En los últimos años los lectores en lengua castellana nos venimos maravillando con el testimonio dejado por Gregor von Rezzori, acerca de los sucesos y fenómenos que envolvieron la historia de la Europa Central en el siglo anterior, plasmados en una prosa aguda y penetrante, irónica, pero poética

 

Por: Jorge Hernán Flórez Hurtado*

 

“(…) extraordinario poeta de ese hiato que, para el hombre moderno,

se abre entre el yo y la vida, y por el que ésta no es ya su vida,

sino un territorio en el que el hombre no acierta a insertarse,

una extrañeidad a la que ama con un amor consumido y desencantado”

Claudio Magris (Introducción a La gran trilogía)

 

Introito personalísimo

En el fondo del alma, cuando uno desea, o intenta, o termina dedicándose de lleno a hurgar en la literatura mayor, desde los bancos de la escuela elemental, tal vez uno aspira a obtener cierto galardón que lo catapulte a la gloria, a la esquiva fama de poder trascender en esta durísima tierra de nadie. O, quizás, solamente aspira a trascender en medio de los signos lingüísticos y de las grafías, de la concatenación de ideas e ilusiones, de la invención de personajes en su imaginación. Tal vez, quizás, solo pretenda cerrar las fronteras y abrir, mejor, horizontes de libertad. O de una pretendida felicidad, esquiva como la fama, en esta tierra hermosa, pero durísima.

En busca de esta aspiración, uno puede encontrarse con autores como Sándor Márai, como Musil o Zilahy, o como Magris, pero repentinamente, también, con Rezzori. Con Gregor von Rezzori.

Y, entonces, uno puede internarse por casualidad en un mundo narrativo, novelado y novelesco, en donde las fronteras se dibujan y desdibujan en mitad de las guerras del mundo, la incomprensión y la soledad, el desarraigo, que resaltan en la literatura centroeuropea, como la austríaca, la magiar, la rumana…Y la del Imperio Austro-húngaro.

O volverse apátrida, para poder aspirar a un galardón como el Nobel, candidatizado por diferentes naciones con límites imaginarios, que se diluyen en el éter del tiempo.

 

Introito biográfico

Tras leer con esfuerzo y disciplina esa hermosa novela de tesis titulada El hombre sin atributos, pensé en que fuera de Musil, en el escenario de aquella Europa desgastada, tal vez no existiera otro escritor del siglo anterior que diseccionara como este austríaco la frustración y el abandono y la derrota del hombre enredado en el conflicto entre países poderosos, de alianzas inusitadas.

No obstante, por esas cosas del destino, observé en un anaquel de biblioteca un libro de tapas amarillas, marcado como La gran trilogía (1), y que porta debajo de su título el rótulo que señala una Introducción escrita por ese gran orquestador de fronteras y de desarraigos llamado Claudio Magris.

Y terminé por dejarme atrapar por la pluma valerosa de Gregor von Rezzori, y devoré esas tres novelas llamadas Un armiño en Chernopol, Memorias de un antisemita y Flores en la nieve, que ahora me incitan a compartir con los lectores de esta publicación unas breves notas sobre un escritor que bien vale la pena leer y estudiar.

Y volví al Danubio, y a Musil y a Zilahy y a Márai. Y soñé, asimismo, con la sin igual Trieste de Svevo y de Magris y de un andariego Joyce y del poeta Celan, ambos en busca de la esquiva fama…o de la tranquilidad de espíritu. Y recorrí fabulosas ciudades como Budapest, o Viena, o París, hasta llegar a una residencia italiana, y mirar una tumba al lado de un árbol centenario.

Rezzori nació en Chernovitz en 1914, ciudad que inmortalizó luego en su Chernopol de fantasía y fenomenología y de rutinario aprendizaje, en la región de Bucovina (su Tescovina en los relatos), en la era del imperio Habsburgo (austrohúngaro), en una tierra imaginada pero no tanto, crisol de nacionalidades y de etnias: austríacos, alemanes, magiares, rumanos, ucranianos y judíos.

Cuando cumplió sus cuatro años de edad, pasó de ser austríaco a ser ya rumano y luego “apátrida”, pero siempre políglota…

Cuando cumplió sus cuatro años de edad, pasó de ser austríaco a ser ya rumano y luego “apátrida”, pero siempre políglota; a sus veintiséis, ya terminó por ser alemán, cuando Hitler ordena la toma de su patria natal en aras de dominar el mundo.

