TEORÍA DEL ASCENSOR

Cada vez que se abre un ascensor enfrentamos la posibilidad de entrar, o salir, a una dimensión diferente.

 

Escribe / Pablo Felipe Arango

Era casi la medianoche cuando me subí al ascensor en un hotel de Lima, lo hice en la primera planta, iba al séptimo piso; en el segundo entró un hombre de mediana edad, pesado y calvo, con rasgos orientales, vestido con un esmoquin de camarero y en la solapa una placa con su nombre: Utamaro. Yo, que había bebido tres o cuatro copas de vino, comencé a susurrar el nombre que acababa de leer. El hombre, haciendo una mueca que creo era una sonrisa y que dejaba ver la falta de algunos dientes, me dijo: Kitagawa Utamaro, soy la reencarnación del pintor Kitagawa Utamaro, y añadió: eso me contó mi padre.

No dije nada, aunque debí preguntarle si en sus dibujos usaba modelos o si aquellas poses eróticas de Bijingas y hombres del siglo XIX eran imaginaciones suyas. Yo solo seguía, en cambio, repitiendo Utamaro, como si hubiera encontrado un mantra para mantenerme despierto hasta la habitación. El hombre se bajó en el quinto piso, sosteniendo en una mano la bandeja en la que llevaba unos sánduches y una Coca- Cola que iba acostada. Sonrió a manera de despedida y se sumió en la oscuridad del pasillo, mientras la puerta del ascensor se cerraba y comenzaba a subir hasta el séptimo.

A la mañana siguiente pregunté al conserje por Utamaro, me dijo que trabajaba en las noches, y que de día vendía pinturas en el parque Kennedy. No fui a buscarlo, imaginé con espanto sus dibujos y lo lejos que estarían de los grabados del japonés; en la noche, sin embargo, quise que, al abrirse la puerta del ascensor, mientras subía de nuevo a la habitación, apareciera Utamaro. Estaba dispuesto a hacerle preguntas. No sucedió, nunca más lo volví a ver, al día siguiente viajé de regreso a casa.

Estoy seguro que Utamaro existe, el conserje me lo confirmó y tal vez haya quien pueda ir a constatar su presencia, una tarde cualquiera, en alguno de los caminos del parque Kennedy donde debe sentarse en medio de los gatos dueños del lugar, mientras intenta vender algún dibujo a un turista; pero un cierto hálito extraño emana del encuentro de aquella noche, o al menos así lo recuerdo, algo no encaja del todo: su ingreso en el segundo piso que no era el del restaurante, su curiosa figura y su categórica manifestación de ser la reencarnación del antiguo pintor japonés. Pero no es cosa de exagerar, es la misma extrañeza que seguro todos tenemos cuando entramos o salimos de esa caja metálica que se desplaza arriba y abajo en un edificio, y que nos depara siempre sorpresas, tanto si la encontramos vacía, como si está llena o se va llenando o vaciando durante el viaje. No sabemos quién va a entrar en el habitáculo y se nos acercará de una manera que, en otros casos, no permitimos a ningún extraño, ni sabemos en qué piso se detendrá o qué habrá del otro lado cuando la puerta se desplace, con ese particular sonido, y con esa aparente autonomía.

John Cheever publicó en The New Yorker en 1947 El enorme receptor de radio, uno de los cuentos más célebres de la literatura norteamericana. La historia que narra es fabulosa: una pareja de jóvenes esposos, Jim e Irene Westcott, compran un receptor de radio debido a que el que han venido usando para escuchar conciertos de música clásica se ha estropeado. Se trata de una caja espantosa que desentona con el decorado de su casa y que ha costado un dineral que excede sus capacidades. El aparato, a pesar de lo nuevo, comienza a distorsionar la señal, pero pronto descubren que no hay tal distorsión, que lo que el radio transmite no es otra cosa que las voces y conversaciones de los vecinos del edificio. Al principio actúan con recato y lo apagan, luego van desarrollando cierto voyerismo y les complace enterarse de aquellas vergüenzas. El asunto, sin embargo, podría no ser tan grave si cada mañana o tarde no tuvieran que salir a tomar el ascensor y encontrarse al vecino que golpea a su esposa, o al que está próximo a perder el empleo, o a la Señora Hutchinson que tiene a su madre muriéndose de cáncer en Florida y que no tiene dinero para mandarla a una clínica decente, o a la otra mujer que tiene amores con el portero, o a la prostituta que es bella y no aparenta su oficio y tiene buen gusto musical. En fin, escuchar la transmisión del radio no es grave, lo grave es entrar al ascensor y tener intimidad con toda aquella gente.

El escritor argentino Sergio Chejfec conjetura que el ascensor es una especie de limbo móvil, una “especie de pecera que promete una visita momentánea al tiempo exterior al mundo, el tiempo fuera de todo lugar”.  Y por supuesto que lo es.  Se trata de un artilugio que nos somete al absoluto arbitrio del azar y nos conduce a los contornos difusos del espacio que habitamos. Por eso mismo el primero de los ruidos captados por el receptor de radio de los Westcott eran las cadenas y poleas del ascensor, precisamente el lugar en donde se concretaban los encuentros de aquellas almas insignificantes, atormentadas y turbias.

Cada vez que se abre un ascensor enfrentamos la posibilidad de entrar, o salir, a una dimensión diferente. Tal vez Utamaro sí es Kitagawa Utamaro y yo me perdí la posibilidad de comprarle el dibujo obsceno de alguna Bijinga por no haber ido a buscarlo al parque Kennedy.  Y tal vez lo que Cheever quiso contarnos no era tanto la gracia del receptor, sino la peculiaridad de ese borde espacial y temporal que podemos visitar quienes vivimos o trabajamos en un edificio con ascensor.

@PabloFArango