Emilio Carlo Giuseppe Maria Salgarin (Verona, 21 de agosto de 1862-Turín, 25 de abril de 1911) fue un escritor, marino y periodista italiano. En vida cuestiona el fin último del arte de escribir: ¿para qué?, ¿por qué?, ¿qué obtengo con esto? Pero al pensar en las responsabilidades su cabeza se refresca. 

 

Por: Diego Firmiano

El escritor italiano Emilio Salgari, a parte del harakiri que se practicó, murió amargado con los editores que se enriquecieron con su talento literario. Cuando recogieron su cuerpo en unas colinas cerca de Turín, Italia, encontraron uno de sus bolsillos el crudo testamento dirigido a su editor:

 

A usted que se enriquece con mi piel, manteniendo a mi familia y a mí peor que en una semi-miseria, solo le pido como compensación a los beneficios que le he dado a ganar, que pague mis funerales. Le saluda, destrozando la pluma.

 

 

Tiempo atrás se toma el tiempo de escribir Le mie memorie, el libro de sus memoriasque parece más un testamento, confirmando la tragedia de que, cuando los recuerdos se debilitan, cada persona se va quedando sola. Del sueño de conocer el mundo como un simple hombre curioso, termina siendo un temido pirata en altamar. En sus viajes, toma parte de la goleta Italia una, a cargo del capitán Varak; se encuentra y comparte aventuras con Sandokan y sus tigres de Mompracén. El mismo Sandokan, que muchos de sus lectores creían que era un simple personaje de ficción.

Mientras siente el viento orear su cabello, y el agua salina le reseca la boca, el capitán mercante y escritor solo se alimentaba de bayas y esperanzas en sus días de corsario. Su tierra era el mar y su cielo las historias en las que deja la ultimas gotas de tinta de su existencia. Igual que una nave, que en otrora había tenido la oportunidad de timonear, los sucesos de su vida tienen el color desus experiencias.  Como él mismo afirma:

 

En pocos años de vida marinera había reunido una infinidad de impresiones: los hechos de que había sido protagonista eran suficientes para constituir un magnífico desahogo a mis ansias de aventuras. ¿Qué más podía desear?

 

Una vez en casa, después de varios años navegando con europeos y asiáticos, Salgari, saciado de aventuras, decide ser periodista para desahogar todas sus impresiones, sin embargo, se encuentra en un dilema moral. Si sus primeras páginas de su existencia las había escrito por amor al mar, en esa tierra virgen aun sin conquistar, ahora debía cambiar pan por páginas escritas para ediciones italianas. Así empezaría su drama.

Es un ánfora llena de ideas, personajes, escenarios, vivencias que no puede contenerse más. Su madre lo interpela para que le narre sus pericias, pero cuenta trivialidades ya que su vida de pirata lo ruborizaba. En Italia, conoce bien el mercado de libros, sabe que los estantes están llenos de novelas románticas que hacen frágil el espíritu de los jóvenes. Una idea lo alumbra y es darle a su generación una imagen diferente de la literatura.

En tierra sigue soñando con aventuras, por ello emprende otro viaje más intenso hacia la fantasía y la aventura. Decide escribir novelas, justificando que templarán la juventud italiana.  Así empieza otro bello mundo, universos que recreará desde su cráneo.

 

Me ensimismé en el trabajo con el mismo frenesí con que me había entregado a la vida marinera. Redacté apresuradamente muchas notas sobre los lugares que había visto y conocido, sobre el desarrollo de los hechos por mí vividos y la ampliación novelesca quede ellos se sacaba.

 

Comenzaría escribiendo su primer ciclo titulado Piratas de Malasia, donde, por entregas, redacta Los misterios de la jungla negra, un trepidante relato exótico de misterio en la india occidental. Mientras se concibe como novelista, lo entusiasma la idea de ser periodista, y por ello hace gestión para ingresar como cronista en el periódico veronés Arena.

Pero rápidamente encuentra oposición de colegas de otro periódico llamado Adige. Los editores de la competencia rehúsan dar crédito a tales aventuras del marinero de agua dulce, como se referían a Salgari, despectivamente, y lo menosprecian por fantasioso.

Es bien conocida la historia del Café Dante, donde Salgari encuentra a un redactor que lo mira con sonrisa burlona. Salgari se acerca a su mesa, y en tono irónico le pregunta si su gesto es una invitación formal. El hombre deja su bebida y lo mira despectivamente y asegura que no pretende darle una explicación a un marinero de agua dulce. Salgari, orgulloso de sus aventuras y su pasión escritural, afirma que le dará una contestación, y le larga una bofetada, lanzándolo fuera de su silla, luego lanza encima de él una invitación a duelo.

