Somos seres atravesados por un contexto histórico, geográfico, lingüístico y epistemológico que marca nuestro horizonte de comprensión. ¿Cómo podrían los signos mentirnos si somos nosotros, si es nuestra conciencia la que los dota de significado?

 

Por / Mariana Restrepo Sarta*

Algún lugar de Antioquia, 30 de agosto del 2019.

Estimados sujetos a los que me remito, no pretendo ser muy extensa al poner en tinta y papel mis pensamientos. El exponer, mediante estos signos que son las palabras, una sistemática conjunción de ideas me resulta en extremo complejo. Debo admitir que, ciertamente, la relación entre las palabras y las cosas es un tema que mi mente nunca dejará de lado.

Precisamente en este momento de mi experiencia por el mundo, he encontrado en la reflexión fenomenológica una especie de sosiego que paradójicamente me contraría, pues allí hallo la tan anhelada reconciliación entre el cuerpo y el espíritu: por siglos y siglos los pensadores, especialmente modernos (herencia platónica, si se me permite), impusieron una brecha entre el mundo sensible y el racional. La respuesta, o bien la solución a la paradoja de la subjetividad yace en tender una balanza donde no se ejerza una jerarquía en las categorías de aquello que el hombre es, sino donde cuerpo y espíritu se encuentren en el mismo nivel de importancia para la realización del ser.

El hombre es inmanencia y trascendencia a la vez, pues no puede existir el alma sin los sentidos, y la percepción se correlaciona entonces con la representación ideal. Se ejerce una actividad de reciprocidad y no de dominio entre unas y otras. El puesto del hombre en el cosmos es finalmente aquel que este se dé a sí mismo, pues gracias a la representación de conceptos en su más pura forma puede elevarse este por encima del mundo, sin renunciar a él, así como ser dueño de sí mismo y poder reflexionarse y, si se quiere, recrearse.

En este orden de ideas, comparece a mi vista la más fuerte representación simbólica, que ha estado presente en todo el recorrido de la humanidad por el mundo y ha sido, especialmente, comunicación y archivo histórico. En el Romanticismo, ciertamente, podemos encontrar al arte como cúspide ente material. El arte aparece como manifestación finita de infinito al tomar su forma directamente de las ideas y ser plasmada como materia. En esta magnífica disciplina nos hallamos con pura y física interpretación.

Nuestra vivencia es en entero una lectura del mundo, y por ende constante interpretación. Y el arte llega como comunicación que tiene tres etapas: creación, obra, intérprete. El espectador siempre va a dotar de sentido el objeto al que su experiencia estética se remita. Nunca el objeto contiene una verdad ni un sentido intrínseco. Está lleno en su totalidad de signos que el intérprete dota de significado. Así todos y cada uno de nosotros, señores, nos convertimos en Pierre Menard y escribimos nuestro propio Quijote.

Somos seres atravesados por un contexto histórico, geográfico, lingüístico y epistemológico que marca nuestro horizonte de comprensión. ¿Cómo podrían los signos mentirnos si somos nosotros, si es nuestra conciencia la que los dota de significado? El árbol, efectivamente, hizo ruido al caer, pero no hubo significación alguna. El signo es quizá frágil porque es líquido, está en constante movimiento, nunca es estático. La rosa del principito era única en el mundo porque él la había amado y cuidado, y a sus ojos era magnánima.

El guayacán que yo admiro y amo jamás será contemplado por nadie como lo es por mí, ya que le he dado un valor simbólico de misticismo y Poesía material. Es para mí preciado porque le he dado significado y lo he nombrado y en la plenitud de su florecimiento me concede de paz. Mi Quijote no será nunca el mismo de Cervantes, ni mucho menos el de Pierre Menard.

Nuestro paso por el mundo, compañeros, es percepción y lenguaje. El mundo es a pesar de nosotros (muy a su pesar), somos nosotros, aunque independientes del él (nunca desligados), los que lo significamos y adaptamos a nuestro paso una realidad simbólica que se abstrae, se retrotrae y se extiende después en la senda sublime y a la vez grotesca que transitamos por nuestro fugaz existir.

*Estudiante de Licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Pontificia Bolivariana, recolectora de sueños y uno que otro desvarío.