vidas se consagra primero a explorar el mundo en que les fue dado vivir. La Italia gobernada por papas y príncipes, la Alemania de las pugnas por el poder en el corazón de Europa, la Rusia de los zares al borde de la caída y la India de las luchas contra el Imperio Británico son sometidas a un minucioso examen que le permite al autor cruzar los destinos individuales de sus autores elegidos con las turbulencias propias de la política y la economía. Desde la perspectiva de R. Rolland una biografía no consiste sólo en escribir sobre una vida. Es, ante todo, una tarea de comprensión.

Por eso, al final nos ofrece el cuadro de hombres desgarrados por las contradicciones personales, por la presión del medio y por el tamaño de sus esperanzas. Son éstas las que los mueven en medio de la competencia más feroz, a la que no son ajenas la envidia y las mezquindades más rastreras. Asomado al abismo de esas almas solitarias, Rolland advierte que, como en los viejos mitos de Hércules, de Jasón, de Orfeo, Ulises, Juana de Arco o el rey Arthús son las penurias las que les dan a los héroes la fuerza necesaria para seguir su camino mientras edifican su obra.

La pobreza, el hambre, la deslealtad, la calumnia, la burla de los mediocres y la enfermedad al final nos parecen simples anécdotas cuando se despliega ante nuestra mirada la belleza de una escultura, la perfección de una sinfonía, el mundo recreado en una novela o la justicia materializada en el sueño de Gandhi de una India libre sin necesidad de violencia.

Esas circunstancias los ponen a salvo de asumir la postura de los jóvenes ricos, porque el de éstos “Es el lujo supremo de renegar de la sociedad cuando se posee todo, pues de esa suerte se libra uno de tener que agradecer nada”.

Al contrario, para los grandes artistas el lujo de la creación es su don y se lo pagan con creces al mundo. Es su manera de fustigar la “Magnífica lógica de los fuertes, que sólo se interesan por los que lo son”.

Para Rolland, la capacidad de resistencia del artista honrado frente a esas formas del mal, lo dota de una clase excepcional de nobleza que se refleja en su obra. Por eso utiliza esta cita de Beethoven: “Hacer todo el bien que sea posible, amar la libertad por encima de todo, y aun cuando fuera por un trono, no traicionar nunca a la verdad”.

De ese principio participan la vida y obra de Beethoven, Miguel Ángel, Tolstoi y Gandhi. Cada uno a su manera, labra su destino sobre esa idea y eso es lo que los hermana ante los ojos del biógrafo. Para Rolland, a diferencia de los guerreros, la fuerza de los artistas les viene del espíritu. Por eso, en una de las páginas de Gandhi nos advierte: “Media centuria atrás, la Fuerza prevalecía sobre el Derecho. Hoy es mucho peor todavía: la Fuerza es el Derecho, lo ha devorado”.

Lejos de la pretensión de objetividad que dicen profesar tantos historiadores y biógrafos, R. Rolland no duda en declarar su devoción por la vida y obra de los autores biografiados.  Y lo hace desde su experiencia personal, como bien lo expresa cuando escribe: “Un artista es una especie de cómico a quien se puede silbar, mientras que un crítico es el que tiene derecho para decir “Sílbenme ustedes a ese hombre”.

Mientras escribía, Romain Rolland forjaba su propia existencia de hombre ejemplar. Con los grandes poetas dedicados a cantar la gloria de los imperios y a propagar la peste de los nacionalismos, el escritor defendió a contracorriente su idea de un hombre universal, capaz de trascender las fronteras y los prejuicios políticos para hacer de la cultura, de las culturas, el único gran lazo de hermandad.

Por supuesto, el adjetivo de traidor no tardó en abatirse sobre su vida y obra. Un velo de silencio lo rodeó durante años. Lejos de doblegarse, Rolland se consagró a combatir la estupidez de la guerra mediante los únicos instrumentos a su alcance: la palabra y el ejemplo. En los años más duros de la contienda, se las arregló para conjugar su dedicación a la literatura con su trabajo como voluntario de la Cruz Roja en Suiza. Su amigo y biógrafo Steffan Zweig lo describe, paciente y silencioso, dedicado a responder, una a una, las miles de cartas que hijos, madres, hermanos y esposas, dirigían a sus parientes que combatían en el frente.

Sabedores de que nunca volverían a ver a sus familiares, los destinatarios de las cartas de Rolland encontrarían en sus palabras impensadas formas de consuelo.

En esa encrucijada ¿Podía haber algo más absoluto que esa correspondencia hermosa y doliente?

 

El sentido de la vida

Con esos elementos, el escritor estaba listo para acometer su propia búsqueda de lo absoluto: la escritura de una novela que diera cuenta de las dichas y desventuras de todo hombre que se da a la tarea inútil, y por lo tanto hermosa, de darle un sentido a su vida.