La radiografía de sus padres, de su hermana y sus antepasados la va a diseccionar Rezzori en su bella novela-autobiográfica Flores en la nieve, en tanto describirá su patria chica en Un armiño en Chernopol, en unas páginas cálidas y melancólicamente aferradas a su identidad y cotidianidad trastocadas por los múltiples aconteceres de la Historia.

Formado en las lecturas de los autores de su época, siempre demostrará su predilección por Goethe, Joyce, Nabokov, Mann, Proust y Céline, pero aprenderá más de Musil, su escritor de cabecera. Sus estudios en varios lugares de Europa, su eterno peregrinaje y sus incontables ejercicios profesionales, les servirán para ir armando el rompecabezas de su filosofía y su ideología. Alguna vez confesará que tenía el pasado como su dolencia crónica, y que él mismo no era más que un literato del siglo XIX en el umbral del siglo XXI; testigo de las guerras, de una cultura en decadencia y putrefacción, del abandono y de la soledad de su tiempo incierto y ondulante.

Pero, también, afirmará en una entrevista concedida a Catrinel Plesu, hacia 1994:

Mi único mérito es el de ser un sobreviviente. No sólo por ser un austriaco de la vieja época, sino por ser, simplemente, un viejo. Soy austriaco de un modo bastante singular: una mezcla compuesta por varios “troncos genealógicos”, por elementos étnicos muy disímiles. Y rumano soy, entre otras cosas, por mi actitud frente al mundo: porque no creo en nada, es decir: creo en todo. (2)

Y a todo esto le pondrá su toque de humor, de ironía y de sarcasmo, como se refleja a lo largo de su obra completa, especialmente la que publica entre la década del 50 y la del 90, antes de su muerte en 1998, en la Toscana italiana.

Apenas en estos tiempos recientes, Rezzori se está conociendo entre nosotros. Los lectores en lengua castellana, gracias a la labor de traductores como José Aníbal Campos y Juan Villoro, y a los conceptos que sobre su obra han vertido autores tan especiales como Magris.

Mientras el prefecto, como autoridad, representa la voluntad de vivir, en medio de cualquier circunstancia, el húsar Tildy es la imagen de la destrucción de un mundo que ha renunciado al honor…

Apuntes sobre La gran trilogía

En Un armiño en Chernopol (publicado originalmente en 1958), Rezzori rinde homenaje a su ciudad natal, Czernovitz, deformando un poco su nombre, para tener mayor libertad de trazar la “fenomenología” de este pequeño pueblo de la Bucovina austrohúngara, y permitirse urdir una visión ficticia de su terruño, pero con personajes y sucesos que cruzaron su infancia. Al decir de uno de sus críticos, José María Guelbenzu:

Es ficción, sobre todo, debido a la distorsión que ejerce sobre la realidad la decisión de buscar el lado grotesco de la vida ciudadana, porque ejerce de espejo deformante y además permite un permanente recurso al humor que dinamiza lo que, en superficie, no sería más que un relato de costumbres provincianas. Es el talento de Von Rezzori el que lo saca del mero retrato de tipos y paisajes al utilizar ese humor fundado en lo grotesco que recuerda el de muchas de las escenas más hilarantes y agudas que acontecen en la Kakania de Robert Musil (3).

La narración está armada a través de dos columnas narrativas, ambas articuladas sobre dos personajes centrales: El primero, es el señor Tarangolian, el prefecto de Chernopol, hombre de mediana edad, caracterizado como un sibarita que gusta de los placeres de la mesa y la sensualidad, y que sabe presentarse en público o en privado de una manera hábil y oportuna; el segundo, Nikolaus Tildy, es un militar chapado a la antigua, que todo lo ve a la luz de su uniforme, y que mantiene sus convicciones de una forma tan ortodoxa que es capaz de batirse a duelo por una afrenta recibida. Tildy es el “armiño”, que muere cuando ve manchada su piel, a lo que hace referencia el título mismo de la novela.