Se inicia así un polvorín en la ciudad por tal evento y se inicia un proceso, que termina en confrontación, no con pistolas, sino con sable, no sabiendo el periodista de Adige que Salgari era un experto en la esgrima. Su madre intenta convencerlo de que desista de tal disputa, pero alega que su honra como periodista está en juego.

Se bate en duelo e hiere a su adversario, causándole heridas considerables en su cuerpo y rostro. Días después recibe una demanda penal desde Venecia por daños físicos y es confinado a cincuenta días de prisión en la fortaleza de Pershiera, que los pasa en juerga y en narración de historias con sus carceleros.

Emilio Salgari era un hombre de gran temple. Un italiano orgulloso de su país y un escritor que comprendía que sin historias no era posible narrar nada digno de ser leído. Como había dicho Arthur Cravan, el sobrino de Oscar Wilde, que para vivir y escribir había que ser un caballo salvaje, así hilaba su vida hasta que se agotaba el material, ora como pirata, ora como pendenciero, ora como periodista, esa novísima profesión practicada por los literatos europeos de fin de siglo XIX.

Consideraba la vida como un extraño don, y sus privilegios, en suma, peligrosos. Ser espectador no lo satisface, y no es posible, en su vida privada, ser aplaudido por sí mismo. Así decide finalizar su vida salvaje de aventuras e ir al encuentro de otra aventura más azarosa que el mar, el amor. Se concentra en una actriz de teatrillo que gana su corazón, y que, ante el primer encuentro, ésta le confiesa que cuando pequeña sentía temor por su obra. Al preguntar por aquello, Aida, como se llama la actriz, confiesa que es debido a la publicidad de la novela los Tigres de Malasia, donde dos tigres están devorando a dos negros. 

Ese suceso sería el comienzo de un matrimonio, cuatro hijos y algunos contratos con editores turinenses, que considera, contienen condiciones lastimosas y humillantes.

 

Ya pueden imaginar; tres mil míseras liras anuales era mi estipendio; y tenía que trabajar indefectiblemente día y noche para ganar aquella cifra, porque mi contrato me obligaba a entregar tres volúmenes al año. ¡Una verdadera monstruosidad! Sin embargo, las exigencias de la familia me imponían aquella inmensa tortura.

 

Se siente preso de sus escritos. Ve muchas ventas, pero pocas ganancias. No prevé un futuro alentador, ni siquiera herencia para sus vástagos y familia. Se lleva las manos a la cabeza, pensando en cómo cambiar letras por pan y medicinas. Su noche se pone oscura, más oscura de lo normal. Vive una gran y enorme noche. Escribe más que Balzac, y se tortura igual al tratar de entregar sus textos al editor.

 

Las noches insomnes me abaten más allá de mis fuerzas. He luchado con mi tenacidad habitual: siento que mi cabeza no funciona; el cerebro se ha secado antes de tiempo y, sin embargo, debo continuar: la familia tiene necesidad aún de mi inspiración, de mi trabajo agotador.

 

A diferencia de Balzac, Salgari no gusta de placeres mundanos, o al menos no tiene tiempo. Solo fuma y fuma cien cigarrillos al día. Cuestiona el fin último del arte de escribir. ¿para qué? ¿por qué? ¿qué obtengo con esto? Pero al pensar en las responsabilidades su cabeza se refresca.  La ceguera, como a todo buen escritor, lo invade. Siente que se cierne una gran oscuridad sobre su vida. Teme lo peor y en un ataque de locura se propina una puñalada en el pecho sin lograr su muerte.

Su preocupada familia le presta más atención, pero no deja de pedirles perdón por intentar hacer algo así, privándolos de su presencia y del arte con el que ganar el pan. Es con el pasar de no mucho tiempo que su esposa Aida enloquece. Siente que ya no tiene piso debajo de sus pies. Se despide de sus hijos con ternura, justificando su fin.

Que estas palabras sirvan de testamento: nada poseo, nada puedo dejaros; solamente mi recuerdo. Pero he dado a la Patria alguna cosa… ¡le he dado mis novelas!

Se dirige a una tienda a comprar un cuchillo. Si en su mundo, una burbuja le refleja el universo, en otro instante esta se revienta en el aire y entre sus manos. Así termina sus días desencantado, abatido, repasando las escenas de su vida como en una pantalla de cine en blanco. Se dirige a las afueras de Turín en su villa Madonna del Pilone, y pone punto final a la novela de su vida.

@DFirmiano