Pero en algún momento resulta incómodo, sí, bastante incómodo, porque el espectador se convierte en un intruso, en alguien que es invitado a una mesa donde se discuten temas familiares y en donde ese mismo espectador no sabe qué pensar ni qué decir.

 

Por / Alejandro Sepúlveda Quintero

El documental Carta a una sombra (2015) narra acontecimientos relevantes de la vida de Héctor Abad Gómez: su interés por la medicina social, la salud pública, la docencia, su defensa de los derechos humanos y la precandidatura a la alcaldía de Medellín. Pero no solo eso, también refleja, crudamente, su asesinato.

La cuarentena me ha concedido grandes privilegios, me ha dado espacio para consumir productos culturales que antes la academia y la normalidad no me permitían. Hace unos días me decidí por ver Carta a una sombra, cuyo protagonista es Héctor Abad Gómez, padre del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince y dirigida, en conjunto con Miguel Salazar, por Daniela Abad, nieta del primero e hija del segundo. Por sus estudios cinematográficos, y tal vez por una deuda con la vida, decide llevar a la pantalla la historia de su abuelo.

Los planos generales del documental nos sumergen en los espacios más íntimos de la casa de la familia Abad Faciolince. La sala, el patio verde, libros, muchos libros, tapetes, radios antiguos, fotografías detenidas en el tiempo, un comedor redondo en el que Clara, Maryluz, Héctor, Vicky y Cecilia, entre sonrisas y copas de vino, cuentan esas anécdotas que, como caballos desbocados, llegan a la memoria cuando hablan de ese hombre que amaba la universidad pública, que incomodaba con sus verdades, que se preocupó por el hambre y la pobreza de los niños de Antioquia y que no tuvo pelos en la lengua para denunciar que la leche que llegaba a la ciudad estaba mezclada con agua del río Medellín.

Pero en algún momento resulta incómodo, sí, bastante incómodo, porque el espectador se convierte en un intruso, en alguien que es invitado a una mesa donde se discuten temas familiares y en donde ese mismo espectador no sabe qué pensar ni qué decir. Resulta incómoda tanta intimidad, tanta unión familiar, tantos relatos privados que a veces no sabemos si realmente merecemos escuchar.

A medida que corría la película, me preocupaba el hecho de que la pieza audiovisual haya sido dirigida por un familiar del protagonista. Fotograma / Carta a una sombra

En algunas escenas, de aquellas conversaciones familiares o cuando Héctor visita la tumba de su papá, por ejemplo, se abusa de los planos generales, esos que a veces hacen que visualmente se pierdan detalles importantes dentro de la narración. Intercalar las voces, los testimonios y unos encuadres bien pensados cinematográficamente hablando, será siempre un acierto del formato documental.

A medida que corría la película, me preocupaba el hecho de que la pieza audiovisual haya sido dirigida por un familiar del protagonista. Los interrogantes llegaban de inmediato. ¿Habrá sesgos? ¿Los vínculos familiares serán una buena idea para lanzar producciones cinematográficas?

Pero más allá de esos asuntos técnicos o fotográficos, 73 minutos fueron necesarios para darnos cuenta del gran legado de Carta a una sombra. Porque obligatoriamente nos hace reflexionar sobre esa historia colombiana marcada por la guerra y la rivalidad política, una historia que no podemos olvidar. Porque de lo contrario, alguien ya lo había dicho: “un país que olvida su historia, está condenado a repetirla”.

Y duele… duele la indiferencia, duele el olvido y la impunidad, duele que lo hayan matado en un pueblo que se hace llamar cristiano y que hace alarde de su ciego fanatismo. Duelen su vida y su voz, silenciadas, un 25 de agosto de 1987, por personas —si es que se les puede llamar así— que no soportan la verdad. Duele que aún nos maten por pensar y hablar diferente.  Duele ver a una esposa rendida en llanto sobre el cadáver de su esposo. Duele ver a un hijo que, a pesar de la desgracia, escribe y sigue escribiendo para alguien que jamás podrá leerlo. Duele ver un sistema político deshonesto, una salud precaria y una educación sin recursos. Duele ver, cada día, en los noticieros, el asesinato de más y más líderes sociales. Duele reconocernos hijos de este país. Duele escuchar las balas de una guerra que aún no cesa.

Como lo expresó, en algún momento, el cronista Alberto Salcedo Ramos: “duele, duele hasta las lágrimas, pero agradecemos que nos duela”.

Durante y después del largometraje, surge el gran interrogante: ¿quién lo mató? Lo difícil es que parece una de esas preguntas existenciales que nos suelen formular en las tediosas cátedras de filosofía, porque la respuesta no la tiene la familia, ni el documental, ni este país que padece de sordera y amnesia colectiva. ¿Quién lo mató? Se pregunta, tercamente, una y otra vez, su hijo Héctor Abad Faciolince. “Lo mató la derecha colombiana”, susurra.

Héctor Abad Gómez durante su ejercicio médico y político fue tildado de comunista por importantes sectores de la sociedad. Foto / Cortesía

Héctor Abad Gómez durante su ejercicio médico y político fue tildado de comunista por importantes sectores de la sociedad: llámese Estado, Iglesia, ejército o partidos políticos. Tal vez por eso lo mataron, por ir en contravía de los sistemas tradicionales y por revelar la verdad sin rodeos ni mentiras piadosas.

Carta a una sombra es un escudo frente a ese olvido que seremos. Es quizás un antídoto contra la desmemoria. Es un afán por escarbar en el pasado para evitar el deterioro social. Es un intento por volver a dar vida, aunque sea por un instante, al liderazgo y la valentía de un médico y profesor de la Universidad de Antioquia. Es un esfuerzo por entender, por hacernos entender, como lo dijo Abad Faciolince en el minuto 64 del documental: “los asesinos, los amantes de la muerte, lo que más detestan es a una persona que ame la vida”.