Mientras el prefecto, como autoridad, representa la voluntad de vivir, en medio de cualquier circunstancia, el húsar Tildy es la imagen de la destrucción de un mundo que ha renunciado al honor y a los valores más sagrados. Este contraste permite ir enlazando las anécdotas provincianas, en un estilo entre agudo y sarcástico, pleno de divertidas ocurrencias y acompañado de reflexiones del autor en un contexto pueblerino plagado de hombres y mujeres descreídos y cínicos, pero con buen sentido del humor.

Rezzori recurre a la visión de su pueblo natal, desde la mirada inocentona pero asimismo picarona de un niño, que presencia hechos y oye comentarios en la cotidianidad, pero los va salpicando con reflexiones morales acerca de la conducta de sus paisanos, en medio de una sociedad cosmopolita, fruto de los diferentes cruces de razas y etnias que confluyen en el Imperio de los Habsburgo.

La infancia deja de ser, en esta novela, una etapa pura e idealizada, para convertirse en un pasado que se reconstruye míticamente.

A pesar de que, en muchas ocasiones, el autor salta de un personaje a otro, termina poniéndolos a todos en el escenario de su narrativa, de sus recuerdos, plasmando así un retrato de su tiempo, con una aguda ironía y una deliciosa cadencia literaria.

En Memorias de un antisemita, Rezzori nos va a ofrecer una “reelaboración fantástica” (según Magris), de la visión imperante en la Europa del siglo veinte acerca del problema judío, saturada de admiración y de prejuicios, y de amores y odios hacia este pueblo sufrido; visión que  plasma en una novela maestra, desde el punto de vista de un narrador-adolescente, concatenada a través de cinco relatos, y que se convierte en una pieza clave para comprender la aversión de ciertos grupos humanos hacia “el pueblo elegido”, en una etapa en que surge la ideología nazi, que desemboca en el Holocausto, “suicidio del mundo”, en una expresión de Rezzori.

Como señala Juan Carlos Calderón, en La gran trilogía, Gregor von Rezzori, “(…) Rezzori realiza una genealogía del antisemitismo y de cómo este prejuicio fue, para una gran mayoría de europeos, más un rasgo hereditario que una postura deliberada…”.

Tras describir la vida pueblerina, el entorno natural que lo rodea y sus vicisitudes personales, el narrador relata sus anécdotas vitales con dos mujeres, una viuda judía y una muchacha, Minka, condenada a vivir en una silla de ruedas, mientras va desarrollando en su mente la idea del pangermanismo, heredada de uno de sus tíos y del sentimiento de respeto y lealtad hacia su propio padre, lealtad que paulatinamente va cuajando en el joven a partir del rescate del Imperio de Carlomagno y de los Habsburgos. Como señala Guelbenzu:

La idea hace cuerpo en él y lo impregna plenamente, pero no de manera agresiva o violenta, sino de forma Skuhn paulatina, como una segunda naturaleza, de manera que nuestro antisemita lo es sobre todo por mor de las circunstancias y mientras su vida personal va oscureciéndose hasta convertirlo en el chevalier servant y osito de peluche de su vecina Minka. La clave del relato está en ese momento en que el pangermanismo del personaje se ve desbordado por la realidad: la anexión de Austria por los nazis, el Anschluss. Lo que descoloca al yo del personaje es la presencia de esa realidad atroz a la que no puede sustraerse porque la feliz y encantadora frivolidad de la vida de familia de aquellos niños del Armiño en Chernopol se convierte en la cruda verdad de una situación estremecedora y la novela en la representación de ese dejarse llevar, de ese desmoronamiento personal que explica, de forma admirable, cómo el veneno nazi se bebió por una sociedad entera incapaz de reaccionar ante el horror, personas sensatas, agradables, razonables incluso, que se dejaron llevar sin resistencia por el prejuicio antijudío sin calcular sus verdaderas consecuencias.

La novela está dividida en cinco partes: En la primera, titulada Skuchno, expresión rusa que puede traducirse como “vacío espiritual” o “intenso aburrimiento”, el narrador es un niño de 13 años que relata pormenores de su infancia y sus primeros años de escolaridad, en convivencia con sus tíos, teniendo que vivir en una habitación alta frecuentada esporádicamente por hombres maduros,  peleándose en la escuela y haciendo sus primeras amistades con otros chicos de su edad… además de palpar la aversión hacia los judíos, herencia de un pasado aristocrático.