Ese hombre se llama Juan Cristóbal. Cristóbal: el portador de Cristo. Como en todas las grandes obras, el título de la saga -diez volúmenes y más de tres mil páginas- no es resultado del azar.  El mismo autor nos revela su origen: la leyenda cristiana de San Cristóbal. Según la tradición, el santo se aprestaba a cruzar un río de aguas turbulentas cuando un niño le suplicó que lo ayudara a pasar a la otra orilla. Sin pensárselo dos veces, tomó al pequeño en brazos y empezó la travesía. No tardó en notar que, cuanto más avanzaba, más pesada se hacía su carga, al punto de hacerlo tambalear y caer en varias ocasiones. Después de luchar con la furia de la corriente, san Cristóbal alcanza la otra orilla. Ya a salvo, comprende el sentido del mensaje:  la carga que acababa de llevar a cuestas era el sentido de la propia vida.

No es azaroso entonces que el personaje de la novela sea un músico. Planteada al modo de las grandes obras de iniciación, Juan Cristóbal se despliega ante el lector a modo de pergamino en el que es posible recorrer todas las etapas en la vida de un ser humano: la gestación, el nacimiento, la niñez, la adolescencia, la edad adulta y la madurez resumida en la lucha por alcanzar una obra lo más cercana posible a la perfección.

Esa perfección de la obra es su alma y hace de Juan Cristóbal un hombre religioso, en el sentido más preciso de la expresión. Por eso siente que “Quienes viven en Dios no tienen necesidad de creer en él. Eso es asunto de teólogos”, unos hombres que “Fabrican frases y luego se divierten creyendo que esas frases son cosas”.

En ese recorrido, acompañamos al pequeño Juan Cristóbal en su temprano descubrimiento del mundo, cuando el espíritu de la música empieza a hacerse presente en el rumor del viento, en el canto de los pájaros y en el discurrir del agua. Más adelante será el despertar de la sexualidad, ese animal indómito que nos empuja a mundos de dicha y dolor. Pero ante todo, está la obstinación por alcanzar los misterios del arte, siempre un palmo más allá de las posibilidades de lo humano. En esa búsqueda se enfrentará a la incomprensión, pero también encontrará el respaldo de almas generosas.

El largo y tortuoso camino le deparará a veces la recompensa de una sonata, de una sinfonía y, sobre todo, de unos oídos atentos capaces de valorar lo que Juan Cristóbal le dice al mundo.

Todo el tiempo siente la sospecha de lo inefable, lo que está más allá de cualquier capacidad de comprensión y que, en su caso, sólo puede expresarse a través de la música. A propósito, nos dice el narrador: “La mayor parte de los hombres muere a los veinte o treinta años. Pasada esta edad, no son más que su propio reflejo; el resto de su vida lo pasan en imitarse a sí mismos, en reflejar de un modo más mecánico y más caricaturesco cada día lo que han dicho, hecho, pensado o amado en la época en que eran algo”.

Alcanzada la gracia, poco importa si lo absoluto no tarda en revelarse como otra ilusión, según lo advertido por los sabios budistas. Por un momento el artista se asoma a la forma suprema de dicha terrenal y se acoge, resignado y satisfecho, al calor de sus propias cenizas, tal como lo hiciera el rey Ciro, según epitafio citado por Plutarco de Queronea y recogido por Rolland en la voz de Colas Breugnon, personaje de una de sus novelas:

“Soy Ciro, el que conquistó Asia, el emperador de los persas, y te ruego amigo mío que no me tengas envidia por este poco de tierra que cubre mi pobre cuerpo…”.

Apócrifo o no, el epitafio resume con creces el hondo sentido de la obra cumbre de Rolland: la infatigable búsqueda de un pedazo de tierra en el que al fin el hombre pueda hacerse uno con el vasto universo. Ese pedazo de tierra es, en este caso, la obra de arte alcanzada a través de un camino de extravíos y revelaciones.

Llegado a ese punto, exhausto y lúcido, el autor nos confiesa que necesita divertirse un poco. Para lograrlo, emprende la escritura de una novela breve y desopilante titulada Colas Brougnon. Colas es uno de esos personajes gozosos y burlones, caros a toda una tradición de la literatura francesa. Su oficio es el de carpintero. Borrachín y amigo de sus amigos está casado con una mujer belicosa, cuya nobleza y fealdad se distribuyen a partes iguales. La trama se desarrolla en el tránsito del siglo XVI al XVII, durante el reinado del rey Eduardo. Cuando el relato transita por la mitad, el infortunio se abate sobre el protagonista con una saña digna de la vida del santo Job. Su mujer muere y los vecinos, aterrorizados por la llegada de la peste, incendian su casa y su hacienda. Lejos de asumirse como un derrotado, Colas no tarda en sentirse ligero de equipaje y se dedica a disfrutar los tesoros que la vida le ofrece a su paso. “¡Qué lejos está lo que uno quiere de lo que uno puede!” exclama y se arroja en brazos de su destino.

El fuego destructor deviene símbolo del paso a una nueva vida.

Es el mismo fuego que calcina los restos de esa Europa en la que transcurre la vida y obra de Romaind Rolland, no por casualidad es considerado uno de los escritores que mejor supo interpretar la vieja parábola de mundos al borde de la desintegración, sostenidos en vilo por el aliento de sus grandes artistas y por la fe inclaudicable en las potencias del alma humana.

Nota aclaratoria: de los diez tomos de Juan Cristóbal sólo he podido obtener y leer los dos primeros, gracias a la complicidad de mi hermano Juan Carlos Pérez. Espero encontrar otros a lo largo del camino.

 

 

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.