Seamos clientelistas

El colombiano biempensante cree pensar bien a su país cuando le mira con desdén, con esa actitud tan agringada de creer que el problema de Colombia es su pobreza de espíritu, o su falta de educación, o su obsesión desmedida por la camiseta de la selección de fútbol, en fin: el colombiano biempensante cree que el problema de los colombianos es que no somos como los daneses, o los islandeses, o incluso, ¡ay!, como los argentinos.

Por César David Salazar Jiménez

Fotografías de pixabay

¿Postpolítica?

El principal problema con los llamados discursos postpolíticos, que dibujan hoy un arco cada vez más confuso y salvaje, o mejor, digamos, como un pálido arcoíris en blanco y negro que, para trazar su parábola, comienza por una variedad de discursos alternativos socialdemócratas de centro-izquierda, cada uno más cándido que el otro, para después alcanzar su pico en el cielo de los ideales revolucionarios de una izquierda moribunda y terminar, como en la imaginería popular, en la promesa de un tesoro anárquico y libertario del que nadie tiene evidencia cierta; el principal problema, digo, con esa constelación de discursos posmodernos es, en últimas, bastante simple: no se entienden, o cada vez se entienden menos, y la mayoría, en todo caso, no tienen pies ni cabeza, o están tan alejados del suelo que a duras penas puede rozárseles con los dedos haciendo un esfuerzo enorme, empinándose o saltando, y al final se escapan siempre y vuelan impávidos, solemnes, atravesando un cielo rojo como en una lámina de propaganda soviética de hace cien, ochenta, sesenta años, una lámina ilustrada a la antigua con técnicas de serigrafía artesanal, con efigies de Lenin y Marx y Engels, con un firmamento utópico que, en lugar de sol, se ilumina por los destellos de una hoz y un martillo entrelazados. Es la cultura pop del pensamiento crítico contemporáneo.

Pero decir que estos discursos no se entienden o que no dicen mucho no es lo mismo que decir que no dicen nada, y entre las cosas que dicen, en medio de su alegre jerigonza y sus marañas de guiones y paréntesis y barras inclinadas, está la siguiente crueldad, ya del todo irrefutable: la Revolución fracasó; y aún más: la Revolución es imposible. Pero, por otra parte, también se desprende de allí lo siguiente: la combinación de todas las formas de lucha ha sido revocada y, por fortuna, comienza a predominar ─con el ritmo lento que tienen los cambios reales─ el imperativo del respeto a la vida como principio inalienable de toda acción revolucionaria, si bien no aún de las fuerzas que conspiran contra ella.

Con todo, me parece que, con paciencia, uno además podría desentrañar de ese sancocho discursivo otras lecciones valiosas, ya derivadas de su contenido, ya de su simpática forma de presentarse, que contribuyan a dar luces sobre lo que pueda significar ser contestatario en nuestros días, cuando al fin quienes creemos o queremos serlo nos recuperemos un poco del atontamiento y, podríamos decir, del déficit de atención al que nos ha condenado este comienzo de siglo (¡ya son tantas las causas!… ¿cómo discernir una piedra de toque?, ¿dónde poner todas nuestras fuerzas?), estas décadas bobas que empiezan a prodigar sus frutos más perversos con el retorno envilecido de los populismos y nacionalismos de ultraderecha en las sociedades dueñas del futuro de casi todas. Por supuesto, sería un absurdo intentar sistematizar esos discursos, que precisamente apelan a la imposibilidad de cualquier generalización; pero bien podríamos, en todo caso, echar mano de algunos ejemplos, o bien acotar la mirada para intentar discernir un poco las propuestas políticas, las llamadas a la acción, de la palabrería nihilista y cantinflesca.

Colombianos biempensantes

Así, pues, propongamos un ejemplo acorde a nuestra realidad: pensemos, por ejemplo, en la noción de “clientelismo”, que remite inmediatamente a un fenómeno social bastante generalizado en nuestro país, usualmente emparentado con la idea de “corrupción” (la cual es, en sí, una consecuencia del clientelismo, y no una causa ni un par conceptual), y que permea todas las capas de la vida pública y todas las formas de sociabilidad en la cultura nacional. ¿Cuál es el primer impulso del colombiano biempensante al escuchar esa palabra, que desde hace tanto se fijó en el argot politiquero de las campañas y los debates y las columnas de opinión, en ese circo ridículo que pasan por los noticieros? Pues rasgarse las vestiduras, sin duda: enarbolar las banderas de la probidad y reprochar la necedad de un pueblo sistemáticamente clientelista; achacarlo a su ignorancia, a su pobreza, a su tercermundismo.

El colombiano biempensante cree pensar bien a su país cuando le mira con desdén, con esa actitud tan agringada de creer que el problema de Colombia es su pobreza de espíritu, o su falta de educación, o su obsesión desmedida por la camiseta de la selección de fútbol, en fin: el colombiano biempensante cree que el problema de los colombianos es que no somos como los daneses, o los islandeses, o incluso, ¡ay!, como los argentinos. Así, por ejemplo, cae en el error común de confundir las causas de los problemas con las consecuencias de los mismos, y de mezclar, irónicamente, ese complejo de inferioridad (“complejo de hijo de puta”, decía Fernando González) con un ombliguismo desconcertante, mediante el cual se convence de que nuestros defectos son exclusivamente nuestros, ¡colombianísimos!, de que somos una cultura única por virtud de nuestra particular “viveza”, o “vileza”, de nuestra “pereza proverbial”, o de nuestro “clientelismo endémico”. La mayoría de los discursos críticos que, desde el inicio de la república, han abordado eso que llaman “los problemas del país” resultan en ocasiones mucho más perniciosos e inanes de lo que cabe pensar, porque terminan por convencer a quienes, precisamente, podrían transformar un poco este panorama aciago de que tal empresa será imposible mientras tengamos que vérnosla con una caterva de colombianos brutos, con eso que llamamos (mal) la “colombianidad”.

*Lea la continuación de este artículo mañana viernes 20 de octubre.