En Juventud, el narrador-adolescente, estudiante universitario, ingresa ya en el mito del sexo, en sus primeros oficios laborales y en romances pasajeros y dolorosos. Son años en que Rezzori va a decir:

Vivía así en un vaivén constante entre la humillación y la rebeldía inútil, entre la más delirante fe en un futuro prometedor y la espantosa inseguridad en sí mismo y en todo lo que hacía. A veces me asaltaba la idea de que las sensaciones contradictorias que me agobiaban eran características de una situación en la que por lo general sólo se encontraban aquellos a quienes se me había enseñado a menospreciar: los judíos.

Tanto en Pensión Lowinger como en Lealtad, quien relata los acontecimientos es ya un adulto experimentado, que explora las relaciones familiares, la vida en un inquilinato al lado de personajes variopintos dignos de plasmarse en novelas, sus escarceos amorosos, la intensidad del debate acerca del nacionalismo y la creciente aversión hacia el pueblo judío. La existencia, entonces, ya es más refinada, más madura, pero subsiste el odio que invade como plaga a la Europa nazi.

Y en la quinta parte, escrita a los 65 años, Pravda, hay un cambio de narrador, quien relata ya desde su vejez un presente creíble y un pasado de cuento de hadas.

El antisemitismo que campea en los episodios concatenados en la novela no es tanto una actitud racista sino más bien una incapacidad general para aceptar la diferencia; una actitud que va desde el menosprecio hasta la angustia, y que refleja el deseo del autor por apropiarse del mundo existente para plasmarlo en el mundo creado e imaginado.

La tercera novela de la trilogía, titulada Flores en la nieve, es un relato autobiográfico acerca de sus padres, su hermana, su aya y niñera Kassandra, la institutriz Straussle. En ella, con alto sentido poético, Rezzori rastrea las vidas de sus antepasados, de su padre mujeriego pero responsable, aficionado a la caza; de su sufrida y atormentada madre y de su hermana, que muere joven, dejándole un vacío de afecto del que solo es consciente a su edad avanzada.

La descripción psicológica de sus familiares y allegados va aparejada con algunas anécdotas vividas en su compañía. Rezzori hurga en la memoria individual, recuperando hechos y sucesos del pasado, que con el tiempo volverá a pensar, pero sin que ello obste para que la narración pueda leerse y disfrutarse como una novela de ficción que recrea el contexto imperial, antes del derrumbe que provoca la Primera Guerra.

Colofón personal

Descubrir a Rezzori ha sido una experiencia vivificante, en medio de este caos y sinsentido que nos rodea en el mundo contemporáneo.

Ante tanta podredumbre y corrupción que nos atosiga cada día, uno se pregunta también por cuál es el compromiso del escritor. Como señalaba el propio autor, el compromiso moral del escritor tiene que ver con la honestidad; es el de dejar testimonio de su tiempo, pero sin prédicas absurdas; el de mostrar las cosas más que sugerir alternativas.

Tal vez, uno aspire como escritor a las condecoraciones, a la fama, al recurso económico. Al máximo galardón, al Nobel.

Pero, quizás, uno solamente debe aspirar a plasmar –con honestidad– los sucesos y personajes de su época, de su particular existencia en este planeta azul que nos ha tocado en suerte. El escritor, en últimas, se debe a su Ética, a los valores forjados por sus mayores.

Lo demás, es lo de menos; todo lo que se pierde en el éter del Tiempo..

 

Fuentes

  1. Rezzori, Gregor von (2009) La gran trilogía. Barcelona: Anagrama.
  2. Lecturas del Holocausto. Guía de Lectura: Gregor von Rezzori: La escritura, último recurso del fracaso.
  3. Guelbenzu, José María (sf) Gregor von Rezzori: La gran trilogía. Kakania es el nombre que Musil le da al Imperio Austrohúngaro en su obra cimera.

*Jorge Hernán Flórez Hurtado (Aguadas, 1958), con estudios en Filosofía y Letras, actualmente residenciado en Manizales, se ha mostrado siempre interesado en recobrar la memoria de los pueblos cafeteros andinos y de otras latitudes. Posee obras inéditas en ensayo, poesía y novela, y colabora con regularidad en varias publicaciones periodísticas y literarias del orden regional.